jueves, 14 de noviembre de 2013

La paz está en lo cíclico

Pero si el alma
en todas sus acciones no es movida
por interior necesidad, y si ella
como vencida llega a ser sustancia
meramente pasiva, esto es efecto
de declinar los átomos un poco
ni en tiempo cierto, ni en lugar preciso.

Lucrecio


Siempre ha sentido que el peso del deber lo justifica en un mundo que se le manifiesta efímero, sin propósito ni trascendencia. Consagra, así, sus días al trabajo. Lo hace sin descanso, hasta que el celo por dar siempre lo mejor de sí en su labor lo sume en la duda: ¿no debiera entregarse a periódicos descansos, para hacer más perfecta la posterior entrega a sus esfuerzos?
Al menos va a intentarlo, ha decidido. Y su carácter metódico contamina también esta nueva dedicación en que termina consistiendo su negación de toda dedicación: la apura hasta las heces y empieza a prolongarse. Sin que su voluntad consciente pueda intervenir, el tiempo se dilata para él en ese permanecer mano sobre mano; la costumbre de su incesante actividad contrasta con la abulia que ahora ensaya, hasta sumirlo en una desesperación en la que insiste como quien tienta sus limitaciones, en un experimento consigo mismo como todo objeto de su investigación.
 Un campo demasiado vasto se abre, conforme crecen los riesgos hasta transformarse en daños. Chapoteando en el fango de su desidia, comprende que no va a poder olvidarse de sí mismo en su febril, pasada actividad. Piensa en ello y la añoranza agrava su enfermedad. Solo la muerte lo librará de estos restos cada vez más fragmentados e irrecuperables de lo que fue.
Pero de pronto considera el paralelismo que este apagarse tiende con órdenes pasados de su vida. Porque, en efecto, a grandes entusiasmos siguieron depresiones insondables; a una incesante confianza y un amor moderado pero incondicional hacia todos los seres, el odio y el recelo; al placer que uno busca en el arte, la sospecha y el sufrimiento por la maleabilidad y la deriva de toda creación; a la fe en la intangibilidad de la música, el ateísmo sordo del silencio; a periodos de fácil e intensa vida social, una soledad que todavía se prolonga en la investigación en curso, este mismo trabajo; optimismos infundados en la existencia y sus alrededores fueron relevados, en fin, por una comprensión negra, la derrota de toda consideración vital y filósofica.

Enciende otro cigarrillo, después de toda una vida sin fumar. Total, se dice: va a morir, acaso pronto. Y una certeza termina por asaltarle igual que una epifanía: todo, incluso su presente desesperante y sin propósito, forma parte de un ciclo metódico e infalible que lo ha acompañado desde siempre; lo está cumpliendo, sí, a la perfección. Y eso, por fin, logra reconciliarlo con su suerte.


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