martes, 31 de enero de 2012

Un gorrión en mi cartera


Tengo un gorrión en la cartera. Lo cuido, lo alimento, y él jamás se va aunque siempre dejo la cremallera abierta. Hay espacio suficiente, hace tiempo que no llevo otra cosa, en mi cartera, más que mi gorrión. Cuando salgo de casa meto al pájaro dentro de la bolsa, la cuelgo de mi hombro y voy con ella a todas partes.

Miro a menudo en su interior y el ave me devuelve la mirada. Solo sufro en las aglomeraciones, con cualquier empellón que alguien me propine en la cola de alguna caja o en los bares, en el metro, camino del trabajo...; en toda circunstancia donde pueda sufrir daño mi pequeño gorrión.

Sé que resulta extraño. Me cuesta, aquí y ahora, confesarlo. Hubo un tiempo en que creí que era normal, que todos ocultaban y llevaban encima alguna clase de animal, un diminuto ser en sus mochilas o en sus bolsos, sus maletas, incluso en sus bolsillos. Por eso alojé a mi pequeño gorrión en mi cartera. Cuando me di cuenta de que nadie, en realidad, llevaba ningún animal encima, era tarde: le había tomado cariño, no podía deshacerme de él. Solo le rogaba que fuese silencioso para que mantuviéramos en secreto su presencia constante, junto a mí; que por ejemplo no cantase -odio que me evidencien y llamar la atención-, y que aguardara a que estuviésemos solos para salir, cantar y aletear sin obstáculos.

Pero tardé, como digo, en saber la verdad. Porque creía que los otros manejaban este asunto con gran discreción, yo los imitaba. Trataba de conducirme con sigilo, o así lo intenté, al menos, hasta aquel día. Pero ese día hubo un imprevisto. Me cazaron. Siento gran repugnancia al relatarlo, pero quizás sirva a alguien y a un futuro, espero que mejor, esta tragedia. Alguien se me acercó en el andén del metro, dispuesto a resolver de manera directa la sospecha que a todas luces y por su expresión le corroía. "Qué lleva usted en esa bolsa", me espetó. Negué con la cabeza. Dije no, oh no, ¡no llevo nada!

-¡Usted está mintiendo! -proclamó asiendo mi cartera de repente. Traté de liberarme de su presa, mientras el resto de gente nos observaba. ¡Todos provistos de carteras y bolsas, de mochilas, maletas! ¡Y los asían muy cerca de sí, yo aún creía que con ánimo protector!

-Por favor, no lo haga -rogué inútilmente, porque aquel hombre seguía forcejeando con gran violencia para arrebatarme la cartera -, ¡es solo un pajarillo inofensivo, una bestia inocente como aquella que ustedes esconden para sí!

Y mientras me revolvía y lloraba, todos pudieron escucharlo. ¡Ponían cara de estar en presencia de un loco! ¡Incluso muchos se reían!

Ah, ja, ja, ja, qué pobre loco, pensaban ¡Podía oírlos! ¡Oír sus pensamientos!

¡Es solo un animal!, repito entre sollozos mientras el tipo estruja mi cartera sin ningún miramiento. ¡Y mi gorrión pía desesperado! ¡Este señor lo está matando con sus empujones! ¿Pero es que no lo oye?, me lamento tratando de hacerle comprender.

Es demasiado tarde. Todo ha sucedido rápido. Mi pájaro debe de estar muerto. La cinta para el hombro de mi cartera se ha roto, y el señor la arroja con furia al suelo. Porque la llevo abierta, todos esperan con sorna a que mi pajarillo salga volando o, más probablemente, que emerja moribundo.

Mi pequeño gorrión.

Nada de eso sucede. Y el desprecio burlón con el que me miraban se ha transformado en lástima y en incomodidad, después de que hayan comprobado el alcance de mi desconsuelo. ¡Lo han matado! ¡Ustedes lo han matado!, rujo, y ellos palpan, por una absurda inercia, sus carteras y bolsos, sus maletas, sus mochilas; incluso el agresor.

