miércoles, 19 de abril de 2017

`Fragmentos de un mundo acelerado´: mi nuevo libro, ya en preventa


Esta semana la editorial lo ha hecho público: dentro de un mes sale de imprenta. A la ilusión de publicar un libro nuevo se le suma que lo he ido preparando durante años con un muy especial mimo y empeño, añadiendo, seleccionando, puliendo, corrigiendo, desechando y volviendo a mirar alrededor, al mundo, para sumar nuevas perplejidades y motivos para más textos... Me encanta entrar a formar parte, con este Fragmentos de un mundo acelerado, de la familia Balduque, junto a autores tan queridos y admirados.
En palabras de la editorial: "Pepinazo literario cargado de relatos breves e hiperbreves que os volarán la cabeza. Llegará a librerías el 12 de junio, pero podéis conseguirlo antes en preventa a mejor precio, con una libreta de regalo diseñada para la ocasión y envío gratis antes de su lanzamiento". 


Os dejo a continuación algunas opiniones que han ido saliendo en las redes sociales, también esta semana: 

"Creo que Fragmentos de un mundo acelerado puede convertirse en una referencia en ese género extraño que va del relato breve al microrrelato. He tenido la suerte de leerlo ya y os aseguro que es la Madre de Todas las Bombas".

Diego Sánchez Aguilar 
(Poeta, escritor y crítico. Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en 2016). 

"Se aproxima libraco del escritor suicida y secreto José Óscar López. Quien haya leído algunos de sus textos sabrá que es original, desquiciante y absorbente. Un raro, mitad Kafka, mitad Pynchon, mitad Serna (sí, tres mitades, fijaos si es raro). O algo así". 

Pedro Pujante 
(Escritor y crítico en medios como Culturamas, Revista de Letras y La Tormenta en un vaso. Su última novela, Los huéspedes, fue seleccionada por Enrique Vila-Matas en el apartado de recomendaciones de su web).

"A veces uno se olvida de la suerte que ha tenido al crecer al lado de alguien tan brillante como José Óscar López. Ahora, saca este libro fascinante: Los Fragmentos de un mundo acelerado tienen la mayor proporción de talento por línea que encontrarán en las librerías. Seguro que algún estudio científico acaba por corroborar mi afirmación". 

Agustín Martínez 
(Guionista de televisión y novelista autor del best-seller Monteperdido y de la inminente La mala hierba, ambas en Plaza & Janés).

"Bueno, tengo que decirlo ahora que todos sabemos que José Óscar López va a sacar nuevo libro de relatos para junio. Pues es que estaba yo estos días de pasión enfrascado en un complicado ejercicio de lector-contorsionista, pasando de un cuento de Catedral de Raymond Carver a otro de Velocidad de los jardines de Eloy Tizón y simultaneando así ambas lecturas. El ejercicio me iba bien muy bien. Cada narración leída potenciaba el sabor de la anterior y el disfrute de la siguiente. A todo este me llegó un mensaje al móvil avisando que ya tenían disponible en la librería donde lo encargara Los monos insomnes, el libro de relatos que en 2013 publicara el susodicho José Óscar López. Decidí dar un paso más hacia el precipicio aumentando el riesgo de caer y matarme, o al menos quedar lesionado seriamente, y añadí la simultaneidad de lectura de Carver y Tizón con la de los relatos de nuestro amigo. ¡Joder! ¿De verdad, José Óscar? ¿De verdad? ¿Una gallina que cita a Platón, un famoso actor porno que va al cielo, unos monos de evolución acelerada, un sabio leyendo las nubes...? ¡Qué maravilla! ¡Qué bueno! ¡Qué grande, tío! ¿De qué hablamos cuando hablamos de literatura? Pues de qué va a ser, de estas cosas". 

