miércoles, 21 de diciembre de 2011

Ha quedado con una señora fantástica


Ha quedado con una señora fantástica, se dirige a su encuentro. Trata de imaginar cómo va a desarrollarse, en breve, la conversación, y si dará de sí lo suficiente como para llenar todo de ahí en adelante con ella, su compañía, en un periodo nuevo y excitante de su vida. Aunque quizás esto es precipitarse. En realidad, se tiene que esforzar por apartar de su imaginación, básicamente, la perspectiva de su cuerpo. Ese cuerpo fantástico, a su alcance. Pero sabe que necesita mucho más que la satisfacción de ese deseo urgente y fútil. Sabe que del amor depende su existencia, no es un tópico. O bueno, sí, pero es muy cierto.

Atraviesa veloz parte de la avenida y luego tuerce hacia la calle peatonal en la que ella está esperándolo, sentada en la terraza de un café. Vuelve a dejarse llevar por el recuerdo de su presencia en su futuro inmediato, apenas al girar, por fin, en esa esquina que le queda. Una presencia física, ante todo: no lo puede remediar. La voluptuosidad de sus formas mientras aparta el pelo de su cara, ajusta su falda en torno de sus muslos y su camisa alrededor de su cintura y de sus pechos. Ve cómo ella abre la boca, lo hace siempre que se queda absorta.

Ahora ella se ha quedado absorta, imaginándolo a él. Ansiosa por la cita, fabulando a su vez en torno a ese encuentro, cómo se desarrollará. Vuelve a representárselo, trata de no dejarse llevar por el deseo de que, al fin, él la toque, la posea. Mira su las tapas de su libro, una novela rosa. En realidad, ella no ha quedado con nadie. Tiene un libro cerrado en su regazo, ha dejado de leer y mitiga su aburrimiento con la imaginación. Lleva tiempo sola, y se aburre. Bueno, piensa, tampoco se está tan mal sola. Aun así, tiene una visión de él, por un instante. Alto, no demasiado guapo pero fuerte y al mismo tiempo inteligente: podría mantener con él una conversación sencilla pero amena. Siente cómo se acerca, en su imaginación. Porque la fantasía es él, y se disipa pronto.

martes, 20 de diciembre de 2011

Adelgazar para Patricia


Siempre quise acostarme con Patricia. Patricia la monumental, el espectáculo ambulante, la catedral con piernas de la lascivia concebida como devoción. Carnes fantásticas en su turbadora prodigalidad, una materia ágil y bamboleante, eternamente en movimiento: huyendo siempre lejos, más allá de mi alcance. ¿Cómo no iba a desearla? Pero a ella le gustaban los hombres delgados, muy delgados, lo contrario que yo.

Por lo que me puse a dieta, una dieta estricta, estricta como mi deseo. En mis largas noches de hambre y de deseo, yo soñaba con ser merecedor, al fin, de sus abrazos y de su humedad. ¡Lo iba a conseguir!, pensaba en mi delirio, porque ese no comer me sumía en un mundo leve, muy muy leve, donde nada pesaba. Era otra dimensión.

Perdiendo toda esa carne y alejándome de la materia, empezando por mi misma materia, por mi carne -más leve, menos obvia cada vez-, había descubierto la espiritualidad. El tiempo y el espacio se me difuminaban mientras yo la buscaba todavía, acaso por inercia, en los mismos bares y discotecas.

Y una noche, por fin, se me acercó. Me contemplaba, admirativa. Y sí, me señaló. Era mi turno. Me temblaban las piernas de pura inanición, más que de nervios o deseo. Se me acercó y allí, en la barra, nos besamos.

-Chico, qué ímpetu -me dijo. La callé reanudando mi demorado beso. Antes de darme cuenta, seguíamos besándonos y devorándonos dentro de un coche: mi debilidad física hacía del tiempo una sustancia maleable sobre la que yo flotaba alígero. Enfebrecido como estaba, tuve que esforzarme por volver a la realidad, reconocer un tiempo fijo, estable en mi percepción, para la noche en la que, al fin, ella se me rendía.

Escupí un trozo de labio y los colores de la noche regresaron a mí. En esa oscuridad. Colores teñidos de sangre.

Comencé a comprender.

En mi boca tenía aún un pedazo grande y carnoso de ella, la mitad de su boca. Me retiré espantado de su abrazo, un abrazo inerte que me atenazaba solo por el peso de su cuerpo muerto. Miré a mi deseada: uno de sus pechos había desaparecido hacía rato, así como la mayor parte de su abdomen: sus costillas afloraban bajo la indudable marca de mis mordiscos.

Ojalá que todo aquello fuese lo primero que de ella devoré, así habría muerto sin la injusta demora que le habría impuesto el hecho que comenzara a comérmela por la pierna y el brazo que le colgaron, solo cubiertos a medias por hilachos de carne también mordisqueada, cuando abrí la puerta del coche. Solo ahora, oficial, que han vuelto a alimentarme con regularidad en mi celda, tengo la posibilidad de ser consciente de mi crimen. Y créame que lo detesto. Patricia, ¡oh, Patricia! Detesto cómo ahora ya eres carne de mi carne y me atas a esa materia de la que he querido huir. Ya no seré nunca el espíritu ligero que me enseñaste a ser, no voy a serlo nunca más.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Una idea de Olaf Stapledon



Hubo una vez un universo musical, hecho por tanto de tiempo y donde el espacio no existía. Pero a veces las notas, únicos seres de ese universo, iban disminuyendo su presencia hasta que desaparecían.