La incredulidad de todos es absoluta, cuando comprueban que hay sangre en sus manos. La misma sangre que gotea de sus bolsos y forma charcos en el suelo.

Hay sangre en sus manos y en el suelo, y hay horror en sus rostros mientras yo continúo sollozando sin consuelo posible.

jueves, 26 de enero de 2012

Gente que cae


Alguien cayó al suelo y me asusté. Tan largo como era, pero demasiado despacio. Como ofreciendo poca resistencia al aire y a la gravedad, en su caída. Cuando aquel cuerpo terminó de derrumbarse, mi alarma fue mayor: quedó desarticulado como un guiñapo. Una o dos de sus torsiones finales me confirmaban la monstruosidad de lo que estaba presenciando.

Aunque estaba quieto ya, temí acercarme. Debajo de la ropa, ese cuerpo se desinflaba. Como si se desintegrara. Cuando por fin me aproximé, comprendí que aquello era, en realidad, solo un montón de ropa. No hubo nunca un cuerpo, allí debajo.

Siempre que quede claro que se trataba de ropa sin gente, debo decir que continuó cayendo gente alrededor, bastante tiempo. Mucha gente, ropa sin gente. Qué ilusión más absurda, la de mi percepción. Pero me sorprendí afirmando -aferrándome a- mi verticalidad respecto todo lo demás: aquello que me rodeaba.

Me repetía: no, no estoy cayendo. Después palpé mis ropas para comprobar que yo aún estaba ahí. Pero descubro que no tengo ropa puesta: estoy desnudo.

Aunque estoy solo, allí en la calle, tengo un ataque de pudor. Considero un instante si coger algunas de esas prendas y cubrirme. Pero mi vergüenza crece, ahora me siento culpable. Y me alejo corriendo.

viernes, 20 de enero de 2012

Soñar con un cadáver


Sueño que he quedado encerrado en un espacio reducido con un muerto. Es una sensación desagradable, estar vivo y compartir ese lugar con él. Yacemos uno al lado del otro, es costoso respirar, pensar, sentir y realizar todo aquello que hace una persona viva cuando se tiene al lado a una persona muerta, inerte, que no se mueve ni respira, que no siente ni piensa. Es espantoso.

Trato de no moverme, de no hacer evidente esa descompensación monstruosa. Al menos, parece que su muerte le ha sobrevenido hace muy poco, pues no hiede. Pero no sé el tiempo que permanecemos confinados aquí juntos, en esta habitación tan diminuta, acaso un ataúd: el tiempo se extiende con la elasticidad absurda de los sueños y el argumento de mi sueño no varía; hay la misma desazón, todo ese tiempo, y su presencia constante que me obliga a no moverme, presa de un pánico que no mengua.

Y a pesar de ese pánico -o quizás por él, precisamente, porque no termina- acabo durmiéndome dentro del sueño; y es un penetrar en el sueño sin sensación alguna de descanso. El terror prolonga sus vías en ese abandonarme a un tiempo demorado donde nada cambia, nada sucede. Lo peor es cuando considero que la ausencia de movimiento, de todos los atributos de la vida, va a prolongarse para siempre.

Despierto al fin. Y siento un gran alivio. Me levanto. Pero al girarme veo tumbado en mi cama un cadáver. Y ese cádaver soy yo. He debido morir mientras dormía.

Intento huir, salir del dormitorio. No me sorprende descubrir que no puedo. Estoy atado allí, junto a ese cuerpo inerte. Ahora solo me resta aguardar a que descubran mi cadáver y lo entierren. Y yo quede encerrado allí con él, inmóvil en mi caja. Para siempre.

jueves, 19 de enero de 2012

Agorafobia


Me horrorizan los espacios abiertos. Bueno, no todos. A veces, en la soledad de mi cuarto, he podido atisbar llanuras que se extienden más allá de este mundo.

Llanuras del tamaño de mi cuerpo, poco más. Un espacio que lleno fácilmente, y que se colma con mis latidos y mi aliento, mi calor: es un lugar vivo, igual que un cuerpo.

