lunes, 25 de enero de 2010

Razón del aviador


-Viene a hablar de sí mismo -¿No es algo vergonzoso?
-Y adem
ás es poeta, señor -o lo pretende.


"Mañana tomo el avión para el otro confín
del mundo. El otro confín del tiempo".

J.M.G. Le Clézio, La cuarentena




Entre primavera y verano de 2001 escribí un texto que me pidieron sirviese como introducción/manifiesto poético a mi poemario Los nuevos dioses, para su edición como finalista de los premios Voces del Chamamé [1]. Allí cifré el origen de mi gusto por crear historias, articular ficción con las palabras, en una noche de mi infancia; y fue cifrarlo de ese modo, a su vez, hacerlo en un momento muy concreto y un espacio acotado, que aún puedo visitar físicamente: es el placer de la concreción, aunque visitarlo de hecho, volver a ese espacio, ya no me serviría de nada –estuve allí, de visita, hace menos de un mes-: es solo un un hito propio –narcisista y fatuo, por lo tanto-, un mito que, como todo mito, no resistiría la confrontación de lo razonable, de la razón real [2]: léase una visita a esa casa, ya remodelada y en la que aún vive un familiar. Por eso el tiempo importa menos que el espacio: porque lo supera y, olvidando esa victoria, la damos por hecha, y refugio fácil[3] .

Aún puedo recordar ese episodio con más exactitud que muchas de las cosas que me han pasado estos últimos años. Pero, ¿cómo explicar todo eso sin contaminarlo de ese fastidio que, dicen, provoca en los demás contar los sueños, tratar de describir esas imágenes y esas experiencias que nos han fascinado en el momento en que las soñábamos: ese momento cerrado sobre sí mismo, y por tanto irrecuperable? Este aviador mío es parte de una mitología que no deja de ser personal, una fascinación: acaso, escasamente comunicable.

Hace cuatro días un virus ha estado a punto de acabar con el trabajo de años acumulado en mi ordenador. Ha sido una sensación perturbadora. Lo contaba en el trabajo y una compañera no podía para de reír al escucharme: entiendo que tengo la manía de contar todo lo que me sucede de una forma cómica, pero no dejaba de ser terrible para mí escuchar a esa compañera reírse. Y se reía, sí: al fin y al cabo, ¿qué podía perder un mastuerzo como yo con ese virus en su ordenador? No lo dije por pudor, el pudor que no demuestro aquí y ahora: que son poemas fruto de mi dedicación diaria, una dedicación permanente; anotaciones modestas que se van sumando en mis cuadernos y que vierto de forma periódica en el ordenador; relatos, fragmentos de novelas, alguna reescrita de forma incesante -que de esa forma incesante se extiende y se multiplica -, trabajos e intentos de textos ensayísticos... todo igual de inútil.

Abro aquí paréntesis. Esto sí que es extraño: tratar de hacer crítica, sobre todo cuando abordas el trabajo ajeno dentro de un campo que tú, quisieras creer, también trabajas; al menos lo intentas día a día. ¿Con qué derecho haces recensión del empeño de alguien cuando tú intentas ese mismo empeño, ese mismo fracaso? Claro que es eso algo que otros hacen muy bien, simultanear ambas cosas: por eso tú lo intentas. Es decir que, en todo caso, la culpa es siempre de uno, o sea solo mía, y aquí llega mi cara de compungido payaso de las tortas y las carcajadas y, justo después, inevitables, las tortas y las carcajadas. Fin del paréntesis.

Poco después de escribir esa introducción/reflexión de por qué escribo (pinchar imagen para ampliar), me dejé llevar por la figura de ese aviador ficticio de mi infancia para escribir, en estado de casi rapto -y en muy poco tiempo: menos de un mes-, un poemario llamado Razón del aviador. Recuerdo que a una amiga poeta le gustó mucho el título, fue de las pocas reacciones críticas que ese libro iba a tener: un virus acabaría con él sin que nadie llegara a leerlo.

Valga ese título para esta entrada.

