sábado, 4 de marzo de 2017

Alguien golpea una pared y tiembla el cielo


Alguien golpea una pared y tiembla el cielo.

Te despiertas en la tormenta.

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Alguien agita un árbol diminuto y caen del cielo centenares de pájaros en dirección a la copa del árbol.

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Tú eres el árbol y los pájaros son tus deseos de volver a poseer cierta clarividencia, una medida exacta de las cosas.

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Árboles, árboles. Escondidos debajo de la lluvia.

Están dormidos.

Y sueñan con un cielo que tiembla en alguna parte, dentro de ellos.

En el cielo tranquilo de las cosas.

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Duermes, duermes con la tranquilidad sagrada de las cosas.

Alguien despierta contigo, cerca de la ventana castigada por el agua de la tormenta.

Y no estás solo.

Alguien golpea una pared y tiembla el cielo. Alguien te coge de la mano y tiembla todo tu mundo para celebrar la tormenta.


jueves, 16 de febrero de 2017

Dos mil noventa y seis, de Ginés Sánchez


Mientras leía esta novela, me acordaba de aquella frase atribuida a Albert Einstein: "No sé cómo será la tercera guerra mundial, sólo sé que la cuarta será con palos y piedras". Me encanta la manera en que el narrador de esta historia se va a este mundo devastado y cruel, a esta nueva era de las cavernas -una vuelta muy a la vuelta de la esquina, como todos sabemos-, para narrarla de una manera absolutamente poética y cercana al delirio; con el ritmo sincopado y roto al que nos tiene acostumbrado el autor -al modo de un cómitre, palabra que he aprendido en esta novela: el tipo que azotaba con su látigo a los esclavos que remaban en las galeras- y ahora también, en esta último libro suyo, una poesía iluminada e iluminadora, en su crueldad, en su búsqueda de la esencia de unos personajes tan rotos y abandonados como el mundo que fue alguna vez.

Claro que esa crueldad, esa búsqueda de la esencia y los personajes rotos están presentes en las otras novelas de Ginés Sánchez. Pero aquí todo ello se magnifica por el planteamiento: no sabemos cómo ha ocurrido, pero sí vemos las condiciones muy, muy jodidas en que vive la gente en este dos mil noventa y seis. No digo nada más de la historia, para que no se me escape algún spoiler, pero me resulta fácil destacar el resto, porque precisamente una de las cosas que más me ha hipnotizado de la novela es la forma en que está narrada, entre el turn-page y el poema en prosa visionario, con muchos de los recursos de este último pero sin romper nunca la pura narración: la enumeración caótica, los adjetivos insólitos, los detalles inesperados en las descripciones y, ante todo, la extraña adaptación que el narrador nos impone a la psicología de estos personajes devueltos a su animalidad, aunque lo que les queda aún de humanos es lo que nos resulta, precisamente, aún más inquietante.

Me encanta que todo fluya a un ritmo trepidante, como una locomotora tan desbocada como el mundo que terminó justo antes de esta historia. Me encanta la furiosa libertad con la que la ha escrito su autor, al margen de esa ultracorrección que periódicamente invade nuestras novelas y las hace parecer traducidas: encadena en alguna ocasión oraciones que empiezan en gerundio, abundan esos infinitivos sustantivados y en plural, como "rebotares", de cierto aire rústico y bruto -el último disco de Robe Iniesta tiene uno, se me ocurre ahora-, como abunda el léxico de un mundo rural -o esclavista, como el citado cómitre- que parecía extinguido y de pronto ha renacido terco, inevitable; y hay, en fin, un desparpajo y una libertad estilística que yo he asociado en mi lectura a ese estado de iluminación, de posesión poética y profética del narrador para contarnos todo lo que está viendo de ese mundo urgente y esencial, terrible, apocalíptico y que, en realidad, está instalado entre nosotros hace mucho.