Paco Paños García 
(Crítico literario)





miércoles, 5 de abril de 2017

Valle-Inclán y la psicopedagogía


a) Ayer me acordé de aquella psicopedagoga que, en mi centro, decidió organizar unos jueves literarios en el recreo. Cada cual podía llevar lo que quisiera, para leer textos breves o fragmentos. Ella leyó a Jorge Bucay.

b) Me acordadaba ayer porque volví a comprobar el efecto impresionante de la lectura -y del comentario, ojo- de un fragmento de Luces de Bohemia de Valle-Inclán, incluso en los grupos -de 4ºESO- más flojitos, desganados o directamente apáticos (no es el caso de este año, en todo caso: me ha tocado en suerte un grupo excelente).

c) Hoy me ha pasado en un 2ª ESO muy flojito con un fragmento del Quijote de Cervantes. En realidad, un buen autor, un fragmento bien escogido y una adecuada contextualización/guía funcionan sie,mpre
.

d) Hace unos años, otra psicopedagoga, que me apoyaba dentro del aula, me dijo una vez -¿con cierta contrariedad o fue suspicacia mía?- que es que yo daba clases para lectores.

e) Ese momento en que los chicos entienden que los grandes libros nos dicen de dónde venimos y explican, a lo largo de las décadas y los siglos, nuestro mundo y nuestra realidad; que nos explican.



f) Valle-Inclán sobrevivirá a la psicopedagogía.






sábado, 4 de marzo de 2017

Alguien golpea una pared y tiembla el cielo


Alguien golpea una pared y tiembla el cielo.

Te despiertas en la tormenta.

-

Alguien agita un árbol diminuto y caen del cielo centenares de pájaros en dirección a la copa del árbol.

-

Tú eres el árbol y los pájaros son tus deseos de volver a poseer cierta clarividencia, una medida exacta de las cosas.

-

Árboles, árboles. Escondidos debajo de la lluvia.

Están dormidos.

Y sueñan con un cielo que tiembla en alguna parte, dentro de ellos.

En el cielo tranquilo de las cosas.

-

Duermes, duermes con la tranquilidad sagrada de las cosas.

Alguien despierta contigo, cerca de la ventana castigada por el agua de la tormenta.

Y no estás solo.

Alguien golpea una pared y tiembla el cielo. Alguien te coge de la mano y tiembla todo tu mundo para celebrar la tormenta.


jueves, 16 de febrero de 2017

Dos mil noventa y seis, de Ginés Sánchez


Mientras leía esta novela, me acordaba de aquella frase atribuida a Albert Einstein: "No sé cómo será la tercera guerra mundial, sólo sé que la cuarta será con palos y piedras". Me encanta la manera en que el narrador de esta historia se va a este mundo devastado y cruel, a esta nueva era de las cavernas -una vuelta muy a la vuelta de la esquina, como todos sabemos-, para narrarla de una manera absolutamente poética y cercana al delirio; con el ritmo sincopado y roto al que nos tiene acostumbrado el autor -al modo de un cómitre, palabra que he aprendido en esta novela: el tipo que azotaba con su látigo a los esclavos que remaban en las galeras- y ahora también, en esta último libro suyo, una poesía iluminada e iluminadora, en su crueldad, en su búsqueda de la esencia de unos personajes tan rotos y abandonados como el mundo que fue alguna vez.

Claro que esa crueldad, esa búsqueda de la esencia y los personajes rotos están presentes en las otras novelas de Ginés Sánchez. Pero aquí todo ello se magnifica por el planteamiento: no sabemos cómo ha ocurrido, pero sí vemos las condiciones muy, muy jodidas en que vive la gente en este dos mil noventa y seis. No digo nada más de la historia, para que no se me escape algún spoiler, pero me resulta fácil destacar el resto, porque precisamente una de las cosas que más me ha hipnotizado de la novela es la forma en que está narrada, entre el turn-page y el poema en prosa visionario, con muchos de los recursos de este último pero sin romper nunca la pura narración: la enumeración caótica, los adjetivos insólitos, los detalles inesperados en las descripciones y, ante todo, la extraña adaptación que el narrador nos impone a la psicología de estos personajes devueltos a su animalidad, aunque lo que les queda aún de humanos es lo que nos resulta, precisamente, aún más inquietante.

Me encanta que todo fluya a un ritmo trepidante, como una locomotora tan desbocada como el mundo que terminó justo antes de esta historia. Me encanta la furiosa libertad con la que la ha escrito su autor, al margen de esa ultracorrección que periódicamente invade nuestras novelas y las hace parecer traducidas: encadena en alguna ocasión oraciones que empiezan en gerundio, abundan esos infinitivos sustantivados y en plural, como "rebotares", de cierto aire rústico y bruto -el último disco de Robe Iniesta tiene uno, se me ocurre ahora-, como abunda el léxico de un mundo rural -o esclavista, como el citado cómitre- que parecía extinguido y de pronto ha renacido terco, inevitable; y hay, en fin, un desparpajo y una libertad estilística que yo he asociado en mi lectura a ese estado de iluminación, de posesión poética y profética del narrador para contarnos todo lo que está viendo de ese mundo urgente y esencial, terrible, apocalíptico y que, en realidad, está instalado entre nosotros hace mucho.


