martes, 27 de marzo de 2012

La frase


Se me había ocurrido una frase fantástica. La puse en las redes sociales y en algunos foros de Internet. Mi éxito fue instantáneo, ¡nunca nada dicho por mí había gustado tanto, ni fue tan celebrado ni citado o compartido por extraños! La cosa no terminó ahí, poco más tarde me reuní con los compañeros de trabajo durante el almuerzo y aguardé el mejor momento para decir mi frase. Como si se tratase de algo que se me acababa de ocurrir, y tratando de de no darle mayor importancia. ¡Menuda sensación la que provoqué! Todos me miraban impresionados y celebraban mi ocurrencia. De vuelta a los despachos, caminaba por los pasillos que forman las mesas envuelto en un silencio augusto, muy solemne, mientras mi frase se repetía junto al nombre de su autor, es decir yo, como un eco en boca del resto del personal.

Esa tarde llamé a mis amigos, uno tras otro, por teléfono. Después de preparar el terreno con menudencias, soltaba mi frase. Luego llamé a mi familia, ¡ay, qué poco les llamo! También en la cola del supermercado, con aire distraído y para que me oyeran bien cajeras y clientes; en las ventanillas de los funcionarios, como broma casual; mientras el autobús nos llevaba a todos aquellos desconocidos y a mí a alguna parte mucho menos lustrosa que mi frase... Fueron tres o cuatro días de inaudita alegría, acaso la cumbre de mi vida social.

Mi inteligencia nunca me había llevado tan lejos, pensé. Pero pensé también: ¿volverá a hacerlo en el futuro? ¿Será capaz de brindarme otra frase así? Porque todos conocen ya mi frase, mi famosa frase. ¿No debería ponerme manos a la obra, para encontrar otra y prolongar, así, mi éxito?

Y lo intenté.

Pero no se me ocurría nada.

Sigue sin ocurrírseme. Y mira que lo intento, todavía.

Todos, de cualquier forma, parecen haber olvidado el alborozo que mi frase les causó. ¿Es posible que se haya apagado, junto con su alegría y su admiración, el recuerdo de mi frase? Acaso, de forma periódica, pudiese repetirla y regresar al éxito y la consideración de los demás, de vez en cuando. Pero no ha funcionado: algunas sonrisas forzadas y un progresivo, un creciente aire de hastío es todo lo que consigo generar a mi alrededor.

Así que desisto de repetirla. Lo conseguí una vez, pienso tratando de animarme para seguir nadando en medio de este océano de días repetidos, toda esta indiferencia. Insisto: he desistido de ella, trato de olvidarla. He vuelto a mis frases banales, tan corrientes. Y he regresado, sobre todo, a mi silencio. Réplicas anodinas, en el mejor de los casos, para las conversaciones en que logro deslizarme y en las que, a duras penas, me dejan participar.


3 comentarios:

Antonio Aguilar dijo...

Pero hay que reconocer que la frase fue muy buena.

Joseóscar dijo...

¡Ja, ja, ja! Sí, menos mal. :)

Juan de Dios García dijo...

Plas, plas.