lunes 19 de marzo de 2012

El afilador de cuchillos


Lo peor son las noches
afilando cuchillos

José Daniel Espejo


Durante toda la mañana, oigo cómo mi vecino, el afilador de cuchillos, afila sus cuchillos. Al comienzo de la tarde, sale con su carromato repleto de cuchillos, centenares de ellos, para devolvérselos a sus propietarios perfectamente afilados y recoger a su vez otros tantos cuchillos por afilar.

Se explica ante el cliente, lo puedo imaginar, lo hago en mis largas noches de insomnio: los afilaría en el momento, pero le gusta tomar su trabajo con esmero y paciencia, en la tranquilidad de su taller, ese taller que colinda con mi casa. Sale y regresa al caer el sol, para seguir trabajando durante buena parte de la noche, haciendo ese ruido metálico y mortal que me desvela y me pone nervioso, pero ¿cómo quejarme?, es su trabajo y se muestra muy amable siempre que nos encontramos; pero lo imagino allí recluido, en su casa, cuando no puedo verlo, afilando sin cesar todos esos cuchillos, y siento miedo.

A veces llama a mi puerta para pedirme sal o harina, huevos, algún condimento o especia. Yo trato de ocultar el miedo que me inspira, me tiemblan las manos mientras recojo de mi cocina todo lo que me pide, salgo con todo ello y se lo doy tratando de sonreír, correspondiendo a la amabilidad de la que, en verdad, hace gala siempre en nuestro trato, aunque también me mira serio, con sospecha, cuando le deseo buenas noches, como si intuyese que no soy del todo sincero. Regresa a su casa y, muy pronto, vuelvo a oír el ruido de sus cuchillos restallando en la noche mientras los afila, ese ruido incesante que me impide pegar ojo.

Cuando consigo dormir, mi sueño me sume en pesadillas, pesadillas con cuchillos que él afila con una paciencia que en mi sueños, en mis pesadillas, tiene algo de maníaco, de maníaco y mortal. Es un miedo constante el que me ispiran sus cuchillos, el afilar de sus cuchillos, un miedo que se prolonga desde el día y la noche, en mi vigilia, hasta el lugar fantástico al que me conduce mi sueño, mis intentos de descansar.

Despierto y sigue ahí el ruido de todos esos cuchillos, la actividad de mi vecino, que no cesa, devolviendo a los intrumentos de nuestros paisanos el filo que les da toda su razón de ser. Confesaré que, harto de no poder dormir y de este sobresalto continuo que me está volviendo loco, imagino que lo asesino. Con sus mismos cuchillos.

Puedo oír el ruido de esos cuchillos, mientras los afilo antes de hundirlos en su cuerpo. Los oigo ahora, en mi imaginación, de la misma forma que los oiría mucho después de mi crimen, de nuevo sin poder dormir, presa de mis remordimientos.

sábado 17 de marzo de 2012

Animal fabuloso de veintisiete letras (una plaquette)

Con motivo del recital que di en La Azotea la semana pasada, Colectivo Iletrados reúne en esta plaquette unos cuantos poemas míos, con portada de Cristina Franco. Gratis y listo para ser leído en la pantalla de su PC o de su e-reader:

Animal fabuloso de veintisiete letras de José Óscar López

martes 13 de marzo de 2012

Pequeña tortuguita, mi anciana maestra zen






He agotado todos los caminos

que conducen del silencio

hasta el aburrimiento que provoca

estar callada tanto tiempo,

dijo mi pequeña tortuga,

mi anciana maestra zen.


He sentido que, a veces,

conversar es cansado,

continuó. Malentenderse

no es una bicoca,

¿quién no detesta los malentendidos?

He charlado con taquilleras

de cines y con pacientes parquímetros,

con todo aquel que yo creí

hubiese visto mucho mundo,

mas ¿quién ha visto el mundo, amigo mío?

Yo lo vi muchas veces, y también

me harté de verlo muchas veces.

Creo que, en ocasiones,

el mundo fue un lugar

muy poco agradable.

Le guardé cierto rencor, pero tarde o temprano

tienes que regresar, chico, me dijo,

para arrimar el hombro.


