
En el segundo recreo ha entrado al departamento Juan Ramón Barat, colega de profesión y escritor, y con el entusiasmo que le caracteriza -entusiasmo y bonhomía, resumiría: un abrazo, Juan Ramón- nos comenta que va a escribir una novela juvenil: dado el éxito que entre nuestros alumnos tienen títulos como El asesinato del profesor de lengua o El asesinato de la profesora de matemáticas, se ha decidido a escribir una historia sobre un profesor que mata alumnos. ¡Genial!, le digo, contagiado por su energía: necesitas un principio con garra... Encuentran el cadáver de un chico, me interrumpe.
No, continúo, algo más nimio de entrada. Principio de curso: un chico le pone un mote al profesor en cuestión. Ni siquiera es cruel ni ofensivo, un apodo más bien inocente, pero que tiene éxito y se propaga por todo el instituto; el cadáver del chaval aparece al día siguiente: su muerte será más terrible dado el detonante tan tonto. Y una vez tenemos el principio, el final -Juan Ramón, al fin, y sonriente, me escucha: cuando pillan al profesor asesino, descubren también que disecaba a sus víctimas, las sentaba en unos pupitres instalados en una vieja nave industrial abandonada y, pasada la medianoche, cuando la ciudad dormía, él les daba clase.
Mientras lo meten en el furgón de la policía para llevárselo, el profesor murmura poseído: Se portaban tan bien, entonces...