Alguien imaginó que se iban a otra parte: fue así que nació el espacio.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Dos grados máximos de percepción y de conocimiento


Extrañas experiencias relatan aquellos que alcanzan con esfuerzo -son pocos, muy muy pocos-, al fin, la cumbre de todo conocimiento. Por una parte, hay quienes afirman que, al llegar a ese estado, sienten cómo el tiempo se ralentiza de una manera propiamente radical: intuyen que esa demora es la única manera que tiene el ser humano de sentirse inmortal. Lo intuyen, pero no lo saben. ¿Cómo puede ser, si han alcanzado el extremo más alto de conocimiento?, se les pregunta y ellos se explican: esa demora y esa ralentización los sume, de forma paradójica, en un estadio eternamente primitivo de sabiduría. Alcanzan el final y la absoluta realización del potencial humano de percepción y de conocimiento tan solo para ser devueltos al principio, la raíz: es una eterna inmadurez donde la perfección supone un continuo comenzar a no ser ya imperfecto.

Paradójico, incomprensible. Y sin embargo, el otro espectro de seres que han culminado la actualización de ese potencial narran con mucha prisa -tanta que sus palabras apenas resultan inteligibles- una experiencia más rara todavía: el tiempo se dilata, pero para acelerarse. Ya no hay misterio alguno para ellos, allá hacia donde miren. Ni siquiera en el tiempo. Mucho menos en el tiempo que les queda sobre la Tierra. Y ven cómo se precipitan su tiempo en un instante; en un suspiro, apenas, sienten que ya están muertos.

martes, 13 de diciembre de 2011

Big bang



¿Fue con un estallido, que comenzó el universo, o terminó con él y nosotros tan solo somos su demorado eco?

domingo, 11 de diciembre de 2011

El bosque


Perseguido por la justicia de los hombres, me refugié en el bosque. El invierno ese año no fue duro, y pensé que podría sobrevivir allí durante un tiempo. Oía el rumor de las ramas que se agitaban día y noche y, en mi soledad, llegué a creer que los árboles parlamentaban entre sí. Que comentaban mi caso y se apiadaban. Creí muy pronto, incluso, que el bosque era mi amigo.

Fue evidente el prodigio cuando escuché cómo convocaban a las bestias salvajes y les pedían que me ayudaran: estas me dieron su calor y su alimento. Cuando una partida de mis enemigos se adentró en el bosque, los árboles y la maleza crearon una tupida red para ocultarme.

Me arrullaron y tranquilizaron aves de sonoros cantos. Cayó el día y llegó la noche, pero las aves no cesaron de cantar. "¿De qué te han acusado?", me preguntaron las lechuzas. No quise recordarlo, pero estaba relajado, en paz y relajado. Empezaba a dormirme. Los ciervos y los lobos me miraban fijamente, mientras me embargaba el sueño, y las hojas me susurraban: "dínoslo, pero no con palabras si no quieres. Tan solo ábrenos tus pensamientos y tu corazón".

Tratando de esforzarme en despertar, y adormilado todavía, comprobé que todas las bestias habían huido y que la maleza y las ramas de los árboles se habían retirado: ya no me protegían. Traté de hablarles, pero no me escucharon. El viento acariciaba las hojas y las ramas, pero sin arrancarles ya palabra alguna. La luz de los hachones de aquellos que me habían juzgado y condenado me alcanzó.

Risas malévolas se desataron a mi alrededor. Pero, ¿eran mis captores o los árboles, quienes reían? Mientras los lugareños me escoltaban armados con palos y con piedras, con sus antorchas y cuchillos, se levantó un viento terrible que arrastró la hojarasca e hizo temblar con fiereza las copas de todos los árboles.

Sentí el miedo a mi alrededor, mas yo sabía la verdad: todo el bosque estallaba en carcajadas.

Turbación





Trabajé durante años en un largo y terrible relato con el único fin de convertir a todos los hombres que lo leyesen en perturbados. Bastó que lo leyeran dos o tres para que me encerraran, tras juzgarme y sentenciar que yo era un perturbado.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Evolución


Han tardado tanto en hacerlo que nosotros solo podríamos acercarnos a concebir todo ese tiempo pensando en una eternidad absoluta, pero al fin las criaturas de ese universo han evolucionado hasta su grado más alto y todas sus civilizaciones han confluido en un único ser; interpenetradas, sus conciencias han hecho de la realidad entera una sola entidad sintiente y mística, cuyos músculos son las galaxias, su carne el éter y su conciencia el límite del tiempo.

Ese coloso que supone, unida, toda la creación, aún deberá desarrollarse durante otra inacabable eternidad para desplegar completamente la potencialidad de su evolución y alcanzar el fin de ese universo. Ahora comprobamos que hay una luz, un estallido diminuto en la composición de una larva. Se perpetua el ciclo, nace otro universo.

Es una miríada de universos la que compone cada universo, y no hay universo que no se agrupe con otra miríada de universos para formar, a su vez, un universo. Ha sido un largo camino desde que era una bacteria. Otro ciclo se ha completado para que la pequeña larva que se arrastra por el fango vea aumentado en uno su número de células. Miramos a esa célula nueva y sabemos que dará, tras otra larga serie de eternidades concatenadas, en la desembocadura de esos ciclos de civilizaciones y universos que alcanzan la meta de su evolución y desaparecen, origen a una protuberancia en el cuerpo de la larva; una protuberancia que, a su vez, tendrá tarde o temprano la forma de una patita.

martes, 6 de diciembre de 2011

Manifiesto de la inmortalidad


¿Por qué está tan desprestigiada, por qué nadie reconoce que es una idea maravillosa? Ese enjuiciarla de una forma negativa también parecía ser la opinión de mi amigo, así que ataqué frontalmente la defensa de mi manifiesto:

