viernes, 16 de septiembre de 2016

El informe


El martes por la tarde, en reunión extraordinaria, presenté mi informe y todo el mundo lo aplaudía. Tras del resto de las intervenciones salimos a cenar. Estuvimos bailando, bebiendo, cantando en karaokes. El martes por la mañana me dolía la cabeza pero una llamada de Tutsomu me hizo absurdamente feliz; antes de regresar a casa le aticé un puñetazo a un tipo en el parking y él le propinó otro al jefe de otro departamento. Fuimos al cine por la noche y Soru se echó a llorar a mitad de película; yo me reservé para el final.
El jueves estuve en Kobe y comí en un restaurante construido sobre pivotes de madera, en el mar. Estaba decorado con extrañas cortinas amarillas y olía a rosas, a salitre y a pescado. Por la tarde, en el hotel, pasé todo el rato viendo la televisión; también por la noche, excepto un rato que dediqué a pasear.
De vuelta el viernes, fui a cinco o seis reuniones en cinco o seis puntos distintos de la ciudad. Antes del mediodía presencié un accidente de tráfico, quiero decir que vi los cuerpos mutilados de los accidentados. Por la tarde contemplé los rascacielos del centro desde un ascensor transparente, a la altura del piso quincuagésimo séptimo; creo no haber sentido ese vértigo fascinado de sí mismo y que consigo mismo se retroalimenta, como si uno no fuera salir de él, desde que estaba en primaria y viajé con mis compañeros hasta Tokio por primera vez.
El sábado fuimos a ver a los padres de mi mujer. Para cenar mi suegro nos condujo a un restaurante español: un hombre ataviado como un torero y una mujer vestida de gitana bailaban en el centro del comedor y yo volví a dejarme llevar por mis recuerdos, recordé mi infancia al probar el café, el viaje aquel de mi infancia porque también visitamos un museo, el museo estaba en la planta vigésima de un edificio ya viejo entonces. Allí probé por vez primera el café, me lo tendió una chica mayor que yo de la que estaba enamorado.
Al salir del restaurante una pareja discutía a voz en grito y he recordado un cuento de Kawabata adaptado y dramatizado para la televisión. Mi suegra ha gastado una broma que todos han reído con ganas, pero yo no la he escuchado y por lo tanto no me he reído, sino que me he limitado a mirarlos, supongo, con cara de lelo, porque pensaba en asuntos a resolver de mi trabajo esta semana que entra. Gasté lo que me quedaba de domingo trabajando en mi informe. Soru, mientras tanto, estuvo leyendo.

Me llevó todo el lunes terminarlo. Mañana lo presentaré.


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