miércoles, 25 de enero de 2017

Las lágrimas de Trump



Donald Trump está solo ahora, en su despacho oval. Donald Trump está solo, solo y llorando. ¿Por qué llora Donald Trump, por qué llora el hombre más poderoso de la Tierra? Hace dos años que empezó a gobernar el país más próspero y poderoso de la Tierra. Tras dos años de mandato, todo va según lo planeado. O bueno, casi. Han pasado… algunas cosas. Los Ángeles y la península de California ya no existen, esos malditos chinos se las cargaron con sus bombas atómicas. Pero también han dejado de existir todos esos malditos chinos, recuerda Donald Trump mientras echa una mirada cariñosa y melancólica a su maletín nuclear. Tampoco existe la península de Florida, la bombardearon los rusos. Y Nueva York fue bombardeada por yihadistas. Nueva York era bonita, sobre todo por la Torre Trump, pero por otra parte allí solo había judíos e hispanos, portorriqueños sobre todo, jodidos portorriqueños. En Florida solo había cubanos, con toda esa pereza cubana, su maldita música cubana y sus bailes cubanos y vulgares. Y California tampoco estaba mal, pero había demasiados hippies, demasiados comunistas, colgados y porreros, antiamericanos de todo pelaje, además de las perniciosas gentes del espectáculo: que se jodan todos.
Tampoco hay rusos ya, ni yihadistas. De hecho, ya no hay árabes. No quedan ya europeos, que a estas alturas eran casi lo mismo que los árabes. La Tierra es un inmenso erial, en buena parte, pero en el planeta que queda todavía vuelven a imperar, ahora y para siempre, los Estados Unidos de América. La nación más poderosa de la Tierra, ahora y siempre.
La Tierra, sí, es un erial. Y Trump se alzó sobre todas esas ruinas, sobre ese bravo y nuevo mundo. Y miró en derredor, y vio que era bueno.  
                Así que no, Trump no llora por todo eso. ¿Por qué llora entonces Trump? ¿Por qué llora entonces el hombre más poderoso de la Tierra? Donald Trump llora por el alma americana. Trump llora por los americanos. Tras dos años de presidencia, Trump ha entendido el carácter sagrado de su mandato, la santidad de su misión. Y Trump llora porque con sus lágrimas lloran todos los americanos sufrientes y buenos. Trump llora porque queda aún dolor y sufrimiento en el alma de Norteamérica. Trump ha aprendido a leer el libro del sufrimiento, y por eso llora.
Trump no había llorado hasta ahora, llorar es cosas de hombres débiles, los hombres fuertes no lloran jamás y él siempre ha sido un hombre fuerte, ¿cómo si no habría llegado a ser presidente de la nación más importante del planeta? Pero una vez allí supo de repente de todo ese sufrimiento. Trump ha aprendido a leer del gran e inagotable libro del sufrimiento. Trump llora porque acaba de leer la novela Las uvas de la ira, de John Steinbeck. ¿Por qué sus analistas, chupaculos y hombres de confianza no le avisaron nunca de que en esa actividad tediosa, absurda, antieconómica de la lectura se escondía tanta sabiduría y tanta emocionante comprensión? ¿Por qué sus consejeros no le avisaron de que en todas esas novelas escritas por malditos comunistas y antipatriotas se escondían tanta verdad sobre el alma humana, sobre el alma americana y sobre el sufrimiento de los hombres, que al fin y al cabo son sus súbditos y a ellos se debe?
Trump llora tras leer el Aullido de Ginsberg y El almuerzo desnudo de Burroughs. Libros de maricones, libros de drogadictos. Trump también llora tras leer a Edgar Allan Poe y a Walt Whitman, otro borracho y otro maricón, ambos anudados a las mismas raíces de esta gran nación. Trump llora tras leer el Moby Dick, biblia del alma americana. ¡Maldito inmigrante, ese Herman Melville loco, mil veces loco y mil veces sagrado!
Llevábamos toda esa podredumbre en las raíces, y era bueno. Se dice Donald Trump.
Porque esa debilidad es la que nos hace humanos, continúa: seres humanos complejos y santos, unidos a la materia más débil y corrupta, más eterna y sagrada.
Trump llora porque acaba de ver La jauría humana y Apocalipsis Now!, ambas con Marlon Brando. ¿Por qué nadie le avisó de que en todas esas películas uno podía hallar toda esa comprensión y esa denuncia de las raíces de la guerra, de los motores de la violencia? Si no hubiese mandado fusilar a todos aquellos artistas que sobrevivieron a las bombas en Los Ángeles y Nueva York, ahora haría llamar a todos esos escritores y cineastas para invitarlos a cocaína y prostitutas y abrazarlos, abrazarlos llorando.     
Sí, Trump llora. Llora porque comprende que ya solo le queda restañar el sufrimiento en el alma de todo americano. Y restañar ese sufrimiento es restañar su propio sufrimiento. Y restañar su propio sufrimiento es restañar el sufrimiento de toda la especie humana.
En ese sufrimiento estamos solos. Y él, como el hombre más poderoso de la Historia, está llamado a hacer que el hombre no esté ya solo nunca más.
Añora a Putin, eso sí. Vladimir, viejo amigo. No se avino a razones y tuvo que morir. Trump lo imagina, puede verlo desnudo de cintura para arriba, con todos sus músculos tensos. Ya dispuesto a morir, a hacerlo sin miedo alguno. Trump siente una intensa turbación homoerótica cuando lo imagina subiéndose a la mesa de su gran despacho presidencial y arrancándose la camisa para liberar sus músculos firmes y tornasolados, curtidos por el sol frío e inhumano de Moscú, y enfrentándose así a la bomba nuclear que estalla suspendida sobre Moscú; enfrentado de tal manera, semidesnudo y honesto, al hongo nuclear. Como si el hongo nuclear fuese uno de esos gigantescos osos a los que se enfrentó tantas veces, en el pasado, cuando iba de cacería: dispuesto a despedazarlo con sus propias manos.
Murió como era él: noble, altivo, orgulloso. Un hombre de verdad. Y murió con los suyos, hundiéndose con ellos como buen capitán de ese barco sufriente y enloquecido, ese gran barco iluminado y ebrio; una nación llena de zares espectrales como príncipes de cuentos de hadas, de barbados campesinos hambrientos y almas muertas, de barbados santones anarquistas y comunistas, de barbados escritores locos y, al fin, barbilampiños mafiosos y multimillonarios como viejos y vulgares, rijosos y trágicos dioses griegos.
Vladimir, oh, Vladimir. Un amigo de verdad en un mundo de hienas.
 El hombre más poderoso de la Tierra está llorando porque se siente solo, porque el poder conlleva soledad y el poder absoluto conlleva la soledad más absoluta. Claro que está Melania, pero Melania está ahora en su habitación llorando. Llora también Melania ahora, desconsolada. Hace dos horas, regresó de otra de esas fiestas de gente rica y poderosa. Y regresó llorando. “Me desprecian, Donald”, le dijo a su marido. “Lo ocultan por miedo, pero me desprecian. A escondidas, se ríen de mi vulgaridad. Se mofan, sí, lo sé, de mi ignorancia. De mi vulgaridad y mi ignorancia que es, no lo olvides, nuestra vulgaridad, nuestra ignorancia”.
“Citan todos esos libros, su cultura de mierda; se intercambian todos esos conocimientos sobre historia y geografía, hacen chistes ingeniosos sobre filosofía y arte, y cuando lo hacen me miran de reojo. Con miedo, sí, pero también con burla y con desprecio. Se ríen de mis vestidos ostentosos, se ríen del oro que llevo por todo el cuerpo, el oro con que está forradas nuestras paredes, del oro de nuestras cortinas, del oro de los pomos de nuestras puertas”.
“Del oro de los grifos, del oro de nuestras cañerías. Como si el oro no santificase la mierda sagrada que defecamos a diario, oh, Donald. Donald. Se ríen del brillo de nuestros diamantes, como si no fuese el brillo de nuestra almas, oh, amor mío; como si el alma no fuese la verdadera mierda que defecamos una y otra vez, como surtidores magnánimos de alma y mierda, desde nuestras altas Torres diseminadas por el mundo: la más alta espiritualidad; síntesis, juicio y santidad, verdadera materia santa, esencia, esencia vertida en el cáliz de nuestras cañerías de oro santas, santas; como si esa mierda no representase la verdadera pureza que albergamos en nuestro interior”.
Todo eso ha dicho Melania, antes de irse al dormitorio de ambos para llorar sobre la cama. Melania se derrumba sobre la cama y llora sobre sus sábanas de seda china fabricada en Connecticut por verdaderos americanos, americanos genuinos, a cuatro dólares la hora. Melania llora sobre sus sábanas bordadas con hilos de oro y de diamante, Melania llora lágrimas de oro y de diamante y con ellas lloran todas las mujeres que aún no son prostitutas y las que ya lo son, las que lo fueron desde siempre; lágrimas, ríos de lágrimas igual que una larga, muy larga menstruación de oro y de sangre; una menstruación diamantina tan larga y duradera como la larga y duradera historia de violencia y de opresión contra la mujer, una menstruación tan dura e indestructible ya como el mismo diamante.
Sí, Melania llora sin saber que es ya indestructible.
Pobre, pobre Melania, piensa Donald Trump. Pero ella pronto comprenderá. Como yo, leerá y comprenderá. Piensa Donald Trump. Sabrá que todo esto no era un juego, que esto era mucho más que el último capricho del hombre más rico de la Tierra, antes de abandonar la Tierra, el mundo de los vivos: ser el hombre vivo más poderoso de la Tierra. Y ahora he comprendido la verdad, piensa llorando. Trump sigue llorando y sus lágrimas son las lágrimas santas de toda comprensión. Trump ha comprendido que ha venido hasta aquí para hacerlo, y lo va a hacer. ¿Acaso no ha hecho siempre todo aquello que se ha propuesto?
Aún no sabe cómo hacerlo. Pero vaya que sí lo hará.