-Solo si consiguiéramos quedar detenidos en nuestro mejor momento físico y mental, digamos la primera madurez, en un eterno hacernos sin cerrar nunca nuestro crecimiento; algo que no resultaría tan difícil, pues sería la primera condición que en nuestros cuerpos comportase tal milagrosa fórmula para encarar en sí la anulación del tiempo. ¡Todos esos que hablan de ella en forma despectiva mienten! ¡Valientes impostores! -exclamé aventurándome, para a continuación abandonar el ataque directo y añadir para tratar de ganármelo:- Los que la consideran una forma superlativa de todo egoísmo también están equivocados, porque una vez los hombres tuvieran a sus pies a su peor enemigo, esto es, la caducidad y la ruina, podrían trabajar en serio, al fin, para enmendar las infinitas fallas de sus sociedades. Tarde o temprano -dije, en conclusión-, hasta el hombre más falto de voluntad tendría que esforzarse, siquiera por aburrimiento, para dejar de ser un aprendiz en lo que quiera que haga o que se disponga a hacer.

-Hemos tenido esta conversación innumerables veces -me respondió mi amigo, ante mi asombro, con inusitada tranquilidad; hablando muy despacio-, de la misma forma que hemos vivido este día, la misma luz de este sol que vuelve a atravesar exactamente el mismo punto del espacio en su órbita cíclica de eones, tras morir y renacer. Porque hemos regresado una y otra vez con el universo, con él hemos muerto y nacido una y otra vez. Olvidarás esta conversación -continuó-, de la misma manera que recordarás, tarde o temprano, que ya alcanzaste la inmortalidad; lo hiciste hace ya tanto tiempo que no logras recordarlo. Nada de esto impedirá que, dentro de ciclos de tiempo tan grandes que no tienen siquiera nombre, y agotadas todas las posibilidades con las que el universo se destruye y se recompone a sí mismo, tú y yo volveremos a charlar exactamente aquí, bajo este Sol y en esta Tierra, en estos mismos términos.

Sentí terror ante todas estas palabras, como si con la voz de mi amigo ya no hablase mi amigo, sino la misma eternidad, una inmortalidad enfurecida que solo se complace ante los hombres cuando los hombres la rechazan como algo monstruoso. Con la misma lentitud, una lentitud imposible, monstruosa, continuó explicándose:

-Ahora solo déjame que represente mi papel para decirte que yo, como todos aquellos que denuncias, descreo de la eternidad conquistada para los hombres. No soporto esa idea, no quiero ese horizonte. Yo también olvidaré esta conversación, voy a hacerlo enseguida, cuanto antes. Mañana nos veremos y yo ya seré otro, tan solo aquel a quien tu consideras tu amigo, pero no la persona mediante la que la verdad se manifiesta ante ti, para tratar de revelarte el verdadero rostro de tu confianza y de tu fe. Permíteme, amigo, que ahora me aleje y siga con mis cosas. Con mis perecederas cosas. Con mi mortalidad fingida y el cuidado que obliga a la hora de vivir, de disfrutar el tiempo que nos queda, sabernos temporales.

Hizo amago de despedirse con un gesto, antes de darme la espalda. Pero como notase mi estupefacción, y acaso mi terror, dijo también:

-No te preocupes, nos veremos. No te diré que pronto, pero créeme si te aseguro que volveremos a vernos. Inevitablemente, sin remedio.


viernes, 2 de diciembre de 2011

Un poema


OMAR KHAYYAM IRRUMPE EN LA CERVECERÍA DE UNA GRAN SUPERFICIE COMERCIAL



Despejadme el camino hasta la barra

porque he agotado todos mis senderos

y este es el único que quiero repetir.

Alcemos nuestra copa, amigos míos.

Porque he venido a emborracharme.


Dadme amigos, mujeres y rostros para amar,

corifeos que rían mis historias

hasta el amanecer

-y haré el amor entonces tan sólo con el sueño.


Porque hoy tan solo quiero emborracharme,

he venido a beberme los depósitos

del mundo, todos los océanos

si es necesario.


Puedes tratar de entretenerme,

no prometo premiarte si lo logras.

Porque no puedo darte nada, más allá

de arrastrarte conmigo debajo de esta lluvia

que desde hace milenios da el olvido a los hombres.

Ahora voy a ungirte con mis besos,

mis besos de ginebra.

Oh, sí, confía en mí.

Alcemos nuestra copa.

Porque la realidad es árida

y no hay quien se la trague, ¿qué esperamos

para beber, amigos míos?


Se pudren los océanos como se pudren nuestros cuerpos.

El hielo de los polos se funde lentamente,

el agua anega la materia, nuestra amada materia.

Porque somos materia, materia susceptible

de quedar inundada para siempre.

Dadme alcohol y probad también vosotros,

acompañadme en la inmersión

del alcohol que yo soy

ardiendo en los depósitos del mundo,

en las heridas y en los muertos

en los cadáveres del pleistoceno,

borrachos todavía,

borrachos de putrefacción.


Acompáñame, amigo, ven aquí

y ponme ya otra copa.


La vida no es cosa de risa y yo me río,

me río y no me río.

Me río de mis ganas de reír,

me río de lo poco que me invita a reír,

me río porque todo, en realidad,

aquí, en la realidad, me invita a hacerlo.


He venido a beber la copa de la Tierra,

a emborracharme con desiertos

de los que nadie sabe el nombre todavía,

desiertos de extensiones concebibles

tan sólo en los reinos del sueño

y de la borrachera.


Nosotros somos el desierto,

nos morimos de sed.

La copa de la Tierra

siempre se alzó para nosotros.


Mi sangre es ya extensión del sueño.

Vino, vino con él, vino que fluye en todas partes

cuando nuestros sentidos al fin están abiertos

a lo abierto,

donde el sueño llega fluyendo con su doble faz

de sueño y de olvido, de borrachera,

el sueño del que bebe de su propia borrachera.


