martes, 10 de enero de 2012

Ella abre la puerta


Gira varias veces la llave antes de que la puerta pueda abrirse. Y se abre: la veo envuelta en su albornoz, o es una toalla. Debajo está desnuda. Mojada todavía por el agua de la ducha. No me reconoce, al menos al principio. Ruego por que lo haga enseguida.

De dónde vengo, puedo imaginar que me pregunta, pero no que me pregunte quién soy, eso sería regresar a un inicio demasiado demorado en el tiempo y no tendría fuerzas para atravesar aún más tiempo, esforzándome por remontar el curso habitual de tiempo, ni siquiera tengo tiempo de hacerlo.

-Vengo desde muy lejos -digo. Trato de hablar despacio, de una manera que resulte inteligible para ella, que ella me vea tranquilo

-Necesito que me recuerdes -continúo.

Ella duda, lucha por no alarmarse ante este desconocido. Forcejea disimuladamente con la laxitud de la toalla que la cubre, para restablecer esa tensión que la cubre y la viste de manera precaria: me proporciona un último vistazo a esa intimidad nuestra que acaso no se repita jamás.

Cubre el cuerpo desnudo que yo había acariciado tantas veces en el futuro.

Ella duda. Definitivamente, duda.

Y yo empiezo a desaparecer.


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