viernes, 30 de septiembre de 2011

Ilusionista



Un mago y su prodigio: hacer que aparezcan o desaparezcan del escenario objetos, animales, algún que otro miembro de su público. Él tenía un talento diferente, pues solo podía hacer que fuese él mismo quien desapareciera; de una forma tan absoluta que sus espectadores jamás se hartaban de su número: también lograba desaparecer de la memoria de todos.

Por eso, solo cambiaba de ciudad si se aburría. Nadie lo conocía nunca. Noche tras noche, de teatro en teatro, su vida se repetía como una eterna novedad para los otros mientras él soñaba con su desaparición definitiva.

martes, 27 de septiembre de 2011

Negativo de una novela negra


["Novela blanca", un reverso de la novela negra que a nadie interesaría, apunta Javier Moreno en su blog, porque "el bien y la felicidad no requieren justificación [...] Es el mal el que pone en marcha el mecanismo de lo narrativo, con su cadena de preguntas a las que se busca dar respuesta. Al mal se le buscan las causas, nunca al bien". Lean entero el texto aquí. A mí se me ocurrió, como comentario, el siguiente argumento para una "novela blanca"; argumento que quiere ser también, en sí, un pequeño relato.]

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La historia arranca con un acto de bondad anónimo y desinteresado, sin móvil aparente.

Se busca al responsable, se barajan sospechosos que acaban revelando en su caracteres pequeñas manchas, maldades que los desacreditan como responsables. ¿Qué móviles ha podido tener alguien para actuar de esa forma?

Los investigadores se devanan los sesos, los investigadores se sienten impotentes y, finalmente, los investigadores lloran reconociendo que, al menos, toda esa bondad se esconde en alguna parte, también en un lugar profundo de ellos mismos, acaso inaccesible. Lloran de tristeza porque no pueden llegar hasta allí, lloran de felicidad porque esa bondad, al menos, existe, está ahí: lejos, muy lejos y a la vez desesperantemente cerca, a su alcance. Se emborrachan. Amanece. Despiertan en una cuneta. El sol les deslumbra pero ellos insisten en mirarlo. Mirar toda esa luz blanca.

sábado, 24 de septiembre de 2011

El club de la siesta


Empezó como una suerte de costumbre compartida por azar y ha acabado asemejándose a una reivindicación. Después de comer, todos venimos provistos de una almohada de viaje y con un gato entre los brazos. El gato es nuestro animal fetiche, por su naturaleza sesteante. Vamos distribuyéndonos por los rincones del cuarto de estar que, en el reparto de las tardes, corresponda cada vez. También nos repartimos sofás y cojines grandes por turnos: camas y cuartos separados se prohiben para evitar la tentación de escarceos carnales que desvirtuarían nuestro club. También todo tipo de sustancia que induzca al sueño. Definitivamente, están prohibidos los narcóticos y el sexo, así como las timbas o la conversación; también faltar a las obligaciones que cada uno tenga por la tarde.

Sabemos que los otros echan en soledad sus siestas. Bueno, en realidad, la mayoría. Pronto comprenderán que, aunque seamos minoría, la unión hace la fuerza y, desvelados por tal inquietud, ya no podrán dormir. Con los ojos abiertos y desde sus camas o sus sofás, mirando al techo o, peor, a sus televisores, intentarán imaginar qué planeamos justo entonces; qué operación a gran escala, mortal, definitiva. En todo ello pensarán mientras nosotros, dulcemente abrazados a nuestros gatos y nuestras almohadas, en silenciosa paz, echamos nuestra siesta.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Última voluntad


No contenta con otorgarle un talento desmesurado para la música, la naturaleza también le había dotado de una intransigencia feroz hacia los gustos del que debía ser su público. Que el silencio de este hacia su producción se prolongara a lo largo de su vida y su carrera no hizo más que aumentar su singular empeño sobre sus partituras. Desde el amanecer, y hasta altas horas de la noche, tocaba su piano y escribía hileras incesantes de notas, prácticamente sin salir de su estudio. De forma que, cuando murió, los pocos que lo habían visto en los últimos años de sus vida -el servicio de la casa, apenas un par de médicos-, atestiguaron que su continua inclinación sobre su trabajo lo había dejado encorvado, incluso jorobado.