No beberé los sueños,

lo hice en el pasado, en tal medida

que ya no me emborrachan.

No son extraordinarios para mí.

Vivo instalado en ellos

porque los sueños son mi casa,

y ahora busco algo diferente,

tan solo emborracharme

hasta perder esta conciencia con que sueño a diario,

de que todo lo que sucede en mí es ilusión.

Quiero perder este sentido que me asiste y que me da

toda medida y toda precaución, toda cordura.

Quiero beber, beber. Beber tan solo.

Quiero beber hasta caer al suelo.

Quiero caer redondo y descansar.


He venido a beberme la tierra y los océanos.

Quiero beberme todo el tiempo que me queda,

Todo lo que me quede por vivir

yo sólo pido que me quepa en una copa.


Ponme una copa ahora y luego otra.

Cualquier borracho sabe que la mejor copa del día

es la que espera tras la copa por venir,

que el tiempo es algo líquido

que adquiere forma justo cuando pasa por la boca,

en la garganta

justo cuando desaparece y deja hueco

a esta sagrada sucesión.

Pues venga siempre más, que no se pare,

que venga hasta nosotros.

el río que nos lleva, el río que ya somos.


Chico, ¿es que no me escuchas?

He venido a beberme

el mar y todos los océanos.


Ponme una copa.

Ahora.


[Poema leído anoche en Cartagena, en el recital colectivo

"Con-clave de rock". Como este otro poema, pertenece

a una ampliación en proceso de mi plaquette

Nuevos dioses, publicada en 2001].


miércoles, 30 de noviembre de 2011

Adiós, pequeña amiga. Isolda, 2006-2011




Elimino del verso
el brillo de la luna
para que sobreviva entre las sombras
mi pequeña falena.

Ya no busco la luz, resulta inútil.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Aventuras asombrosas en la terraza




Abro la puerta de la terraza y siento antes de salir el agradable aire fresco que reina en el exterior, entrando por la puerta abierta. Salgo ufano y me sorprendo considerando la idea de dejar la puerta abierta tras de mí, como si al cerrarla fuese a cesar, ahí afuera, ese chorro de aire fresco.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Aventuras fantásticas en la platea de un teatro


Anochece sobre el escenario y me entra sueño. Focos tenues se corresponden con las candelas que ahora portan los personajes. La escena cómica nocturna se precipita: desencuentros, portazos, gente que entra y sale, un vodevil entre las sombras. Todo el público rompe en carcajadas. Todos excepto yo, porque me estoy durmiendo.

Me arrastra la noche de la ficción. Son mis ritmos, unas costumbres férreas. Pasa un buen rato hasta que la acción va remansándose, los actores hablan más bajo, más despacio, y el público se calma con ellos. Vuelve la luz, está amaneciendo. Los focos se proyectan de forma progresiva sobre una escena que va vaciándose. Me avisan, simplemente, que es de día. Comienzo a despertar.

El telón cae, marcando el entreacto, y yo me quedo ahí, en un lugar que no es la realidad ni la ficción. Con mi despertar jubiloso y una atención para qué o para quién, para nadie, para nada.

martes, 22 de noviembre de 2011

Ambición




-Todos nuestros esfuerzos son inútiles -dijo a su ayudante, y ambos dejaron de pedalear a lomos del nuevo ingenio que habían terminado de construir esa tarde; efectivamente, el Sol y la Tierra continuaban su marcha sin apartarse un ápice de sus senderos prefijados: el primero se escabullía bajo una de las lindes del segundo, y él y su ayudante contemplaron impotentes cómo, alrededor de ellos, retornaban las sombras.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Los malogrados



Entré en la enorme sala y vi a esos seres terribles y perfectos, observándome en silencio. Tuve miedo. Me di la vuelta, hacia unos ventanales por los que pude contemplar las montañas que yo había atravesado para llegar aquí, a este lugar que había confundido con el pajar de la granja de al lado. Y vi a alguien, normal en apariencia, saliendo de la granja y acercándose.

 -Seres iguales a dioses -dijo cuando entró-, es lo que he estado construyendo desde el albor de las eras.


Traté de enfrentarme a él sin enfrentarme a esos seres. Notó mi pánico. Seguía acercándose.


-Comprendo tu temor -continuó-. Son lo que tú jamás podrás llegar a ser. He logrado tan solo dos decenas, a lo largo de milenios. En cuanto a los seres fallidos..., debo contarlos por millones. Por miles de millones.


-¿Y qué hace con ellos?


-Los he ido soltando. Se han extendido por la Tierra -respondió mientras recogía una pala del suelo, ya junto a mí-. Al principio, los enterraba tras sacrificarlos. Pero sentía lástima y decidí dejarlos que escaparan, que se reprodujeran lejos. Son los que tú llamas tus semejantes, ni más menos que la raza humana.


Había alzado la pala sobre su cabeza, tensando sus ancianos músculos.


-Es extraño, ninguno supo hasta ahora desandar el camino de vuelta -añadió antes de golpearme.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Reparación (versión extendida)


Hace tiempo cometí un error, pero no puedo recordarlo. Solo sé que el mundo tal y como alguna vez lo conocí ha desaparecido: la civilización y los núcleos urbanos, el orden de los días y las noches en su estricta sucesión... También -lo más extraordinario- la compañía de los otros: hace tiempo que estoy solo. Solo yo he sobrevivido a una catástrofe de la que solo puedo ver sus resultados, el páramo que me rodea: no sé qué clase de hecatombe fue, pero sospecho que todo se desató por culpa de mi error.

Hay la luz persistente de un sol que no me deja ver. No puedo predecir su posición, cuándo viene o se oculta, ni hay materia fija que me sirva de parapeto. Donde todo queda a la vista, todo fluye: no hay aquí asideros ni descanso. Donde no hay sombra, hay una sombra que no cesa: no hay nada ya que distinguir.

