miércoles, 16 de julio de 2014

La desaparición de Kellermann


El cosmólogo Thomas Kellermann recibió una visita inesperada la noche del tres de diciembre de 1974. Su sirvienta habló de unos bisbiseos demorados, que ella pudo oír desde su dormitorio, muy cerca de la entrada. Tras media hora oyó que la puerta de casa se cerraba y no le dio más importancia, entendiendo que el viejo profesor regresaba a su dormitorio.
Así les explicó a los investigadores del caso. Dos semanas después, el anciano seguía sin aparecer. Solo entonces, los medios empezaron a prestar atención a una carrera menor, y muchas de sus teorías empezaron a discutirse por primera vez en las universidades y en los medios.
Y cuanto más se discutían, más conspiraba el cosmos por adecuarse a ellas.
Ahora que todos leían sus principios y teorías, por fin se entendían muchos movimientos misteriosos de la materia que no habían logrado ser explicados hasta entonces.
Todo encajaba en los papeles del desaparecido Kellermann.
Las estrellas y todo el universo se movían en homenaje a él.
Pero el investigador apareció una buena noche en un descampado a las afueras de su ciudad, sin guardar recuerdo de los meses que había sido dado por desaparecido.
Parecía con buena salud.
Y los distintos patrones y sistematizaciones que poblaban sus libros y sus apuntes dejaron de encontrar reflejo en el funcionamiento de la realidad. Nuevas apreciaciones y consideraciones devolvieron a sus diagramas, ecuaciones y concepciones a su diminuta condición previa.
Todos abandonaron y olvidaron sus teorías.

Ignorante de que durante un breve espacio de tiempo sus estudios habían determinado la gran sinfonía del universo, Kellermann vivió bastantes años más en su modesta laboriosidad, la felicidad de su vida solitaria y tranquila.


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