Porque uno de los criados sabía leer música y había curioseado entre sus papeles, salió una tarde a descansar en dirección a las tabernas del puerto silbando alguna tonadilla de su señor fallecido. Hasta las bestias más broncas de esos tugurios quedaron fascinados con aquella melodía. Pocos días más tarde, nuevas y maravillosas canciones se multiplicaron por la ciudad. Los mismos empresarios que dieron la espalda al maestro en los inicios de su carrera no tardaron en disputarse el acceso a su estudio. En apenas dos meses se estrenarían tres sinfonías y dos óperas en los mejores escenarios del país.

En medio de la expectación, un periodista dedicó una tarde y una noche a escribir una larga crónica sobre el artista. Esa mañana apareció en las afueras de la ciudad profiriendo un discurso inconexo, presa de una demencia súbita y fulminante: se suicidaría a los dos días en su celda, en un hospital psiquiátrico. Solo un redactor jefe alcanzó a leer aquella crónica, antes de darla a la rotativa: el aparato, enloquecido, atrapó sus manos y después el cuerpo entero; junto al trabajo y al redactor, la máquina misma quedó destruida, merced a una avería que nadie supo explicar.

Llegaron la distintas noches de los ansiados estrenos: en el mismo momento en que comenzaban a ejecutarse las piezas maestras, terribles incendios fueron prendiendo uno tras otro en los edificios hasta asolarlos. Los supervivientes hablaron de risas terribles que procedían de todas partes, así como de la silueta jorobada del músico agigantándose entre las sombras de las llamas. Que muriesen en circunstancias igualmente terribles los pocos empresarios, orquestas y cantantes que, a pesar del miedo que ya se propagaba, aún se aprestaron a ensayar otras piezas de aquel ingente legado -accidentes horripilantes, determinados por inexplicables coincidencias, siempre con algún testigo que refería las mismas risas y la misma sombra encorvada, acaso jorobada- terminó de convencer al país de que la cabezonería del maestro, su determinación a dar la espalda a su público, lo había acompañado más allá del umbral de la muerte.

Cientos de manuscritos de papel pautado fueron entregados a las llamas; idéntico destino corrieron los pocos dibujos que, con más imaginación que otra cosa, habían publicado los periódicos para dar rostro a aquel mito que debía desaparecer tan pronto como empezaba a ser forjado. Años después, aún se daba el caso de algún infeliz que, por conservar en la memoria alguna de las melodías del maestro maldito, cometía la imprudencia de silbarlas en público, siquiera de taraearlas a media voz. Se le degollaba sin miramientos.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Domingo por la tarde


Un gato recostado igual que un signo de interrogación.

Un superhombre


Cayó desde el espacio, siendo un niño. Venía de un planeta moribundo. Fue acogido por una amable pareja de granjeros. En la pubertad, y como efecto de las radiaciones de nuestro sol sobre su cuerpo alienígena, manifestó unos poderes extraordinarios. De forma que, cuando llegó a la vida adulta, se transformó en el formidable guardián de nuestro mundo.

Todos lo amaban, hasta que fue descubierto su terrible secreto: no fue el único superviviente del colapso de su planeta, sino que otros muchos niños fueron cayendo detrás de él, a lo largo de los años, en la Tierra; para continuar erigiéndose en nuestro único guardián fue buscando uno tras otro a todos esos otros seres formidables y, en sus pequeños cráteres, los fue estrangulando.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Turismo espacial


Cuando era niño fantaseaba con extraterrestres, jugaba a imaginar que descendían con su platillos volantes para venir a recogerme y llevarme a dar una vuelta por los confines del espacio exterior. Dicen que el secreto de la felicidad consiste en realizar como adulto lo que deseábamos de niños, pero también se sabe que la realidad resulta bastante más ominosa cuando llegamos a la vida adulta.