Él va a terminar con el sufrimiento del alma humana para siempre.   


miércoles, 4 de enero de 2017

El gran museo del mundo


Es el fin de la historia y el principio de la era del museo. La era del gran museo del mundo.
No imagina Duchamp, allá en su tumba, cómo ha transformado nuestro presente aquella vieja idea suya de que cualquier cosa es susceptible de convertirse en arte simplemente con ser introducida en un museo –idea que, en cualquier caso, él mismo abandonó muy pronto para jugar al ajedrez con mujeres desnudas el resto de su vida, de su vida de artista-. Ready-made, lo llamó él. Objetos encontrados. Y hemos tardado todavía muchos años un comprender ese ready-made enorme que es la realidad.
Oh, sí, nos la encontramos a diario. Ahí delante de nosotros, una y otra vez: terca, terca realidad.
¿No habíamos de hacer de la misma y entera realidad el gran arte definitivo?
En el mismo momento en que se produce. O sea, a cada instante. Y consumar de esta manera la ingente tarea de la musealización del mundo.
Hubo un tiempo en que era necesario que pasaran las décadas, incluso los siglos, para que las cosas y las personas fuesen susceptibles de recogerse en las estanterías y entre las paredes de algún museo; un lapso que ha ido acortándose más y más, hasta que tal cualidad, ser digno de compilación – y erudición y exhibición, de contemplación y de gozo y continua rememoración- ha terminado por alcanzarnos y ya el presente produce su propia memoria instantánea y su doble.
Si antes solo eran dignos de la exhibición perpetua, y por este orden, dioses, héroes, reyes, epopeyógrafos, artistas y, finalmente, tras las personas, las cosas, ah, las cosas, es decir la materia del universo como imagen de la producción bizantina y lujosa, posterior y  caprichosa de la burguesía, hoy hemos alcanzado la total democratización en esta exhibición perpetua que nos constituye y alimenta, que nos entretiene y nos pasma, que nos educa y deseduca para iniciar el ciclo una vez más, en el seno perpetuo del instante fugaz y ya para siempre memorable.
Porque ahora todo, todo es memorable. El mundo como tal es un museo y el tiempo presente, en su  mera y constante presencia producida, es el objeto impostergable de toda exhibición.   

