miércoles, 30 de noviembre de 2011

Adiós, pequeña amiga. Isolda, 2006-2011




Elimino del verso
el brillo de la luna
para que sobreviva entre las sombras
mi pequeña falena.

Ya no busco la luz, resulta inútil.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Aventuras asombrosas en la terraza




Abro la puerta de la terraza y siento antes de salir el agradable aire fresco que reina en el exterior, entrando por la puerta abierta. Salgo ufano y me sorprendo considerando la idea de dejar la puerta abierta tras de mí, como si al cerrarla fuese a cesar, ahí afuera, ese chorro de aire fresco.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Aventuras fantásticas en la platea de un teatro


Anochece sobre el escenario y me entra sueño. Focos tenues se corresponden con las candelas que ahora portan los personajes. La escena cómica nocturna se precipita: desencuentros, portazos, gente que entra y sale, un vodevil entre las sombras. Todo el público rompe en carcajadas. Todos excepto yo, porque me estoy durmiendo.

Me arrastra la noche de la ficción. Son mis ritmos, unas costumbres férreas. Pasa un buen rato hasta que la acción va remansándose, los actores hablan más bajo, más despacio, y el público se calma con ellos. Vuelve la luz, está amaneciendo. Los focos se proyectan de forma progresiva sobre una escena que va vaciándose. Me avisan, simplemente, que es de día. Comienzo a despertar.

El telón cae, marcando el entreacto, y yo me quedo ahí, en un lugar que no es la realidad ni la ficción. Con mi despertar jubiloso y una atención para qué o para quién, para nadie, para nada.

martes, 22 de noviembre de 2011

Ambición




-Todos nuestros esfuerzos son inútiles -dijo a su ayudante, y ambos dejaron de pedalear a lomos del nuevo ingenio que habían terminado de construir esa tarde; efectivamente, el Sol y la Tierra continuaban su marcha sin apartarse un ápice de sus senderos prefijados: el primero se escabullía bajo una de las lindes del segundo, y él y su ayudante contemplaron impotentes cómo, alrededor de ellos, retornaban las sombras.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Los malogrados



Entré en la enorme sala y vi a esos seres terribles y perfectos, observándome en silencio. Tuve miedo. Me di la vuelta, hacia unos ventanales por los que pude contemplar las montañas que yo había atravesado para llegar aquí, a este lugar que había confundido con el pajar de la granja de al lado. Y vi a alguien, normal en apariencia, saliendo de la granja y acercándose.

 -Seres iguales a dioses -dijo cuando entró-, es lo que he estado construyendo desde el albor de las eras.


Traté de enfrentarme a él sin enfrentarme a esos seres. Notó mi pánico. Seguía acercándose.


-Comprendo tu temor -continuó-. Son lo que tú jamás podrás llegar a ser. He logrado tan solo dos decenas, a lo largo de milenios. En cuanto a los seres fallidos..., debo contarlos por millones. Por miles de millones.


-¿Y qué hace con ellos?


-Los he ido soltando. Se han extendido por la Tierra -respondió mientras recogía una pala del suelo, ya junto a mí-. Al principio, los enterraba tras sacrificarlos. Pero sentía lástima y decidí dejarlos que escaparan, que se reprodujeran lejos. Son los que tú llamas tus semejantes, ni más menos que la raza humana.


Había alzado la pala sobre su cabeza, tensando sus ancianos músculos.


-Es extraño, ninguno supo hasta ahora desandar el camino de vuelta -añadió antes de golpearme.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Reparación (versión extendida)


Hace tiempo cometí un error, pero no puedo recordarlo. Solo sé que el mundo tal y como alguna vez lo conocí ha desaparecido: la civilización y los núcleos urbanos, el orden de los días y las noches en su estricta sucesión... También -lo más extraordinario- la compañía de los otros: hace tiempo que estoy solo. Solo yo he sobrevivido a una catástrofe de la que solo puedo ver sus resultados, el páramo que me rodea: no sé qué clase de hecatombe fue, pero sospecho que todo se desató por culpa de mi error.

Hay la luz persistente de un sol que no me deja ver. No puedo predecir su posición, cuándo viene o se oculta, ni hay materia fija que me sirva de parapeto. Donde todo queda a la vista, todo fluye: no hay aquí asideros ni descanso. Donde no hay sombra, hay una sombra que no cesa: no hay nada ya que distinguir.

Entre las formas que se mueven, uno sospecha un movimiento, una fluencia: impone una única forma que cambia sin cesar. Imagino a alguien muy grande, gigantesco y extraño que observa desde lejos: es cosa de mi soledad, supongo. Pero de esta fantasía me sorprende que esa entidad descomunal nos vea a mí y al mundo como algo que está quieto y en paz, tranquilo.

