miércoles, 12 de octubre de 2011

Aventuras fantásticas en el balcón


Me he quedado encerrado en el balcón. He salido a fumar debajo de los toldos y me he quedado adormilado. Al despertar, mareado por el calor y completamente sudado, he ido a abrir la puerta. Pero estaba cerrada.

Insisto inútilmente. Siento cómo crece mi malestar a causa del esfuerzo. El sol, ahora, incide aquí de lleno. A pesar de los toldos, siento la insolación, la enfermedad. Pienso: debo romper el cristal de la puerta. Trato de golpearlo: es inútil, me encuentro demasiado débil. Me he escurrido hasta el suelo y he seguido golpeando, pero sí: es imposible. Siento espasmos por todo el cuerpo, estoy llorando. Con medio cuerpo apoyado sobre la puerta, sigo con mis sollozos un buen rato. Hasta que ya no me quedan fuerzas para sollozar. Acabo tendido del todo sobre el suelo. Y me quedo dormido.

Sueño que estoy hundido en un charco de fango, comprendo que es mi propio sudor. Veo a alguien que se acerca, una presencia luminosa. Me dice: "Soy tu fuerza", y dice: "Ven". Trato de liberar mis brazos del fango para acercarlos a los brazos que ese ser me tiende. Me revuelvo y lucho contra el fango, pero me voy hundiendo más, hasta que aquel hermoso ser de luz pura, radiante, se inclina muy cerca de mí: veo su rostro deslumbrante, me habla y siento cómo me baña su aliento: es un calor que no me es desagradable. "Estoy contigo", dice, "ven. Estoy contigo, ven conmigo". Todo se torna esa misma luz blanca y cegadora, también yo era esa luz.

Desperté. Abrí los ojos. Me rodeaba la oscuridad, había anochecido. Corría un fresco muy agradable. Sentía todo mi cuerpo muy frío, allí en el suelo. Quizás estaba enfermo, pero iba a disfrutar aún un rato del hecho de que ya no había calor. No me moví. Junto a esa puerta que iba a seguir cerrada, y con los ojos abiertos, me quedé inmóvil como un muerto, decidido a disfrutar de aquella sensación bastante tiempo.

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