Se terminaron los vacilantes tiempos de la selección.  Basta ya de purga y de preparación, llevamos preparándonos para este gran museo desde que descendimos de los árboles, desde la deriva tectónica y del mismo big-bang. No habrá comienzo nunca más, comienzo ni final, sino ese instante incomprensible y sempiterno, repentino y banal pero también decisivo y definitivo; trascendental si nos concierne, y lo hace siempre; universal porque se encuentra en todas partes, repitiéndose en el tiempo para acabar con el tiempo y hacerlo así, por fin, indestructible.


miércoles, 21 de diciembre de 2016

Diario (5): El árbol de afuera y la leña del árbol cortado afuera se prolongan en el fuego de leña que empieza a arder dentro de casa


Partir de un dictado que has improvisado con tus alumnos para algún relato que presumiblemente te mantendrá ocupado la semana que viene, o el final del trimestre se prolonga en las vacaciones del primer trimestre en una cadena de realidad y de ficción, y ficción y realidad, o de trabajo y ocio y trabajo, como el árbol de afuera y la leña del árbol cortado afuera se prolongan en el fuego de leña que empieza a arder dentro de casa, la noche en que descansas antes de salir, la mañana siguiente, a por más leña. O algo así.


martes, 13 de diciembre de 2016

Apunte


Es
lo malo de tener pilas de libros
para leer y releer
diseminadas por toda la casa
y los poemas propios
las prosas los apuntes en continua corrección
cubriendo cada hueco de la mesa
y un gato muy propenso
el pobre a vomitar donde le pilla
El juicio crítico animal
inapelable.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Nueva Zelanda


Arranqué pedazos de mi alma, los cocí e hice ladrillos con ellos. Muchos ladrillos: había material de sobra. Con los ladrillos hice un muro, un muro no: otra cosa, no sé qué, ocupé con ella la plaza de mi pueblo y seguí construyendo para hacer más grande eso, lo que eso fuese: cada vez más y más grande. No sabía qué podía ser, salvo que ya podía subirme encima y me subí: seguía mi labor desde allí, no paré hasta ver pequeños los pájaros, la gente, las nubes, los aviones, las azafatas y los viajeros me saludaban al pasar o era que vi la proyección de una fantasía de paz perfecta y espiritual. Salí del país, del continente, vi la tierra y el mar, se separaban debajo y yo era un Moisés geoestacionario, los satélites artificiales circulaban como locos a mi alrededor, dibujando una y otra vez sus locas elipses y arremolinándose como moscas en el frío verano de las playas del espacio exterior, la línea de costa del cosmos, vistas inhabitables poco idóneas para un veraneo puramente material, la Tierra y la Luna  apenas eran ya lámparas diminutas, apagadas en medio de una región inmensa de nada y vacío, yo hubiese deseado allí ser uno de esos artefactos giratorios pero tenía que seguir con mi camino y ese camino era un abandonarse, un pulular por los senderos atómicos que conducen a la canción monocorde pero inapelable del gran Sol, una vez empezado ese camino todas las canciones se hacían ciertas, por lo que decidí seguir con mis ladrillos, seguir con mi camino, no podía parar, ¿por qué iba a hacerlo, si tenía la posibilidad de seguir subiendo incluso hasta ese punto en el que subir o bajar son la misma cosa, dos correas para el mismo perro, pecios antigravitatorios, flotantes, como canciones que suceden en cualquier lugar y hacen vibrar el corazón de la materia visible e invisible? Yo subía y bajaba buscando la mía y así entendí las verdaderas dimensiones de lo posible, a un lado o al otro ya no era más que continuar o dejarlo y dejarlo era de idiotas, así que seguí añadiendo ladrillos, cociendo más y más pedazos de mi alma para hacer ladrillos con ellos, tenía alma para rato, no acababa de sacar pedazos nunca, aquello era una suerte de reino de Jauja, maná moral cayendo del cielo de mí mismo, mientras profundizaba en el cielo que se extiende allá hacia donde vayamos dejé atrás el Sol y vi otra vez la Tierra, más y más pequeña, y luego Marte y Júpiter, después Plutón, llegué al cinturón de Kuiper y vi el principio del final del ámbito vital de nuestra estrella y un camino insorteable a continuación, hasta las próximas estrellas. Sentí el vacío y el silencio, y después la soledad. Después supe que había llegado al fondo del asunto, lejos de las señoras y los soles, en el mismo núcleo de la comprensión del viaje. Y estaba en la superficie, en que todo lo que puede verse y tocarse. Llegué al fin del universo y vi el rostro de Dios padre. No, no el rostro de Dios. Vi el final. No hay final. Quiero vivir, pensé, mi vida del revés para repetirla de la misma manera. No, de la misma manera no. Limemos los detalles.  Quiero decir que empecé otra vez de cero. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? En mi pueblo me miran raro, mientras cuezo ladrillos y más ladrillos: me queda alma para rato. Empiezo la ascensión aunque esta vez quizás me quede a esta parte de la órbita geoestacionaria, dando vueltas entre aviones desde los que me saludan otra vez viajeros y azafatas, parejas y porteros, gente libre que va a cualquier parte, yo simplemente quería ir a cualquier parte, acaso a la otra parte del planeta, en las mismas antípodas.
Por lo que tengo una idea: de cualquier forma, el fin de un viaje supone el principio de un nuevo viaje. Sigo excavando, pero también ahora en la tierra. Construyo un túnel, no, un túnel no. ¿Aparecería en Nueva Zelanda, vería algún día el rostro verdadero de mi alma?