Arrima tu caparazón, chaval.

he agotado todas las especias para el arroz de los gusanos,

los gusanos voraces que me piden lecciones

como quien pide arroz, como quien vuelve a casa cada tarde

y exige su ración de sueño, algún lugar donde tumbarse y descansar,

una montaña gigantesca de arroz y de guirnaldas,

toda una cordillera mullida, confortable

para el descanso y la reparación

de la espalda del mundo, tatuada

con ideogramas y papel de arroz,

con letras muy antiguas, jeroglíficos que fabulan

con la creación del mundo, de algún mundo que sobrevive

a nuestras ganas de charlar y a nuestras ganas de dormir,

una espalda gigante cubierta por guirnaldas,


Las traemos nosotros y tú vas ayudarnos,

vamos, supongo, ¿no?


Y yo le respondí:

claro que sí, mi tortuguita,

te amo, tortuguita,

y el mundo es necesario.


domingo 11 de marzo de 2012

Acompañado por la guitarra de Julio Ródenas, y recitando uno de mis "Extractos del Libro de las Diez Direcciones", dentro del ciclo Mursiya Poética, en La Azotea




Mi amante es pudorosa
como la flor del jazminero,
que prefiere caer
y dejarse arrastrar
por las aguas del río
antes que ir al cielo,
multiplicarse y conquistarlo,
y florecer en todas partes.

Todo pudor es un secreto
que quiere ser secreto,
¿por qué yo iría a revelarlo?

¿Qué podía hacer yo
sino caer con ella
y volcar nuestro cielo
para tratar de recoger
todas las flores?

viernes 2 de marzo de 2012

La felicidad no da la felicidad



Donde los pájaros dan cuenta del festín mañanero

mientras simulan no prestarte su atención,

allí y entonces, sin fingir

la distracción que me asiste casi siempre,

yo te estuve esperando.


Confundido con todas esas chicas

que marchan con sus cirios de benzodiacepina

de procesión al monte. Distraído

y algo confuso, mas no ajeno

al canto que percute más allá

de los postes eléctricos

y de los abedules del paseo

del centro médico,

yo te estuve esperando.


No vuelvas a arrojarme, por favor,

escaleras abajo.


Una inmensa llanura, diminuta

como una nota a pie de página

de un texto que te explica, igual que explica

a todo lo demás, si estás conforme

con todo lo demás

también si no lo estás-:

allí te espero.

Y dije: hágase notar la luz,

y vaya

si lo hizo, anoté

al margen

de mi pequeña creación.

Miro a esas chicas:

no saben del milagro que les golpea el pecho

y las mantiene despiertas: no saben que no fingen

si reconocen a sus cómplices

entre aquellos que ahora sacan

sus móviles y escuchan a Coldplay.


En el jardín del tiempo

alguna flor soñaba

hacerse jardinero”,


cantaba el brezo antes de arder,

de charla con los pájaros.


Tú lógica aplastante es aplastante,

aplastante, repite el pájaro, y

por eso criminal.


Quiero decir, no queda tiempo

si cada cual construye sus propias escaleras:

ascender, descender, salir del laberinto

tan sólo cuando olvidas

que morirás en él,

de cualquier forma.


Mi gato es una rosa

y canta como un pájaro.

Gato, haz lo que quieras.


Ahora que aspiro al podio

tomo el sendero tortuoso

de las rampas.

Aspiro a las alturas como el gato

habita los tejados, e instala en la intemperie

su esperar para nada, somnoliento;

ese acechar la presa de las siestas

también en los armarios, radiadores:

porque esconderse en un rincón

también es elevarse.


Silencio, el dios egipcio duerme.


Recuerdo aquella vez que me contaste

que de niña jugabas a enseñar a leer

a tu gatito; es un milagro, sí, y

también irrepetible, así que, chica,

yo no te lo aconsejaría.


A ti también te gusta la ópera finesa,

la ópera del fin, y sin embargo

he renunciado a ti, debo decírtelo,

porque vives tan solo de tus fiestas

y a mí me dejas solo, siempre cumpliendo años,

con mi cara de tonto y un montón

de velas encendidas

de nembutal y de colirio.


Soplabas de las velas hacia el centro de ti

y, por decirlo de algún modo,

las noches que sudaste a semejanza

de quienes sedarías, y también

el horror de sentir que mi sentido del humor

ya no podría compartirlo contigo ni con nadie

al fin nos quedarían prescritos, porque ¿sabes?,

todas las tartas eran tuyas,

con toda tu energía;

con el limón hacías

confetti para pájaros

y otros animales.


