miércoles, 4 de enero de 2017

El gran museo del mundo


Es el fin de la historia y el principio de la era del museo. La era del gran museo del mundo.
No imagina Duchamp, allá en su tumba, cómo ha transformado nuestro presente aquella vieja idea suya de que cualquier cosa es susceptible de convertirse en arte simplemente con ser introducida en un museo –idea que, en cualquier caso, él mismo abandonó muy pronto para jugar al ajedrez con mujeres desnudas el resto de su vida, de su vida de artista-. Ready-made, lo llamó él. Objetos encontrados. Y hemos tardado todavía muchos años un comprender ese ready-made enorme que es la realidad.
Oh, sí, nos la encontramos a diario. Ahí delante de nosotros, una y otra vez: terca, terca realidad.
¿No habíamos de hacer de la misma y entera realidad el gran arte definitivo?
En el mismo momento en que se produce. O sea, a cada instante. Y consumar de esta manera la ingente tarea de la musealización del mundo.
Hubo un tiempo en que era necesario que pasaran las décadas, incluso los siglos, para que las cosas y las personas fuesen susceptibles de recogerse en las estanterías y entre las paredes de algún museo; un lapso que ha ido acortándose más y más, hasta que tal cualidad, ser digno de compilación – y erudición y exhibición, de contemplación y de gozo y continua rememoración- ha terminado por alcanzarnos y ya el presente produce su propia memoria instantánea y su doble.
Si antes solo eran dignos de la exhibición perpetua, y por este orden, dioses, héroes, reyes, epopeyógrafos, artistas y, finalmente, tras las personas, las cosas, ah, las cosas, es decir la materia del universo como imagen de la producción bizantina y lujosa, posterior y  caprichosa de la burguesía, hoy hemos alcanzado la total democratización en esta exhibición perpetua que nos constituye y alimenta, que nos entretiene y nos pasma, que nos educa y deseduca para iniciar el ciclo una vez más, en el seno perpetuo del instante fugaz y ya para siempre memorable.
Porque ahora todo, todo es memorable. El mundo como tal es un museo y el tiempo presente, en su  mera y constante presencia producida, es el objeto impostergable de toda exhibición.   

Se terminaron los vacilantes tiempos de la selección.  Basta ya de purga y de preparación, llevamos preparándonos para este gran museo desde que descendimos de los árboles, desde la deriva tectónica y del mismo big-bang. No habrá comienzo nunca más, comienzo ni final, sino ese instante incomprensible y sempiterno, repentino y banal pero también decisivo y definitivo; trascendental si nos concierne, y lo hace siempre; universal porque se encuentra en todas partes, repitiéndose en el tiempo para acabar con el tiempo y hacerlo así, por fin, indestructible.


1 comentario:

el funàmbulo de camelot dijo...

Sabroso su comentario del arte como monumento -ahora derruido-; breve y sustancioso; la democratización del saber ahora permite que cualquiera luzca sus pequeñas o grandes vanidades, depende de su ego y de su dinero. Porque ya no es necesario el museo para adquirir categoría de arte, basta con una plataforma publicitaria y una vitrina virtual con prestigio: Nombres famosos, economías boyantes, pensamientos polémicos con eco en los medios, etc., etc. pero siempre habrá basura y la teoría del gusto kantiana no pasa de moda. Saludos desde Colombia.