miércoles, 23 de julio de 2014

Adolfo Belmonte de Rueda escribe sobre `Los monos insomnes´


A veces, uno tiene la suerte de conocer a través de las redes sociales a personas como Adolfo Belmonte de Rueda. Desde la mágica ciudad de Córdoba, Adolfo es un vigía insomne que permanece atento a toda la poesía y la literatura que se publica. Yo tengo la inmensa suerte de contarlo como lector: aquí os dejo un enlace a la generosa lectura que ha hecho de mi libro de relatos de Los monos insomnes. ¡Gracias, brotha!


sábado, 19 de julio de 2014

Telediario




Me ha parecido oírle decir a la presentadora del telediario que «Son datos recogidos por el Instituto Y Tú Más»




(Imagen vía Mycroft)

miércoles, 16 de julio de 2014

La desaparición de Kellermann


El cosmólogo Thomas Kellermann recibió una visita inesperada la noche del tres de diciembre de 1974. Su sirvienta habló de unos bisbiseos demorados, que ella pudo oír desde su dormitorio, muy cerca de la entrada. Tras media hora oyó que la puerta de casa se cerraba y no le dio más importancia, entendiendo que el viejo profesor regresaba a su dormitorio.
Así les explicó a los investigadores del caso. Dos semanas después, el anciano seguía sin aparecer. Solo entonces, los medios empezaron a prestar atención a una carrera menor, y muchas de sus teorías empezaron a discutirse por primera vez en las universidades y en los medios.
Y cuanto más se discutían, más conspiraba el cosmos por adecuarse a ellas.
Ahora que todos leían sus principios y teorías, por fin se entendían muchos movimientos misteriosos de la materia que no habían logrado ser explicados hasta entonces.
Todo encajaba en los papeles del desaparecido Kellermann.
Las estrellas y todo el universo se movían en homenaje a él.
Pero el investigador apareció una buena noche en un descampado a las afueras de su ciudad, sin guardar recuerdo de los meses que había sido dado por desaparecido.
Parecía con buena salud.
Y los distintos patrones y sistematizaciones que poblaban sus libros y sus apuntes dejaron de encontrar reflejo en el funcionamiento de la realidad. Nuevas apreciaciones y consideraciones devolvieron a sus diagramas, ecuaciones y concepciones a su diminuta condición previa.
Todos abandonaron y olvidaron sus teorías.

Ignorante de que durante un breve espacio de tiempo sus estudios habían determinado la gran sinfonía del universo, Kellermann vivió bastantes años más en su modesta laboriosidad, la felicidad de su vida solitaria y tranquila.


sábado, 12 de julio de 2014

Después de leer `Martillo´ de Alejandro Hermosilla


Una vieja tradición rabínica proscribe el ejercicio de la profecía para los menores de cuarenta años -es la edad, por ejemplo, con que Moisés o Mahoma se convirtieron en profetas-, y no puede ser casual que sea exactamente la edad con que Alejandro Hermosilla publica su primera novela, Martillo. Quizás parezca exagerado, pero Juan Francisco Ferré califica este libro en su prólogo de peligroso y yo ahora sé que no bromea. 

Conocí a Alejandro Hermosilla hace unos veinte años y ya me causó gran impresión. No conozco a nadie a quien no haya causado impresión conocer a Alejandro. Recuerdo una de nuestras primeras conversaciones, si no la primera, en las que Alejandro me dijo que tenía la necesidad urgente de ir al desierto, de perderse en él, de conducir su moto a través de la arena hasta encontrarse con alguien para detenerse, quitarse el casco y espetarle: 

-Je suis un écrivain.

Lo que en otros puede parecer impostura, en Alejandro nunca lo es. Es fieramente verdadero. Verdadero y fiero, temible, peligroso. Igual que el desierto. Quizás todo escritor de verdad es, en realidad, un profeta. Todo profeta nace en un desierto, y veinte años después Alejandro ha regresado de ese desierto -el desierto del Sáhara, el desierto de Yemen, el desierto de Omán, el desierto de México- convertido en escritor con esta novela alucinada, perturbadora, peligrosa.

Su principio da cuenta de las andanzas de un viajero -que no de un turista- por Marruecos, narradas de esa forma con que solo puede narrar unas experiencias quien las ha vivido, y que lo ha hecho para ser transformado por tales experiencias. Pronto van saltando todos los diques y el lector asiste a un torrente avasallador, hipnótico, terrorífico muchas veces, que esconde entre los meandros incansables de sus visiones la narración, el ensayo, la poesía y el delirio, la admonición apocalíptica -esto es, reveladora- desde un credo contradictorio y multiforme como los restos de un espejo destrozado a martillazos.

Son reconocibles, por momentos, las influencias de autores tan dispares como Mario Bellatin o William Burroughs. La brillante apropiación que hace de los personajes de H. P. Lovecraft -en la que se enlaza la historia de Abdul Alhazred, también conocido como el Árabe Loco y autor del terrible Necronomicón, con la de un español preso en Argel llamado Miguel de Cervantes- convierte además esta novela en una fastuosa, deslumbrante aportación al ciclo de los Mitos de Cthulhu.  Y serían solo algunas de las muchísimas facetas con que brilla Martillo: el autor no se ha detenido ahí, ni en sus influencias ni en las numerosas referencias culturales que cita, siempre desde su inteligente y razonada, pero sobre todo vivida, asimilación, para desarrollarlas, imbricarlas en su narración y hacer más poderosas y devastadoras las conclusiones de su visión del mundo, de la decadencia de nuestra vieja Europa, de la triste y secular incomprensión entre Oriente y Occidente.

Una voz poderosa y personal nos lleva finalmente, a ritmo de versículo y de revelación, de locura y de verdad, a esa rara experiencia que el texto literario produce como en la antigüedad debían de producirla los textos proféticos: el temblor y la transformación de quien está al otro lado de la palabra del profeta, justo antes de ocupar el centro mismo de esa palabra; aquel que escucha al loco sagrado y sospecha que, tras hacerlo, no volverá a mirar el mundo de la misma forma.