Atención, pregunta:

Animal fabuloso de veintisiete letras.


Querida niña: en China

también hay unicornios.

Bandadas de estorninos encontraron la llave

y han venido a cenar. Se comportan a ratos

y su formalidad, cuando se manifiesta,

es un asunto digno de ser visto

por los que tienen tiempo para hacerlo.

Nosotros no. Segundas partes quedan anunciadas

en las enormes carteleras del cielo de septiembre,

y aún queda mañana por delante.


Porque eres tú quien proporciona el ozozuz

a los furiosos unicornios,

procura hacerte luego,

ya que estás por el campo y vas a volver tarde,

con algo amargo que ofrecerles.

De noche,

en rizomática aspersión, las princesitas

también pierden su tiempo, como tú,

bailando con sus giros en la hierba

de ese jardín que no nos pertenece

ni nos importa, vamos.


Pero procura comportarte, si volvemos.

Señoritas que giran merced a su engranaje,

de fiesta muy mecánica y coral

al pie de las piscinas, también cuando atardece,

aunque se pararán muy pronto.


Aún el gato duerme, con la tarde

no decidida para uno u otro bando:

los enanitos de jardín se baten con las ninfas

por el agua, en su reino imaginario.

Pero yo tengo obligaciones y despierto:

pertenezco a otro mundo,

debo poner mi casa en orden para ti.


La casa del deseo, graznó el poeta pájaro,

el pájaro cantante, el pájaro más pájaro,

desde un balcón cerrado.


La bandeja se cae y con ella el desayuno.

Ven, porque sé ya cómo huir de tanto estrépito.


domingo 26 de febrero de 2012

Cuando fui poeta


CUANDO FUI POETA


Así que diré que

sobreviví a aquel verano

viendo tan sólo a los amables

fantasmas de las hortalizas.



E imaginé, como solía,

el resto de mi vida ahí tumbado,

entre mis aficiones y un puro aburrimiento

puramente aficionado,

tratando de escarbar también en dirección

a lo que no me gusta,

aunque no me gustase,

y aunque tampoco me gustase

aquel calor tan pegajoso,

pero, chico, es lo que había

y siempre es bueno prevenir.


Los gatos a lo suyo y tú también,

mientras recoges.


¿Cuántas veces te demostré que mis capacidades

son superiores a la fe que en mí malgastas?


Chico, el señor te ama

y el demonio también.

Mientras tanto, el agnóstico

trata de imaginarlo.

Quiero decir que va a pensárselo despacio.


Días para leer

y días para caminar.


Siempre estamos a tiempo

para volver a ser los raros de la fiesta.


Te lo diré de otra forma:

¿Dónde están los amigos

de los que no tienen amigos?


Qué bonito es tener

bonitos sentimientos.

Pon tus moléculas al aire.

Sigue camino abajo, atravesando

aquello que se trenza.


A ti se te ha acabado la paciencia,

la mía no ha hecho más que comenzar.


En esos horizontes de campaña

hay un arcón donde ancianos chinos conversan

desde hace tres milenios.


Será la tumba, amor,

de mi locuacidad.


En una narración perfectamente china, que no basta

para hacerme dudar, signo insoluble,

gigantes de colores balancean

sus enormes zapatones

mientras todo decide

crecer, hostil a la renuncia.


Ven con nosotros, me decían

mientras un chorro de aire fresco delataba

una trampilla ahí debajo

de todo ese sopor.


Sí, ya lo supe.

Sobreviví a aquel jardín.


Sigo pensando así:

vendría un día como hoy y, aquí, lo contaría.


domingo 12 de febrero de 2012

Una excursión al campo, igual / que una excursión al tiempo


Una excursión al campo, igual

que una excursión al tiempo.


Como si todos los lugares

que nos quedan por visitar

estuvieran en el recuerdo.


Mira, si te parece

dejemos que descansen las palabras.


Ha llegado la hora

de ir adonde sea.



Tu irresistible propensión

a saludar a todo el mundo

falla de vez en cuando,

tan solo quiero que te acuerdes

de esto alguna que otra vez.


Significantes insignificantes

para cualquier gramática,

salvo para gramáticas

del corazón.


El miedo y el amor, primero el miedo

y después el amor –cuando estemos seguros,


mejor ser precavidos,

vamos a hablarlo luego.


Suceda lo que vaya a suceder,

me pillará durmiendo.

