miércoles, 7 de diciembre de 2016

Nueva Zelanda


Arranqué pedazos de mi alma, los cocí e hice ladrillos con ellos. Muchos ladrillos: había material de sobra. Con los ladrillos hice un muro, un muro no: otra cosa, no sé qué, ocupé con ella la plaza de mi pueblo y seguí construyendo para hacer más grande eso, lo que eso fuese: cada vez más y más grande. No sabía qué podía ser, salvo que ya podía subirme encima y me subí: seguía mi labor desde allí, no paré hasta ver pequeños los pájaros, la gente, las nubes, los aviones, las azafatas y los viajeros me saludaban al pasar o era que vi la proyección de una fantasía de paz perfecta y espiritual. Salí del país, del continente, vi la tierra y el mar, se separaban debajo y yo era un Moisés geoestacionario, los satélites artificiales circulaban como locos a mi alrededor, dibujando una y otra vez sus locas elipses y arremolinándose como moscas en el frío verano de las playas del espacio exterior, la línea de costa del cosmos, vistas inhabitables poco idóneas para un veraneo puramente material, la Tierra y la Luna  apenas eran ya lámparas diminutas, apagadas en medio de una región inmensa de nada y vacío, yo hubiese deseado allí ser uno de esos artefactos giratorios pero tenía que seguir con mi camino y ese camino era un abandonarse, un pulular por los senderos atómicos que conducen a la canción monocorde pero inapelable del gran Sol, una vez empezado ese camino todas las canciones se hacían ciertas, por lo que decidí seguir con mis ladrillos, seguir con mi camino, no podía parar, ¿por qué iba a hacerlo, si tenía la posibilidad de seguir subiendo incluso hasta ese punto en el que subir o bajar son la misma cosa, dos correas para el mismo perro, pecios antigravitatorios, flotantes, como canciones que suceden en cualquier lugar y hacen vibrar el corazón de la materia visible e invisible? Yo subía y bajaba buscando la mía y así entendí las verdaderas dimensiones de lo posible, a un lado o al otro ya no era más que continuar o dejarlo y dejarlo era de idiotas, así que seguí añadiendo ladrillos, cociendo más y más pedazos de mi alma para hacer ladrillos con ellos, tenía alma para rato, no acababa de sacar pedazos nunca, aquello era una suerte de reino de Jauja, maná moral cayendo del cielo de mí mismo, mientras profundizaba en el cielo que se extiende allá hacia donde vayamos dejé atrás el Sol y vi otra vez la Tierra, más y más pequeña, y luego Marte y Júpiter, después Plutón, llegué al cinturón de Kuiper y vi el principio del final del ámbito vital de nuestra estrella y un camino insorteable a continuación, hasta las próximas estrellas. Sentí el vacío y el silencio, y después la soledad. Después supe que había llegado al fondo del asunto, lejos de las señoras y los soles, en el mismo núcleo de la comprensión del viaje. Y estaba en la superficie, en que todo lo que puede verse y tocarse. Llegué al fin del universo y vi el rostro de Dios padre. No, no el rostro de Dios. Vi el final. No hay final. Quiero vivir, pensé, mi vida del revés para repetirla de la misma manera. No, de la misma manera no. Limemos los detalles.  Quiero decir que empecé otra vez de cero. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? En mi pueblo me miran raro, mientras cuezo ladrillos y más ladrillos: me queda alma para rato. Empiezo la ascensión aunque esta vez quizás me quede a esta parte de la órbita geoestacionaria, dando vueltas entre aviones desde los que me saludan otra vez viajeros y azafatas, parejas y porteros, gente libre que va a cualquier parte, yo simplemente quería ir a cualquier parte, acaso a la otra parte del planeta, en las mismas antípodas.
Por lo que tengo una idea: de cualquier forma, el fin de un viaje supone el principio de un nuevo viaje. Sigo excavando, pero también ahora en la tierra. Construyo un túnel, no, un túnel no. ¿Aparecería en Nueva Zelanda, vería algún día el rostro verdadero de mi alma?

