(Contrahomenaje a Charles Bukowski)
Dicen que la rutina mata el amor, no sé si fue nuestro caso. No en un principio, desde luego. Todas las tardes de los sábados dedicábamos entre una y dos horas a hacer el amor. Despacio. Después, indefectiblemente, salíamos a escuchar conciertos sinfónicos.
No se puede decir que nos separase la música atonal, porque también la escuchamos al principio de nuestra relación. Schönberg, Berg, Schnittke, y en medio Stravinsky, Bach, Mahler: los saltos que se quiera, sólo con que fluya en la mitad aproximada. Al final, como al principio, sentados el uno junto al otro mientras el ruido previo a la melodía -atonal ésta, después, o no- navega antes de acompasarse, después del prolongado silencio.
Así la luz persiste en mis ojos, no sé si en los de ella; hace unos minutos se hizo la oscuridad, se apagaban los focos del auditorio sólo para que nos susurráramos el uno al otro, antes de que se apagasen: “¿Se han apagado?”. No, aún hacíamos el amor durante hora y media; despacio.
Rin-ran-ña-ña-run-ri-ñiiiiiii-ran.
Arranca al fin la orquesta, antes de empezar: me relajan sus maniobras para afinar. No es para afinar, responde ella, sino para limpiar el oído de los ruidos previos que traemos, como una infección, de la calle; como el sorbete de limón para matar el sabor del plato anterior.
Hum, respondo. Pero, ¿quién tiene razón?
Hace un tiempo, también fue un vals.

¿qué tiene este vals que me tanto me gusta releerlo?
ResponderEliminar