Razón evanescente: del sueño no contado, convicción viajera de sí misma, ensimismada y entre nubes. Durante muchos años, confieso a mi amigo D. mis proyectos, mis conquistas en el aire, mis dudas en los giros; lo hago porque noto en él cierto interés: lo percibo como un interés sincero, me aprecia y quizás por eso de un tiempo a esta parte también reacciona con cierto fastidio, como un aviso: no te pongas pesado, tío. Leer es un placer, escribir es siempre un placer tan solo para uno mismo; leer es siempre un placer para un otro misterioso, que por la misma razón que puede gozar también puede aburrirse, o detestar. Leo en Baudrillard: “Hay que dejar bien claro que escribir es una actividad inhumana, ininteligible: siempre debe hacerse con cierto desprecio. Sin ilusiones, y dejar que los otros crean en su propio trabajo” [4] .

Esa “infinita posibilidad” de la que hablaba en aquella introducción del aviador, en el texto sobre la razón del aviador, tiene esa contrapartida inevitable: la posibilidad, también, de la desaparición. Qué fatuo me siento ahora, recordándolo en voz alta –o sea aquí-. Y qué necesario se me antoja ahora todo aquello que quise expresar en esos poemas en prosa ya desaparecidos, cosas que aún me queman en el recuerdo aunque ya no recuerde esos poemas, porque los poemas que uno mismo escribe, esos que no son los que uno admira en los demás, siempre acaban resultando fatuos e innecesarios, y dan igual: porque estás en ellos todavía, cuando tú tan solo quieres ver al otro que hay en ti. Y estás en ellos para siempre, una vez esos poemas han desaparecido.

En fin, que un aviador se aleja y yo me quedo aquí, inevitablemente. Tratando de ser el que se aleja.


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[1] Séptimo concurso literario Voces del Chamamé. Poesía. 2001, Grupo editorial Norte/Voces del Chamamé, Asturias, 2002.

[2] La razón como acercamiento siempre supone una mise en fallacieux, al menos cuando esa razón esgrime los instrumentos de la estética, del impulso estético: para actuar sobre su objeto y no para padecerlo, con el carácter pasivo de la razón poética de la que habla María Zambrano. No me atrevería a aventurar tal afirmación más allá del objeto espacial que me planteo aquí; aquí, entre píxels, donde el acercamiento revela la representación tramada, su trama de píxels. Todo en nuestros instrumentos de hoy favorece la distancia, el alejamiento: nos favorece cuando nos alejamos, más insertos y dentro de nuestra propia representación –ejerciéndola mejor- cuanto más distantes de nosotros mismos.

[3] No, no y no: el tiempo siempre. Los intersticios del espacio solo revelan la falacia de la representación, esa trama de píxels; en los del tiempo habita, sin embargo, la eternidad: he ahí el verdadero refugio.[P.S., 2 de febrero.]

[4] Jean Baudrillard, Cool Memories, Anagrama, Barcelona, 1989, p. 64.

jueves, 21 de enero de 2010

Tres poemas en el último número de Los noveles



En el último número de la revista Los noveles podéis encontrar tres poemas de los dos libros en los que he estado trabajando estos últimos tres años: a Vigilia del asesino pertenece el primero y más largo, y los otros poemas forman parte del libro En los mares de ella.

miércoles, 20 de enero de 2010

El libro del Génesis según Robert Crumb


(Artículo aparecido en la revista Deriva. Le añado aquí un pequeño post-scriptum)



Cuando el pope del comic contracultural norteamericano anunciaba su proyecto de una adaptación completa y fiel del Génesis bíblico, muchos debieron de sentir perplejidad. Olvídenlo si esperaban ver a Dios caracterizado como Mr. Natural –viejo hippie irredento y sádico de largas túnica y barba- o a Adán como un enclenque gafado y con cara de éxtasis mientras se encarama a la grupa de una hiperfornida Eva –hípica pasion del propio Crumb y trasvasada a sus personajes.

