jueves, 11 de agosto de 2011

Hola, hola, hola



Suena el teléfono, tres veces. No lo cojo. Pasan las horas y suena algunas veces más. Ya ha oscurecido. Mañana volveré a levantarme. ¿Cuántos días pasan desde que no he visto a nadie? ¿Es posible acabar con los otros ignorándolos? Y, dándoles la espalda, causar su desaparición. Porque esa, creo, es la única manera posible para, ahora, suicidarme.

Duermo como quien se prepara para su desaparición. Porque despierto sé que he vuelto a fracasar. Antes de que regresen las llamadas, soy yo quien descuelga el auricular. Y llamo a cualquier número, números aleatorios. Oigo pitidos que me indican que el aparato, como sabe, como lo han programado, ha establecido su comunicación. Lo hace diligente, para quien lo sostiene y marca en él: a su servicio. Que es decir el mío. Pitidos y señales, oigo el eco: podría propagarse por toda la creación. Un universo de teléfonos que suenan para nadie, y nadie los descuelga. Creo que, al fin, lo he conseguido: ya no estoy. He desaparecido. Pero uno siempre está en algún lugar, lo he comprendido tarde.

Y aquí estoy, en el infierno de quien muere por su propia mano, de quien marca. Señales en el limbo, las hice para nadie. Quizás las ejecutan gentes multiplicadas, decenas de miles de copias de mí mismo.

Y todas dicen: hola, hola, hola.

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