miércoles, 27 de abril de 2011

SPACE INVADERS versión emoticon-FIN DE LA HISTORIA hegeliano



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[Mañana, versión currada con iconos y pantallita detrás].

[Actualización 18 de abril: estoy agotado, va a ser que no].

sábado, 23 de abril de 2011

Fantasía crítica (2)



Volví a acariciar pensativo las tapas de aquella novela: más que pensarla yo, la reseña se pensaba sola en mí, afloraba seductora y perfecta, en mi imaginación, antes de que yo hubiese escrito de ella una sola palabra.

Claro que tampoco podía leer una palabra más de aquel volumen, debía devolverlo con cuidado a su estante junto a la mesa de novedades de la librería, y huir de allí para venir corriendo hasta casa y escribir mi reseña, antes de que cualquier palabra o frase más leída al azar, cualquier información añadida sobre aquel libro que ni había leído ni leería jamás, arruinase para siempre la que iba a ser mi mejor reseña, el mejor comentario jamás escrito sobre un libro.

jueves, 21 de abril de 2011

martes, 19 de abril de 2011

Volver a las trincheras





Sentía cómo me invadía la brutalidad. A la vista de todos, sonreía relajado y bajaba la guardia. Regresaba la vanidad, la sensación de no necesitar nunca más parapetos, ni una trinchera de tristeza constante: no más la alarma como forma de vivir.

Era la felicidad. Y me estaba amargando la vida, arruinándome despacio -no sabía si de forma irreversible, ¿había tiempo para hacer algo?- la verdadera felicidad.

domingo, 17 de abril de 2011

Enamorados en la ciudad sitiada, y versión 4


Una vez más, fui a encontrarme con ella. Para continuar con este juego absurdo.

Me deslicé entre los estantes, fingiendo distracción.

La vi. Me estremecí, como solía. Pero debía ocultarlo.

Después, fuimos corriendo hasta su casa.

Follamos.

Pasaron dos o tres días, en los que reprodujimos, algo cansados, ya, el ritual que tan bien conocíamos. Jugando, por ejemplo, a fingir que espiábamos lo que podía suceder afuera, en la calle, desde las ventanas. Pero sabía que, en realidad, eran todos ellos, quienes pasaban con aire fingidamente distraído debajo de su casa, los que nos vigilaban todo el tiempo. Ellos: todo su barrio.

Y toda la ciudad.

Y tuve miedo.

Hora de pasear, me dijo ella.

Sí, respondí. Es hora de salir. Allí fuera. Donde nos esperaban.

Una vez más.

La pesadilla.


[actualización: 18 de abril]

sábado, 16 de abril de 2011

Enamorados en la ciudad sitiada, versión 3: Pornografía delicada


Mas siempre hacemos el amor con mundos

Deleuze y Guattari


Sé que lo sabía. Yo también lo sabía. Fingíamos nuestro poder, poder reconocernos. Allí, en el pasado, entre estanterías de libros y personas, personas silenciosas. Un pasado y un mundo paralelo que actualizamos cada vez que volvemos hasta aquí, donde nos conocimos y fingimos no conocernos todavía.

La biblioteca pública.

Lo puedo recordar. Apenas nos hablamos. Nuestra telepatía hizo el resto, mientras atravesábamos a pie nuestra ciudad.

Mental, imaginaria.

Abrió la puerta de su casa, la casa de su cuerpo. No sé decirlo de otra forma menos cursi.

Una telepatía física. Pornografía delicada.

Y después regresamos. Seguíamos allí, días más tarde, entre las dimensiones que abrimos o cerramos como puertas de la imaginación. Libros, vinilos: todo gira en el mismo lugar que se repite y que difiere de sí mismo. Aquí otra vez, igual que cazadores en la estepa. Muy lejos, como siempre, de las presas que necesitan lejanía para seguir corriendo delante de nosotros. Donde probamos a espiar lo que sucede afuera, todo ese movimiento. Allí donde, otra vez, probamos a salir para ejercer nuestro superpoder.

Salir a pasear.


miércoles, 6 de abril de 2011

Enamorados en la ciudad sitiada, versión 2


Me enamoré y, sorprendentemente, el objeto de mi amor no tardó en objetivarme a mí. Meses de fantasía muda quedaron atrás, como un montón de ropa gurruñada a los pies de su cama. Nos convertimos en objetos sudorosos, durante toda la noche. A la mañana siguiente imaginé excusas que nos permitieran permanecer allí encerrados, en su casa. Exactamente, en su dormitorio. Quiero decir excusas imaginarias, si no no las hubiera imaginado: imágenes de guerra, tebeos de superhéroes, enemigos a combatir exclusivamente con nuestro encierro.

