He estado contemplándome en el espejo un largo rato, estudiando mi rostro como si hubiese olvidado durante mucho tiempo sus rasgos y sus formas, su expresión, su pura materialidad inane. He pasado así bastante rato, como digo: sólo he dejado de hacerlo cuando, ya sabido de nuevo, aprehendido para otra larga temporada, mi rostro se desvanecía frente a mí.
Justo entonces he escuchado cómo giraba la llave de la puerta de la calle y me he deslizado con prisa sobre las escaleras; a tiempo para dejar atrás, debajo, las luces del pasillo, encendidas no por mí: mis huéspedes volvían y yo subía a mi lugar en el desván, a mi retiro fantasmal aquí, en esta casa lleno de espejos, espejos que escruto en soledad; en esta casa habitada por rostros ajenos que nunca me he atrevido a enfrentar.
Siempre fui un espíritu bastante tímido. Quizás por eso dejo que sea a ellos, a los vivos, a quienes vigile ese rostro que yo olvido despacio, con paciencia y, quizás, con miedo, en mi escondite.
El rostro, ¿Debería ser inmaterial?
ResponderEliminarUn saludo José Oscar.
Hola, Torcuato. Supongo que todos tenemos un rostro inmaterial: el que vamos construyendo a lo largo de nuestra vida.
ResponderEliminarTenerlo material tiene su parte placentera: sirve para reconocernos unos a otros. Y va traduciendo el inmaterial, acumulando sus grietas y sus luces.