Bueno, pues aquí estoy con esos dos desagradables seres con tentáculos. No han demostrado, la verdad, ser grandes anfitriones: me han conducido a patadas hasta una jaula desde la que ni siquiera he podido contemplar el paisaje, y hace rato que despegamos. Solo puedo contemplarlos a ellos dos, en medio de un sin fin de controles y máquinas, y aún trato de adivinar si están en un viaje de negocios o de bodas -es difícil interpretar la intención con que se acarician de esa forma repugnante, mediante sus tentáculos-, pero por la forma en que me miran y consultan a ratos sus cartas holográficas similares a una suerte de guías del ocio cósmicas, creo adivinar que mis ciento veinte kilos de peso van a consistir en una suerte de pequeño plato exótico para su cena.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Monstruos



No cederé al espanto de la muerte que me desean. Pensaré en los dones maravillosos que la vida ha ido regalándome todo este tiempo, hasta hoy.

Defenderé hasta el final mi vida y la de los míos. Estos pequeños y terrorosos monstruos venidos de otra dimensión ya nos rodean. Nos apuntan con sus armas diabólicas. Comprendo que el horror que me inspiran es igual al horror que nosotros inspiramos en ellos.

Y tenso mis tentáculos.

jueves, 8 de septiembre de 2011

martes, 6 de septiembre de 2011

Digamos que un relato de terror


Pruebas a combinar un montón de palabras, lo haces al azar. Y dejas que se relacionen entre sí, que hagan sus conexiones sin tu ayuda. Palabras ordinarias, en ningún caso extrañas, técnicas o demasiado cultas: crees que no las necesitará aquello que resulte, finalmente. Sea lo que sea. Te retiras, lo miras a distancia y es como esperar que vaya a emerger algún tentáculo de allí. Te acercas otra vez, intentas releer el texto por encima, solo un breve vistazo. Te da la sensación de que hay varias historias latiendo como posibilidades: senderos de sentido que van multiplicándose, abriendo abismos de duda que corroen toda la realidad.

Bueno, empieza a darte miedo. Era el efecto que buscabas, digamos que un relato de terror: una muy breve narración. Abstracta y sin ningún significado cierto. Pero ahora te resulta insoportable.

Cierra el cuaderno, haz otra cosa. Es ya muy tarde, duérmete. Pero todas esas palabras permanecen ahí, extendiendo su sombra de sentido, haciendo nuevas conexiones. ¿Qué decían? Tratas de imaginarlo, no lo logras. ¿Cómo poder dormir? Te levantas y buscas el cuaderno, arrancas el pequeño texto, lo destruyes. Pero es tarde. En un lugar de tu memoria, sus tentáculos se siguen extendiendo. Van poseyendo lentamente todo lo bueno que podía haber en ti. Pasan las horas. La posibilidad del nuevo día yace ahí, en el final de toda esa oscuridad: posibilidades aterradoras. Escribes este otro breve texto, donde lo explicas todo, lo confiesas. Quizás alguien lo lea y le sirva como aviso para que nadie vuelva a hacerlo. Y me perdonen por todo lo que vendrá.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Lentitud



Me gusta ver cómo crecen las plantas, porque poseen el secreto de la velocidad que yo ahora necesito. No me imponen su novedad constante, aguardan a que yo llegue hasta ellas y les devuelva mi atención para cambiar despacio.

Sé que necesitan de mi atención. Mudas, se van acomodando a mi deseo de comprobar cómo se desarrollan lentas, día a día, sorprendiendo a mi paciencia y a mi espera con su añadido imperceptible de esplendor en ellas mismas.

No hablaré de las flores, aún les queda mucho. En realidad, no tanto. Ese es todo el secreto de mi gozo: en esa indecisión, esa región común donde, de forma simultánea, ambas afirmaciones son verdad, allí es donde reside este gusto por ver cómo crecen despacio.

Ver crecer estas plantas. Estas plantas sin flores. Flores: en realidad, ni siquiera las necesito.

Plantas, me gustan porque crecen muy despacio. Dejad que espere, y también que vaya a verlas nuevamente.

Allí donde el silencio florece más, mejor, que las palabras. Y la mirada es siempre esta espera, un deseo, mi conquista soñada de toda lentitud.