Ya fuera de bromas, ¿existe Nueva Zelanda?


lunes, 28 de noviembre de 2016

No, no era divertido en absoluto


Puso un estado en Facebook muy gracioso, o al menos a mí me lo parecía, no podía parar de reír, tardé un rato en dejar de hacerlo. Fui a darle al emoticono de medivierte, pero vi que nadie lo había hecho antes que yo: decenas de megusta, muchos, muchos meencanta, pero ningún medivierte. Y esto, claro, me hizo dudar. Pero, ¿por qué había de dudar? ¿No me había reído muchísimo? ¿Qué podían tener de malo todas esas risas mías, tan reparadoras y llenas de una sana franqueza? ¿Por qué, sin embargo, a nadie le pareció gracioso antes que a mí? Me retiré de la pantalla del ordenador, desorientado, y le di vueltas a todo aquello. Básicamente, volví a considerar aquel estado, era tan... Sí, lo era: gracioso, muy gracioso. Traté de recordar las palabras exactas y acabé regresando al ordenador. Lo releí y, antes de darme cuenta, ya estaba otra vez riendo, riendo sin parar. Me limpié las lágrimas que bañaban mis ojos de tanto reír y le di al medivierte sin pensarlo más. Después actualicé la página y traté de leer los nuevos estados de la gente, las nuevas noticias que los demás enlazaban y comentaban, las nuevas bromas y ocurrencias, las nuevas reflexiones al hilo de la actualidad o del azar en las vidas de mis contactos. Pero no podía dejar de pensar en ese estado. ¿Y si a los demás no les parecía gracioso? Una pregunta fuera de lugar, nadie había indicado que le divirtiese. Pero, ¿por qué? Busqué de nuevo aquel estado, quizás mi medivierte había animado a alguien más a secundarme. No, nadie lo había hecho. Algún nuevo megusta, creo, se había añadido a su marcador inferior. Tampoco puedo estar seguro. ¿A qué se debía esa tensión que, de pronto, parecía formarse en torno al estado? Pero se trataba de otra pregunta ociosa, pues ¿trataba de considerar que mi medivierte era responsable de alguna clase de tensión? Estaba llevando demasiado lejos mi imaginación, a todas luces delirante. Cerré definitivamente la página de Facebook y me levanté de la mesa dispuesto a enfrentar algunas de mis responsabilidades para el resto de la tarde. Las hice como pude. Sí, las hice. Pero sin dejar de pensar en aquel estado, en mi respuesta, probablemente inadecuada, a aquel estado. Más que inadecuada, fuera de lugar. Irresponsable, inaceptable, acaso monstruosa.



            Son ya más de las tres de la mañana y sigo aquí delante del ordenador. Con la página de Facebook abierta por aquel estado en cuyo marcador mi mirada vidriosa sigue fija, esperando inútilmente la llegada de otro medivierte, siquiera de alguna otra reacción más ajustada a su verdadera intención, más normal, que reanude la actividad de unas palabras que solo yo debo de haber malentendido y, por lo tanto, arruinado. Pero sigue pasando el tiempo y nada de esto sucede. Pasan ya de las cuatro de la mañana. De hecho, queda muy poco para que el reloj marque las cinco de la mañana. Tal y como ha ido desarrollándose la madrugada, sé que pronto serán las seis, las siete de la mañana. Y llegará así el momento de marcharme al trabajo, y no habré dormido nada. ¿Cómo podré explicar allí el motivo de mi desazón, que me haya presentado hoy en estas condiciones lamentables? Seguramente llevaré marcados en la cara los motivos de mi vergüenza y mi ignominia, aquella a la que he arrastrado al inocente autor de ese estado y también al resto de sus contactos que, inadvertidos, reaccionaron ante él con despreocupación, según el verdadero sentido de aquellas palabras, antes de que yo haya destruido para siempre, como en un juego de fichas de dominó terrorífico, su crédito y sus vidas. Dudo que nadie vaya a perdonar la monstruosidad en la que voy a vivir sumido a partir de ahora, después de haberle dado de forma tan irresponsable, tan irreparable, a ese estúpido y lamentable, sonriente y demoníaco emoticono.


sábado, 26 de noviembre de 2016

Poesía: saldos, débitos y créditos


El poeta joven piensa que publicar mucho aumenta su saldo, pero pronto descubre que solo aumenta su débito y crece el riesgo de su crédito.


lunes, 21 de noviembre de 2016

Septiembre (un poema breve)


Las ruedas desinfladas en la verja,
unos niños jugando a la pelota,
un viaje que no haremos,
promesas de septiembre.

