viernes, 20 de enero de 2012

Soñar con un cadáver


Sueño que he quedado encerrado en un espacio reducido con un muerto. Es una sensación desagradable, estar vivo y compartir ese lugar con él. Yacemos uno al lado del otro, es costoso respirar, pensar, sentir y realizar todo aquello que hace una persona viva cuando se tiene al lado a una persona muerta, inerte, que no se mueve ni respira, que no siente ni piensa. Es espantoso.

Trato de no moverme, de no hacer evidente esa descompensación monstruosa. Al menos, parece que su muerte le ha sobrevenido hace muy poco, pues no hiede. Pero no sé el tiempo que permanecemos confinados aquí juntos, en esta habitación tan diminuta, acaso un ataúd: el tiempo se extiende con la elasticidad absurda de los sueños y el argumento de mi sueño no varía; hay la misma desazón, todo ese tiempo, y su presencia constante que me obliga a no moverme, presa de un pánico que no mengua.

Y a pesar de ese pánico -o quizás por él, precisamente, porque no termina- acabo durmiéndome dentro del sueño; y es un penetrar en el sueño sin sensación alguna de descanso. El terror prolonga sus vías en ese abandonarme a un tiempo demorado donde nada cambia, nada sucede. Lo peor es cuando considero que la ausencia de movimiento, de todos los atributos de la vida, va a prolongarse para siempre.

Despierto al fin. Y siento un gran alivio. Me levanto. Pero al girarme veo tumbado en mi cama un cadáver. Y ese cádaver soy yo. He debido morir mientras dormía.

Intento huir, salir del dormitorio. No me sorprende descubrir que no puedo. Estoy atado allí, junto a ese cuerpo inerte. Ahora solo me resta aguardar a que descubran mi cadáver y lo entierren. Y yo quede encerrado allí con él, inmóvil en mi caja. Para siempre.

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