jueves, 15 de diciembre de 2011

Dos grados máximos de percepción y de conocimiento


Extrañas experiencias relatan aquellos que alcanzan con esfuerzo -son pocos, muy muy pocos-, al fin, la cumbre de todo conocimiento. Por una parte, hay quienes afirman que, al llegar a ese estado, sienten cómo el tiempo se ralentiza de una manera propiamente radical: intuyen que esa demora es la única manera que tiene el ser humano de sentirse inmortal. Lo intuyen, pero no lo saben. ¿Cómo puede ser, si han alcanzado el extremo más alto de conocimiento?, se les pregunta y ellos se explican: esa demora y esa ralentización los sume, de forma paradójica, en un estadio eternamente primitivo de sabiduría. Alcanzan el final y la absoluta realización del potencial humano de percepción y de conocimiento tan solo para ser devueltos al principio, la raíz: es una eterna inmadurez donde la perfección supone un continuo comenzar a no ser ya imperfecto.

Paradójico, incomprensible. Y sin embargo, el otro espectro de seres que han culminado la actualización de ese potencial narran con mucha prisa -tanta que sus palabras apenas resultan inteligibles- una experiencia más rara todavía: el tiempo se dilata, pero para acelerarse. Ya no hay misterio alguno para ellos, allá hacia donde miren. Ni siquiera en el tiempo. Mucho menos en el tiempo que les queda sobre la Tierra. Y ven cómo se precipitan su tiempo en un instante; en un suspiro, apenas, sienten que ya están muertos.

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