martes, 6 de diciembre de 2011

Manifiesto de la inmortalidad


¿Por qué está tan desprestigiada, por qué nadie reconoce que es una idea maravillosa? Ese enjuiciarla de una forma negativa también parecía ser la opinión de mi amigo, así que ataqué frontalmente la defensa de mi manifiesto:

-Solo si consiguiéramos quedar detenidos en nuestro mejor momento físico y mental, digamos la primera madurez, en un eterno hacernos sin cerrar nunca nuestro crecimiento; algo que no resultaría tan difícil, pues sería la primera condición que en nuestros cuerpos comportase tal milagrosa fórmula para encarar en sí la anulación del tiempo. ¡Todos esos que hablan de ella en forma despectiva mienten! ¡Valientes impostores! -exclamé aventurándome, para a continuación abandonar el ataque directo y añadir para tratar de ganármelo:- Los que la consideran una forma superlativa de todo egoísmo también están equivocados, porque una vez los hombres tuvieran a sus pies a su peor enemigo, esto es, la caducidad y la ruina, podrían trabajar en serio, al fin, para enmendar las infinitas fallas de sus sociedades. Tarde o temprano -dije, en conclusión-, hasta el hombre más falto de voluntad tendría que esforzarse, siquiera por aburrimiento, para dejar de ser un aprendiz en lo que quiera que haga o que se disponga a hacer.

-Hemos tenido esta conversación innumerables veces -me respondió mi amigo, ante mi asombro, con inusitada tranquilidad; hablando muy despacio-, de la misma forma que hemos vivido este día, la misma luz de este sol que vuelve a atravesar exactamente el mismo punto del espacio en su órbita cíclica de eones, tras morir y renacer. Porque hemos regresado una y otra vez con el universo, con él hemos muerto y nacido una y otra vez. Olvidarás esta conversación -continuó-, de la misma manera que recordarás, tarde o temprano, que ya alcanzaste la inmortalidad; lo hiciste hace ya tanto tiempo que no logras recordarlo. Nada de esto impedirá que, dentro de ciclos de tiempo tan grandes que no tienen siquiera nombre, y agotadas todas las posibilidades con las que el universo se destruye y se recompone a sí mismo, tú y yo volveremos a charlar exactamente aquí, bajo este Sol y en esta Tierra, en estos mismos términos.

Sentí terror ante todas estas palabras, como si con la voz de mi amigo ya no hablase mi amigo, sino la misma eternidad, una inmortalidad enfurecida que solo se complace ante los hombres cuando los hombres la rechazan como algo monstruoso. Con la misma lentitud, una lentitud imposible, monstruosa, continuó explicándose:

-Ahora solo déjame que represente mi papel para decirte que yo, como todos aquellos que denuncias, descreo de la eternidad conquistada para los hombres. No soporto esa idea, no quiero ese horizonte. Yo también olvidaré esta conversación, voy a hacerlo enseguida, cuanto antes. Mañana nos veremos y yo ya seré otro, tan solo aquel a quien tu consideras tu amigo, pero no la persona mediante la que la verdad se manifiesta ante ti, para tratar de revelarte el verdadero rostro de tu confianza y de tu fe. Permíteme, amigo, que ahora me aleje y siga con mis cosas. Con mis perecederas cosas. Con mi mortalidad fingida y el cuidado que obliga a la hora de vivir, de disfrutar el tiempo que nos queda, sabernos temporales.

Hizo amago de despedirse con un gesto, antes de darme la espalda. Pero como notase mi estupefacción, y acaso mi terror, dijo también:

-No te preocupes, nos veremos. No te diré que pronto, pero créeme si te aseguro que volveremos a vernos. Inevitablemente, sin remedio.


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