En puridad, y si creemos en el carácter revelado de las sagradas escrituras, se puede decir que el guionista de este tebeo es Dios. En otra ocasión, Crumb escogía como tema de su obra a otro autor señero de la era contracultural -dentro del campo de la ciencia-ficcion esta vez-, Philip K. Dick: en “The religious experience of Philip K. Dick”, Crumb narraba en viñetas el extraño rapto místico que el delirante escritor afirmaba haber vivido. De alguna forma, podríamos considerarlo un paso intermedio hacia la obra que ahora nos ocupa: el propio Crumb ha narrado en sus escritos memorialísticos de 2005, traducidas al español como R. Crumb. Recuerdos y opiniones, una experiencia de pesadilla que sufrió en un momento dado de su relación con las sustancias psicotrópicas, muy al principio de su carrera y determinante para esta [1], aunque desprovistas del extraordinario elemento religioso que para el escritor estuvo revestida una experiencia también derivada, acaso, de los psicotrópicos: algo que Dick pareció tratar de describir posteriormente en sus obras, especialmente en las ultimas y con Valis como cima –en el sentido de summa de sus obsesiones al respecto y también de punto más alto de su delirio narrativo, que coinciden en una de sus obras de tono más autobiográfico. Es imposible deslindar, a lo largo de la prolífica carrera de Dick, el fuerte elemento esquizoparanoide de sus ficciones de una actitud y una visión rabiosamente satírica: algo así como un William S. Burroughs que realmente necesitase vender sus libros para poder subsistir con ellos. Creo que el lector de Philip K. Dick difícilmente prescindirá para sus últimas obras del tamiz de un sentido del humor absoluto, más pronunciado que en el resto de su obra, y sin el cual quizás es imposible entenderlas –puede que el hecho de obviar ese sentido del humor radical sea el que, comúnmente, eche para atrás al lector no rendido de antemano a la hora de enfrentarse a obras como Valis o La invasión divina.

Para su última y más ambiciosa empresa, el propósito de Robert Crumb no ha sido jugar con elementos interpretativos de distintas tradiciones en torno a los textos sagrados, ni la elucubración ficcional con tales bases sobre el presente o sobre un futuro en el que se acentúen los aspectos más negativos de nuestra sociedad, discutibles o con posibilidades de sátira y de juguetón delirio. Crumb, sencillamente, se ha planteado adaptar el primero de los libros que, valga el pleonasmo, integran la Biblia, el primero de los libros. Y su adaptación es, sorprendentemente, fiel y minuciosa. Una adaptación entendida en su sentido más respetuoso, en la que el adaptador aporta su arte, aquel que ha cultivado durante toda una larga carrera, pero llevado para tal meta a unas cotas de realismo jamás alcanzadas para este arte suyo. El resultado es sorprendente y espectacular.

Incluso los largos parágrafos del Génesis en los que el texto sagrado se limita a enumerar largas listas genealógicas, quedan transcritos en la adaptación de Crumb: con la amenidad añadida que les otorga su habilidad para el retrato vívido. En las memorias citadas, Crumb habla de su fascinación por los relieves asirios y babilónicos del Museo Británico, así como por aquello que representan -nótese que él mismo puntualiza- “visualmente”: es otro camino hacia esta cumbre en su trayectoria, que frente al jalón de la delirante hiperficción dickiana aporta el fuerte viso de ilusión histórica que logra con su adaptación; su descripción de lo que él vio en el Museo Británico hacen naturales los vínculos del resto de su obra con esta su ultima producción, Génesis: “Hay allí unas grandes y poderosas efigies con cabezas de ave rapaz, criaturas ciertamente feroces y de imponente aspecto. Aquí un guerrero blande su espada frente a un grupo de prisioneros; allá, varios soldados vencidos son arrollados por un carro. En otra sala se ve una gigantesca rueda de molino triturando a los enemigos del rey muertos en combate. […]/ Las truculentas y morbosas narraciones representadas visualmente en estos relieves mesopotámicos me resultan enormemente sugestivas. De hecho me interesan bastante más que las exquisitas y estilizadas obras egipcias del mismo periodo. Se trata de un arte más áspero y vivo que el egipcio, tal vez algo más individualista[2].

Sustitúyase donde dice arte egipcio por, digamos, Gustavo Doré; porque, sin duda, el arte de nuestro asirio-babilónico Robert Crumb resulta, en contraste con un ilustrador canónico o representativo como Doré, extraordinariamente más áspero y vivo, y también individualista.