Entre las formas que se mueven, uno sospecha un movimiento, una fluencia: impone una única forma que cambia sin cesar. Imagino a alguien muy grande, gigantesco y extraño que observa desde lejos: es cosa de mi soledad, supongo. Pero de esta fantasía me sorprende que esa entidad descomunal nos vea a mí y al mundo como algo que está quieto y en paz, tranquilo.

En realidad, yo soy el mundo y ese alguien que me observa, pienso. Pero temo perderme por esos caminos de la mente: no sé si todo allí va a acelerarse o si, por fin, regresaría a la quietud; una quietud real, si es que existe algo así. El mundo y yo, ambos supervivientes, aún nos aferramos a alguna clase de ensimismamiento que busque la reparación: igual que el mundo trata de restituir su equilibrio perdido -las rotaciones de los astros, las mareas de sus océanos-, yo intento recordar la forma en que no debo abandonarme para no cometer aquel error, fuera cual fuese.


martes, 15 de noviembre de 2011

Reparación


Hace tiempo cometí un error, pero no puedo recordarlo. Solo sé que el mundo tal y como alguna vez lo conocí ha desaparecido: la civilización y los núcleos urbanos, el orden de los días y las noches en su estricta sucesión... También -lo más extraordinario- la compañía de los otros: hace tiempo que estoy solo.

Solo yo he sobrevivido a una catástrofe de la que solo puedo ver sus resultados, el páramo que me rodea: no sé qué clase de hecatombe fue, pero sospecho que todo se desató por culpa de mi error.

El mundo y yo, ambos supervivientes, aún nos aferramos a alguna clase de ensimismamiento que busque la reparación: igual que el mundo trata de restituir su equilibrio perdido -las rotaciones de los astros, las mareas de sus océanos-, yo intento recordar la forma en que no debo abandonarme para no cometer aquel error, fuera cual fuese.


domingo, 13 de noviembre de 2011

El diluvio


En esta región, los diluvios son habituales. Nos hemos acostumbrado desde siempre a una lluvia furiosa que vuelve una y otra vez, y a una perpetua inundación.

Hay quien dice que morimos ahogados hace tiempo, que las calles de nuestra ciudad son las calles de nuestro cementerio y que nuestras casas son nuestras tumbas. “Solo cuando vemos cómo el sol sale”, añade este insensato, “recordamos la verdad, una verdad tan horrible que, al instante, huimos de ella y soñamos, en nuestro sueño eterno, con la luz de una superficie imposible ya para nosotros”.

¿Crees, le respondemos, que a un montón de muertos les puede resultar grato que les recuerden que están muertos? Es lo que le decimos antes de que, furiosos, acabemos con su vida una vez más. Con palos y con piedras, lo matamos. El sol vuelve a brillar mientras las nubes se disipan y lo enterramos junto a una dehesa. Vemos el sol y lo admiramos: es tan extraño, aquí. Es extraño y hermoso. Sabemos que debemos disfrutarlo lo poco que vaya a durar. Pronto regresará la lluvia, una lluvia terrible: el diluvio. Es el castigo a nuestro crimen. Moriremos ahogados y olvidaremos nuestra muerte, y vagaremos otra vez por estas calles sumergidas escuchando a aquel sombrío, enfermo agorero: nuestro ejecutor.


miércoles, 9 de noviembre de 2011

Variaciones sobre la mariposa de Chuang-Tzu (un relato)


Agotado de mis obligaciones, sesteo un rato. Y sueño con el niño despreocupado y sin obligaciones que fui alguna vez. Ese niño que ahora, en su ocio, dormita en un rincón y tiene un sueño. Un sueño semejante a una sombra preñada de deberes y de preocupaciones.

No sé si soy el niño o el adulto, ambos sueñan la misma sombra. Una sombra que, de cualquier manera, sigue ahí. Una sombra que, indefectiblemente, va a cumplirse en el final de ambos sueños.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Un poema


MOZART CONCLUYE SU MISA EN DO MENOR MIENTRAS COLABORA EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA GRAN MURALLA CHINA


Trabajé duro toda la semana, y seguí trabajando también el viernes y el sábado, el sábado y el domingo,


trabajé en McDonald´s y Carrefour, limpié suelos y escaleras, barrí toda la suciedad que se acumulaba desde, al menos, la historia de Caín y Abel,


me incliné una y otra vez sobre campos de hortalizas que se extendían hasta donde muere y renace el horizonte, renace y muere en la piel oscura de hombres y mujeres como yo.


Creced y multiplicaos, se nos dijo, y nosotros nos multiplicamos sin cesar, nos inclinamos sin cesar,


buscamos en la tierra la forma de no inclinarnos nunca más.


Cavar allí era cavar en el alma del mundo, abrirle heridas de continuo, aunque sabíamos que, tarde o temprano, el mundo iría a vengarse.

El sol oscurecía nuestra piel y éramos hombre oscuros como una mala broma, como un lapsus momentáneo en los planes de Dios.


También salí a buscarte para robar la libertad a dentelladas, la libertad que nos debían desde hace tiempo, y malgastarla en bares de la periferia, en autovías sin fin camino de la borrachera que no nos abandona.


Debemos intentarlo, me decías, mientras pactábamos con rendiciones y demonios que compartían nuestros rostros y reían, y preparaban más rayas de cocaína, y reían.


Lloraban cuando les contábamos todos nuestros pecados,

lloraban de la risa,

lloraban lágrimas densas como la carne, lágrimas de mercurio y eran los termómetros alucinados que medían el bochorno infernal de nuestras noches,

amasaban con el calor huido de los días,

en las noches de nieve y orfidal,

anestesia limpia para nuestros rostros hundidos,

hundidos como surcos, surcos como vías

para nuestra escapada, trabajamos duro

y descansamos alguna vez.