miércoles, 25 de enero de 2017

Las lágrimas de Trump



Donald Trump está solo ahora, en su despacho oval. Donald Trump está solo, solo y llorando. ¿Por qué llora Donald Trump, por qué llora el hombre más poderoso de la Tierra? Hace dos años que empezó a gobernar el país más próspero y poderoso de la Tierra. Tras dos años de mandato, todo va según lo planeado. O bueno, casi. Han pasado… algunas cosas. Los Ángeles y la península de California ya no existen, esos malditos chinos se las cargaron con sus bombas atómicas. Pero también han dejado de existir todos esos malditos chinos, recuerda Donald Trump mientras echa una mirada cariñosa y melancólica a su maletín nuclear. Tampoco existe la península de Florida, la bombardearon los rusos. Y Nueva York fue bombardeada por yihadistas. Nueva York era bonita, sobre todo por la Torre Trump, pero por otra parte allí solo había judíos e hispanos, portorriqueños sobre todo, jodidos portorriqueños. En Florida solo había cubanos, con toda esa pereza cubana, su maldita música cubana y sus bailes cubanos y vulgares. Y California tampoco estaba mal, pero había demasiados hippies, demasiados comunistas, colgados y porreros, antiamericanos de todo pelaje, además de las perniciosas gentes del espectáculo: que se jodan todos.
Tampoco hay rusos ya, ni yihadistas. De hecho, ya no hay árabes. No quedan ya europeos, que a estas alturas eran casi lo mismo que los árabes. La Tierra es un inmenso erial, en buena parte, pero en el planeta que queda todavía vuelven a imperar, ahora y para siempre, los Estados Unidos de América. La nación más poderosa de la Tierra, ahora y siempre.
La Tierra, sí, es un erial. Y Trump se alzó sobre todas esas ruinas, sobre ese bravo y nuevo mundo. Y miró en derredor, y vio que era bueno.  
                Así que no, Trump no llora por todo eso. ¿Por qué llora entonces Trump? ¿Por qué llora entonces el hombre más poderoso de la Tierra? Donald Trump llora por el alma americana. Trump llora por los americanos. Tras dos años de presidencia, Trump ha entendido el carácter sagrado de su mandato, la santidad de su misión. Y Trump llora porque con sus lágrimas lloran todos los americanos sufrientes y buenos. Trump llora porque queda aún dolor y sufrimiento en el alma de Norteamérica. Trump ha aprendido a leer el libro del sufrimiento, y por eso llora.
Trump no había llorado hasta ahora, llorar es cosas de hombres débiles, los hombres fuertes no lloran jamás y él siempre ha sido un hombre fuerte, ¿cómo si no habría llegado a ser presidente de la nación más importante del planeta? Pero una vez allí supo de repente de todo ese sufrimiento. Trump ha aprendido a leer del gran e inagotable libro del sufrimiento. Trump llora porque acaba de leer la novela Las uvas de la ira, de John Steinbeck. ¿Por qué sus analistas, chupaculos y hombres de confianza no le avisaron nunca de que en esa actividad tediosa, absurda, antieconómica de la lectura se escondía tanta sabiduría y tanta emocionante comprensión? ¿Por qué sus consejeros no le avisaron de que en todas esas novelas escritas por malditos comunistas y antipatriotas se escondían tanta verdad sobre el alma humana, sobre el alma americana y sobre el sufrimiento de los hombres, que al fin y al cabo son sus súbditos y a ellos se debe?
Trump llora tras leer el Aullido de Ginsberg y El almuerzo desnudo de Burroughs. Libros de maricones, libros de drogadictos. Trump también llora tras leer a Edgar Allan Poe y a Walt Whitman, otro borracho y otro maricón, ambos anudados a las mismas raíces de esta gran nación. Trump llora tras leer el Moby Dick, biblia del alma americana. ¡Maldito inmigrante, ese Herman Melville loco, mil veces loco y mil veces sagrado!
Llevábamos toda esa podredumbre en las raíces, y era bueno. Se dice Donald Trump.
Porque esa debilidad es la que nos hace humanos, continúa: seres humanos complejos y santos, unidos a la materia más débil y corrupta, más eterna y sagrada.
Trump llora porque acaba de ver La jauría humana y Apocalipsis Now!, ambas con Marlon Brando. ¿Por qué nadie le avisó de que en todas esas películas uno podía hallar toda esa comprensión y esa denuncia de las raíces de la guerra, de los motores de la violencia? Si no hubiese mandado fusilar a todos aquellos artistas que sobrevivieron a las bombas en Los Ángeles y Nueva York, ahora haría llamar a todos esos escritores y cineastas para invitarlos a cocaína y prostitutas y abrazarlos, abrazarlos llorando.     
Sí, Trump llora. Llora porque comprende que ya solo le queda restañar el sufrimiento en el alma de todo americano. Y restañar ese sufrimiento es restañar su propio sufrimiento. Y restañar su propio sufrimiento es restañar el sufrimiento de toda la especie humana.
