sábado, 29 de octubre de 2011

Recital




Estáis todos invitados al recital de poesía que daré el próximo lunes 31 de octubre a las 21:30 en la cafetería Zalacaín de Murcia, dentro del ciclo "Los lunes literarios" que organiza el Colectivo Iletrados.

Voy a leer, casi en exclusiva, material inédito: después de mis dos primeros libros, Los nuevos dioses (2001) y Agujeros (2002), he escrito otros tres extensos poemarios, bastante distintos de los anteriores; uno de ellos, espero, será editado pronto. Estoy deseando "estrenarlos" para todos vosotros.

(Página de "Los lunes literarios" aquí).

jueves, 27 de octubre de 2011

Historia del beso


Allí, en la caverna, nacía un sentimiento nuevo para la especie. Ella, queriendo protegerlo a él y solo a él de los peligros que acechaban ahí afuera -demasiados para su mala cabeza y su cortedad-, hablaba y le reconvenía sin parar. Y él, cansado aún del acto físico de ese sentimiento para el que aún no había nombre -amor, se llamaría algo más tarde-, pero cansado mucho más de la estridente voz de ella, halló una forma de callarla: fue así que nació el primer beso.

Otra versión cifra ese nacimiento un poco después: la especie ya ha descubierto la cosecha de los campos, las ciudades y la plusvalía. Él come sin parar, y ella añora al hombre esbelto. Es a ese hombre esbelto, pero también al señor obeso que está en camino, cada vez más cerca, y para impedirle que siga comiendo, a quien estampa en su boca el primer beso.


sábado, 22 de octubre de 2011

Espinas en todas partes


De pronto, todo tenía espinas. Le dijo al doctor. Las cosas, las personas: debía intentar no descuidarse o podía acabar ensartado en cualquier sitio, en cualquier ser. Al sentarme sin mirar dónde lo hacía, o estrechando una mano cualquiera sin comprobar si una punta alargada iba a desgarrar mi mano y hacerme desangrar hasta morir.

Bueno, dijo el doctor, esa es una circunstancia que, definitivamente, representa una gran dificultad para la vida cotidiana.

Miró al facultado con fastidio, ¿se reía de él con tales obviedades? Pero rectificó: no hacía más que su trabajo; volvió la angustia a su expresión, asió su mano. El doctor le miró sorprendido, casi asustado por su cambio de humor y por esa invasión de su privacidad. En todo caso, le responde su paciente, obliga a un cuidado constante, agotador. Pero, ¿sabe?, de pronto descubrí que aquello era algo no tan turbador; quiero decir que no aporta mucha novedad, si se medita: vivir es un estado de alerta indefinido, ¿no es cierto? Pensé también, doctor, de pronto: todo posee espinas, pero ¿y yo? ¿Acaso no deben también crecer en mí?

El doctor asintió con dificultad, mientras trataba inútilmente de zafarse de su presa: su mano había quedado ensartada en una gran espina que surgía de la mano de su paciente. Se desangraba sin remedio.


jueves, 20 de octubre de 2011

Ella en lo alto de la torre


Desde hace un tiempo, sé que me espía. En las reuniones de los amigos que nos unen y con aire ausente, apartada, como si buscase cierta soledad. Pero me espía, y creo que con intenciones lúbricas: intuyo que quiere follar conmigo.

Yo, simplemente, quiero respetarla. No solo a ella, sino también a su pareja y a la mía.

Una tarde tomábamos unas copas en la piscina de un amigo, con muchos otros conocidos, al pie de una torre. Decidí subir a lo alto de la torre, hastiado del alcohol. A mitad de mi ascensión, me oculté en un recodo de la escalera para mirar abajo y espiarla. Ella, efectivamente, me seguía. Aproveché para bajar a toda prisa por el otro lado de la construcción. Una vez reintegrado entre nuestros amigos, miré hacia arriba: en el punto más alto del edificio, y recortada entre las sombras, ella era una sombra más, inmóvil, que buscaba la sombra que fui yo allá arriba -una sombra que nunca, en realidad, estuvo ahí arriba.

Me alejé en dirección contraria, hacia el mar. Observé la torre y a nuestros amigos, toda la escena de lejos, jadeante aún por el esfuerzo. Todos daban vueltas y vueltas, despacio, muy despacio, ebrios e inconscientes, en torno, sin saberlo, de la torre. Y ella en lo alto de la torre, ebria tan solo de deseo, de deseo hacia mí, de ganas de follar, aullaba a su manera a la luna -sin emitir sonido alguno-; dispuesta a servirse mi cabeza, si mi cabeza hubiese estado allí.

