lunes, 31 de octubre de 2016

Los silenciosos


Los vemos acercarse y sentimos un odio natural y consecuente contra ellos, los silenciosos. Con su conducta incomprensible no hacen más que evidenciar el ruido constante y desagradable en que vivimos envueltos y que imponemos de manera abusiva a quienes nos rodean.
        Pedantes del demonio, malditos pretenciosos. ¿Qué pretenden con todo ese silencio, hacerse los interesantes?
Primero se trató de una modalidad igualmente siniestra, aunque algo atenuada todavía, de una falta absoluta de locuacidad. Pero pronto ingresaron en el silencio hermético que les caracteriza.
Hemos de suponer que hablan con cierta prodigalidad en la más estricta intimidad, para resolver de esta forma sus asuntos. Son parcos al hablar, cuando lo hacen. Hemos de suponer que entre los suyos, en privado, se extienden largas conversaciones que a los demás quedan vedadas siempre. Reservan sus asuntos más íntimos para los suyos, ¿por qué los sienten tan decisivos, tan importantes se consideran? Qué poco natural tendencia es esa, qué siniestra conspiración, ¿acaso no tienen futilidades para compartir con los desconocidos, equivocadas opiniones –por vergonzosas que resulten- que los expongan a ser, simplemente, humanos y falibles?
¿Por qué solo nosotros debemos ser ridículos?
¿Y ellos van a hacernos creer de esa manera cobarde y silenciosa que les caracteriza que son mejores que nosotros?
Uno de estos nuevos pretendidos aristócratas del estar ahí callados, tan callados, como si eso les hiciese mejores que nosotros, se atrevió no hace mucho a rogar a sus compañeros de viaje en un autobús, con desfachatez indecente, más inaudita aún en su infame mascarada de cortesía exquisita, a que moderaran el volumen de sus voces y sus móviles. Y una señora, muy acertadamente, le recordó aquel viejo dicho italiano de la maldad de los que hablan bajito.
Fue así puesto en su sitio ese silencioso entrometido, que volvió a cerrar la boca derrotado.
Hubo un tiempo en que fueron mayoría y esos estúpidos cantamañanas que sacan conclusiones con palabras altisonantes para dárselas de sabios y filósofos decían que por fin había llegado el momento en que nuestro país, tradicionalmente atrasado e incluso intratable, empezaba –siempre según ellos- a civilizarse. La entropía social, que difumina, cuando se dan, sus estiradas formas; la que nivela de una forma deseable tales formas y nos constituye en sana y vulgar, coloradota y muy ruidosa fraternidad, ha mermado mucho sus filas. Pero todavía quedan muchos, demasiados.
Avanzan por las calles ufanos, con esa tranquila, pretendidamente santa falta de estropicio. Y no hay cacofonía que los manche. Como Jesucristo sobre las aguas, ellos caminan sobre la superficie de cualesquier coprolalias. No, noli se tangere. Y a nosotros nos gustaría arrastrarlos hasta el fondo de nuestra cháchara para restregarles sus rostros impolutos, por no decir inexpresivos, en el fango de la palabra que no cesa de decir lo que quiere decir, que no es más que cualquier cosa: nuestras ganas de que se nos oiga en cualquier momento o lugar, nuestra inacabable estupidez.
                Afortunadamente, todo regresa al lugar que le corresponde. Nuestro futuro, dijo alguna vez un sabio muy antiguo, reside en nuestro origen. Esa es la esencia de las cosas y emerge aun más terca cuanto más trate uno de ahogarla, de ocultarla. Y nuestra esencia es el ruido, el ruido, un ruido incesante. Una civilización de puro ruido. Voces que se elevan y gritan sin por qué, jamás para escucharse entre ellas o, en todo caso, para soliviantarse y encender la excitación bronca que nos constituye y nos gusta.
                Nosotros ocupamos los vagones de trenes y de metros charlando de forma estentórea a dos, tres, cinco, siete bandas; proclamamos nuestros asuntos, nuestras opiniones y nuestras fobias, nuestras preocupaciones y también nuestras intimidades, con la sana franqueza que quien no tiene nada de lo que avergonzarse.
No, no tenemos nada, absolutamente nada que esconder.
Hablamos a gritos por nuestros móviles en las salas de espera de hospitales o despachos de la administración; nuestros móviles que nos avisan de nuestra constante hermandad con otros semejantes mediante músicas estruendosas y a todo volumen, que no se avergüenzan de la sagrada misión que llevan a cabo: permitir que estemos conectados todo el tiempo para contarnos nuestras cosas, hasta las más nimias -sobre todo las nimias, las banales, y también las ofensivas, las gratuitamente ofensivas-, con la pasión de quien dirime el destino del mundo.


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