Ya fuera de bromas, ¿existe Nueva Zelanda?


lunes, 28 de noviembre de 2016

No, no era divertido en absoluto


Puso un estado en Facebook muy gracioso, o al menos a mí me lo parecía, no podía parar de reír, tardé un rato en dejar de hacerlo. Fui a darle al emoticono de medivierte, pero vi que nadie lo había hecho antes que yo: decenas de megusta, muchos, muchos meencanta, pero ningún medivierte. Y esto, claro, me hizo dudar. Pero, ¿por qué había de dudar? ¿No me había reído muchísimo? ¿Qué podían tener de malo todas esas risas mías, tan reparadoras y llenas de una sana franqueza? ¿Por qué, sin embargo, a nadie le pareció gracioso antes que a mí? Me retiré de la pantalla del ordenador, desorientado, y le di vueltas a todo aquello. Básicamente, volví a considerar aquel estado, era tan... Sí, lo era: gracioso, muy gracioso. Traté de recordar las palabras exactas y acabé regresando al ordenador. Lo releí y, antes de darme cuenta, ya estaba otra vez riendo, riendo sin parar. Me limpié las lágrimas que bañaban mis ojos de tanto reír y le di al medivierte sin pensarlo más. Después actualicé la página y traté de leer los nuevos estados de la gente, las nuevas noticias que los demás enlazaban y comentaban, las nuevas bromas y ocurrencias, las nuevas reflexiones al hilo de la actualidad o del azar en las vidas de mis contactos. Pero no podía dejar de pensar en ese estado. ¿Y si a los demás no les parecía gracioso? Una pregunta fuera de lugar, nadie había indicado que le divirtiese. Pero, ¿por qué? Busqué de nuevo aquel estado, quizás mi medivierte había animado a alguien más a secundarme. No, nadie lo había hecho. Algún nuevo megusta, creo, se había añadido a su marcador inferior. Tampoco puedo estar seguro. ¿A qué se debía esa tensión que, de pronto, parecía formarse en torno al estado? Pero se trataba de otra pregunta ociosa, pues ¿trataba de considerar que mi medivierte era responsable de alguna clase de tensión? Estaba llevando demasiado lejos mi imaginación, a todas luces delirante. Cerré definitivamente la página de Facebook y me levanté de la mesa dispuesto a enfrentar algunas de mis responsabilidades para el resto de la tarde. Las hice como pude. Sí, las hice. Pero sin dejar de pensar en aquel estado, en mi respuesta, probablemente inadecuada, a aquel estado. Más que inadecuada, fuera de lugar. Irresponsable, inaceptable, acaso monstruosa.



            Son ya más de las tres de la mañana y sigo aquí delante del ordenador. Con la página de Facebook abierta por aquel estado en cuyo marcador mi mirada vidriosa sigue fija, esperando inútilmente la llegada de otro medivierte, siquiera de alguna otra reacción más ajustada a su verdadera intención, más normal, que reanude la actividad de unas palabras que solo yo debo de haber malentendido y, por lo tanto, arruinado. Pero sigue pasando el tiempo y nada de esto sucede. Pasan ya de las cuatro de la mañana. De hecho, queda muy poco para que el reloj marque las cinco de la mañana. Tal y como ha ido desarrollándose la madrugada, sé que pronto serán las seis, las siete de la mañana. Y llegará así el momento de marcharme al trabajo, y no habré dormido nada. ¿Cómo podré explicar allí el motivo de mi desazón, que me haya presentado hoy en estas condiciones lamentables? Seguramente llevaré marcados en la cara los motivos de mi vergüenza y mi ignominia, aquella a la que he arrastrado al inocente autor de ese estado y también al resto de sus contactos que, inadvertidos, reaccionaron ante él con despreocupación, según el verdadero sentido de aquellas palabras, antes de que yo haya destruido para siempre, como en un juego de fichas de dominó terrorífico, su crédito y sus vidas. Dudo que nadie vaya a perdonar la monstruosidad en la que voy a vivir sumido a partir de ahora, después de haberle dado de forma tan irresponsable, tan irreparable, a ese estúpido y lamentable, sonriente y demoníaco emoticono.


sábado, 26 de noviembre de 2016

Poesía: saldos, débitos y créditos


El poeta joven piensa que publicar mucho aumenta su saldo, pero pronto descubre que solo aumenta su débito y crece el riesgo de su crédito.


lunes, 21 de noviembre de 2016

Septiembre (un poema breve)


Las ruedas desinfladas en la verja,
unos niños jugando a la pelota,
un viaje que no haremos,
promesas de septiembre.

