jueves, 31 de mayo de 2007

Más poetas secretos

Mientras Antonio Aguilar, Antonio Lorente y un su seguro servidor terminamos de poner a punto el blog con nuestras investigaciones sobre la antología apócrifa de poetas murcianos del quizás también apócrifo Amancio Vespertino, y tras ofertarles aquí un enlace por si les apeteciera escuchar dichas investigaciones radiadas, les sirvo los últimos papeles que he pergeñado al respecto, acerca de la autora en concreto que nos ocupó en la tarde de ayer.

ESPERANZA ESPEJO


Si desde su mismo nacimiento, en el Valle de Ricote, ya es una celebridad en los alrededores, se debe a dos circunstancias: es hija de la curandera de la zona y tiene el pelo albino. Así como los espejos o la propia esperanza, que los vecinos tienen cifrada en el albor del futuro y aun del cielo: esperan nubes, nubes blancas que se tornen grises y traigan la lluvia.

Pronto la niña demuestra sus aptitudes para la poesía, ganándose la admiración del pueblo al componer con siete años en formas métricas depuradas, variadísimas y formalmente perfectas. Sólo el cura del pueblo se amosca con las efusiones líricas, no tanto por dicha perfección formal, que alguien de su formación no podía más que juzgar cuasi diabólicas, como por determinados giros paganizantes en las imágenes.
Deberá venir el maestro del pueblo para deshacer el entuerto: la chavala recompone, más que compone, poemas de Rubén Darío. El misterio estriba en que Esperanza no ha podido tener acceso al vate, no hay libros en su casa ni biblioteca en el pueblo, y los pocos aficionados de la zona sólo recitan de memoria, de tarde en tarde, autores románticos como Bécquer o Ferrán. A lo más lejos que llegan es a Campoamor.
Por supuesto, el maestro comunica el misterio a los padres con carácter privado: no quiere líos con las autoridades locales. Teme que Darío resulte demasiado avanzado para ellos, pues aun cuando Valle-Inclán, en su etapa carlista, estuvo por allí, todavía la muchachada del pueblo insistía en tironear de su luenga barba.
A través de las memorias de dicho maestro, publicadas por la Residencia de Estudiantes, Amancio Vespertino puede elucidar todos estos puntos para la posteridad. Pero es en un estudio reciente de nuestro Vespertino que podemos informarnos de un hecho aún más insolito, que el propio Amancio duda si creer: un manuscrito de Valle-Inclán relata la vuelta del inmortal autor a Ricote, esperando que las barbas de los muchachos hubiesen a la sazón crecido para poder tomarse justa venganza y se pasma al encontrarse con una muchacha de apenas trece años, albina como la leche o la luna de abril y con la mirada algo extraviada, que recita como en trance a Teresa de Jesús.
El propio Valle se entrevistará con la madre, quien a espaldas del padre, cada vez más asustado del carácter de la hija y su inopinado don, relata al gallego que la propia abuela de Esperanza poseía habilidad como médium y era raptada por espíritus pizpiretos. También le suplica discreción, pero nuestro autor no puede reprimir su entusiasmo y propone al padre llevarse a la chica a la capital. El padre, en este punto, saca a relucir su garrote, que antaño le sirviera para espantar rapaces, y Valle, que a tenor de sus escritos nadie duda de su arrojo, prefirió poner pies en polvorosa, acaso porque ya hubiera perdido el famoso brazo, famoso in absentia, en otra reyerta.
El siguiente en intentar hacer notorio caso tan singular fue Gómez de la Serna, que se sintió apelado de forma directa cuando Esperanza publica en un periódico local, siempre de espaldas al padre, algunos artículos cuyo estilo es prácticamente un plagio de su pareja la escritora Colombine, con la particularidad de que dichos textos, aun sin haber sido escritos por la insigne escritora, revelan confidencias, datos y sensibilidad que don Ramonísimo sabe de su señora y nadie más. Si no interviene la propia autora, que al fin y al cabo debía sentir el caso aún más personal, no se nos sientan afrentadas las feministas, que Colombine no es sospechosa de laborar en su contra: es que la buena mujer era algo supersticiosa.
El cachiporrazo que no se llevó Valle, se lo llevó Gómez de la Serna. Esperanza, afectada, decide huir con apenas quince años. Vaga por todo el país.
Logra salvar el tipo porque su aspecto aterroriza a los maleantes de caminos, y al emplear con ellos la misma razón que da por los pueblos para conseguir el poco de comida que le permite subsistir: recitar en trance autores del pasado. Su leyenda crece. A los autores del pasado los recita de forma literal; Menéndez Pidal afirma que con ella se podría reescribir la historia entera de la lírica española, incluyendo material perdido de nuestra Edad Media, sin saber el erudito que, efectivamente, matiza Vespertino, pero aún más: pues en traducción, también la poesía de todo el orbe. A los autores del presente los imita, raptada acaso por espíritus paralelos, horizontes desconocidos de lo posible, líneas alternativas que acaso dicen más y mejor de esos autores. Menos compasivos que los académicos, dichos autores arremeten en pliegos contra ella.
Poco más se sabe del caso, o más bien mis compañeros se me van a amoscar, pues para una vez que abrevo de la misma fuente que ellos y traigo los deberes hechos me paso en extensión. Sírvame todo ello como disculpa, no por tanto por mi pereza: así es el venero, que rompe a brotar y no conoce barreras. Dicen que Esperanza bajó de los montes, cercana a la treintena, tras algún tiempo desaparecida, y que tintó sus cabellos y moderó sus raptos, sintonizándolos con coplas y otros géneros líricos menos llamativos para el populacho que acaso autores como Vázquez Montalbán no consideraban menores, Vespertino sí y yo tampoco. Dicen que don Carlos Alvar, en magistral conferencia en Murcia, años ha, topose con una mujer avejentada que, en el turno de preguntas, arrobada, mezcló una canción de Rosario Flores con una composición en lengua de oc. Alvar creyó retroceder siglos enteros por un instante y estar ante la mismísima Leonor de Aquitania. Los ojos de la mujer brillaron de forma misteriosa cuando sus miradas se encontraron y antes de que se levantara y desapareciera renqueando por uno de los pasillos laterales, unos ojos blancos como el espejo en el que se mira el buen escritor, blancos como el futuro de los que, a pesar de todo, mantienen la esperanza viva haciéndola residir arrobada, arrebatada, en la belleza.

