jueves, 12 de abril de 2012

Reencarnación


Quizás el rigor en mis ideas y en mis métodos es algo exagerado. Hace un tiempo, tuve la mala fortuna de dar con mis huesos en una pequeña ciudad donde todo el mundo creía que la muerte no era el fin: paraísos etéreos como estaciones de paso a reencarnaciones sin fin animaban sus fantasías y sus conversaciones. Mi rigor argumentativo me llevó a tratar de hacerles entrar en razón, pero el encono de estas gentes en su error no conocía límites. Pues bien, iban a disipar por sí mismos las neblinas de sus absurdas fantasías: decidí asesinar de una manera ejemplar a los oradores más exaltados.

Supe entonces que aquí todos eran, además, fervientes defensores de la idea de que no existía el crimen perfecto: aguardaban que el asesino fuera pronto descubierto. Un nuevo error de todos ellos, pensé: en una suerte de reencarnación negativa, seguí asesinando impunemente, con mi rigor acostumbrado. Nunca fui descubierto.

El problema es que ahora estoy solo, he acabado con todos los habitantes de la ciudad que me acoge. Ya no me queda nadie con quien discutir. Me planteo si mudarme de ciudad, para seguir tratando de hacer entrar en razón a nuevas almas descarriadas. Pero ya soy viejo y apenas tengo fuerzas; me sobrecoge, entonces, el anhelo que halla asiento en mí: necesitaría, para ello, de una segunda vida.

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