Despertaré para su desenlace.


Nadar, nadar ahora.

Duermo y luego trato de despertar,

¿estoy seguro?


Voy a decirlo de otra forma:

Despierto, ¿estoy seguro?


Creo que descansar será una elipsis

allá donde la narración

coge fuerzas y aire, se sumerge

y nada más, mejor.


Despertar tarde

me deja algo confuso.


Placas tectónicas, móviles, pesadillas:

dejan de serlo cuando te mueves con ellas.


Tener aquí las cosas que, de pronto, ya no están.

Busca a tus interlocutores en las cosas.

Beethoven para las macetas.


Voy a viajar ahora

desde la cama a la terraza,


Extenderé los toldos.


El gato insiste con su sinfonía

de una mañana de verano.

Yo no me quejaré

de su monotonía. Ruega tú

por esas variaciones que persigues,

ahora regreso de la variedad

y he afilado mi lápiz:

Temo que hoy no tenga mucho más,

quiero decir que lo celebro,


e igual que los recuerdos vienen de uno en uno

me apaño con la sensación

quebrada, insuficiente:

me da trabajo todo el día

y me invita a salir

en un viaje que, de momento, me

resulta suficiente.


Improvisa, me ruega

la voz que me acompaña todo el tiempo.

Bueno, improviso café.


El gato me persigue

allá hacia donde voy

con su monodia.


Esta tarde hablaremos.

Luego te llamaré.


martes 7 de febrero de 2012

Animales sensatos


Los más sensatos animales,

vaya noche.


Decisiones y veredictos.

Un discurrir que agota al más pintado,

un escurrir

de la pintura mientras tanto:

luego vuelvo.

Volveré chorreando.


Seres humanos, al jardín.


Primero ella y luego yo,

y luego yo, con ella, en todas partes.

Contigo, y a diario.


Te pintas, otra vez, cerca del cielo.


No era saliva, eran más bien nuestras pinturas.

Un baño de saliva, una constelación

pintada en frescos y murales:

la bóveda celeste.

El cielo es un lugar del que se vuelve.

Miras el cielo, es un océano

que se derrama en ti.

Te pones de puntillas, chapoteas.


Las cicatrices no son cremalleras.


El auditorio del jardín abre sus puertas

y la asamblea de los pájaros

emite su juicio ininterrumpido.


Y las flores, allí,

construyen catedrales.


Si el mar es de color azul,

¿de qué color es la saliva?

Y ¿cómo regresar del babear?,

preguntas, ladras.

Tiras el hueso dentro

de ti, porque esperas seguirlo.


Piensas, formulas, dices,

pero no.


Es tranquilizador.


Es un regreso

algo más lejos, siempre,

de allí donde estuvimos una vez,

este lugar no sospechado.


Abro la casa donde está lloviendo siempre.


La lluvia fija todo lo que importa

aquí, en el interior

de mi casa mental.


Escucho cómo caen las lecciones, una a una.


La tristeza, aparente,

es solo la fachada

de mi colegio psíquico:

persiste seria y triste

pero solo porque toda alegría

acaba disipando

lo que permite la alegría.


Paso allí muchos años.


Ahora estás vestida.

No, espera.

Faltan aún algunos años.

Ahora te veo de espaldas

y no puedes oírme.


Tu tiza dibujando

vías en la pizarra.


Todo lo que me enseñas permanece.


Tú, tus maneras,

en todo lo que veo,

y que se mueve

igual a ti.


Tu deslizarse, profesora.


La lluvia, el ruido que haces,

el ruido de tu mente.


Incluso tú, lejana:

todo, dentro de mí,

persiste todavía.


Fuerzas oscuras: no

tienen que ver conmigo.


Y las sombras se explican, elocuentes,

a espaldas de la luz.

Es lo que piensan de la luz,

pero la luz se va

y todo se hace sombra, que es lo mismo

que decir: ya no hay sombras.


Y la elocuencia de todas las cosas

se hace interminable,

quiero decir: no se detiene.

Y podemos hablar, ahora, tú y yo,

allí, en medio,

de todo lo que insiste en explicarse

y sin miedo a que nadie nos escuche.


Puedes imaginar que el gato

idea sonetos en su siesta.


¿Qué hacer?

Chica, yo lo que diga el gato.


¿A dónde vas de viaje este verano?

Yo no viajo.

Ni en verano ni nunca

porque viajar es vulgar.


