viernes, 12 de agosto de 2016

El inventor del diccionario


¿Quién inventó ese inútil artilugio, tan pomposo y florido, que sirve solo a los pedantes? ¿Un hablante despechado, un recalcitrante coleccionista de humo intelectivo, un escritor con ánimo de hacer trabajar a sus lectores?
Hay una historia secreta que relatan todos los diccionarios, la de la rebelión de los sentidos. Aunque el sentido nunca se rebela, pues solo se rebela aquello que una vez estuvo sometido y el sentido siempre se deslizó inasible entre los dedos de quienes lo persiguen.
Miles de páginas se deben a aquellos que los siglos han denominado filósofos, para tratar en ellas de dar cuenta de tal sentido y solo para no reducir nunca lo que las palabras puedan significar.
Pero no es esta la historia que nos interesa, abstracta en exceso para seres que, como nosotros, se ven abocados a la concreción y toman, como mucho, palabras nuevas a su servicio como quien recluta soldaditos de plástico para su diminuto ejército.
 Quién inventó ese hangar fantástico.
Alguien trata de distinguirse nombrando aquello que todos conocen con alguna palabra ignota, que transforma lo conocido en una intolerable novedad. Para apaciguar los ánimos de la irascible tribu y salvar el pellejo del irresponsable, un oscuro inventor recoge en un volumen los frutos de ese crimen y le pone después precio al libro.
Y el siglo concluye que, por el momento, y solo porque los extraviados más inofensivos frecuentan bibliotecas, será una solución plausible.
Hay para los libros, en nuestros días, cuando menos parecen importar, un acceso abundante y fácil. Hay la parte material que se inscribe en la historia de ese fracaso demorado en que consiste tratar de dar caza a los significados mediante sonidos y letras, en absurda combinación, y que no es nueva.
Y la actividad del diccionario sigue, necesaria al hombre, y la poda dicta su necesario y económico vademécum. De que el tiempo relegue los vocablos olvidados a esa mezcla de exótica inutilidad resulta la lección de esta historia, que es la historia de una guerra tan inútil como la especie que la concibe, determinada por la condena de su biología a la ilusión del tiempo.
¿Qué vana ampulosidad alimentan sus páginas, qué fatuos no crecieron a su sombra? Diccionarios. Solo si los pensamos como asilos de excombatientes podrían despertar en nosotros algo de comprensión; pero las palabras no son personas: no vertamos sentimientos en un pozo equivocado. Hubo, sí, un tiempo más saludable en que no eran necesario, pues la gente no necesitaba recordar aquellas palabras que eran olvidadas con toda justicia. Batahola, buco, exordio, hontanar, peristalsis: ¿quién os sigue necesitando?


(Pintura de Mihay Bodó)

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