Luego nos aburrimos. Decidimos salir. Anochecía una vez más y estábamos cansados, no encendimos la luz y miramos por las ventanas, antes de salir, antes de decidir salir: me deprimía aquel oscurecerse insistente de las cosas. Pensé que quizás habíamos perdido, de pronto, nuestros superpoderes. Pero salir era un placer, un placer a su lado, con mi nueva amante. Salimos y todos nuestros enemigos nos dejaban un hueco, en las aceras, para pasar. Se apartaban para que pasáramos de la mano y sentí que la amaba, que yo la amaba y que ella me amaba, no sé decirlo de una forma menos cursi.

Bueno, ya éramos superhéroes.

Enamorados en la ciudad sitiada


No me lo podía creer, la chica más bonita de las gafas de pasta de color naranja que había estado cruzándome a diario durante meses en la biblioteca pública se quitaba ahora sus gafas de color naranja y todo lo demás, el vestido y toda la ropa, antes de deslizarse entre las sábanas de la cama de su pequeña habitación, en su pequeña casa de una sola habitación, mientras yo trataba de arreglármelas con su viejo tocadiscos. Cuando me di cuenta de todo, me desvestí con premura y la acompañé entre las sábanas.

Sonaba al fin la música, música lenta, música triunfal: delicadamente triunfal, dando vueltas, una tras otra. Hicimos el amor toda la noche, con la urgencia y la avaricia de los que llevan tiempo deseándose.

Nos despertó a media mañana el ruido de las bombas.

No nos atrevimos a salir en todo el día. Seguíamos las noticias por la radio, así nos enteramos de que toda la ciudad salvo su barrio, el barrio del Infante, había sido tomada. Ella se paseaba por la casa, asida a su jarrita de café, desnuda y nerviosa, vestida solo con unos calcetines. Yo me vestía a veces, pero la mayor parte del tiempo volvíamos a la cama. ¿Qué podíamos hacer salvo hablar allí en voz muy baja, acariciarnos el pecho y hablar de nuestras cosas, irnos conociendo lentamente mientras sonaba la música muy baja, música muy lenta y delicada, viejos vinilos dando vueltas, y esperar así a ver qué sucedía?

La cosa iba para largo, comprendimos el tercer día. Salíamos juntos para coger comida y volvíamos pronto. Por la noche, los chicos del barrio recorrían el barrio, ruidosos y furiosos, a bordo de sus motocicletas: era su forma de aguardar, de esperar a ver qué sucedía. Una noche, como solíamos, nos apostamos en las ventanas para espiar el exterior. Y vimos a las chonis del barrio vestidas de superheroínas. Los bares del barrio seguían funcionando, funcionaban más y más ruidosamente que nunca. Los chicos y las chicas, broncos y broncas, iban y venían asidos a sus grandes vasos de bebidas. Bebidas que podían emborracharte en un abrir y cerrar los ojos. Bebidas que podían volverte loco tan solo con olerlas. Podíamos imaginarlo.

Soñamos con salir, salir y emborracharnos. Tendremos que salir, le dije. Vistámonos de superhéroes, me dijo ella. Preparamos unos vinos mezclados con refrescos, a modo de improvisado entrenamiento. Ella se puso medias de rejilla rotas y se tiñó el pelo de rojo. Yo me puse una chaqueta de cuero suya, me corté el pelo de una forma desordenada y estrafalaria. Hice pedazos mi camiseta.

Íbamos a combatir a nuestra forma, le dije medio borracho. Oh, sí: la amaba, pensé en la sobriedad que me quedaba. Era, pensé mirándola, mi amante nueva en esta guerra nueva, en esta guerra insospechada. Yo solo deseaba que durase, nuestro nuevo amor. Bandadas de aviones huían de la ciudad al caer el día, mientras las alarmas antiaéreas cantaban su canción antigua y estridente de las alarmas antiaéreas.

Ya verían todos, le dije tras cerrar la puerta a nuestra espalda, cerrándola con llave y dejando la llave puesta, puesta y a la vista de cualquiera que necesitase esconderse en alguna parte, por una temporada; en alguna parte, en medio de esa guerra. Ya verían todos, dije, cuando esta ciudad fuese al fin nuestra.