Quisiera ir a ese lugar que entreveo, pero regreso una y otra vez, tras las visiones, a mi cuarto. Aquí en mi casa, al menos, me siento protegido: es un lugar con mis proporciones, hecho para el movimiento que yo necesito, moldeado con mi tranquilidad y destinado a lo que puedo imaginar es una vida. Una vida que yo puedo vivir.

Pero debo salir. Debo viajar entre ciudades, a menudo, a causa de mi trabajo. Un día tras otro, atravieso con terror los parajes abiertos que separan mi casa de aquellas poblaciones donde los avenidas son siempre anchas, abiertas en exceso, como tajos abiertos en el gran cuerpo moribundo de un animal que no termina nunca de morir; con plazas y jardines sobre los que pesa un cielo real, demasiado real por gigantesco, que me recuerda cada día la amenaza constante que supone vivir aquí.

Cruzo con mi automóvil, una y otra vez, esos espacios infinitos que median entre las ciudades. Y temo desaparecer lejos de casa, desvanecerme en medio de esta tarea agotadora que supone soportar todo este tiempo ahí expuesto a la nada, a una nada inmensa, al vacío; a la imposibilidad de respirar tranquilamente todo ese aire.

¿Por qué los hombres necesitan vivir en esas urbes gigantescas? Si hubo un creador, ¿qué megalomanía le condujo a habilitar estos vastos páramos para que la vida se arrastrase diminuta, insuficiente, en forma de larvas y escarabajos, de hormigas que, en su labor, arrastran como carga una proporción ínfima de realidad?

Un pedazo de cáscara, un fruto milimétrico. Es todo lo que necesitan, las hormigas. Se ordenan en disciplinadas hileras para no sucumbir en esta incertidumbre en forma de escenario inabarcable que se extiende en todas direcciones.

Yo soy un hombre que atraviesa la pesadilla elefantiásica de dios, esa broma espantosa con la que concibiera los espacios.

A veces, sufro periodos de crisis. Mientras atravieso plazas abiertas o parkings subterráneos -cubiertos, sí, pero inmensos, tan inmensos como el vientre borracho de una Tierra dispuesta a digerirme-, y debatiendo con mis clientes, cerrando mis negocios, un ligero temblor en mis dedos y párpados anuncian la catástrofe. Un rayo ciega la energía modesta que me anima. Y caigo al suelo presa de convulsiones y de espumarajos.

"Llevadme dentro", trato de decir. ¿Dentro de qué, de dónde, adónde quiero ir? Donde me sienta protegido. No, no es eso, porque no hay lugar alguno donde gocemos de protección, aquí sobre la Tierra.

Solo quiero un lugar que posea las dimensiones que yo necesito, acorde con mi diminuta condición.

Y me encierran. En hospitales, en psiquiátricos, durante un tiempo. Me encierran y son ellos los que se encierran. Detrás de la puerta que guarda el miedo donde el miedo no tiene ya donde extenderse, propagarse.

Donde el miedo puede volver a adoptar el tamaño del hombre que lo siente.

No muy lejos del corazón que puede bombear la sangre hasta allí donde la sangre y su calor se necesita. ¿Qué inabarcable corazón podría calentar con su jugo secreto, lleno de furia y de vergüenza, ese cuerpo vacío de la realidad?

Vacío, inerte, gélido: ese cadáver que nos contiene; allí donde debemos regresar.

Sospecho que este último encierro al que me condenan será definitivo. Ellos se encierran, encerrándome, lejos de las llanuras de mi fantasía, la tierra prometida de mis visiones de antaño, allí donde ahora vivo, correteo y respiro fuerte, muy fuerte, extendiendo mis brazos y viviendo, al fin, en libertad.

martes, 10 de enero de 2012

Ella abre la puerta


Gira varias veces la llave antes de que la puerta pueda abrirse. Y se abre: la veo envuelta en su albornoz, o es una toalla. Debajo está desnuda. Mojada todavía por el agua de la ducha. No me reconoce, al menos al principio. Ruego por que lo haga enseguida.