La bolsa preparada, las maletas
en la puerta del patio
esperando que llames,
que deshagas tu cola
e inundes el pasillo con olor a champú.

Que brilles, pelirroja.

Busqué señales en el cielo,
la tarde detenida
y un reloj.

Dormir a pierna suelta junto al agua.



_____


(Pintura de David Hockney)

Creo que la primera vez que publiqué este poema fue aquí. Sigue inédito el poemario al que pertenece.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

Un nuevo y revolucionario método para la enseñanza de idiomas


Pertinaz se ha mostrado nuestra amada nación a lo largo de su historia, siempre que hubo que aprender el idioma extranjero. Pero, ¿acaso no aprendemos todos nuestras lenguas respectivas sin aparente dificultad, en nuestros primeros meses y años, de manera natural y de nuestros padres? ¿No habrá mejor forma para que todos nosotros, tercos torpes en el jardín global babélico, reticentes al idioma extraño pero necesario, lo aprendamos más que siendo reducidos de vuelta a nuestra infancia primerísima? 

Yo pienso dar fe porque fui partícipe del experimento pionero que habrá de terminar con esta maldición, nuestra torpeza idiosincrásica. Al principio me resistí, pero pronto me sorprendí sintiéndome muy cómodo en mis nuevas circunstancias. Hace ya dos o tres horas que hemos sido abandonados a nuestra suerte en el jardín de juegos yo y mis nuevos compañeros: un calvo y muy grueso jefe de ventas de una empresa de gazpacho envasado; una antipática y muy estirada directora de la red nacional de gabinetes psicopedagógicos; un prematuramente envejecido profesor de economía de universidad; un sociable y también muy gordo tornero fresador... Vale, solo he empezado a fijarme en los más gordos, quizás porque yo soy muy flaco. Llega hasta la sala infantil otra remesa de estudiantes del idioma y ya parecen todos ser flacos, como yo. No hablamos entre nosotros más que con balbuceos y muy infantiles empellones, tal y como hemos sido conminados.  

El tiempo comienza a pasar de manera distinta, supongo que como debe de transcurrir para la percepción inmediata, cuasi animal, de los bebés. Los gorjeos dejan paso a algún llanto aquí y allá, entre mis compañeros. Se trata de parejas jóvenes, o al menos jóvenes según nuestros nuevos estándares en los que la juventud dura hasta la repentina ancianidad: cuerpos esbeltos, muy delgados, que confunden la elegancia con la malnutrición deliberada, y que a continuación harán un gran contraste cuando la cabeza se gire y ese cuerpo de apariencia adolescente se muestre monstruoso con su rostro cuarentón o cincuentón.  

-¿Cómo pudimos empezar de manera tan torpe nuestra casa por el tejado? –preguntó de repente uno de aquellos flacos envejecidos, de cuerpo pseudoadolescente, señalando su ajada testa. Ha contravenido las reglas al hablar, y alguien propina un collejón precisamente en su cabeza. Es una de los madres, que empiezan ya a entrar y ocupan su lugar en la sala.

Nuestros papás y mamás impostados acarician nuestras cabezas con amor y nos persiguen de la misma forma que nosotros los perseguimos a ellos: a cuatro patas, muy ronroneantes y amorosos. Uno de los papás comienza a hablar y su locuacidad parece tímida y forzada, un defecto inherente al carácter primerizo, inédito del método. También debe de tratarse de su incredulidad, contemplando a todos esos adultos que se comportan cual bebés. Pero nuestro progenitor supuesto se sobrepone pronto y nos canta hermosas nanas en la lengua extraña deseada, aderezadas con más rudimentarias frases dotadas ya del acento extranjero, a pesar de ser primigenias: nos suenan a maná en el idioma deseado que pronto será nuestro desde su misma y secreta raíz:

-Mamá, mamá, mamá me mima. Amo a mamá, ama a mamá, mamá y papa. Papá, papá. Gu-gu, gu-gú, gu-gúuuuu…

Porque yo me resistía, la amable pareja que iba a encargarse de mí tuvo que servirse de recursos un poco más extremos; ella, en concreto, extrajo de su blusa uno de sus pechos y, sosteniéndolo con dos dedos cual pinzas alrededor del pezón, me lo ofreció para que me sirviese de él.

 Y yo enrosqué como pude mi desmañada estatura sobre su regazo, y así mamé, gozoso y más infantil que nunca, propiamente un bebé, de su pecho.