Aullaba para alguien que no era yo ni era nadie de los que se arremolinaban en torno de la torre; pero ella no podía saberlo, presa de su juventud y su deseo urgente. Mientras todos nos alejábamos, nos acercábamos al mismo tiempo hasta ese centro, el centro de nuestro alejamiento; incluso ella, sin saberlo, se alejaba inmóvil en su torre. Una vez hube regresado con todos los demás, cogí la mano de mi compañera, de aquella a quien amo de verdad; y tuve miedo. La supe ahí a ella, a la otra: justo en el centro de ella misma. Un centro poderoso en cuanto más sola y equivocada que todos los demás. Sola y poderosa como un faro, se erigía en un aviso a tener en cuenta cuando volviera el deseo a crecer como una torre en cada uno de nosotros.

En esa noche de fiesta todos éramos, de repente, precarios. Y nos aferrábamos a esa libertad que siempre nos otorgó el hecho de ignorarnos; solos sobre una tierra que no nos pertenece, una tierra junto a un mar que sí empieza a pertenecernos cuando miramos a lo oscuro e intuimos su inmenso movimiento, su conquista de una lejanía.


Quizás en alta mar haya más torres. Y acaso, invisibles, aún intenten conquistar el cielo por nosotros. Es nuestro, ese mar, porque nunca será nuestro.

domingo, 16 de octubre de 2011

Una investigación en el tiempo


No era más que una, entre tantas culturas del pasado, de las que practicaban el asesinato ritual de uno de los suyos, se supone que para aplacar a sus divinidades. La víctima debía elegirse en un estricto azar, según los libros religiosos que, desde hace muchos años, un antropólogo estudia con detenimiento. Hoy, ha recibido una gran noticia. Le ha sido concedido uno de los más codiciados bienes para un antropólogo especializado en los albores de la historia: un viaje en una maquina del tiempo.

Tras cruzar el espacio y los siglos y llegar a aquella aldea, no ha tardado en refutar todas las teorías construidas sobre ellos, así como las más terribles discusiones que a lo largo de décadas habían hecho correr ríos de tinta y de papel. Todo gracias a su rápida inmersión entre la tribu. Lo han acogido como a uno más, conoce a la perfección su lengua y sus costumbres; incluso ha llegado a modificar sus rasgos, antes del viaje, en una clínica de cirugía morfogenética. Y ha descubierto, entre otros detalles no recogidos en aquellos libros que estudiara, que una tranquila y absoluta ociosidad se erige en la verdadera religión de esta gente.

Ha resultado, en definitiva, un trabajo de inmersión admirable: todo lo que ha conseguido se lo debe a su celo profesional; y se lo debe para bien, pero también para mal. Ahora sabe que no hay motivo religioso alguno para esos sacrificios, sino que más bien los acometen por diversión. Cada año nuevo, el brujo de la tribu redacta en los anales de la comunidad una nueva e imaginativa historia al respecto, para leerla después en voz alta y entre las risas de los demás. Sabe también tan solo ahora, cuando es demasiado tarde, que la elección de la víctima no se debe a azar alguno, sino que tras una improvisada votación se deciden por quien haya resultado, a lo largo de ese año, el miembro de la tribu más pesado y aburrido. Él ha pasado meses formulando preguntas y metiendo las narices en todo aquello que podía. Mientras las llamas ascienden en torno al mástil donde su cuerpo permanece atado, y entre los vítores y las crueles risas de todo el poblado, considera que este año ha sido él, efectivamente, el miembro más pesado y aburrido de la tribu.

viernes, 14 de octubre de 2011

El equinoccio absoluto


El equinoccio absoluto
André Breton y Philippe Soupault



Lo diré con Machado y con Hugo Mujica:

La desnudez no es desnudez porque la mires,
sino porque, al mirarla, te desnuda.






__________

[Piezas originales: ANTONIO MACHADO: "El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve", en Poesías completas, Austral/Espasa Calpe, Madrid, 1991, p. 289; HUGO MUJICA: "como una desnudez / que se revelara en sí misma, / no en los ojos de quien la mira", en Y siempre después el viento, Visor, Madrid, 2011, p. 62].

miércoles, 12 de octubre de 2011

Aventuras fantásticas en el balcón


Me he quedado encerrado en el balcón. He salido a fumar debajo de los toldos y me he quedado adormilado. Al despertar, mareado por el calor y completamente sudado, he ido a abrir la puerta. Pero estaba cerrada.

