martes, 20 de diciembre de 2011

Adelgazar para Patricia


Siempre quise acostarme con Patricia. Patricia la monumental, el espectáculo ambulante, la catedral con piernas de la lascivia concebida como devoción. Carnes fantásticas en su turbadora prodigalidad, una materia ágil y bamboleante, eternamente en movimiento: huyendo siempre lejos, más allá de mi alcance. ¿Cómo no iba a desearla? Pero a ella le gustaban los hombres delgados, muy delgados, lo contrario que yo.

Por lo que me puse a dieta, una dieta estricta, estricta como mi deseo. En mis largas noches de hambre y de deseo, yo soñaba con ser merecedor, al fin, de sus abrazos y de su humedad. ¡Lo iba a conseguir!, pensaba en mi delirio, porque ese no comer me sumía en un mundo leve, muy muy leve, donde nada pesaba. Era otra dimensión.

Perdiendo toda esa carne y alejándome de la materia, empezando por mi misma materia, por mi carne -más leve, menos obvia cada vez-, había descubierto la espiritualidad. El tiempo y el espacio se me difuminaban mientras yo la buscaba todavía, acaso por inercia, en los mismos bares y discotecas.

Y una noche, por fin, se me acercó. Me contemplaba, admirativa. Y sí, me señaló. Era mi turno. Me temblaban las piernas de pura inanición, más que de nervios o deseo. Se me acercó y allí, en la barra, nos besamos.

-Chico, qué ímpetu -me dijo. La callé reanudando mi demorado beso. Antes de darme cuenta, seguíamos besándonos y devorándonos dentro de un coche: mi debilidad física hacía del tiempo una sustancia maleable sobre la que yo flotaba alígero. Enfebrecido como estaba, tuve que esforzarme por volver a la realidad, reconocer un tiempo fijo, estable en mi percepción, para la noche en la que, al fin, ella se me rendía.

Escupí un trozo de labio y los colores de la noche regresaron a mí. En esa oscuridad. Colores teñidos de sangre.

Comencé a comprender.

En mi boca tenía aún un pedazo grande y carnoso de ella, la mitad de su boca. Me retiré espantado de su abrazo, un abrazo inerte que me atenazaba solo por el peso de su cuerpo muerto. Miré a mi deseada: uno de sus pechos había desaparecido hacía rato, así como la mayor parte de su abdomen: sus costillas afloraban bajo la indudable marca de mis mordiscos.

Ojalá que todo aquello fuese lo primero que de ella devoré, así habría muerto sin la injusta demora que le habría impuesto el hecho que comenzara a comérmela por la pierna y el brazo que le colgaron, solo cubiertos a medias por hilachos de carne también mordisqueada, cuando abrí la puerta del coche. Solo ahora, oficial, que han vuelto a alimentarme con regularidad en mi celda, tengo la posibilidad de ser consciente de mi crimen. Y créame que lo detesto. Patricia, ¡oh, Patricia! Detesto cómo ahora ya eres carne de mi carne y me atas a esa materia de la que he querido huir. Ya no seré nunca el espíritu ligero que me enseñaste a ser, no voy a serlo nunca más.

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