Así llegaron un buen día, como de
entre la bruma, los rostros dudosos de todos esos extranjeros, así como el
rumor de sus extrañas e indescifrables lenguas. Habría que hablar, en todo
caso, de una leve pero constante, firme sensación de que ahí, al otro lado,
lejos y en alguna parte recóndita, había la existencia fehaciente de otras
muchas, muchísimas ciudades. Tantas como estrellas había en el cielo, y
como ellas invisibles a lo largo del día.
Solo durante la noche brillaban en
forma de sensación neblinosa y de sospecha, una sospecha que solo en ocasiones
llegaba con la excitación o la inquietud propias de la novedad. Pero transmitían
también la maravilla, el pánico, el terror.
De manera periódica regresaban
las dudas, las preguntas, ante esas manifestaciones: ritmos extraños, sombras
de sombras de sus formas de vivir; la incógnita de todos esos pueblos, sus
costumbres: sus dioses o sus ciencias, sus dichas y sus miedos, sus logros y
sus crímenes, sus libertades y sus servidumbres, sus orgullos y sus vergüenzas,
sus refinaciones y sus intransigencias, sus esplendores y sus zonas de
penumbra.
Y su definitiva oscuridad.
Y su definitiva oscuridad.
Aunque para los soñadores la
experiencia de recibir noticias de aquellas extrañas ciudades llegaba de manera individual:
respiraciones entrecortadas, tranquilas o agitadas por algún sueño de gentes
solas y sin rostro que dormían a su vez.
Hubo una vez, en fin, una ciudad
aislada desde siempre del resto del mundo, y donde la noticia de la existencia
del resto de ciudades llegaba a través de los sueños.

No hay comentarios:
Publicar un comentario