De dónde vengo, puedo imaginar que me pregunta, pero no que me pregunte quién soy, eso sería regresar a un inicio demasiado demorado en el tiempo y no tendría fuerzas para atravesar aún más tiempo, esforzándome por remontar el curso habitual de tiempo, ni siquiera tengo tiempo de hacerlo.

-Vengo desde muy lejos -digo. Trato de hablar despacio, de una manera que resulte inteligible para ella, que ella me vea tranquilo

-Necesito que me recuerdes -continúo.

Ella duda, lucha por no alarmarse ante este desconocido. Forcejea disimuladamente con la laxitud de la toalla que la cubre, para restablecer esa tensión que la cubre y la viste de manera precaria: me proporciona un último vistazo a esa intimidad nuestra que acaso no se repita jamás.

Cubre el cuerpo desnudo que yo había acariciado tantas veces en el futuro.

Ella duda. Definitivamente, duda.

Y yo empiezo a desaparecer.


lunes, 9 de enero de 2012

Los ruidos de la noche


Después de varias noches sin dormir, uno aprende a escuchar los ruidos de la noche.

Todo lo que la noche le susurra a uno, su valiosa lección.

Goznes lejanos, el crujir de alguna cañería, zumbidos casi imperceptibles.

Ecos, susurros, disonancias que el insomne inexperto juzga fruto de la casualidad.

No volveré a tratar de compartir con nadie esas valiosas conclusiones, ya sé que no me entenderán. Guardo silencio y dejo que pase el día y mis obligaciones. Cuando todos duermen, reanudo ese diálogo secreto.

Yo pregunto y la noche me responde.

Mis noches se confunden con mis días. Solo sentí, durante un tiempo, una ligera incomodidad ocasionada por la luz del sol; algo que resolví, en casa al menos, dejando las persianas cerradas todo el tiempo. Durante un tiempo, el día fue para mí una sala de espera: debía someterme a su esterilidad, antes de que me recibiese la noche y su fantástica audición. Mas pronto comprendí que el día era una prolongación de la noche, que su luz es solo el reverso de las sombras: la noche sigue ahí, agazapada, para quienes hemos aprendido a verla en todas partes.

Dormito en los transportes públicos, camino del trabajo: apenas diez minutos bastan a mi descanso. Cuando despierto, sé cuál es la voz que debo atender, es la única verdadera y se esconde en el sueño disfrazado de mi vigilia.

En mi extendida duermevela, yo sigo recibiendo las señales de ese otro mundo que aprendo, poco a poco, a hacer mío; escucho su lenguaje lleno de imágenes y de caleidoscópicas revelaciones.

Tengo la precaución, como digo, de no hablarlo con nadie, aunque a menudo los demás intentan acercarse a mi secreto, tratan de sonsacármelo: me preguntan, hasta me han increpado en ocasiones. Pero no quiero que me juzguen delirante seres que viven en su mundo que yo sé ya falso y precario, un espejismo.

Hoy me han echado del trabajo. Me han conducido en ambulancia a un edificio enorme, en las afueras, donde reinaba una mañana deslumbrante entre parterres y abedules, y les grité que no guardo ningún secreto, que no hay secreto que yo pueda revelarles: la noche no los tiene.

¿Quieren arrebatarme la voz de mi noche perpetua? No te preocupes, me susurra mi noche perpetua.

Porque he mordido a un compañero de la sala de blancos azulejos donde pasamos la mayor parte de nuestro tiempo, me han trasladado a otro lugar: una pequeña celda. Pero a mí no me importa. He vuelto a oír gotas cayendo y circulando por lejanas cañerías, a animales extraños que suenan como niños, el zumbido que hacen las otras dimensiones cuando confluyen con la nuestra y giran como goznes: la realidad y su desierto quedan ocultos por muros que he ido aprendido muy despacio, desde hace mucho tiempo, a sortear.

Para asomarme tras de ellos.

Mi desierto y mi encierro se trasforman despacio en el lugar maravilloso que entreveo.

