jueves, 26 de enero de 2012

Gente que cae


Alguien cayó al suelo y me asusté. Tan largo como era, pero demasiado despacio. Como ofreciendo poca resistencia al aire y a la gravedad, en su caída. Cuando aquel cuerpo terminó de derrumbarse, mi alarma fue mayor: quedó desarticulado como un guiñapo. Una o dos de sus torsiones finales me confirmaban la monstruosidad de lo que estaba presenciando.

Aunque estaba quieto ya, temí acercarme. Debajo de la ropa, ese cuerpo se desinflaba. Como si se desintegrara. Cuando por fin me aproximé, comprendí que aquello era, en realidad, solo un montón de ropa. No hubo nunca un cuerpo, allí debajo.

Siempre que quede claro que se trataba de ropa sin gente, debo decir que continuó cayendo gente alrededor, bastante tiempo. Mucha gente, ropa sin gente. Qué ilusión más absurda, la de mi percepción. Pero me sorprendí afirmando -aferrándome a- mi verticalidad respecto todo lo demás: aquello que me rodeaba.

Me repetía: no, no estoy cayendo. Después palpé mis ropas para comprobar que yo aún estaba ahí. Pero descubro que no tengo ropa puesta: estoy desnudo.

Aunque estoy solo, allí en la calle, tengo un ataque de pudor. Considero un instante si coger algunas de esas prendas y cubrirme. Pero mi vergüenza crece, ahora me siento culpable. Y me alejo corriendo.

2 comentarios:

Pierrot dijo...

El paso de la vergüenza (de la desnudez) a la culpa (del juicio autonomo) se produce con el advenimiento de una consciencia solipsista estructuralmente aislada del mundo, como una afanodora que luego de cuadrar caja, se sorprende probandose a sola todo el shopping.

Genial

Saludos desde la Olla.

Joseóscar dijo...

¡Me encanta tu interpretación, Pierrot! Gracias, saludos.