martes, 29 de mayo de 2007

sábado, 19 de mayo de 2007

El paseo


Te he estado buscando durante horas y la ciudad estaba vacía, una ciudad fantasma. Cuando he comprendido que ya no iba a encontrarte era de noche, y sólo entonces me he dado cuenta de que me rodeaban cientos, miles de personas; aparecían poco a poco, uno a uno, y comprendía que siempre habían estado ahí: de un lado para otro, ajetreados, febriles, sumidos en sus propias pasiones, en sus locuras privadas, en sus risas, en su olvido.


Habían pasado horas, quizás toda una vida. Asustado, he vuelto a casa.

viernes, 18 de mayo de 2007

Tris-me-gis-tus!


¡Qué sueño hace hoy! Pero no me importa, y no porque lleve torta sino debido a que, en mis ratos libres y en el tren, sobre todo -ese dorado invento que me ha permitido perpetuar todo el año el lujo veraniego de leer, leer, leer, dos horitas extras y en exclusiva cada día, sin miedo a sumergirme en tochos ni tocomochos, menudo verano pasado con Thomas Pynchon, ya que sajones estamos, menudo de bien, de gigantesco-, ando con un libro al que ya le tenía ganas, ya, y todas mis expectativas no sólo no se han visto defraudadas, sino que aún se ven multiplicadas al infinito, todo el que cabe, por ejemplo, en una digresión -ese tapiz que se dispara en múltiples direcciones, por parafrasear a Enrique Vila-Matas-, placer condimentado además por unas excelentes anotaciones de Javier Marías.

De Zoyd -"¡Sigue soñando, Zoyd!"- a Zounds! -"Z______!"- la castaña caliente sigue su camino.

¡Que qué pereza y qué sueño pero me da lo mismo, que hoy no me busquéis, que estoy con el Tristram Shandy!

¡Ea!

sábado, 12 de mayo de 2007

El río


Habían pasado muchos años, quizás ya habíamos muerto. Me acerqué hasta el borde de la balaustrada de metal para mirar el curso del agua debajo, no sé qué tiempo estuve abstraído en la espuma y los remansos, en su puro fluir, pero en un momento dado vi que ella, cerca de mí, apoyada también en la barandilla, observaba el río.


No dije nada, estaba harto de las palabras, tampoco quise mirarla demasiado, no iba a molestarla, llevábamos demasiado tiempo sin saber nada el uno del otro y a esas alturas sólo podíamos resultarnos unos perfectos desconocidos. Durante un instante, sentí que se giró para mirarme. Deseé que así fuese, que se apercibiera un instante, sólo un instante, de mi presencia, y después que se volviese, que siguiera mirando el agua.

sábado, 5 de mayo de 2007

Insert Coin (s-in in-) -cidencias


Así que nos vamos a Madrid a pasar unos días, entre otros tumbos y retumbos nos acercamos al MACBA a ver la estupenda exposición "Los cinéticos" y hete aquí que también hay otra de Chuck Close: retratos hiperrealistas de amigos suyos entre los que se cuenta un tal "Phil".

En el mismo viaje encuentro el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot a buen precio, edición en rústica, y las dos primeras horas de la vuelta en el Talgo, el martes por la mañana, las invierto en hojearlo y leer entradas al azar. Un goce multiplicado por sus ilustraciones. Soy fan de este poeta desde que leí sus variaciones sobre las golondrinas de Bécquer. Esa noche, ya en casa, veo un documental estupendo en La 2 sobre la depresión, de ese tipo de trabajos en los que la exquisitez de su factura coloca la balanza del lado de la creación. Lourdes Cirlot, catedrática de Historia del Arte, aparece en él; remata su intervención de forma bastante emotiva, recitando un par de versos de su padre.
Al día siguiente, por la tarde, veo que el Heroes de Eno y Bowie que "Phil"-ip Glass arreglara a su manera (homenaje en el que la balanza, nuevamente, vuelve a caer del lado de la creación, prefijo "re-" delante), está en la colección Naxos (Orquesta Sinfónica de Bournemouth dirigida por Marin Alsop). Una ocasión fantástica para escuchar otra versión más.
Junto a este disco, y en la misma colección, está el de Hildegard Von Bingen, mística alemana sobre la que ha escrito bastante Victoria Cirlot, otra hija del poeta. Son tonterías, quizás, sincronías que uno mismo se arregla, supongo, sobre lugares que ama. En sucesos así, hechos diminutos, uno detrás de otro, se me pasan los días, me gusta que me pasen, y aunque yo me quede me quedo un poco menos, me dejo pasar en ellos. Tararará-tararará-tararará... (Bucle que se extiende a lo largo de los próximos minutos, que nos arrastra y nos lleva)