En ese sufrimiento estamos solos. Y él, como el hombre más poderoso de la Historia, está llamado a hacer que el hombre no esté ya solo nunca más.
Añora a Putin, eso sí. Vladimir, viejo amigo. No se avino a razones y tuvo que morir. Trump lo imagina, puede verlo desnudo de cintura para arriba, con todos sus músculos tensos. Ya dispuesto a morir, a hacerlo sin miedo alguno. Trump siente una intensa turbación homoerótica cuando lo imagina subiéndose a la mesa de su gran despacho presidencial y arrancándose la camisa para liberar sus músculos firmes y tornasolados, curtidos por el sol frío e inhumano de Moscú, y enfrentándose así a la bomba nuclear que estalla suspendida sobre Moscú; enfrentado de tal manera, semidesnudo y honesto, al hongo nuclear. Como si el hongo nuclear fuese uno de esos gigantescos osos a los que se enfrentó tantas veces, en el pasado, cuando iba de cacería: dispuesto a despedazarlo con sus propias manos.
Murió como era él: noble, altivo, orgulloso. Un hombre de verdad. Y murió con los suyos, hundiéndose con ellos como buen capitán de ese barco sufriente y enloquecido, ese gran barco iluminado y ebrio; una nación llena de zares espectrales como príncipes de cuentos de hadas, de barbados campesinos hambrientos y almas muertas, de barbados santones anarquistas y comunistas, de barbados escritores locos y, al fin, barbilampiños mafiosos y multimillonarios como viejos y vulgares, rijosos y trágicos dioses griegos.
Vladimir, oh, Vladimir. Un amigo de verdad en un mundo de hienas.
 El hombre más poderoso de la Tierra está llorando porque se siente solo, porque el poder conlleva soledad y el poder absoluto conlleva la soledad más absoluta. Claro que está Melania, pero Melania está ahora en su habitación llorando. Llora también Melania ahora, desconsolada. Hace dos horas, regresó de otra de esas fiestas de gente rica y poderosa. Y regresó llorando. “Me desprecian, Donald”, le dijo a su marido. “Lo ocultan por miedo, pero me desprecian. A escondidas, se ríen de mi vulgaridad. Se mofan, sí, lo sé, de mi ignorancia. De mi vulgaridad y mi ignorancia que es, no lo olvides, nuestra vulgaridad, nuestra ignorancia”.
“Citan todos esos libros, su cultura de mierda; se intercambian todos esos conocimientos sobre historia y geografía, hacen chistes ingeniosos sobre filosofía y arte, y cuando lo hacen me miran de reojo. Con miedo, sí, pero también con burla y con desprecio. Se ríen de mis vestidos ostentosos, se ríen del oro que llevo por todo el cuerpo, el oro con que está forradas nuestras paredes, del oro de nuestras cortinas, del oro de los pomos de nuestras puertas”.
“Del oro de los grifos, del oro de nuestras cañerías. Como si el oro no santificase la mierda sagrada que defecamos a diario, oh, Donald. Donald. Se ríen del brillo de nuestros diamantes, como si no fuese el brillo de nuestra almas, oh, amor mío; como si el alma no fuese la verdadera mierda que defecamos una y otra vez, como surtidores magnánimos de alma y mierda, desde nuestras altas Torres diseminadas por el mundo: la más alta espiritualidad; síntesis, juicio y santidad, verdadera materia santa, esencia, esencia vertida en el cáliz de nuestras cañerías de oro santas, santas; como si esa mierda no representase la verdadera pureza que albergamos en nuestro interior”.
Todo eso ha dicho Melania, antes de irse al dormitorio de ambos para llorar sobre la cama. Melania se derrumba sobre la cama y llora sobre sus sábanas de seda china fabricada en Connecticut por verdaderos americanos, americanos genuinos, a cuatro dólares la hora. Melania llora sobre sus sábanas bordadas con hilos de oro y de diamante, Melania llora lágrimas de oro y de diamante y con ellas lloran todas las mujeres que aún no son prostitutas y las que ya lo son, las que lo fueron desde siempre; lágrimas, ríos de lágrimas igual que una larga, muy larga menstruación de oro y de sangre; una menstruación diamantina tan larga y duradera como la larga y duradera historia de violencia y de opresión contra la mujer, una menstruación tan dura e indestructible ya como el mismo diamante.
Sí, Melania llora sin saber que es ya indestructible.
Pobre, pobre Melania, piensa Donald Trump. Pero ella pronto comprenderá. Como yo, leerá y comprenderá. Piensa Donald Trump. Sabrá que todo esto no era un juego, que esto era mucho más que el último capricho del hombre más rico de la Tierra, antes de abandonar la Tierra, el mundo de los vivos: ser el hombre vivo más poderoso de la Tierra. Y ahora he comprendido la verdad, piensa llorando. Trump sigue llorando y sus lágrimas son las lágrimas santas de toda comprensión. Trump ha comprendido que ha venido hasta aquí para hacerlo, y lo va a hacer. ¿Acaso no ha hecho siempre todo aquello que se ha propuesto?
Aún no sabe cómo hacerlo. Pero vaya que sí lo hará.