No estoy siendo sincero con mi ojo interior.


Despierto sin saber dónde lo hago.


Qué mañana más agradable,

voy a tratar de disfrutarla.


Debo decirte, es importante, que en el patio

no estoy jugando solo.


sábado 4 de febrero de 2012

Hoy cuesta despertarse, ¿eh, amigo?



Aprovecho para anunciar que he abierto otro chiringo, en las playas de nuestra procelosa y amiga World Wide Web.

Un chiringo tipo tumblr, y tal: Cuaderno abierto.

viernes 3 de febrero de 2012

Historia del entrecot


Lo compré hace tres días. He pensado en congelarlo, pero ya es demasiado tarde. No me queda otra opción: debo comerlo ahora.

Nunca había comprado un entrecot, quiero decir en un supermercado, no para hacerlo en casa. Sí lo he pedido muchas veces en restaurantes. Ah, una carne deliciosa, pero ¡es tan cara! Debí haberla congelado cuando la compré, hace tres días. ¡Qué torpeza más tonta! ¡Ha pasado volando, la semana, y ahora debo marchar a Valencia! Suena el despertador, las seis y media: no debo demorarme. Voy a permanecer allí unos días, ¡cuando regrese, mi entrecot va a estar para tirarlo!

No puedo permitirlo. Enciendo el fuego, el tiempo vuela. Es lo que debo hacer, y voy a hacerlo. No solo porque debo: es que elijo hacerlo. ¡Qué extraño, andar debajo de toda esa neblina y ese olor, a estas horas! Pero no puedo encender el extractor de humos, es muy temprano y debo pensar en los vecinos, en la molestia desconsiderada que su ruido puede ocasionar a su sueño. Abro, eso sí, las ventanas de la cocina.

Tengo el estómago delicado, pero voy a decirlo una vez más: es lo que debo hacer, y voy a hacerlo. Lo acompañaré con abundantes patatas fritas, porque esa era mi idea original: un entrecot acompañado con muchas patatas fritas, incluso con una improvisada salsa. ¿De setas, verde, roquefort? El ajo o el roquefot, pero también las setas, van a ser a estas horas un acompañamiento fuerte para mi sólido manjar. Pero no importa. Definitivamente, no me importa.

¡Pronto estará listo mi entrecot!, me digo tratando de animarme, de recuperar la ilusión con la que imaginé iba a preparármelo, aquel día de esta semana en que eché triunfal la bandeja plastificada a mi carro de la compra. Me es imposible esperarlo con verdadera hambre, debo confesar que ese olor de los ajos dorándose en el aceite caliente que inunda mi casa, pese a las ventanas abiertas -es un olor que suele subyugarme-, ahora me resulta repulsivo, absolutamente fuera de lugar o, al menos, no situado en su momento razonable.

Eché un vistazo a la sartén. Igual que las patatas, en la otra sartén, la carne ya estaba lista; al menos, eso parecía. ¿O estará poco hecha, o lo estará demasiada? ¿Quizás muy dura, correosa? Dudas, ¡dudas! Pero no hay tiempo para más consideraciones. Lleno un plato con el enorme pedazo de carne y todo ese montón de patatas.

Entonces descubro la otra falla de mi plan, uno de los complementos con los que golosamente consideré que iba a disfrutar de esta comida cuando la proyecté en el supermercado, hace tres días: ¿no iría a regarla con una buena copa de vino? ¡Era demasiado temprano para el vino! ¡Con eso sí que no podría! ¡Beber vino a las seis de la mañana era excesivo, inconcebible para mí, por muy poca cantidad que vertiese en mi copa! Así que me serví un vaso de agua. Dejé la botella junto al vaso, iba a necesitar mucha agua.

Y me senté a la mesa. Me puse a devorar todo aquello. Los primeros pedazos los partía muy grandes y me costaba masticarlos. Efectivamente, había quedado algo dura. Probé a hacerlos más pequeños y no hubo más problema, aparte de las quejas de mi barriguita por ese avituallamiento a deshoras. ¡Pero debía resistir!