Puedo verlo, oírlo. Debo guardar silencio ya. Y regresar a él.


domingo, 8 de enero de 2012

Una tarde en la librería


Lo veo al fondo de la librería, atravesando uno de los pasillos que crean los estantes, y siento la imposibilidad de saludarle, ahora, a él o a nadie: es por eso que he venido a sumergirme entre libros, esta tarde, y olvidarme de todo lo demás.

Me giro y busco, en un lugar que me permita darle la espalda, algún autor que me interese y cuyo nombre se corresponda con el orden alfabético que me ha salido al paso, por si él dice de acercarse para hacer lo que yo no he hecho: saludar.

No lo hace, me imita. Lo agradezco.

Nos conocimos como lectores, nos une dicha afición. Creo que él siente el mismo respeto y el mismo cariño que yo siento por él. Y me avergüenza huir así, me cae muy bien, es un buen hombre, pero también pienso que esta huida y esta soledad entre libros, esta compañía muda y a distancia, es en verdad la esencia -y yo he hecho, hoy, prevalecer dicha esencia: no debo avergonzarme- de lo que él y yo buscamos en los libros.


sábado, 7 de enero de 2012

Fantasmas


Hace tiempo que veo fantasmas. Me he acostumbrado a sus presencias mudas. Me acompañan, me observan fijamente y jamás sonríen. Tras el miedo inicial, ahora siento que me tranquilizan.

Tan solo algunas veces me causan inquietud, pero es una inquietud que yo juzgo beneficiosa, incluso necesaria. No solo cuando estoy solo, están conmigo; en el trabajo o en actos sociales, rodeado de gente sé que siguen ahí porque los veo vagar entre los otros, entre los seres que viven todavía. Con aire distraído, en un vagar etéreo. Se giran y me observan.

He llegado a sentir el impulso de saludarles. Pero no lo hago, jamás los interpelo, no quiero que esa leve inquietud que me provocan y me tranquiliza se transforme en terror, que sus rostros se desencajen y me hagan conocer el espanto.

Veo fantasmas, sí. Podrían ser terribles, por eso yo me muevo entre ellos sigiloso como un espectro, muy cuidadosamente. Si me ves algún día, procura no mirarme demasiado. Evítame en lo posible, no me saques de mi vagar tranquilo hacia ninguna parte o mi rostro se volvería hacia ti y quizás tú también descubras que estás muerto.

lunes, 2 de enero de 2012

El pozo


Existe desde siempre, es un pozo en las afueras de nuestro poblado. Está prohibido hablar de él, siquiera elucubrar adónde lleva -pues es un túnel que parece carecer de fondo o de final, debe llevar por fuerza a alguna parte, si no a todas partes- También está prohibido imaginar historias de terror con bestias o apariciones que emerjan de él: sabemos que la sombra allí es como un río y quien no saber nada en ella acaba ahogado.

Hace muchas generaciones que un espeleólogo se encarga de explorarlo, investigarlo, recorrerlo. Digamos que, más bien, habita en ese pozo. Mientras el resto de los hombres y mujeres del pueblo estamos ocupados en nuestras labores del campo, de la rudimentaria ingeniería que hemos alcanzado y en la crianza de nuestra descendencia, él está ahí, tratando con la oscuridad y con los recovecos de la tierra.

Es tranquilizador sabe que sobrevive, que ese pozo está en contacto con todos nosotros a través de él: nos representa. Cuando llegan las fiestas de los solsticios y los equinoccios, el espeleólogo regresa por unos días. Y come con nosotros y bebe con nosotros, celebra la ocasión de forma más ruidosa, urgente, que cualquiera de nosotros. Nosotros no le preguntamos. Nos basta con saber que se divierte, que puede hacerlo aún. Que volverá a esa cueva, a ese pozo, a ese túnel terrible cuando acaben las fiestas sin hacernos preguntas ni rebelarse por su suerte.

Yo diría -pero no lo diré, pues hay la prohibición de comentar su ánimo- que se despide jubiloso la mañana en que debe alejarse de nosotros y regresar a su pozo, a su terrible casa bajo tierra.