Él va a terminar con el sufrimiento del alma humana para siempre.   


miércoles, 4 de enero de 2017

El gran museo del mundo


Es el fin de la historia y el principio de la era del museo. La era del gran museo del mundo.
No imagina Duchamp, allá en su tumba, cómo ha transformado nuestro presente aquella vieja idea suya de que cualquier cosa es susceptible de convertirse en arte simplemente con ser introducida en un museo –idea que, en cualquier caso, él mismo abandonó muy pronto para jugar al ajedrez con mujeres desnudas el resto de su vida, de su vida de artista-. Ready-made, lo llamó él. Objetos encontrados. Y hemos tardado todavía muchos años un comprender ese ready-made enorme que es la realidad.
Oh, sí, nos la encontramos a diario. Ahí delante de nosotros, una y otra vez: terca, terca realidad.
¿No habíamos de hacer de la misma y entera realidad el gran arte definitivo?
En el mismo momento en que se produce. O sea, a cada instante. Y consumar de esta manera la ingente tarea de la musealización del mundo.
Hubo un tiempo en que era necesario que pasaran las décadas, incluso los siglos, para que las cosas y las personas fuesen susceptibles de recogerse en las estanterías y entre las paredes de algún museo; un lapso que ha ido acortándose más y más, hasta que tal cualidad, ser digno de compilación – y erudición y exhibición, de contemplación y de gozo y continua rememoración- ha terminado por alcanzarnos y ya el presente produce su propia memoria instantánea y su doble.
Si antes solo eran dignos de la exhibición perpetua, y por este orden, dioses, héroes, reyes, epopeyógrafos, artistas y, finalmente, tras las personas, las cosas, ah, las cosas, es decir la materia del universo como imagen de la producción bizantina y lujosa, posterior y  caprichosa de la burguesía, hoy hemos alcanzado la total democratización en esta exhibición perpetua que nos constituye y alimenta, que nos entretiene y nos pasma, que nos educa y deseduca para iniciar el ciclo una vez más, en el seno perpetuo del instante fugaz y ya para siempre memorable.
Porque ahora todo, todo es memorable. El mundo como tal es un museo y el tiempo presente, en su  mera y constante presencia producida, es el objeto impostergable de toda exhibición.   

Se terminaron los vacilantes tiempos de la selección.  Basta ya de purga y de preparación, llevamos preparándonos para este gran museo desde que descendimos de los árboles, desde la deriva tectónica y del mismo big-bang. No habrá comienzo nunca más, comienzo ni final, sino ese instante incomprensible y sempiterno, repentino y banal pero también decisivo y definitivo; trascendental si nos concierne, y lo hace siempre; universal porque se encuentra en todas partes, repitiéndose en el tiempo para acabar con el tiempo y hacerlo así, por fin, indestructible.