miércoles, 21 de diciembre de 2011

Ha quedado con una señora fantástica


Ha quedado con una señora fantástica, se dirige a su encuentro. Trata de imaginar cómo va a desarrollarse, en breve, la conversación, y si dará de sí lo suficiente como para llenar todo de ahí en adelante con ella, su compañía, en un periodo nuevo y excitante de su vida. Aunque quizás esto es precipitarse. En realidad, se tiene que esforzar por apartar de su imaginación, básicamente, la perspectiva de su cuerpo. Ese cuerpo fantástico, a su alcance. Pero sabe que necesita mucho más que la satisfacción de ese deseo urgente y fútil. Sabe que del amor depende su existencia, no es un tópico. O bueno, sí, pero es muy cierto.

Atraviesa veloz parte de la avenida y luego tuerce hacia la calle peatonal en la que ella está esperándolo, sentada en la terraza de un café. Vuelve a dejarse llevar por el recuerdo de su presencia en su futuro inmediato, apenas al girar, por fin, en esa esquina que le queda. Una presencia física, ante todo: no lo puede remediar. La voluptuosidad de sus formas mientras aparta el pelo de su cara, ajusta su falda en torno de sus muslos y su camisa alrededor de su cintura y de sus pechos. Ve cómo ella abre la boca, lo hace siempre que se queda absorta.

Ahora ella se ha quedado absorta, imaginándolo a él. Ansiosa por la cita, fabulando a su vez en torno a ese encuentro, cómo se desarrollará. Vuelve a representárselo, trata de no dejarse llevar por el deseo de que, al fin, él la toque, la posea. Mira su las tapas de su libro, una novela rosa. En realidad, ella no ha quedado con nadie. Tiene un libro cerrado en su regazo, ha dejado de leer y mitiga su aburrimiento con la imaginación. Lleva tiempo sola, y se aburre. Bueno, piensa, tampoco se está tan mal sola. Aun así, tiene una visión de él, por un instante. Alto, no demasiado guapo pero fuerte y al mismo tiempo inteligente: podría mantener con él una conversación sencilla pero amena. Siente cómo se acerca, en su imaginación. Porque la fantasía es él, y se disipa pronto.

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