lunes, 2 de enero de 2012

El pozo


Existe desde siempre, es un pozo en las afueras de nuestro poblado. Está prohibido hablar de él, siquiera elucubrar adónde lleva -pues es un túnel que parece carecer de fondo o de final, debe llevar por fuerza a alguna parte, si no a todas partes- También está prohibido imaginar historias de terror con bestias o apariciones que emerjan de él: sabemos que la sombra allí es como un río y quien no saber nada en ella acaba ahogado.

Hace muchas generaciones que un espeleólogo se encarga de explorarlo, investigarlo, recorrerlo. Digamos que, más bien, habita en ese pozo. Mientras el resto de los hombres y mujeres del pueblo estamos ocupados en nuestras labores del campo, de la rudimentaria ingeniería que hemos alcanzado y en la crianza de nuestra descendencia, él está ahí, tratando con la oscuridad y con los recovecos de la tierra.

Es tranquilizador sabe que sobrevive, que ese pozo está en contacto con todos nosotros a través de él: nos representa. Cuando llegan las fiestas de los solsticios y los equinoccios, el espeleólogo regresa por unos días. Y come con nosotros y bebe con nosotros, celebra la ocasión de forma más ruidosa, urgente, que cualquiera de nosotros. Nosotros no le preguntamos. Nos basta con saber que se divierte, que puede hacerlo aún. Que volverá a esa cueva, a ese pozo, a ese túnel terrible cuando acaben las fiestas sin hacernos preguntas ni rebelarse por su suerte.

Yo diría -pero no lo diré, pues hay la prohibición de comentar su ánimo- que se despide jubiloso la mañana en que debe alejarse de nosotros y regresar a su pozo, a su terrible casa bajo tierra.

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