¿Individualista? “Mi generación ha crecido en un mundo moldeado por zafios programas de televisión, películas, tebeos, canciones populares y anuncios publicitarios. Mi cerebro es un formidable vertedero donde se acumula esa bazofia y, para bien o para mal, de ahí sale principalmente mi trabajo[3]. Todos sabemos que Crumb ama toda esa bazofia. Necesitamos creerlo. Crumb nunca fue un aliado fácil: decíamos dibujante de la contracultura, pero también fue decididamente crítico mordaz con esta contracultura, un marciano que vestía y viste todavía al modo de los años 30 y que coleccionaba –y colecciona- viejos discos de pizarra con blue grass y música de banjo mientras su “generación” idolatraba e idolatra el rock y la guitarra eléctrica. Frente los sueños de cambiar el mundo, él esgrimía sus pulsiones sexuales y egoístas más incorrectas. Su trabajo, esta vez, ha elegido el más alto punto de partida, pero su interpretación de este libro, a través del tamiz de esa cultura que él enumera y aún nos conforma a nosotros sus lectores, hacen de su adaptación un trabajo único.

Aunque la única concesión al imaginario de esa cultura basura sea dotar a la serpiente del paraíso de brazos y piernas, para presentarlo como un monstruo de la más barata producción B, o Z; es una decisión que funciona muy bien gráficamente, antropomorfizando a la bestia –la Bestia con mayúsculas, de hecho-, y que Crumb, muy razonablemente, explica en una de sus notas epilogales: es a posteriori que Dios castigará a la bestia a arrastrarse sobre su vientre, desde entonces, y comer el polvo. Otro guiño a ese imaginario es la portada del cómic original, al modo de las viejas portadas de tebeos norteamericanos y en donde uno de los globos de texto nos avisa: “¡Nada ha sido excluido!” –en otro globo reza: los niños podrán leerlo con supervisión adulta. Una lástima, que en España hayan decidido prescindir de esta portada original.

Nunca ha dibujado Robert Crumb de forma tan realista, y sin dejar de ser él mismo. Nunca las robustas mujeres que Crumb adora dibujar han estado tan justificadas, por el papel nada aparte que desempeñan en el libro inicial de una tradición, la nuestra, tan paradójica y fuertemente patriarcal. Y todos los personajes son retratados con tal racialidad que este libro nos da la ilusión de transportarnos a los desiertos y roquedales bíblicos: casi se puede oler el sudor sobre esos cuerpos cubiertos con sus túnicas de lino. Precisamente, sus otros trabajos más realistas han sido los relacionados con escritores, como el citado en torno a Philip K. Dick o las ilustraciones que ha realizado para relatos de Charles Bukowski: en sus memorias citadas, nuestro autor relata su encuentro, en una fiesta, con este último escritor. Quien, relata Crumb, le espetó justo al conocerlo: “Tienes talento, chaval. ¡Aléjate de las fiestas![4]. Para llevar a cabo este Génesis, Crumb ha debido saltarse, desde luego, bastantes de esas fiestas que Bukowski le prescribía. Es su trabajo más extenso hasta la fecha. Y es toda una fiesta, visual y lectora. Antes hablábamos de un resultado espectacular: imaginen a un Cecil B. de Mille que ha bebido de la mejor tradición de la así llamada cultura basura, es decir la cultura popular de todo un siglo XX. Digo “la mejor tradición” y, en este sentido, es mejor dejar a Crumb que se explique: “Casi toda la cultura de masas es “palatal”, una manipulación calculada del impulso ligado al placer. En caso de que cuente con un auténtico valor nutritivo resulta mera casualidad, un efecto secundario[5]: no es sorprendente, así, descubrir que la serie B, la cultura “basura”, resulta al cabo harto más nutritiva, reveladora y necesaria, en estos tiempos que corren de involución hacia planes A, patriarcalismos, feudalismos y demás fundamentalismos.

