sábado, 22 de octubre de 2011

Espinas en todas partes


De pronto, todo tenía espinas. Le dijo al doctor. Las cosas, las personas: debía intentar no descuidarse o podía acabar ensartado en cualquier sitio, en cualquier ser. Al sentarme sin mirar dónde lo hacía, o estrechando una mano cualquiera sin comprobar si una punta alargada iba a desgarrar mi mano y hacerme desangrar hasta morir.

Bueno, dijo el doctor, esa es una circunstancia que, definitivamente, representa una gran dificultad para la vida cotidiana.

Miró al facultado con fastidio, ¿se reía de él con tales obviedades? Pero rectificó: no hacía más que su trabajo; volvió la angustia a su expresión, asió su mano. El doctor le miró sorprendido, casi asustado por su cambio de humor y por esa invasión de su privacidad. En todo caso, le responde su paciente, obliga a un cuidado constante, agotador. Pero, ¿sabe?, de pronto descubrí que aquello era algo no tan turbador; quiero decir que no aporta mucha novedad, si se medita: vivir es un estado de alerta indefinido, ¿no es cierto? Pensé también, doctor, de pronto: todo posee espinas, pero ¿y yo? ¿Acaso no deben también crecer en mí?

El doctor asintió con dificultad, mientras trataba inútilmente de zafarse de su presa: su mano había quedado ensartada en una gran espina que surgía de la mano de su paciente. Se desangraba sin remedio.


1 comentario:

dondiego dijo...

Muy bueno, como todos los que estás colgando últimamente. Eres el rey del microrrelato poéticosurrealista. Olé.