Insisto inútilmente. Siento cómo crece mi malestar a causa del esfuerzo. El sol, ahora, incide aquí de lleno. A pesar de los toldos, siento la insolación, la enfermedad. Pienso: debo romper el cristal de la puerta. Trato de golpearlo: es inútil, me encuentro demasiado débil. Me he escurrido hasta el suelo y he seguido golpeando, pero sí: es imposible. Siento espasmos por todo el cuerpo, estoy llorando. Con medio cuerpo apoyado sobre la puerta, sigo con mis sollozos un buen rato. Hasta que ya no me quedan fuerzas para sollozar. Acabo tendido del todo sobre el suelo. Y me quedo dormido.

Sueño que estoy hundido en un charco de fango, comprendo que es mi propio sudor. Veo a alguien que se acerca, una presencia luminosa. Me dice: "Soy tu fuerza", y dice: "Ven". Trato de liberar mis brazos del fango para acercarlos a los brazos que ese ser me tiende. Me revuelvo y lucho contra el fango, pero me voy hundiendo más, hasta que aquel hermoso ser de luz pura, radiante, se inclina muy cerca de mí: veo su rostro deslumbrante, me habla y siento cómo me baña su aliento: es un calor que no me es desagradable. "Estoy contigo", dice, "ven. Estoy contigo, ven conmigo". Todo se torna esa misma luz blanca y cegadora, también yo era esa luz.

Desperté. Abrí los ojos. Me rodeaba la oscuridad, había anochecido. Corría un fresco muy agradable. Sentía todo mi cuerpo muy frío, allí en el suelo. Quizás estaba enfermo, pero iba a disfrutar aún un rato del hecho de que ya no había calor. No me moví. Junto a esa puerta que iba a seguir cerrada, y con los ojos abiertos, me quedé inmóvil como un muerto, decidido a disfrutar de aquella sensación bastante tiempo.

lunes, 10 de octubre de 2011

Astronomía


Porque siempre me interesó la astronomía, ese mundo de gigantismos y escalas cósmicas, fantaseé inevitablemente con la caída de algunos de esos prodigiosos cuerpos celestes sobre la Tierra, con desenlace cataclísmico. He imaginado incluso, muchas veces, que algunos de esos meteoros vienen desde distancias inimaginables para impactar exactamente sobre mi cabeza: largas noches de agosto en mi terraza, absorto en los cielos, dan entre muchas fantasías para esta.

¿Cómo iba a imaginar que esa fantasía iba a hacerse realidad? Y justo mientras yo, en mi terraza, miraba soñador en dirección al cielo. Vi esa roca, toda esa masa gigantesca, abalanzarse sobre mí. Apenas tuve tiempo a reaccionar pero, claro, poco podía hacer: supongo que esta parte del planeta, tras mi muerte, quedará devastada. No lo sé. Ya no puedo saberlo. Tan solo he sabido, y sé, que en el momento en que esa roca se precipitaba sobre mí, mi asombro no fue dirigido, de forma fatalista, hacia mi muerte o a la enorme destrucción que iba a consumarse en cuestión de segundos, sino al prodigio de ese objeto extraño, casi un mundo, procedente de un ignoto rincón del universo. Y aquel gigante meteoro, como reconociendo agradecido ese asombro no egoísta por mi parte, mi interés puro en su movimiento y su existencia, detuvo unos instantes, a escasos metros de mi rostro, su caída.

Fue como si todo el tiempo, segundos antes de mi muerte, se hubiese detenido. Pude admirarlo, sí, y sentir esa ebriedad que perseguí en los cielos, con mi imaginación, en tantas ocasiones de mi vida; esa vida que ya tocaba a su fin. Luego incliné despacio mi cabeza, vencido: el tiempo se reanudó a mi alrededor con una velocidad inaudita. Y antes de que todo terminara para mí -y por desgracia, como debo de inferir, para buena parte del mundo- aquel gigante meteoro se hundió lento, casi diría delicado, en mi cabeza.

viernes, 7 de octubre de 2011

Extraños en un tren


Lo conocí en un tren. Porque yo leía en un periódico sobre el estreno de una ópera, él me habló con devoción de su voz protagonista. Hasta ese momento había realizado todo mi viaje solo, un viaje de varias horas; así que acepté su invitación de acompañarlo a cenar: terminé mi café y fuimos hasta el vagón restaurante. Allí me comentó su descabellada idea.

No recordaba si la había leído en alguna novela o la había oído en una película. Se trataba de un plan para un crimen perfecto. Dos absolutos desconocidos, residentes en ciudades lejanas, pactan para asesinar a dos personas de su entorno. Cada uno de ellos se encarga de la persona que odia el otro: la distancia y la falta de móvil, me explicó, preservan del deber de pagar por el crimen. Llenó mi copa con más vino y alzó la suya para un brindis. Yo dudé.