En realidad, yo soy el mundo y ese alguien que me observa, pienso. Pero temo perderme por esos caminos de la mente: no sé si todo allí va a acelerarse o si, por fin, regresaría a la quietud; una quietud real, si es que existe algo así. El mundo y yo, ambos supervivientes, aún nos aferramos a alguna clase de ensimismamiento que busque la reparación: igual que el mundo trata de restituir su equilibrio perdido -las rotaciones de los astros, las mareas de sus océanos-, yo intento recordar la forma en que no debo abandonarme para no cometer aquel error, fuera cual fuese.


martes, 15 de noviembre de 2011

Reparación


Hace tiempo cometí un error, pero no puedo recordarlo. Solo sé que el mundo tal y como alguna vez lo conocí ha desaparecido: la civilización y los núcleos urbanos, el orden de los días y las noches en su estricta sucesión... También -lo más extraordinario- la compañía de los otros: hace tiempo que estoy solo.

Solo yo he sobrevivido a una catástrofe de la que solo puedo ver sus resultados, el páramo que me rodea: no sé qué clase de hecatombe fue, pero sospecho que todo se desató por culpa de mi error.

El mundo y yo, ambos supervivientes, aún nos aferramos a alguna clase de ensimismamiento que busque la reparación: igual que el mundo trata de restituir su equilibrio perdido -las rotaciones de los astros, las mareas de sus océanos-, yo intento recordar la forma en que no debo abandonarme para no cometer aquel error, fuera cual fuese.


domingo, 13 de noviembre de 2011

El diluvio


En esta región, los diluvios son habituales. Nos hemos acostumbrado desde siempre a una lluvia furiosa que vuelve una y otra vez, y a una perpetua inundación.

Hay quien dice que morimos ahogados hace tiempo, que las calles de nuestra ciudad son las calles de nuestro cementerio y que nuestras casas son nuestras tumbas. “Solo cuando vemos cómo el sol sale”, añade este insensato, “recordamos la verdad, una verdad tan horrible que, al instante, huimos de ella y soñamos, en nuestro sueño eterno, con la luz de una superficie imposible ya para nosotros”.

¿Crees, le respondemos, que a un montón de muertos les puede resultar grato que les recuerden que están muertos? Es lo que le decimos antes de que, furiosos, acabemos con su vida una vez más. Con palos y con piedras, lo matamos. El sol vuelve a brillar mientras las nubes se disipan y lo enterramos junto a una dehesa. Vemos el sol y lo admiramos: es tan extraño, aquí. Es extraño y hermoso. Sabemos que debemos disfrutarlo lo poco que vaya a durar. Pronto regresará la lluvia, una lluvia terrible: el diluvio. Es el castigo a nuestro crimen. Moriremos ahogados y olvidaremos nuestra muerte, y vagaremos otra vez por estas calles sumergidas escuchando a aquel sombrío, enfermo agorero: nuestro ejecutor.


miércoles, 9 de noviembre de 2011

Variaciones sobre la mariposa de Chuang-Tzu (un relato)


Agotado de mis obligaciones, sesteo un rato. Y sueño con el niño despreocupado y sin obligaciones que fui alguna vez. Ese niño que ahora, en su ocio, dormita en un rincón y tiene un sueño. Un sueño semejante a una sombra preñada de deberes y de preocupaciones.

No sé si soy el niño o el adulto, ambos sueñan la misma sombra. Una sombra que, de cualquier manera, sigue ahí. Una sombra que, indefectiblemente, va a cumplirse en el final de ambos sueños.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Un poema


MOZART CONCLUYE SU MISA EN DO MENOR MIENTRAS COLABORA EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA GRAN MURALLA CHINA


Trabajé duro toda la semana, y seguí trabajando también el viernes y el sábado, el sábado y el domingo,


trabajé en McDonald´s y Carrefour, limpié suelos y escaleras, barrí toda la suciedad que se acumulaba desde, al menos, la historia de Caín y Abel,


me incliné una y otra vez sobre campos de hortalizas que se extendían hasta donde muere y renace el horizonte, renace y muere en la piel oscura de hombres y mujeres como yo.


Creced y multiplicaos, se nos dijo, y nosotros nos multiplicamos sin cesar, nos inclinamos sin cesar,


buscamos en la tierra la forma de no inclinarnos nunca más.


Cavar allí era cavar en el alma del mundo, abrirle heridas de continuo, aunque sabíamos que, tarde o temprano, el mundo iría a vengarse.

El sol oscurecía nuestra piel y éramos hombre oscuros como una mala broma, como un lapsus momentáneo en los planes de Dios.