No sé si puedo calificar de agradable tal experiencia, pero sí supe entonces que el idioma que siempre se me había resistido iba a manar feraz y nutritivo muy pronto, igual que aquella leche, hacia mi boca.



lunes, 31 de octubre de 2016

Los silenciosos


Los vemos acercarse y sentimos un odio natural y consecuente contra ellos, los silenciosos. Con su conducta incomprensible no hacen más que evidenciar el ruido constante y desagradable en que vivimos envueltos y que imponemos de manera abusiva a quienes nos rodean.
        Pedantes del demonio, malditos pretenciosos. ¿Qué pretenden con todo ese silencio, hacerse los interesantes?
Primero se trató de una modalidad igualmente siniestra, aunque algo atenuada todavía, de una falta absoluta de locuacidad. Pero pronto ingresaron en el silencio hermético que les caracteriza.
Hemos de suponer que hablan con cierta prodigalidad en la más estricta intimidad, para resolver de esta forma sus asuntos. Son parcos al hablar, cuando lo hacen. Hemos de suponer que entre los suyos, en privado, se extienden largas conversaciones que a los demás quedan vedadas siempre. Reservan sus asuntos más íntimos para los suyos, ¿por qué los sienten tan decisivos, tan importantes se consideran? Qué poco natural tendencia es esa, qué siniestra conspiración, ¿acaso no tienen futilidades para compartir con los desconocidos, equivocadas opiniones –por vergonzosas que resulten- que los expongan a ser, simplemente, humanos y falibles?
¿Por qué solo nosotros debemos ser ridículos?
¿Y ellos van a hacernos creer de esa manera cobarde y silenciosa que les caracteriza que son mejores que nosotros?
Uno de estos nuevos pretendidos aristócratas del estar ahí callados, tan callados, como si eso les hiciese mejores que nosotros, se atrevió no hace mucho a rogar a sus compañeros de viaje en un autobús, con desfachatez indecente, más inaudita aún en su infame mascarada de cortesía exquisita, a que moderaran el volumen de sus voces y sus móviles. Y una señora, muy acertadamente, le recordó aquel viejo dicho italiano de la maldad de los que hablan bajito.
Fue así puesto en su sitio ese silencioso entrometido, que volvió a cerrar la boca derrotado.
Hubo un tiempo en que fueron mayoría y esos estúpidos cantamañanas que sacan conclusiones con palabras altisonantes para dárselas de sabios y filósofos decían que por fin había llegado el momento en que nuestro país, tradicionalmente atrasado e incluso intratable, empezaba –siempre según ellos- a civilizarse. La entropía social, que difumina, cuando se dan, sus estiradas formas; la que nivela de una forma deseable tales formas y nos constituye en sana y vulgar, coloradota y muy ruidosa fraternidad, ha mermado mucho sus filas. Pero todavía quedan muchos, demasiados.
Avanzan por las calles ufanos, con esa tranquila, pretendidamente santa falta de estropicio. Y no hay cacofonía que los manche. Como Jesucristo sobre las aguas, ellos caminan sobre la superficie de cualesquier coprolalias. No, noli se tangere. Y a nosotros nos gustaría arrastrarlos hasta el fondo de nuestra cháchara para restregarles sus rostros impolutos, por no decir inexpresivos, en el fango de la palabra que no cesa de decir lo que quiere decir, que no es más que cualquier cosa: nuestras ganas de que se nos oiga en cualquier momento o lugar, nuestra inacabable estupidez.
                Afortunadamente, todo regresa al lugar que le corresponde. Nuestro futuro, dijo alguna vez un sabio muy antiguo, reside en nuestro origen. Esa es la esencia de las cosas y emerge aun más terca cuanto más trate uno de ahogarla, de ocultarla. Y nuestra esencia es el ruido, el ruido, un ruido incesante. Una civilización de puro ruido. Voces que se elevan y gritan sin por qué, jamás para escucharse entre ellas o, en todo caso, para soliviantarse y encender la excitación bronca que nos constituye y nos gusta.
                Nosotros ocupamos los vagones de trenes y de metros charlando de forma estentórea a dos, tres, cinco, siete bandas; proclamamos nuestros asuntos, nuestras opiniones y nuestras fobias, nuestras preocupaciones y también nuestras intimidades, con la sana franqueza que quien no tiene nada de lo que avergonzarse.
No, no tenemos nada, absolutamente nada que esconder.
Hablamos a gritos por nuestros móviles en las salas de espera de hospitales o despachos de la administración; nuestros móviles que nos avisan de nuestra constante hermandad con otros semejantes mediante músicas estruendosas y a todo volumen, que no se avergüenzan de la sagrada misión que llevan a cabo: permitir que estemos conectados todo el tiempo para contarnos nuestras cosas, hasta las más nimias -sobre todo las nimias, las banales, y también las ofensivas, las gratuitamente ofensivas-, con la pasión de quien dirime el destino del mundo.


domingo, 30 de octubre de 2016

Presentación de la antología `Composición de lugar´



Muy feliz de compartir libro con tanto buen amigo de hace ya muchos años y con tantos poetas a los que leo y admiro. Prepara esta antología Luis Bagué Quílez y la publica La Fea Burguesía, y será presentada este jueves 3 de noviembre a las 20:00 en el patio del MUBAM. 

