jueves, 19 de enero de 2012

Agorafobia


Me horrorizan los espacios abiertos. Bueno, no todos. A veces, en la soledad de mi cuarto, he podido atisbar llanuras que se extienden más allá de este mundo.

Llanuras del tamaño de mi cuerpo, poco más. Un espacio que lleno fácilmente, y que se colma con mis latidos y mi aliento, mi calor: es un lugar vivo, igual que un cuerpo.

Quisiera ir a ese lugar que entreveo, pero regreso una y otra vez, tras las visiones, a mi cuarto. Aquí en mi casa, al menos, me siento protegido: es un lugar con mis proporciones, hecho para el movimiento que yo necesito, moldeado con mi tranquilidad y destinado a lo que puedo imaginar es una vida. Una vida que yo puedo vivir.

Pero debo salir. Debo viajar entre ciudades, a menudo, a causa de mi trabajo. Un día tras otro, atravieso con terror los parajes abiertos que separan mi casa de aquellas poblaciones donde los avenidas son siempre anchas, abiertas en exceso, como tajos abiertos en el gran cuerpo moribundo de un animal que no termina nunca de morir; con plazas y jardines sobre los que pesa un cielo real, demasiado real por gigantesco, que me recuerda cada día la amenaza constante que supone vivir aquí.

Cruzo con mi automóvil, una y otra vez, esos espacios infinitos que median entre las ciudades. Y temo desaparecer lejos de casa, desvanecerme en medio de esta tarea agotadora que supone soportar todo este tiempo ahí expuesto a la nada, a una nada inmensa, al vacío; a la imposibilidad de respirar tranquilamente todo ese aire.

¿Por qué los hombres necesitan vivir en esas urbes gigantescas? Si hubo un creador, ¿qué megalomanía le condujo a habilitar estos vastos páramos para que la vida se arrastrase diminuta, insuficiente, en forma de larvas y escarabajos, de hormigas que, en su labor, arrastran como carga una proporción ínfima de realidad?

Un pedazo de cáscara, un fruto milimétrico. Es todo lo que necesitan, las hormigas. Se ordenan en disciplinadas hileras para no sucumbir en esta incertidumbre en forma de escenario inabarcable que se extiende en todas direcciones.

Yo soy un hombre que atraviesa la pesadilla elefantiásica de dios, esa broma espantosa con la que concibiera los espacios.

A veces, sufro periodos de crisis. Mientras atravieso plazas abiertas o parkings subterráneos -cubiertos, sí, pero inmensos, tan inmensos como el vientre borracho de una Tierra dispuesta a digerirme-, y debatiendo con mis clientes, cerrando mis negocios, un ligero temblor en mis dedos y párpados anuncian la catástrofe. Un rayo ciega la energía modesta que me anima. Y caigo al suelo presa de convulsiones y de espumarajos.

"Llevadme dentro", trato de decir. ¿Dentro de qué, de dónde, adónde quiero ir? Donde me sienta protegido. No, no es eso, porque no hay lugar alguno donde gocemos de protección, aquí sobre la Tierra.

Solo quiero un lugar que posea las dimensiones que yo necesito, acorde con mi diminuta condición.

Y me encierran. En hospitales, en psiquiátricos, durante un tiempo. Me encierran y son ellos los que se encierran. Detrás de la puerta que guarda el miedo donde el miedo no tiene ya donde extenderse, propagarse.

Donde el miedo puede volver a adoptar el tamaño del hombre que lo siente.

No muy lejos del corazón que puede bombear la sangre hasta allí donde la sangre y su calor se necesita. ¿Qué inabarcable corazón podría calentar con su jugo secreto, lleno de furia y de vergüenza, ese cuerpo vacío de la realidad?

Vacío, inerte, gélido: ese cadáver que nos contiene; allí donde debemos regresar.

Sospecho que este último encierro al que me condenan será definitivo. Ellos se encierran, encerrándome, lejos de las llanuras de mi fantasía, la tierra prometida de mis visiones de antaño, allí donde ahora vivo, correteo y respiro fuerte, muy fuerte, extendiendo mis brazos y viviendo, al fin, en libertad.

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