lunes, 9 de enero de 2012

Los ruidos de la noche


Después de varias noches sin dormir, uno aprende a escuchar los ruidos de la noche.

Todo lo que la noche le susurra a uno, su valiosa lección.

Goznes lejanos, el crujir de alguna cañería, zumbidos casi imperceptibles.

Ecos, susurros, disonancias que el insomne inexperto juzga fruto de la casualidad.

No volveré a tratar de compartir con nadie esas valiosas conclusiones, ya sé que no me entenderán. Guardo silencio y dejo que pase el día y mis obligaciones. Cuando todos duermen, reanudo ese diálogo secreto.

Yo pregunto y la noche me responde.

Mis noches se confunden con mis días. Solo sentí, durante un tiempo, una ligera incomodidad ocasionada por la luz del sol; algo que resolví, en casa al menos, dejando las persianas cerradas todo el tiempo. Durante un tiempo, el día fue para mí una sala de espera: debía someterme a su esterilidad, antes de que me recibiese la noche y su fantástica audición. Mas pronto comprendí que el día era una prolongación de la noche, que su luz es solo el reverso de las sombras: la noche sigue ahí, agazapada, para quienes hemos aprendido a verla en todas partes.

Dormito en los transportes públicos, camino del trabajo: apenas diez minutos bastan a mi descanso. Cuando despierto, sé cuál es la voz que debo atender, es la única verdadera y se esconde en el sueño disfrazado de mi vigilia.

En mi extendida duermevela, yo sigo recibiendo las señales de ese otro mundo que aprendo, poco a poco, a hacer mío; escucho su lenguaje lleno de imágenes y de caleidoscópicas revelaciones.

Tengo la precaución, como digo, de no hablarlo con nadie, aunque a menudo los demás intentan acercarse a mi secreto, tratan de sonsacármelo: me preguntan, hasta me han increpado en ocasiones. Pero no quiero que me juzguen delirante seres que viven en su mundo que yo sé ya falso y precario, un espejismo.

Hoy me han echado del trabajo. Me han conducido en ambulancia a un edificio enorme, en las afueras, donde reinaba una mañana deslumbrante entre parterres y abedules, y les grité que no guardo ningún secreto, que no hay secreto que yo pueda revelarles: la noche no los tiene.

¿Quieren arrebatarme la voz de mi noche perpetua? No te preocupes, me susurra mi noche perpetua.

Porque he mordido a un compañero de la sala de blancos azulejos donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo, me han trasladado a otro lugar: una pequeña celda. Pero a mí no me importa. He vuelto a oír gotas cayendo y circulando por lejanas cañerías, a animales extraños que suenan como niños, el zumbido que hacen las otras dimensiones cuando confluyen con la nuestra y giran como goznes: la realidad y su desierto quedan ocultos por muros que he ido aprendido muy despacio, desde hace mucho tiempo, a sortear.

Para asomarme tras de ellos.

Mi desierto y mi encierro se trasforman despacio en el lugar maravilloso que entreveo.

Puedo verlo, oírlo. Debo guardar silencio ya. Y regresar a él.


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