Habrá vino y jazz, y también una pequeña representación teatral de quince minutos con texto de Luis Leante. 

Yo no me lo pierdo, ¿allí nos vemos o qué?


De algoritmos. De prosas intrincadas.


Algoritmos progresivamente más complejos se adelantan a nuestros gustos y preferencias, en las distintas páginas y tiendas de internet, así como en las redes sociales. Pronto, delegaremos en ellos muchas de nuestras respuestas, por no decir casi todas.
Por no decir todas.
Fatigados de tener que dar la réplica a la realidad, los robots que van impregnándose de nosotros irán sustituyéndonos sin que vaya a importarnos lo más mínimo. Y así podremos abandonarnos, pero ¿a qué, si no a la muerte?
 No, no a la muerte exactamente, porque en tales robots habremos alcanzado al fin el viejo sueño de las religiones, es decir, la vida eterna.

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En la segunda mitad del siglo XXI, la psique de muchas personas pudo ser reconstruida tras su muerte, y se les otorgó de esa forma la vida tras la muerte, siguiendo el rastro de sus pasos y sus elecciones por el ciberespacio y a través de los algoritmos que allí rigen.
                De una forma muy similar, pudo traerse de regreso la mente de escritores del pasado desplegando cuidadosamente sus intrincadas prosas[1].
                Muchos dicen que lo que rescataban era la cordura que tales autores perdieron una vez en la espesura de sus expresiones.
                Entendemos que, sin pretenderlo, las dejaron allí encerradas, antes de morir.







[1] Hoy, cualquier prosa del pasado es intrincada. 

sábado, 29 de octubre de 2016

Diario (4)

"Baja a una órbita inferior e irás más deprisa"

John Brunner, El jinete de la onda de shock



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"El Ikea de Shanghai pone coto a las citas de ancianos en su cafetería" (El Mundo).

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Creo que este titular condensa cientos y cientos de páginas de todo lo importante que puede decirse hoy en cualquier área del pensamiento o ciencia social.

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Lo que no es distopía, es miopía.

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Llevaban tanto tiempo anunciando el hundimiento que cuando este llegó nadie se lo creía.
Aún más: cuando se hizo evidente que sí, que era el hundimiento tantas veces anunciado, todos celebraban que se agotase la demora: al fin, al fin.

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"Qué risa el otro día, abriendo corazones", me dice un compañero, profesor de biología, en el recreo.

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No tuitees para mañana lo que hoy ya está cambiando de significado.

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Me unen a un grupo de Facebook llamado "El arte une a los seres iluminados" y bueno, vale, pero que digo yo que si podéis bajar un poquito la luz, que ha sido una mañana agotadora en el trabajo y ahora estoy intentando echar un poco la siesta.

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Las distintas religiones son ejercicios de estilo de un único dios en su juventud, afirma un creyente. O ejercicios de autoficción, añade un ateo.

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En una conversación con un estudiante de teología, yo le digo sin ironía, y justo antes de darme cuenta, que nadie puede negar que el cristianismo, simbólicamente, es la hostia.

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Si Dios escribió la Biblia, ¿debe esta considerarse una obra de autoficción?
¿No es el mundo una gran novela suya de autoficción, si también este lo creó/escribió?
Ya no digamos el hombre, hecho “a su imagen y semejanza”.

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Confundir autor y personaje es un error frecuente y lamentable, pero no hacerlo un poco es perderse también parte de la gracia.

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Esther me pide que haga un par de cosas desde el piso de abajo, a través de los altavoces que tenemos para escuchar al bebé en el piso de arriba. Y yo, al oír sus prescripciones y su voz de esa manera etérea, me siento como Moisés en el monte Sinaí.

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-Jose, ven, te necesito.

-Un segundo, cariño, es que ahora mismo estoy teniendo en Facebook un gran éxito.

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Sin saberlo, Lope de Vega pensaba en Facebook cuando escribió aquello de la "cólera del español sentado".


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a) Bon Iver, 22, A Million. Madre mía, QUÉ DISCO.

b) Algo en él me ha llevado al último de Eno, al que no presté gran atención cuando lo sacó. Error. Es el mejor disco que ha sacado en mucho, mucho tiempo.

c) Después de escuchar toda la semana el de Bon Iver y casi toda esta tarde, en modo repeat, The Ship de Brian Eno, he acabado recalando, de manera natural -sentía que la progresión/curso de los dos anteriores allí me llevaban- en el Faith de The Cure.

d) Solo eso. Nada más. No salgo más allá del trabajo y tenía ganas de charlar un rato. Un abrazo a todos.

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"Lo malo de este país", empieza diciendo el conocido escritor, y yo sospecho que este país, tan acostumbrado a escuchar de sus conocidos escritores frases que comienzan exactamente así, va a mostrarse encantado de seguir repitiendo celosamente, como sus exclusivas y muy satisfactorias señas de identidad, aquello que sus conocidos escritores repiten -y repiten, y repiten- que tiene de malo este país.

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"La literatura de cada época obedece a un tedio diferente"

Ramón Gómez de la Serna