La bolsa preparada, las maletas
en la puerta del patio
esperando que llames,
que deshagas tu cola
e inundes el pasillo con olor a champú.

Que brilles, pelirroja.

Busqué señales en el cielo,
la tarde detenida
y un reloj.

Dormir a pierna suelta junto al agua.



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(Pintura de David Hockney)

Creo que la primera vez que publiqué este poema fue aquí. Sigue inédito el poemario al que pertenece.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

Un nuevo y revolucionario método para la enseñanza de idiomas


Pertinaz se ha mostrado nuestra amada nación a lo largo de su historia, siempre que hubo que aprender el idioma extranjero. Pero, ¿acaso no aprendemos todos nuestras lenguas respectivas sin aparente dificultad, en nuestros primeros meses y años, de manera natural y de nuestros padres? ¿No habrá mejor forma para que todos nosotros, tercos torpes en el jardín global babélico, reticentes al idioma extraño pero necesario, lo aprendamos más que siendo reducidos de vuelta a nuestra infancia primerísima? 

Yo pienso dar fe porque fui partícipe del experimento pionero que habrá de terminar con esta maldición, nuestra torpeza idiosincrásica. Al principio me resistí, pero pronto me sorprendí sintiéndome muy cómodo en mis nuevas circunstancias. Hace ya dos o tres horas que hemos sido abandonados a nuestra suerte en el jardín de juegos yo y mis nuevos compañeros: un calvo y muy grueso jefe de ventas de una empresa de gazpacho envasado; una antipática y muy estirada directora de la red nacional de gabinetes psicopedagógicos; un prematuramente envejecido profesor de economía de universidad; un sociable y también muy gordo tornero fresador... Vale, solo he empezado a fijarme en los más gordos, quizás porque yo soy muy flaco. Llega hasta la sala infantil otra remesa de estudiantes del idioma y ya parecen todos ser flacos, como yo. No hablamos entre nosotros más que con balbuceos y muy infantiles empellones, tal y como hemos sido conminados.  

El tiempo comienza a pasar de manera distinta, supongo que como debe de transcurrir para la percepción inmediata, cuasi animal, de los bebés. Los gorjeos dejan paso a algún llanto aquí y allá, entre mis compañeros. Se trata de parejas jóvenes, o al menos jóvenes según nuestros nuevos estándares en los que la juventud dura hasta la repentina ancianidad: cuerpos esbeltos, muy delgados, que confunden la elegancia con la malnutrición deliberada, y que a continuación harán un gran contraste cuando la cabeza se gire y ese cuerpo de apariencia adolescente se muestre monstruoso con su rostro cuarentón o cincuentón.  

-¿Cómo pudimos empezar de manera tan torpe nuestra casa por el tejado? –preguntó de repente uno de aquellos flacos envejecidos, de cuerpo pseudoadolescente, señalando su ajada testa. Ha contravenido las reglas al hablar, y alguien propina un collejón precisamente en su cabeza. Es una de los madres, que empiezan ya a entrar y ocupan su lugar en la sala.

Nuestros papás y mamás impostados acarician nuestras cabezas con amor y nos persiguen de la misma forma que nosotros los perseguimos a ellos: a cuatro patas, muy ronroneantes y amorosos. Uno de los papás comienza a hablar y su locuacidad parece tímida y forzada, un defecto inherente al carácter primerizo, inédito del método. También debe de tratarse de su incredulidad, contemplando a todos esos adultos que se comportan cual bebés. Pero nuestro progenitor supuesto se sobrepone pronto y nos canta hermosas nanas en la lengua extraña deseada, aderezadas con más rudimentarias frases dotadas ya del acento extranjero, a pesar de ser primigenias: nos suenan a maná en el idioma deseado que pronto será nuestro desde su misma y secreta raíz:

-Mamá, mamá, mamá me mima. Amo a mamá, ama a mamá, mamá y papa. Papá, papá. Gu-gu, gu-gú, gu-gúuuuu…

Porque yo me resistía, la amable pareja que iba a encargarse de mí tuvo que servirse de recursos un poco más extremos; ella, en concreto, extrajo de su blusa uno de sus pechos y, sosteniéndolo con dos dedos cual pinzas alrededor del pezón, me lo ofreció para que me sirviese de él.

