lunes, 19 de marzo de 2012

El afilador de cuchillos


Lo peor son las noches
afilando cuchillos

José Daniel Espejo


Durante toda la mañana oigo cómo mi vecino, el afilador de cuchillos, afila sus cuchillos. Al comienzo de la tarde sale con su carromato repleto de cuchillos, centenares de ellos, para devolvérselos a sus propietarios perfectamente afilados y recoger a su vez otros tantos cuchillos por afilar.

Se explica ante el cliente, lo puedo imaginar, lo hago en mis largas noches de insomnio: los afilaría en el momento, pero le gusta tomar su trabajo con esmero y paciencia, en la tranquilidad de su taller, ese taller que colinda con mi casa. Sale y regresa al caer el sol, para seguir trabajando durante buena parte de la noche, haciendo ese ruido metálico y mortal que me desvela y me pone nervioso, pero ¿cómo quejarme?, es su trabajo y se muestra muy amable siempre que nos encontramos; pero lo imagino allí recluido, en su casa, cuando no puedo verlo, afilando sin cesar todos esos cuchillos, y siento miedo.

A veces llama a mi puerta para pedirme sal o harina, huevos, algún condimento o especia. Yo trato de ocultar el miedo que me inspira, me tiemblan las manos mientras recojo de mi cocina todo lo que me pide, salgo con todo ello y se lo doy tratando de sonreír, correspondiendo a la amabilidad de la que, en verdad, hace gala siempre en nuestro trato, aunque también me mira serio, con sospecha, cuando le deseo buenas noches, como si intuyese que no soy del todo sincero. Regresa a su casa y, muy pronto, vuelvo a oír el ruido de sus cuchillos restallando en la noche mientras los afila, ese ruido incesante que me impide pegar ojo.

Cuando consigo dormir, mi sueño me sume en pesadillas, pesadillas con cuchillos que él afila con una paciencia que en mi sueños, en mis pesadillas, tiene algo de maníaco, de maníaco y mortal. Es un miedo constante el que me ispiran sus cuchillos, el afilar de sus cuchillos, un miedo que se prolonga desde el día y la noche, en mi vigilia, hasta el lugar fantástico al que me conduce mi sueño, mis intentos de descansar.

Despierto y sigue ahí el ruido de todos esos cuchillos, la actividad de mi vecino, que no cesa, devolviendo a los intrumentos de nuestros paisanos el filo que les da toda su razón de ser. Confesaré que, harto de no poder dormir y de este sobresalto continuo que me está volviendo loco, imagino que lo asesino. Con sus mismos cuchillos.

Puedo oír el ruido de esos cuchillos, mientras los afilo antes de hundirlos en su cuerpo. Los oigo ahora, en mi imaginación, de la misma forma que los oiría mucho después de mi crimen, de nuevo sin poder dormir, presa de mis remordimientos.

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