Finalmente, y por darle una tregua y su premio a mi estómago por su resistencia, me serví ese buen vino. Podría parecer que sufría y no es así. Me esforzaba, sí, pero incluso a esas horas, ¡todo aquello sabía extraordinario! Mi paladar agradecía ese sabor y mi cabeza la ebriedad. ¡Qué sensación nueva y extraña era esta plenitud, para estas horas! ¡Come, come!, me decía a mí mismo aunque sabía que iba bien de tiempo, ni siquiera necesitaba mirar el reloj. Podia limitarme a devorar mi plato lentamente, mi entrecot no iba en ningún caso a caducar y estropearse mientras yo estuviese lejos.

Estoy medio dormido, todavía. Mastico, es verdad, sin muchas ganas. Pero con determinación. Y lo disfruto. Dentro de un rato, quizás mi digestión vaya a ser un infierno, cuando esté, en breve, conduciendo. Pero eso no importa ahora, no importa en absoluto, mientras devoro poco a poco mi entrecot.

jueves 2 de febrero de 2012

"Turbación", ilustrado por Mannfred Salmon



Hace unas semanas escribí esto en Facebook y Mannfred Salmon, compañero de trabajo y dibujante, me dijo: transfórmamelo en guión para cómic.

Bueno, Mannfred ya está trabajando en más adaptaciones a historieta de relatos hiperbreves míos. Ayer me mandó el primero resultado: "Turbación". Pinchad sobre la imagen para ampliar, espero que os guste, ¡yo estoy feliz como un niño con zapaticos nuevos! ¡Zapaticos nuevos para mis relatos!

[Aquí lo vais a ver/leer mejor]

martes 31 de enero de 2012

Un gorrión en mi cartera


Tengo un gorrión en la cartera. Lo cuido, lo alimento, y él jamás se va aunque siempre dejo la cremallera abierta. Hay espacio suficiente, hace tiempo que no llevo otra cosa, en mi cartera, más que mi gorrión. Cuando salgo de casa meto al pájaro dentro de la bolsa, la cuelgo de mi hombro y voy con ella a todas partes.

Miro a menudo en su interior y el ave me devuelve la mirada. Solo sufro en las aglomeraciones, con cualquier empellón que alguien me propine en la cola de alguna caja o en los bares, en el metro, camino del trabajo...; en toda circunstancia donde pueda sufrir daño mi pequeño gorrión.

Sé que resulta extraño. Me cuesta, aquí y ahora, confesarlo. Hubo un tiempo en que creí que era normal, que todos ocultaban y llevaban encima alguna clase de animal, un diminuto ser en sus mochilas o en sus bolsos, sus maletas, incluso en sus bolsillos. Por eso alojé a mi pequeño gorrión en mi cartera. Cuando me di cuenta de que nadie, en realidad, llevaba ningún animal encima, era tarde: le había tomado cariño, no podía deshacerme de él. Solo le rogaba que fuese silencioso para que mantuviéramos en secreto su presencia constante, junto a mí; que por ejemplo no cantase -odio que me evidencien y llamar la atención-, y que aguardara a que estuviésemos solos para salir, cantar y aletear sin obstáculos.

Pero tardé, como digo, en saber la verdad. Porque creía que los otros manejaban este asunto con gran discreción, yo los imitaba. Trataba de conducirme con sigilo, o así lo intenté, al menos, hasta aquel día. Pero ese día hubo un imprevisto. Me cazaron. Siento gran repugnancia al relatarlo, pero quizás sirva a alguien y a un futuro, espero que mejor, esta tragedia. Alguien se me acercó en el andén del metro, dispuesto a resolver de manera directa la sospecha que a todas luces y por su expresión le corroía. "Qué lleva usted en esa bolsa", me espetó. Negué con la cabeza. Dije no, oh no, ¡no llevo nada!

-¡Usted está mintiendo! -proclamó asiendo mi cartera de repente. Traté de liberarme de su presa, mientras el resto de gente nos observaba. ¡Todos provistos de carteras y bolsas, de mochilas, maletas! ¡Y los asían muy cerca de sí, yo aún creía que con ánimo protector!

-Por favor, no lo haga -rogué inútilmente, porque aquel hombre seguía forcejeando con gran violencia para arrebatarme la cartera -, ¡es solo un pajarillo inofensivo, una bestia inocente como aquella que ustedes esconden para sí!

Y mientras me revolvía y lloraba, todos pudieron escucharlo. ¡Ponían cara de estar en presencia de un loco! ¡Incluso muchos se reían!

Ah, ja, ja, ja, qué pobre loco, pensaban ¡Podía oírlos! ¡Oír sus pensamientos!