 Y yo enrosqué como pude mi desmañada estatura sobre su regazo, y así mamé, gozoso y más infantil que nunca, propiamente un bebé, de su pecho.


No sé si puedo calificar de agradable tal experiencia, pero sí supe entonces que el idioma que siempre se me había resistido iba a manar feraz y nutritivo muy pronto, igual que aquella leche, hacia mi boca.



lunes, 31 de octubre de 2016

Los silenciosos


Los vemos acercarse y sentimos un odio natural y consecuente contra ellos, los silenciosos. Con su conducta incomprensible no hacen más que evidenciar el ruido constante y desagradable en que vivimos envueltos y que imponemos de manera abusiva a quienes nos rodean.
        Pedantes del demonio, malditos pretenciosos. ¿Qué pretenden con todo ese silencio, hacerse los interesantes?
Primero se trató de una modalidad igualmente siniestra, aunque algo atenuada todavía, de una falta absoluta de locuacidad. Pero pronto ingresaron en el silencio hermético que les caracteriza.
Hemos de suponer que hablan con cierta prodigalidad en la más estricta intimidad, para resolver de esta forma sus asuntos. Son parcos al hablar, cuando lo hacen. Hemos de suponer que entre los suyos, en privado, se extienden largas conversaciones que a los demás quedan vedadas siempre. Reservan sus asuntos más íntimos para los suyos, ¿por qué los sienten tan decisivos, tan importantes se consideran? Qué poco natural tendencia es esa, qué siniestra conspiración, ¿acaso no tienen futilidades para compartir con los desconocidos, equivocadas opiniones –por vergonzosas que resulten- que los expongan a ser, simplemente, humanos y falibles?
¿Por qué solo nosotros debemos ser ridículos?
¿Y ellos van a hacernos creer de esa manera cobarde y silenciosa que les caracteriza que son mejores que nosotros?
Uno de estos nuevos pretendidos aristócratas del estar ahí callados, tan callados, como si eso les hiciese mejores que nosotros, se atrevió no hace mucho a rogar a sus compañeros de viaje en un autobús, con desfachatez indecente, más inaudita aún en su infame mascarada de cortesía exquisita, a que moderaran el volumen de sus voces y sus móviles. Y una señora, muy acertadamente, le recordó aquel viejo dicho italiano de la maldad de los que hablan bajito.
Fue así puesto en su sitio ese silencioso entrometido, que volvió a cerrar la boca derrotado.
Hubo un tiempo en que fueron mayoría y esos estúpidos cantamañanas que sacan conclusiones con palabras altisonantes para dárselas de sabios y filósofos decían que por fin había llegado el momento en que nuestro país, tradicionalmente atrasado e incluso intratable, empezaba –siempre según ellos- a civilizarse. La entropía social, que difumina, cuando se dan, sus estiradas formas; la que nivela de una forma deseable tales formas y nos constituye en sana y vulgar, coloradota y muy ruidosa fraternidad, ha mermado mucho sus filas. Pero todavía quedan muchos, demasiados.
Avanzan por las calles ufanos, con esa tranquila, pretendidamente santa falta de estropicio. Y no hay cacofonía que los manche. Como Jesucristo sobre las aguas, ellos caminan sobre la superficie de cualesquier coprolalias. No, noli se tangere. Y a nosotros nos gustaría arrastrarlos hasta el fondo de nuestra cháchara para restregarles sus rostros impolutos, por no decir inexpresivos, en el fango de la palabra que no cesa de decir lo que quiere decir, que no es más que cualquier cosa: nuestras ganas de que se nos oiga en cualquier momento o lugar, nuestra inacabable estupidez.
                Afortunadamente, todo regresa al lugar que le corresponde. Nuestro futuro, dijo alguna vez un sabio muy antiguo, reside en nuestro origen. Esa es la esencia de las cosas y emerge aun más terca cuanto más trate uno de ahogarla, de ocultarla. Y nuestra esencia es el ruido, el ruido, un ruido incesante. Una civilización de puro ruido. Voces que se elevan y gritan sin por qué, jamás para escucharse entre ellas o, en todo caso, para soliviantarse y encender la excitación bronca que nos constituye y nos gusta.
                Nosotros ocupamos los vagones de trenes y de metros charlando de forma estentórea a dos, tres, cinco, siete bandas; proclamamos nuestros asuntos, nuestras opiniones y nuestras fobias, nuestras preocupaciones y también nuestras intimidades, con la sana franqueza que quien no tiene nada de lo que avergonzarse.
No, no tenemos nada, absolutamente nada que esconder.
Hablamos a gritos por nuestros móviles en las salas de espera de hospitales o despachos de la administración; nuestros móviles que nos avisan de nuestra constante hermandad con otros semejantes mediante músicas estruendosas y a todo volumen, que no se avergüenzan de la sagrada misión que llevan a cabo: permitir que estemos conectados todo el tiempo para contarnos nuestras cosas, hasta las más nimias -sobre todo las nimias, las banales, y también las ofensivas, las gratuitamente ofensivas-, con la pasión de quien dirime el destino del mundo.


