viernes, 16 de septiembre de 2011

Turismo espacial


Cuando era niño fantaseaba con extraterrestres, jugaba a imaginar que descendían con su platillos volantes para venir a recogerme y llevarme a dar una vuelta por los confines del espacio exterior. Dicen que el secreto de la felicidad consiste en realizar como adulto lo que deseábamos de niños, pero también se sabe que la realidad resulta bastante más ominosa cuando llegamos a la vida adulta.

Bueno, pues aquí estoy con esos dos desagradables seres con tentáculos. No han demostrado, la verdad, ser grandes anfitriones: me han conducido a patadas hasta una jaula desde la que ni siquiera he podido contemplar el paisaje, y hace rato que despegamos. Solo puedo contemplarlos a ellos dos, en medio de un sin fin de controles y máquinas, y aún trato de adivinar si están en un viaje de negocios o de bodas -es difícil interpretar la intención con que se acarician de esa forma repugnante, mediante sus tentáculos-, pero por la forma en que me miran y consultan a ratos sus cartas holográficas similares a una suerte de guías del ocio cósmicas, creo adivinar que mis ciento veinte kilos de peso van a consistir en una suerte de pequeño plato exótico para su cena.

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