Te defendí delante de los jueces, pero también te condené, te condené conmigo

y ahora juego a vida o muerte y por placer, un placer masoquista,

apostando las llaves de nuestra libertad.


Por ti desentrañé los secretos de los libros sagrados,

perdí mi tiempo en explicarte cómo el tiempo moldea paciente, furioso, estrellas y galaxias.

Pero te rajaste cuando llegó el momento de viajar hasta ellas.

Ve tú solo, me decías, ansiosa de otro día para el descanso,

otro planeta más tranquilo en el reino del tiempo y no en el del espacio,


ese reino que siempre gira

y no aquel ante el que siempre nos debimos inclinar.


Es nuestro al fin todo el uranio, y nuestros sueños brillan enfermos en todas las mañanas del mundo,

tuyas, tuyas son las llaves del reino de la muerte.

Kirie eleison, kirie, kirie eleison,

sólo espero

que vengas a buscarme para salvarme de mí mismo,

que puedas devolverme mi rostro, que me ayudes a recordar mi verdadero nombre.

Mi alma solo puede residir, a estas alturas, en tu voz

y yo, bueno, solo quiero que cantes

mientras los violinistas agitan sus brazos

con espasmos que sacuden a ángeles impasibles

-tocan para que el mundo llore

con esta música que nos ciega

y nos devuelve la vista:

Kirie eleison, kirie, kirie eleison.

Tiembla la creación mientras cantamos.


Ah, es muy fácil dar por terminada algo que llamas creación

para luego esconderte y observarla desde lejos,

cuando todo ha quedado en ella por hacer.

Nosotros acudimos a diario a sostenerla,

ararla y roturarla, y esperar a que crezcan sus frutos en centros comerciales donde lo que se vende es infinito,

como el esfuerzo con que lo hemos producido.


El tiempo de una vida ya no basta para pagar todo lo que necesitamos. ¡Ah, salve, dios del ruido y la velocidad!

Escucha nuestra oda marítima cuando los campos son un mar

en el que viene a perecer todo el esfuerzo.

Seguimos esforzándonos, ¿o es que no nos ves?

Kirie, kirie eleison.


Nuestras manos son alas, no cesan de agitarse

en pos de todo aquello que deben agarrar.

Nuestro sudor es un volcán y lo llevamos tatuado

y gime y ruge con nuestra canción.

Seguimos esforzándonos cuando el esfuerzo ya no basta

y escondemos en nuestros cuerpos

toda la furia de la tierra, su perentoriedad y su miseria,

su carácter caduco, pero también su eternidad, una fecundidad sin fin.


Seguimos madrugando

cuando el amanecer no se distingue de la noche.

Sabemos que amanece porque estamos cantando.

Tiembla, tiembla la creación mientras cantamos.


El escenario es nuestro al fin, nos pertenece,

siempre fue nuestro. Ángeles en tonos de sepia, autómatas furiosos que tocan sus violines para nadie.

¿O es que al fin, estás oyéndonos?

Abre los ojos, míranos, estamos ahí arriba,

sé que nos ves ahora, ves cómo nos movemos

aunque nosotros no lo decidimos, nos estamos moviendo

y vamos a seguir haciéndolo por mucho tiempo

para satisfacer los hilos que nos mueven.


El escenario es nuestro, nuestro al fin,

somos robots para este número final,

esta revelación o apocalipsis, este juicio

al que asistimos a diario, a cada instante.


Ocupamos el escenario, una vez más,

como siempre lo hicimos:

nunca tuvimos otro lugar al que volver.


Somos nosotros, los autómatas,

y, por si no te has dado cuenta, estamos cantando.




[Poema leído anoche en Cartagena, en el I Encuentro de Poesía Combativa "Con-Clave de Voz". Pertenece a una ampliación, actualmente en proceso, de mi primer libro de poemas, publicado en 2001: la plaquette Nuevos Dioses]


sábado, 29 de octubre de 2011

Recital




Estáis todos invitados al recital de poesía que daré el próximo lunes 31 de octubre a las 21:30 en la cafetería Zalacaín de Murcia, dentro del ciclo "Los lunes literarios" que organiza el Colectivo Iletrados.

Voy a leer, casi en exclusiva, material inédito: después de mis dos primeros libros, Los nuevos dioses (2001) y Agujeros (2002), he escrito otros tres extensos poemarios, bastante distintos de los anteriores; uno de ellos, espero, será editado pronto. Estoy deseando "estrenarlos" para todos vosotros.

(Página de "Los lunes literarios" aquí).

jueves, 27 de octubre de 2011

Historia del beso


Allí, en la caverna, nacía un sentimiento nuevo para la especie. Ella, queriendo protegerlo a él y solo a él de los peligros que acechaban ahí afuera -demasiados para su mala cabeza y su cortedad-, hablaba y le reconvenía sin parar. Y él, cansado aún del acto físico de ese sentimiento para el que aún no había nombre -amor, se llamaría algo más tarde-, pero cansado mucho más de la estridente voz de ella, halló una forma de callarla: fue así que nació el primer beso.

Otra versión cifra ese nacimiento un poco después: la especie ya ha descubierto la cosecha de los campos, las ciudades y la plusvalía. Él come sin parar, y ella añora al hombre esbelto. Es a ese hombre esbelto, pero también al señor obeso que está en camino, cada vez más cerca, y para impedirle que siga comiendo, a quien estampa en su boca el primer beso.


sábado, 22 de octubre de 2011

Espinas en todas partes


De pronto, todo tenía espinas. Le dijo al doctor. Las cosas, las personas: debía intentar no descuidarse o podía acabar ensartado en cualquier sitio, en cualquier ser. Al sentarme sin mirar dónde lo hacía, o estrechando una mano cualquiera sin comprobar si una punta alargada iba a desgarrar mi mano y hacerme desangrar hasta morir.