domingo, 30 de octubre de 2016

Presentación de la antología `Composición de lugar´



Muy feliz de compartir libro con tanto buen amigo de hace ya muchos años y con tantos poetas que a los que leo y admiro. Prepara esta antología Luis Bagué Quílez y la publica La Fea Burguesía, y será presentada este jueves 3 de noviembre a las 20:00 en el patio del MUBAM. 

Habrá vino y jazz, y también una pequeña representación teatral de quince minutos con texto de Luis Leante. 

Yo no me lo pierdo, ¿allí nos vemos o qué?


De algoritmos. De prosas intrincadas.


Algoritmos progresivamente más complejos se adelantan a nuestros gustos y preferencias, en las distintas páginas y tiendas de internet, así como en las redes sociales. Pronto, delegaremos en ellos muchas de nuestras respuestas, por no decir casi todas.
Por no decir todas.
Fatigados de tener que dar la réplica a la realidad, los robots que van impregnándose de nosotros irán sustituyéndonos sin que vaya a importarnos lo más mínimo. Y así podremos abandonarnos, pero ¿a qué, si no a la muerte?
 No, no a la muerte exactamente, porque en tales robots habremos alcanzado al fin el viejo sueño de las religiones, es decir, la vida eterna.

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En la segunda mitad del siglo XXI, la psique de muchas personas pudo ser reconstruida tras su muerte, y se les otorgó de esa forma la vida tras la muerte, siguiendo el rastro de sus pasos y sus elecciones por el ciberespacio y a través de los algoritmos que allí rigen.
                De una forma muy similar, pudo traerse de regreso la mente de escritores del pasado desplegando cuidadosamente sus intrincadas prosas[1].
                Muchos dicen que lo que rescataban era la cordura que tales autores perdieron una vez en la espesura de sus expresiones.
                Entendemos que, sin pretenderlo, las dejaron allí encerradas, antes de morir.







[1] Hoy, cualquier prosa del pasado es intrincada. 

sábado, 29 de octubre de 2016

Diario (4)

"Baja a una órbita inferior e irás más deprisa"

John Brunner, El jinete de la onda de shock



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"El Ikea de Shanghai pone coto a las citas de ancianos en su cafetería" (El Mundo).

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Creo que este titular condensa cientos y cientos de páginas de todo lo importante que puede decirse hoy en cualquier área del pensamiento o ciencia social.

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Lo que no es distopía, es miopía.

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Llevaban tanto tiempo anunciando el hundimiento que cuando este llegó nadie se lo creía.
Aún más: cuando se hizo evidente que sí, que era el hundimiento tantas veces anunciado, todos celebraban que se agotase la demora: al fin, al fin.

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"Qué risa el otro día, abriendo corazones", me dice un compañero, profesor de biología, en el recreo.

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No tuitees para mañana lo que hoy ya está cambiando de significado.

