domingo, 20 de noviembre de 2011

Los malogrados



Entré en la enorme sala y vi a esos seres terribles y perfectos, observándome en silencio. Tuve miedo. Me di la vuelta, hacia unos ventanales por los que pude contemplar las montañas que yo había atravesado para llegar aquí, a este lugar que había confundido con el pajar de la granja de al lado. Y vi a alguien, normal en apariencia, saliendo de la granja y acercándose.

 -Seres iguales a dioses -dijo cuando entró-, es lo que he estado construyendo desde el albor de las eras.


Traté de enfrentarme a él sin enfrentarme a esos seres. Notó mi pánico. Seguía acercándose.


-Comprendo tu temor -continuó-. Son lo que tú jamás podrás llegar a ser. He logrado tan solo dos decenas, a lo largo de milenios. En cuanto a los seres fallidos..., debo contarlos por millones. Por miles de millones.


-¿Y qué hace con ellos?


-Los he ido soltando. Se han extendido por la Tierra -respondió mientras recogía una pala del suelo, ya junto a mí-. Al principio, los enterraba tras sacrificarlos. Pero sentía lástima y decidí dejarlos que escaparan, que se reprodujeran lejos. Son los que tú llamas tus semejantes, ni más menos que la raza humana.


Había alzado la pala sobre su cabeza, tensando sus ancianos músculos.


-Es extraño, ninguno supo hasta ahora desandar el camino de vuelta -añadió antes de golpearme.


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