Bueno, dijo el doctor, esa es una circunstancia que, definitivamente, representa una gran dificultad para la vida cotidiana.

Miró al facultado con fastidio, ¿se reía de él con tales obviedades? Pero rectificó: no hacía más que su trabajo; volvió la angustia a su expresión, asió su mano. El doctor le miró sorprendido, casi asustado por su cambio de humor y por esa invasión de su privacidad. En todo caso, le responde su paciente, obliga a un cuidado constante, agotador. Pero, ¿sabe?, de pronto descubrí que aquello era algo no tan turbador; quiero decir que no aporta mucha novedad, si se medita: vivir es un estado de alerta indefinido, ¿no es cierto? Pensé también, doctor, de pronto: todo posee espinas, pero ¿y yo? ¿Acaso no deben también crecer en mí?

El doctor asintió con dificultad, mientras trataba inútilmente de zafarse de su presa: su mano había quedado ensartada en una gran espina que surgía de la mano de su paciente. Se desangraba sin remedio.


jueves, 20 de octubre de 2011

Ella en lo alto de la torre


Desde hace un tiempo, sé que me espía. En las reuniones de los amigos que nos unen y con aire ausente, apartada, como si buscase cierta soledad. Pero me espía, y creo que con intenciones lúbricas: intuyo que quiere follar conmigo.

Yo, simplemente, quiero respetarla. No solo a ella, sino también a su pareja y a la mía.

Una tarde tomábamos unas copas en la piscina de un amigo, con muchos otros conocidos, al pie de una torre. Decidí subir a lo alto de la torre, hastiado del alcohol. A mitad de mi ascensión, me oculté en un recodo de la escalera para mirar abajo y espiarla. Ella, efectivamente, me seguía. Aproveché para bajar a toda prisa por el otro lado de la construcción. Una vez reintegrado entre nuestros amigos, miré hacia arriba: en el punto más alto del edificio, y recortada entre las sombras, ella era una sombra más, inmóvil, que buscaba la sombra que fui yo allá arriba -una sombra que nunca, en realidad, estuvo ahí arriba.

Me alejé en dirección contraria, hacia el mar. Observé la torre y a nuestros amigos, toda la escena de lejos, jadeante aún por el esfuerzo. Todos daban vueltas y vueltas, despacio, muy despacio, ebrios e inconscientes, en torno, sin saberlo, de la torre. Y ella en lo alto de la torre, ebria tan solo de deseo, de deseo hacia mí, de ganas de follar, aullaba a su manera a la luna -sin emitir sonido alguno-; dispuesta a servirse mi cabeza, si mi cabeza hubiese estado allí.

Aullaba para alguien que no era yo ni era nadie de los que se arremolinaban en torno de la torre; pero ella no podía saberlo, presa de su juventud y su deseo urgente. Mientras todos nos alejábamos, nos acercábamos al mismo tiempo hasta ese centro, el centro de nuestro alejamiento; incluso ella, sin saberlo, se alejaba inmóvil en su torre. Una vez hube regresado con todos los demás, cogí la mano de mi compañera, de aquella a quien amo de verdad; y tuve miedo. La supe ahí a ella, a la otra: justo en el centro de ella misma. Un centro poderoso en cuanto más sola y equivocada que todos los demás. Sola y poderosa como un faro, se erigía en un aviso a tener en cuenta cuando volviera el deseo a crecer como una torre en cada uno de nosotros.

En esa noche de fiesta todos éramos, de repente, precarios. Y nos aferrábamos a esa libertad que siempre nos otorgó el hecho de ignorarnos; solos sobre una tierra que no nos pertenece, una tierra junto a un mar que sí empieza a pertenecernos cuando miramos a lo oscuro e intuimos su inmenso movimiento, su conquista de una lejanía.


Quizás en alta mar haya más torres. Y acaso, invisibles, aún intenten conquistar el cielo por nosotros. Es nuestro, ese mar, porque nunca será nuestro.

domingo, 16 de octubre de 2011

Una investigación en el tiempo


No era más que una, entre tantas culturas del pasado, de las que practicaban el asesinato ritual de uno de los suyos, se supone que para aplacar a sus divinidades. La víctima debía elegirse en un estricto azar, según los libros religiosos que, desde hace muchos años, un antropólogo estudia con detenimiento. Hoy, ha recibido una gran noticia. Le ha sido concedido uno de los más codiciados bienes para un antropólogo especializado en los albores de la historia: un viaje en una maquina del tiempo.

Tras cruzar el espacio y los siglos y llegar a aquella aldea, no ha tardado en refutar todas las teorías construidas sobre ellos, así como las más terribles discusiones que a lo largo de décadas habían hecho correr ríos de tinta y de papel. Todo gracias a su rápida inmersión entre la tribu. Lo han acogido como a uno más, conoce a la perfección su lengua y sus costumbres; incluso ha llegado a modificar sus rasgos, antes del viaje, en una clínica de cirugía morfogenética. Y ha descubierto, entre otros detalles no recogidos en aquellos libros que estudiara, que una tranquila y absoluta ociosidad se erige en la verdadera religión de esta gente.