"¿No tiene usted a nadie del que desee librarse?", me espetó. Yo pensé en algún compañero de trabajo, quizás en un viejo oponente amoroso, incluso en un familiar próximo y fastidioso. El viaje había sido muy aburrido, hasta ese momento, y el vino y su compañía me embriagaban. La idea terminó seduciéndome, y levanté mi copa. La luz del vagón desapareció. Sonaba el viento como si todas las ventanillas hubiesen sido abiertas. Con un escalofrío, dejé la copa sobre la mesa; noté que aquel vino tenía un regusto demasiado amargo.

"Quizás alguien ya lo ha elegido a usted, lo ha hecho por mí, y es usted la víctima", me dijo. Sus ojos brillaban. El resto de ocupantes del vagón se volvió hacia nosotros en un silencio sobrenatural. Todos aquellos ojos brillaban como ascuas del infierno.

"O acaso usted ha cometido ya su crimen, y se encamina hacia el infierno", afirmó. El ruido del viento se fundía con el de las risas de quienes nos rodeaban. Miré con pavor los rostros que nos miraban, desfigurándose como máscaras de cera sobre el fuego. La luz había vuelto, pero era la luz de unas llamas. Todo, a nuestro alrededor, ardía. La risas eran ya carcajadas, y el rictus de sus bocas grotescas se agigantaba hasta tornarlas monstruosas. "Cada noche", continuó, "usted debe recordar una y otra vez el crimen que su conciencia insiste en olvidar . Y lo recuerda aquí, en el tren donde todo comenzó. El tren que lo lleva de vuelta, a cada instante, al infierno".

martes, 4 de octubre de 2011

Dos poemas


Todo contiene cosas, algo,
ideas, por ejemplo.
Por eso cada vez me bastan menos cosas,
lo que cabe en un cuenco imaginario.

Un cuenco con ideas
muy poco apetecibles:
dejo que se derramen, las esquivo,
camino de puntillas por el cuarto
del que hace ya algún tiempo que no salgo
aunque lo hago a cada instante, con ideas,
las ideas correctas.

* * * * *


Nuevos amigos, al salón.
Crece la propension a las patadas,
epifanía del kung-fú.

¿Quién te invitó a este baile, que no supo
de tus ganas inéditas de figurar
antes de que la timidez
arruine, en su regreso, el nuevo giro
de lo que no acontece?
Te responden las piedras
mientras todos los peces
vuelven a su pequeña
pecera, su tatami.

Más que del kárate, de reflexión
te voy a hablar, pared de agua,
golpe de la respiración.

sábado, 1 de octubre de 2011

Maquinaria


Fue mi hijo quien me avisó entre lágrimas:

-La tostadora, papá -dijo-. La tostadora.

Subí las escaleras, con sueño todavía, en dirección a la cocina. Allí, sobre la mesa, dos trozos de pan yacían amarillentos y temblorosos. No era el amarillo de la mantequilla, mi hijo no había logrado embadurnarlas. ¿Quién iba a atreverse a hacer tal cosa sobre ellas, temblando como lo hacían? Era el amarillo de la enfermedad.

Miré el viejo aparato con desolación. Durante años, nos había acompañado y servido de manera diligente. Mi mujer lo había comprado en Melilla, cuando en Melilla confluía todo tipo de sorpresas tecnológicas, a precios bastante bajos y venidas de cualquier parte del mundo. Solo por los detalles y las formas, cambios insignificantes en los electrodomésticos y el menaje más ordinario que otorgaban a todos ellos un plus de extrañeza, leve pero definitivo, ya era una aventura acudir a sus bazares.

-Tendremos que llevarla al médico -dije sombrío y confundido como un currelo que no ha desayunado todavía.

Al salir de la fábrica, mi hijo me recogió en su coche y fuimos a la clínica. Mi mujer había pasado allí toda la mañana; se le notaban las ojeras y los surcos de las lágrimas cuando nos recibió. Las autorizaciones para la operación estaban todas firmadas, nos dijo.

-¿Tienes hambre, papá? -me preguntó mi hijo. No me atreví a responderle, a decirle que sí. Pero me acerqué hasta la máquina de café de la entrada a la planta, junto a los ascensores. La máquina llenó mi taza de café con fría diligencia.

Estúpida lobotomización de la maquinaria industrial, pensé con injusticia. La máquina, profesional, terminó de servirme el café sin inmutarse, no respodió a mi provocación; pero oí gemir, a mis espaldas, a otras máquinas expendedoras: máquinas de bebidas, de chucherías. Les rogué me disculpasen. El médico salía del quirófano en ese momento. Nos dijo que los cirujanos harían todo lo posible a lo largo de la tarde.

Disculpad, volví a decirles mentalmente. A todas ellas. Disculpad.

Ellas también saben qué es el amor. Puedo oír cómo lloran.