martes, 6 de septiembre de 2011

Digamos que un relato de terror


Pruebas a combinar un montón de palabras, lo haces al azar. Y dejas que se relacionen entre sí, que hagan sus conexiones sin tu ayuda. Palabras ordinarias, en ningún caso extrañas, técnicas o demasiado cultas: crees que no las necesitará aquello que resulte, finalmente. Sea lo que sea. Te retiras, lo miras a distancia y es como esperar que vaya a emerger algún tentáculo de allí. Te acercas otra vez, intentas releer el texto por encima, solo un breve vistazo. Te da la sensación de que hay varias historias latiendo como posibilidades: senderos de sentido que van multiplicándose, abriendo abismos de duda que corroen toda la realidad.

Bueno, empieza a darte miedo. Era el efecto que buscabas, digamos que un relato de terror: una muy breve narración. Abstracta y sin ningún significado cierto. Pero ahora te resulta insoportable.

Cierra el cuaderno, haz otra cosa. Es ya muy tarde, duérmete. Pero todas esas palabras permanecen ahí, extendiendo su sombra de sentido, haciendo nuevas conexiones. ¿Qué decían? Tratas de imaginarlo, no lo logras. ¿Cómo poder dormir? Te levantas y buscas el cuaderno, arrancas el pequeño texto, lo destruyes. Pero es tarde. En un lugar de tu memoria, sus tentáculos se siguen extendiendo. Van poseyendo lentamente todo lo bueno que podía haber en ti. Pasan las horas. La posibilidad del nuevo día yace ahí, en el final de toda esa oscuridad: posibilidades aterradoras. Escribes este otro breve texto, donde lo explicas todo, lo confiesas. Quizás alguien lo lea y le sirva como aviso para que nadie vuelva a hacerlo. Y me perdonen por todo lo que vendrá.

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