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Me unen a un grupo de Facebook llamado "El arte une a los seres iluminados" y bueno, vale, pero que digo yo que si podéis bajar un poquito la luz, que ha sido una mañana agotadora en el trabajo y ahora estoy intentando echar un poco la siesta.

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Las distintas religiones son ejercicios de estilo de un único dios en su juventud, afirma un creyente. O ejercicios de autoficción, añade un ateo.

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En una conversación con un estudiante de teología, yo le digo sin ironía, y justo antes de darme cuenta, que nadie puede negar que el cristianismo, simbólicamente, es la hostia.

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Si Dios escribió la Biblia, ¿debe esta considerarse una obra de autoficción?
¿No es el mundo una gran novela suya de autoficción, si también este lo creó/escribió?
Ya no digamos el hombre, hecho “a su imagen y semejanza”.

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Confundir autor y personaje es un error frecuente y lamentable, pero no hacerlo un poco es perderse también parte de la gracia.

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Esther me pide que haga un par de cosas desde el piso de abajo, a través de los altavoces que tenemos para escuchar al bebé en el piso de arriba. Y yo, al oír sus prescripciones y su voz de esa manera etérea, me siento como Moisés en el monte Sinaí.

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-Jose, ven, te necesito.

-Un segundo, cariño, es que ahora mismo estoy teniendo en Facebook un gran éxito.

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Sin saberlo, Lope de Vega pensaba en Facebook cuando escribió aquello de la "cólera del español sentado".


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a) Bon Iver, 22, A Million. Madre mía, QUÉ DISCO.

b) Algo en él me ha llevado al último de Eno, al que no presté gran atención cuando lo sacó. Error. Es el mejor disco que ha sacado en mucho, mucho tiempo.

c) Después de escuchar toda la semana el de Bon Iver y casi toda esta tarde, en modo repeat, The Ship de Brian Eno, he acabado recalando, de manera natural -sentía que la progresión/curso de los dos anteriores allí me llevaban- en el Faith de The Cure.

d) Solo eso. Nada más. No salgo más allá del trabajo y tenía ganas de charlar un rato. Un abrazo a todos.

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"Lo malo de este país", empieza diciendo el conocido escritor, y yo sospecho que este país, tan acostumbrado a escuchar de sus conocidos escritores frases que comienzan exactamente así, va a mostrarse encantado de seguir repitiendo celosamente, como sus exclusivas y muy satisfactorias señas de identidad, aquello que sus conocidos escritores repiten -y repiten, y repiten- que tiene de malo este país.

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"La literatura de cada época obedece a un tedio diferente"

Ramón Gómez de la Serna


martes, 25 de octubre de 2016

Cristina Morano


Cristina es uno de esos poetas que encarnan de manera genuina la voz de la tribu, pero sin caer en folclores ni narraciones melancólicas: lo lírico es el canto, la celebración del día a día, aunque para expresar esa celebración, hoy los poetas de la tribu recogen en su pequeña canción sin música también los ángulos oscuros del banquete. La larga vuelta a casa no termina, es un regreso a una casa que es de todos, con sus grietas y sus insuficiencias, pero también con la belleza de lo que no esperábamos: la vida está por todas partes, pero sobre todo está fuera de casa, en la expulsión constante de ella que habitamos a diario.

 Cristina aborda lo femenino igual que Homero y otros poetas épicos abordaban antaño la guerra y lo masculino. Y Cristina está con los vencidos y los perdedores. Cristina aborda la tristeza, no la melancolía. La melancolía es un asunto de los vencedores, una forma de narración y un capricho lujoso de aquellos que se saben triunfadores. La visión de Cristina, en su poesía, es social. Y uno ya no sabe si ver es fácil o difícil para todos nosotros, cuando uno mira a su alrededor y comprueba las fallas y las simas de nuestro “civilizado” mundo. Pero hay una palabra que existe para que nos recuerde a todos nosotros aquello que es imprescindible tener siempre presente, por eso todos necesitamos de poetas como Cristina. Cristina tiene una voz auténtica que construye poemas con una verdad que solo expresa un poema, un poema de verdad. Y lo hace con la fragilidad y la fortaleza de una poeta de la tribu.

