lunes, 16 de junio de 2014

Muerto por pereza


Hubo una vez, en un país extranjero, un tipo bastante perezoso. Tanto, que por pereza se murió. Todos aquellos que lo conocían se encogieron de hombros con resignación, pues esperaban la triste noticia: sabedores de su indolencia, no podía sorprenderles el fatal desenlace.

El fallecido vio aquella luz de la que hablan todos aquellos que han estado al borde de la muerte. Sabía que debía encaminarse hacia ella y, sin embargo, estaba tan cansado… ¿No podría echarse una siesta en ese extraño lugar que se abre para aquellos que no tienen prisa por arrastrar sus tristes almas hasta la eternidad? Se sabe que los fantasmas no abandonan el mundo de los vivos por alguna tristeza irreparable, pero nunca se había oído el caso de nadie que quedara atrapado en ese limbo terrible por pura y simple desgana. 

Y en el cementerio donde reposaba su cuerpo, el sepulturero no iría nunca a delatarlo, escrupuloso en su muy profesional respeto por los asuntos de sus clientes, los muertos; pero los espíritus residentes sí montaron en cólera, pues era inconcebible que alguien se burlara de la muda gravedad de la muerte con tales, estrepitosos ronquidos.


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