Robert Crumb ha prescindido aquí de los tics más epatantes de su obra, una obra que compone una sátira febril de una cultura como la nuestra, apoyada primordialmente en lo visual. El texto bíblico, repleto de comportamientos epatantes del ser humano, metáfora auroral donde comienza todo, ha servido a Crumb para que este destile lo mejor de su arte, y si el siglo XXI será visual o no será, aquí tenemos un viejo y venerable texto –el Texto con mayúsculas, el para muchos más viejo y venerable por antonomasia- convenientemente adaptado y listo para ese siglo. “Si parte de la imaginería en mi obra es algo tremebunda, se debe a que soy una persona fundamentalmente miedosa y pesimista. Siempre percibo esa índole voraz del universo que puede dañarte o aplastarte de un plumazo por mucho que midas tus pasos[6].

El único inconveniente de esta empresa es que Crumb anuncia su irrevocable propósito de no seguir adaptando los textos revelados. Y es que, comprobados los resultados, uno desearía seguir leyendo al dibujante americano en tal empresa hasta el Día del Juicio.





[PS: Tras escribir este artículo y justo antes de que se publique en Deriva -exactamente unas horas antes-descubro a través de la red otra adaptación, no en cómic sino en ilustraciones aunque con cierta secuenciación a tramos: abarca más libros bíblicos, la empresa la fue llevando a cabo -desde1953 hasta1974- Basil Wolverton -otro asirio-babilónico de dibujo rabiosamente individualista-, y sí, llega al día del Juicio. Fantagraphics Books lo ha publicado a fines de este año pasado y ya han agotado la edición; en su página anuncian nueva impresión para febrero.]






[1] Robert Crumb y Peter Poplaski, R.. Crumb.
Recuerdos y opiniones, trad. de Miquel Izquierdo, José Moreno y Alex Gibert, Global Rythm, Barcelona, 2008, pp. 132 y 142

[2] Ibid, p. 363.

[3] Ibid, p. 363.

[4]
Ibid, p. 172.

[5]
Ibid, p. 177.

[6]
Ibid, p. 364.

domingo, 17 de enero de 2010

Preguntas qué es poesía



¿Para qué sirve la poesía?

Sirve para vivir.

Poesía: "no la entiendo"




"No entiendo la poesía", dicen muchos. Sospecho que porque llegan a ella con una idea prefijada de lo que sus versos quieren decir o porque quieren ir más allá, mucho más lejos y más difícil de lo que esos versos, sencillamente, dicen.

sábado, 16 de enero de 2010

Se pretende infernal




Baudelaire y ese ritmo escolar de la expresión de sus versos, como de cartilla demoníaca.

Baudelaire, empollón de la clase que escribe letanías de un mundo imaginado -se pretende infernal.

Lo que en Poe es ciencia, en Baudelaire es escolástica.

miércoles, 13 de enero de 2010

Fragmentos para una novela en preparacion



Me cuentan de un chico que, en el mismo momento en el que se le diagnostica como superdotado, se transforma en un cenutrio. Quien me lo relata subraya la responsabilidad de sus padres, que lo colman de mimos, atenciones y caprichos. "Es que el pobre se aburre en clase", me cuenta que arguian a menudo los padres. Culmina su narracion mi informante declarando que, habiendo alcanzado tiempo ha la vida adulta, no solo no ha llevado a termino ningun proyecto serio, sino que ni siquiera se plantea enfrentar alguno. En la actualidad, cursa en Australia trepidantes practicas guiadas en torno a deportes de riesgo.

Sabian lo que hacian con ese chico, aporto yo: era demasiado peligroso. Imagino que mientras el genio hace puenting o surca riesgosas olas en las antipodas, el mundo puede respirar aliviado.


[Anecdota real, cabe advertir.]

domingo, 3 de enero de 2010

Furiosa, delirante y polisemica




Joaquin Piqueras me incluye en su galeria Insolitos. Caminando por el lado "salvaje" de la literatura.

Me hace especial ilusion porque me gusta mucho la compañia que alli ofrece al texto que el mismo ha escogido, una reciente reescritura que he hecho de mi poema "Fiesta en el Saloon", publicado en mi libro Agujeros.

Pinchen aqui.

Gracias, Joaquin.