¡Es solo un animal!, repito entre sollozos mientras el tipo estruja mi cartera sin ningún miramiento. ¡Y mi gorrión pía desesperado! ¡Este señor lo está matando con sus empujones! ¿Pero es que no lo oye?, me lamento tratando de hacerle comprender.

Es demasiado tarde. Todo ha sucedido rápido. Mi pájaro debe de estar muerto. La cinta para el hombro de mi cartera se ha roto, y el señor la arroja con furia al suelo. Porque la llevo abierta, todos esperan con sorna a que mi pajarillo salga volando o, más probablemente, que emerja moribundo.

Mi pequeño gorrión.

Nada de eso sucede. Y el desprecio burlón con el que me miraban se ha transformado en lástima y en incomodidad, después de que hayan comprobado el alcance de mi desconsuelo. ¡Lo han matado! ¡Ustedes lo han matado!, rujo, y ellos palpan, por una absurda inercia, sus carteras y bolsos, sus maletas, sus mochilas; incluso el agresor.

La incredulidad de todos es absoluta, cuando comprueban que hay sangre en sus manos. La misma sangre que gotea de sus bolsos y forma charcos en el suelo.

Hay sangre en sus manos y en el suelo, y hay horror en sus rostros mientras yo continúo sollozando sin consuelo posible.

jueves 26 de enero de 2012

Gente que cae


Alguien cayó al suelo y me asusté. Tan largo como era, pero demasiado despacio. Como ofreciendo poca resistencia al aire y a la gravedad, en su caída. Cuando aquel cuerpo terminó de derrumbarse, mi alarma fue mayor: quedó desarticulado como un guiñapo. Una o dos de sus torsiones finales me confirmaban la monstruosidad de lo que estaba presenciando.

Aunque estaba quieto ya, temí acercarme. Debajo de la ropa, ese cuerpo se desinflaba. Como si se desintegrara. Cuando por fin me aproximé, comprendí que aquello era, en realidad, solo un montón de ropa. No hubo nunca un cuerpo, allí debajo.

Siempre que quede claro que se trataba de ropa sin gente, debo decir que continuó cayendo gente alrededor, bastante tiempo. Mucha gente, ropa sin gente. Qué ilusión más absurda, la de mi percepción. Pero me sorprendí afirmando -aferrándome a- mi verticalidad respecto todo lo demás: aquello que me rodeaba.

Me repetía: no, no estoy cayendo. Después palpé mis ropas para comprobar que yo aún estaba ahí. Pero descubro que no tengo ropa puesta: estoy desnudo.

Aunque estoy solo, allí en la calle, tengo un ataque de pudor. Considero un instante si coger algunas de esas prendas y cubrirme. Pero mi vergüenza crece, ahora me siento culpable. Y me alejo corriendo.

viernes 20 de enero de 2012

Soñar con un cadáver


Sueño que he quedado encerrado en un espacio reducido con un muerto. Es una sensación desagradable, estar vivo y compartir ese lugar con él. Yacemos uno al lado del otro, es costoso respirar, pensar, sentir y realizar todo aquello que hace una persona viva cuando se tiene al lado a una persona muerta, inerte, que no se mueve ni respira, que no siente ni piensa. Es espantoso.

Trato de no moverme, de no hacer evidente esa descompensación monstruosa. Al menos, parece que su muerte le ha sobrevenido hace muy poco, pues no hiede. Pero no sé el tiempo que permanecemos confinados aquí juntos, en esta habitación tan diminuta, acaso un ataúd: el tiempo se extiende con la elasticidad absurda de los sueños y el argumento de mi sueño no varía; hay la misma desazón, todo ese tiempo, y su presencia constante que me obliga a no moverme, presa de un pánico que no mengua.

Y a pesar de ese pánico -o quizás por él, precisamente, porque no termina- acabo durmiéndome dentro del sueño; y es un penetrar en el sueño sin sensación alguna de descanso. El terror prolonga sus vías en ese abandonarme a un tiempo demorado donde nada cambia, nada sucede. Lo peor es cuando considero que la ausencia de movimiento, de todos los atributos de la vida, va a prolongarse para siempre.

Despierto al fin. Y siento un gran alivio. Me levanto. Pero al girarme veo tumbado en mi cama un cadáver. Y ese cádaver soy yo. He debido morir mientras dormía.