También salí a buscarte para robar la libertad a dentelladas, la libertad que nos debían desde hace tiempo, y malgastarla en bares de la periferia, en autovías sin fin camino de la borrachera que no nos abandona.


Debemos intentarlo, me decías, mientras pactábamos con rendiciones y demonios que compartían nuestros rostros y reían, y preparaban más rayas de cocaína, y reían.


Lloraban cuando les contábamos todos nuestros pecados,

lloraban de la risa,

lloraban lágrimas densas como la carne, lágrimas de mercurio y eran los termómetros alucinados que medían el bochorno infernal de nuestras noches,

amasaban con el calor huido de los días,

en las noches de nieve y orfidal,

anestesia limpia para nuestros rostros hundidos,

hundidos como surcos, surcos como vías

para nuestra escapada, trabajamos duro

y descansamos alguna vez.


Te defendí delante de los jueces, pero también te condené, te condené conmigo

y ahora juego a vida o muerte y por placer, un placer masoquista,

apostando las llaves de nuestra libertad.


Por ti desentrañé los secretos de los libros sagrados,

perdí mi tiempo en explicarte cómo el tiempo moldea paciente, furioso, estrellas y galaxias.

Pero te rajaste cuando llegó el momento de viajar hasta ellas.

Ve tú solo, me decías, ansiosa de otro día para el descanso,

otro planeta más tranquilo en el reino del tiempo y no en el del espacio,


ese reino que siempre gira

y no aquel ante el que siempre nos debimos inclinar.


Es nuestro al fin todo el uranio, y nuestros sueños brillan enfermos en todas las mañanas del mundo,

tuyas, tuyas son las llaves del reino de la muerte.

Kirie eleison, kirie, kirie eleison,

sólo espero

que vengas a buscarme para salvarme de mí mismo,

que puedas devolverme mi rostro, que me ayudes a recordar mi verdadero nombre.

Mi alma solo puede residir, a estas alturas, en tu voz

y yo, bueno, solo quiero que cantes

mientras los violinistas agitan sus brazos

con espasmos que sacuden a ángeles impasibles

-tocan para que el mundo llore

con esta música que nos ciega

y nos devuelve la vista:

Kirie eleison, kirie, kirie eleison.

Tiembla la creación mientras cantamos.


Ah, es muy fácil dar por terminada algo que llamas creación

para luego esconderte y observarla desde lejos,

cuando todo ha quedado en ella por hacer.

Nosotros acudimos a diario a sostenerla,

ararla y roturarla, y esperar a que crezcan sus frutos en centros comerciales donde lo que se vende es infinito,

como el esfuerzo con que lo hemos producido.


El tiempo de una vida ya no basta para pagar todo lo que necesitamos. ¡Ah, salve, dios del ruido y la velocidad!

Escucha nuestra oda marítima cuando los campos son un mar

en el que viene a perecer todo el esfuerzo.

Seguimos esforzándonos, ¿o es que no nos ves?

Kirie, kirie eleison.


Nuestras manos son alas, no cesan de agitarse

en pos de todo aquello que deben agarrar.

Nuestro sudor es un volcán y lo llevamos tatuado

y gime y ruge con nuestra canción.

Seguimos esforzándonos cuando el esfuerzo ya no basta

y escondemos en nuestros cuerpos

toda la furia de la tierra, su perentoriedad y su miseria,

su carácter caduco, pero también su eternidad, una fecundidad sin fin.


Seguimos madrugando

cuando el amanecer no se distingue de la noche.

Sabemos que amanece porque estamos cantando.

Tiembla, tiembla la creación mientras cantamos.


El escenario es nuestro al fin, nos pertenece,

siempre fue nuestro. Ángeles en tonos de sepia, autómatas furiosos que tocan sus violines para nadie.

¿O es que al fin, estás oyéndonos?

Abre los ojos, míranos, estamos ahí arriba,

sé que nos ves ahora, ves cómo nos movemos

aunque nosotros no lo decidimos, nos estamos moviendo

y vamos a seguir haciéndolo por mucho tiempo

para satisfacer los hilos que nos mueven.


El escenario es nuestro, nuestro al fin,

somos robots para este número final,

esta revelación o apocalipsis, este juicio

al que asistimos a diario, a cada instante.


Ocupamos el escenario, una vez más,

como siempre lo hicimos:

nunca tuvimos otro lugar al que volver.


Somos nosotros, los autómatas,

y, por si no te has dado cuenta, estamos cantando.




[Poema leído anoche en Cartagena, en el I Encuentro de Poesía Combativa "Con-Clave de Voz". Pertenece a una ampliación, actualmente en proceso, de mi primer libro de poemas, publicado en 2001: la plaquette Nuevos Dioses]