domingo, 8 de enero de 2012

Una tarde en la librería


Lo veo al fondo de la librería, atravesando uno de los pasillos que crean los estantes, y siento la imposibilidad de saludarle, ahora, a él o a nadie: es por eso que he venido a sumergirme entre libros, esta tarde, y olvidarme de todo lo demás.

Me giro y busco, en un lugar que me permita darle la espalda, algún autor que me interese y cuyo nombre se corresponda con el orden alfabético que me ha salido al paso, por si él dice de acercarse para hacer lo que yo no he hecho: saludar.

No lo hace, me imita. Lo agradezco.

Nos conocimos como lectores, nos une dicha afición. Creo que él siente el mismo respeto y el mismo cariño que yo siento por él. Y me avergüenza huir así, me cae muy bien, es un buen hombre, pero también pienso que esta huida y esta soledad entre libros, esta compañía muda y a distancia, es en verdad la esencia -y yo he hecho, hoy, prevalecer dicha esencia: no debo avergonzarme- de lo que él y yo buscamos en los libros.


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