Hay en sus poemas individuos desplazados de la manada, desplazados o aplazados en sí mismos un instante para recuperar la perspectiva de aquello que nos hiere, lo que nos hace frágiles y fuertes a la vez.  El individuo que habla o que protagoniza los poemas de Cristina lame sus heridas no con melancolía, ni siquiera solo para curarlas, sino para meditarlas y recordarlas, territorializarse en ellas y hacerse fuerte allí.
La tristeza como dialéctica, la herida como campo de batalla. Cuando llega el diluvio con que el padre nos condena, Cristina prefiere quedarse con las bestias y rechaza la oferta del padre de salvarse en el arca. Cristina siempre está de parte de la tribu, por eso nos ofrece sus palabras, para que podamos decir aquello que queremos decir pero aún no hemos aprendido a hacerlo. No otra cosa hacen los verdaderos poetas.
Poetas peligrosos, que cuestionan tu respetabilidad desde la misma página o barrera de seguridad donde los lees, para conducirte a donde viven quienes habitan más allá de las fronteras de sí mismos.


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Obra: Las rutas del nómada (1999), La insolencia (Premio Nacional José Hierro, 2001), El arte de agarrarse, (con prólogos de Julia Otxoa y Pablo García Casado, 2010), El ritual de lo habitual (2010), Cambio climático (2014). También ha publicado el libro misceláneo de fragmentos de diario y prosas y poemas satíricos Hazañas de los malos tiempos (2015).



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(Texto leído como presentación de Cristina Morano, en el recital colectivo que hemos realizado esta tarde en el Casino de Murcia.)


Notas para una ópera, bocetos de una catedral


Hoy han vuelto los ataques psíquicos, de manera más virulenta que nunca. Ellos, sean quienes sean, han conseguido que cada uno de los ruidos que me han acompañado a lo largo del día me fuesen insoportables. Me he sentido furioso todo el tiempo, sobre todo mientras oía de fondo las conversaciones de los demás. ¿Por qué hablaban tanto, por qué la insistencia de un intercambio de ideas e impresiones a todas luces exagerado, innecesario? Pocos se han atrevido a dirigirme la palabra, supongo que han sido disuadidos por los gestos de mi rostro progresivamente desencajados. 
He logrado regresar a casa sano y salvo. En algún momento de la larga duermevela sobre mi cama, el silencio de la noche se ha levantado sobre mí igual que una gran ópera silenciosa y majestuosa. Era una catedral invisible, indestructible, y yo ante ella, entrando y recorriendo su arquitectura prodigiosa, me he sentido fuerte de nuevo.

De esa forma sé que he vencido un día más, pero también sé que mis victorias, cada vez más rotundas por difíciles, por improbables, hará que recrudezcan sus ataques, esos ataques que alimentan mi ópera insensata compuesta de silencios, silencios inabarcables como un océano; la energía que ellos vierten fallida en sus ataques apuntala mi catedral y hace más delirante y espectacular su gigantismo y su acabado, sus vidrieras y sus torres, sus formas fantásticas contra la noche eterna y sideral que yo construyo cada una de mis noches, mientras me repongo y tomo fuerzas para seguir luchando contra ellos y construir una fortaleza definitiva de belleza y de silencio, altiva y espectral, allí donde voy a desaparecer un día, lejos por fin del ruido y de la luz y todo aquello que me quiere destruir.


domingo, 23 de octubre de 2016

Apocalipsis Dylan


No entender el premio Nobel de literatura a un cantante que es mucho más que simplemente un cantante es como entender que el premio Nobel de la paz solo debieran ganarlo politólogos.

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Y el año que viene a Alan Moore. Hombreyá.

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Pues no, amigos, tenéis razón: Dylan no hace poesía. Dylan no hace poesía pero sí ha marcado para siempre la parte literaria que hay en la canción. Es por esto que su impronta y su figura son excepcionales, igual que el premio Nobel que le han dado. No creo que vuelvan a dar un Nobel de estas características en mucho tiempo, quiero decir que no se me ocurre a nadie más fuera de lo estrictamente literario a quien puedan dárselo. O bueno, sí, me viene a la cabeza algún barbudísimo guionista de cómics. Pero mejor no seguir soliviantando los ánimos, que el Nobel de la paz van a tener que dárselo el año que viene a quien calme hoy las redes sociales, después de lo de Dylan.

