jueves, 25 de agosto de 2011

Soldadito de plástico


Un muñequito soldado permanece en pie, prácticamente imperceptible por sus dimensiones, en medio de la calle. Solo, lejos del regimiento de plástico al que pertenece, se siente al fin salvado. No pueden acusarle de desertor, ha sido el enemigo quien lo ha arrojado aquí, en medio de la acera. La guerra que mantienen es inútil, hace tiempo que lo sospecha: acechar cada noche, siempre muy lentos, demasiado, al enemigo mientras duerme, ¿de qué les ha servido? Jamás lograron sorprenderlo, siempre se les adelantó el amanecer. Ha visto cómo han caído, uno a uno, tantos compañeros... Fundidos por el fuego de una estufa o de un mechero, deformados a mordiscos, decapitados por los dedos gordezuelos de ese niño cruel y sus amigos... ¿No debiera él, ahora, dar gracias por haber sido olvidado lejos del campo de batalla? Pero había oído hablar de otros muñecos y juguetes abandonados a su suerte, sujetos al desgaste y otras tragedias azarosas, más terribles, causadas por ese otro enemigo no menos fabuloso: la intemperie.

Asió su fusil como, de hecho, ya lo estaba haciendo, como siempre lo hizo. Permaneció en su formación, altivo, rígido, con el orgullo que nunca le abandonó. Dispuesto, sí, a librar aquella nueva guerra.

2 comentarios:

nueva gomorra dijo...

A la intemperie... Más que un lugar, un camino. Bonito cuento.

Joseóscar dijo...

Gracias, nueva gomorra. Adoro los senderos, pero no sé si -se me ocurre de repente- la inmovilidad forzada de mi protagonista, por ser un muñeco, es un trasunto de la lumbalgia que me tiene encerrado en casa desde hace días. ¡Ay, los senderos! :)