Intento huir, salir del dormitorio. No me sorprende descubrir que no puedo. Estoy atado allí, junto a ese cuerpo inerte. Ahora solo me resta aguardar a que descubran mi cadáver y lo entierren. Y yo quede encerrado allí con él, inmóvil en mi caja. Para siempre.

jueves 19 de enero de 2012

Agorafobia


Me horrorizan los espacios abiertos. Bueno, no todos. A veces, en la soledad de mi cuarto, he podido atisbar llanuras que se extienden más allá de este mundo.

Llanuras del tamaño de mi cuerpo, poco más. Un espacio que lleno fácilmente, y que se colma con mis latidos y mi aliento, mi calor: es un lugar vivo, igual que un cuerpo.

Quisiera ir a ese lugar que entreveo, pero regreso una y otra vez, tras las visiones, a mi cuarto. Aquí en mi casa, al menos, me siento protegido: es un lugar con mis proporciones, hecho para el movimiento que yo necesito, moldeado con mi tranquilidad y destinado a lo que puedo imaginar es una vida. Una vida que yo puedo vivir.

Pero debo salir. Debo viajar entre ciudades, a menudo, a causa de mi trabajo. Un día tras otro, atravieso con terror los parajes abiertos que separan mi casa de aquellas poblaciones donde los avenidas son siempre anchas, abiertas en exceso, como tajos abiertos en el gran cuerpo moribundo de un animal que no termina nunca de morir; con plazas y jardines sobre los que pesa un cielo real, demasiado real por gigantesco, que me recuerda cada día la amenaza constante que supone vivir aquí.

Cruzo con mi automóvil, una y otra vez, esos espacios infinitos que median entre las ciudades. Y temo desaparecer lejos de casa, desvanecerme en medio de esta tarea agotadora que supone soportar todo este tiempo ahí expuesto a la nada, a una nada inmensa, al vacío; a la imposibilidad de respirar tranquilamente todo ese aire.

¿Por qué los hombres necesitan vivir en esas urbes gigantescas? Si hubo un creador, ¿qué megalomanía le condujo a habilitar estos vastos páramos para que la vida se arrastrase diminuta, insuficiente, en forma de larvas y escarabajos, de hormigas que, en su labor, arrastran como carga una proporción ínfima de realidad?

Un pedazo de cáscara, un fruto milimétrico. Es todo lo que necesitan, las hormigas. Se ordenan en disciplinadas hileras para no sucumbir en esta incertidumbre en forma de escenario inabarcable que se extiende en todas direcciones.

Yo soy un hombre que atraviesa la pesadilla elefantiásica de dios, esa broma espantosa con la que concibiera los espacios.

A veces, sufro periodos de crisis. Mientras atravieso plazas abiertas o parkings subterráneos -cubiertos, sí, pero inmensos, tan inmensos como el vientre borracho de una Tierra dispuesta a digerirme-, y debatiendo con mis clientes, cerrando mis negocios, un ligero temblor en mis dedos y párpados anuncian la catástrofe. Un rayo ciega la energía modesta que me anima. Y caigo al suelo presa de convulsiones y de espumarajos.

"Llevadme dentro", trato de decir. ¿Dentro de qué, de dónde, adónde quiero ir? Donde me sienta protegido. No, no es eso, porque no hay lugar alguno donde gocemos de protección, aquí sobre la Tierra.

Solo quiero un lugar que posea las dimensiones que yo necesito, acorde con mi diminuta condición.

Y me encierran. En hospitales, en psiquiátricos, durante un tiempo. Me encierran y son ellos los que se encierran. Detrás de la puerta que guarda el miedo donde el miedo no tiene ya donde extenderse, propagarse.

Donde el miedo puede volver a adoptar el tamaño del hombre que lo siente.

No muy lejos del corazón que puede bombear la sangre hasta allí donde la sangre y su calor se necesita. ¿Qué inabarcable corazón podría calentar con su jugo secreto, lleno de furia y de vergüenza, ese cuerpo vacío de la realidad?

Vacío, inerte, gélido: ese cadáver que nos contiene; allí donde debemos regresar.

Sospecho que este último encierro al que me condenan será definitivo. Ellos se encierran, encerrándome, lejos de las llanuras de mi fantasía, la tierra prometida de mis visiones de antaño, allí donde ahora vivo, correteo y respiro fuerte, muy fuerte, extendiendo mis brazos y viviendo, al fin, en libertad.