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Stuck inside of Nobel with the Dylan blues again.

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O como podría versionarlo ahora mismo Kiko Veneno:

“Atascados en el debate de Dylan y sin poder salir”.

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Y la fiesta que seguirá cuando os enteréis de lo de Wonder Woman y la ONU.

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Yo solo sé que a la mañana siguiente, a las siete y media, en el tren que me llevaba al trabajo, alguien a mi lado leía a Murakami. Dream is over.

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"Pero ¿qué es literatura?", leo una y otra vez estos días, por aquí. Y yo recuerdo a Jack Skeleton triturando las bolas de un árbol de navidad y analizando sus restos al microscopio, para tratar de entender qué es la navidad.
Uno puede tomar una buena definición de lo que sea la literatura y seguir todos sus pasos para tratar de re-producirla (re-escribirla, re-leerla). Pero lo más probable es que obtenga un truño.
Y la literatura, amigos, es como el amor: no se define ni se reduce a teoría. Simplemente se hace.
Hacerlo, desde luego, es más divertido.
Paz y amor. Y abrigaos un poco esta mañana, que hace algo de frío.
  
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-Volviendo al Nobel de Dylan...
-Ríndete, Dorothy.

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Y al tercer día, defensores y detractores del Nobel de Dylan abandonaban Facebook al unísono para encontrarse en la realidad. Y se abrazaban y bebían, por la noche, y seguían bebiendo. Y brindaban a la memoria de don José de Echegaray, insigne dramaturgo de su tiempo, pero además gran matemático, y brindaban también por la memoria de otros tantos, tantísimos escritores del Nobel olvidados: Sully Prudhomme, Theodor Mommsen, Giosuè Carducci, Rudolf Christoph Eucken, Selma Lagerlöf, Paul von Heyse, Gerhart Hauptmann, Verner von Heidenstam, Karl Adolph Gjellerup, Henrik Pontoppidan, Carl Spitteler, Władysław Reymont, Grazia Deledda, Sigrid Undset,Erik Axel Karlfeldt, Roger Martin du Gard, Frans Eemil Sillanpää, Johannes Vilhelm Jensen, Pär Lagerkvist, Halldór Laxness, Shmuel Yosef Agnón, Patrick White, Eyvind Johnson o Harry Martinson. Y luego brindaron por una lista de escritores aún más prodigiosa, la de todos aquellos genios que el mundo recordaba pero que el Nobel olvidó. Y siguieron bebiendo, de tal forma que muy pronto habían olvidado ya qué cosa era aquella del premio Nobel. Y cuando amanecía estaban borrachísimos, y se abrazaban y cantaban todos juntos las canciones de Bob Dylan mientras regresaban a casa con los ojos inundados por lágrimas de reconciliación y de felicidad.

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«No sigas a los líderes, vigila los parquímetros.»
Bob Dylan


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Imagen: En Manuel Vilas, España, (2008).


sábado, 22 de octubre de 2016

Recital en el Casino de Murcia




Es un lujazo tener la oportunidad de participar en este recital, junto a todos estos excelentes poetas. Os esperamos este martes 25 de octubre, a las 19:30.

Recitamos en tandas de dos, y cada poeta presenta a su compañero de tanda. A mí me toca presentar - y recitar junto a ella- ni más menos que a la gran Cristina Morano.

Aquí os dejo el programa de la tarde:

-Presentación del acto por Hipólito Romero

a) Presentaciones mutuas de Andrés García Cerdán y Alberto Chessa: lectura de poemas (20 minutos aproximadamente).

-Interludio musical

b) Presentaciones mutuas de Cristina Morano y José Óscar López: lectura de poemas (id.)

-Interludio musical

c) Presentaciones mutuas de Vicente Cervera Salinas y Luis Bagué Quílez: lectura de poemas (id.)
Cierre musical.

Con la participación del pintor José M.ª Falgas.
Acompañados a la guitarra por Pedro Antonio Garrigós.
Actuación musical de Alberto Morote.