Ha resultado, en definitiva, un trabajo de inmersión admirable: todo lo que ha conseguido se lo debe a su celo profesional; y se lo debe para bien, pero también para mal. Ahora sabe que no hay motivo religioso alguno para esos sacrificios, sino que más bien los acometen por diversión. Cada año nuevo, el brujo de la tribu redacta en los anales de la comunidad una nueva e imaginativa historia al respecto, para leerla después en voz alta y entre las risas de los demás. Sabe también tan solo ahora, cuando es demasiado tarde, que la elección de la víctima no se debe a azar alguno, sino que tras una improvisada votación se deciden por quien haya resultado, a lo largo de ese año, el miembro de la tribu más pesado y aburrido. Él ha pasado meses formulando preguntas y metiendo las narices en todo aquello que podía. Mientras las llamas ascienden en torno al mástil donde su cuerpo permanece atado, y entre los vítores y las crueles risas de todo el poblado, considera que este año ha sido él, efectivamente, el miembro más pesado y aburrido de la tribu.

viernes, 14 de octubre de 2011

El equinoccio absoluto


El equinoccio absoluto
André Breton y Philippe Soupault



Lo diré con Machado y con Hugo Mujica:

La desnudez no es desnudez porque la mires,
sino porque, al mirarla, te desnuda.






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[Piezas originales: ANTONIO MACHADO: "El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve", en Poesías completas, Austral/Espasa Calpe, Madrid, 1991, p. 289; HUGO MUJICA: "como una desnudez / que se revelara en sí misma, / no en los ojos de quien la mira", en Y siempre después el viento, Visor, Madrid, 2011, p. 62].

miércoles, 12 de octubre de 2011

Aventuras fantásticas en el balcón


Me he quedado encerrado en el balcón. He salido a fumar debajo de los toldos y me he quedado adormilado. Al despertar, mareado por el calor y completamente sudado, he ido a abrir la puerta. Pero estaba cerrada.

Insisto inútilmente. Siento cómo crece mi malestar a causa del esfuerzo. El sol, ahora, incide aquí de lleno. A pesar de los toldos, siento la insolación, la enfermedad. Pienso: debo romper el cristal de la puerta. Trato de golpearlo: es inútil, me encuentro demasiado débil. Me he escurrido hasta el suelo y he seguido golpeando, pero sí: es imposible. Siento espasmos por todo el cuerpo, estoy llorando. Con medio cuerpo apoyado sobre la puerta, sigo con mis sollozos un buen rato. Hasta que ya no me quedan fuerzas para sollozar. Acabo tendido del todo sobre el suelo. Y me quedo dormido.

Sueño que estoy hundido en un charco de fango, comprendo que es mi propio sudor. Veo a alguien que se acerca, una presencia luminosa. Me dice: "Soy tu fuerza", y dice: "Ven". Trato de liberar mis brazos del fango para acercarlos a los brazos que ese ser me tiende. Me revuelvo y lucho contra el fango, pero me voy hundiendo más, hasta que aquel hermoso ser de luz pura, radiante, se inclina muy cerca de mí: veo su rostro deslumbrante, me habla y siento cómo me baña su aliento: es un calor que no me es desagradable. "Estoy contigo", dice, "ven. Estoy contigo, ven conmigo". Todo se torna esa misma luz blanca y cegadora, también yo era esa luz.

Desperté. Abrí los ojos. Me rodeaba la oscuridad, había anochecido. Corría un fresco muy agradable. Sentía todo mi cuerpo muy frío, allí en el suelo. Quizás estaba enfermo, pero iba a disfrutar aún un rato del hecho de que ya no había calor. No me moví. Junto a esa puerta que iba a seguir cerrada, y con los ojos abiertos, me quedé inmóvil como un muerto, decidido a disfrutar de aquella sensación bastante tiempo.

lunes, 10 de octubre de 2011

Astronomía


Porque siempre me interesó la astronomía, ese mundo de gigantismos y escalas cósmicas, fantaseé inevitablemente con la caída de algunos de esos prodigiosos cuerpos celestes sobre la Tierra, con desenlace cataclísmico. He imaginado incluso, muchas veces, que algunos de esos meteoros vienen desde distancias inimaginables para impactar exactamente sobre mi cabeza: largas noches de agosto en mi terraza, absorto en los cielos, dan entre muchas fantasías para esta.

¿Cómo iba a imaginar que esa fantasía iba a hacerse realidad? Y justo mientras yo, en mi terraza, miraba soñador en dirección al cielo. Vi esa roca, toda esa masa gigantesca, abalanzarse sobre mí. Apenas tuve tiempo a reaccionar pero, claro, poco podía hacer: supongo que esta parte del planeta, tras mi muerte, quedará devastada. No lo sé. Ya no puedo saberlo. Tan solo he sabido, y sé, que en el momento en que esa roca se precipitaba sobre mí, mi asombro no fue dirigido, de forma fatalista, hacia mi muerte o a la enorme destrucción que iba a consumarse en cuestión de segundos, sino al prodigio de ese objeto extraño, casi un mundo, procedente de un ignoto rincón del universo. Y aquel gigante meteoro, como reconociendo agradecido ese asombro no egoísta por mi parte, mi interés puro en su movimiento y su existencia, detuvo unos instantes, a escasos metros de mi rostro, su caída.

Fue como si todo el tiempo, segundos antes de mi muerte, se hubiese detenido. Pude admirarlo, sí, y sentir esa ebriedad que perseguí en los cielos, con mi imaginación, en tantas ocasiones de mi vida; esa vida que ya tocaba a su fin. Luego incliné despacio mi cabeza, vencido: el tiempo se reanudó a mi alrededor con una velocidad inaudita. Y antes de que todo terminara para mí -y por desgracia, como debo de inferir, para buena parte del mundo- aquel gigante meteoro se hundió lento, casi diría delicado, en mi cabeza.

viernes, 7 de octubre de 2011

Extraños en un tren


Lo conocí en un tren. Porque yo leía en un periódico sobre el estreno de una ópera, él me habló con devoción de su voz protagonista. Hasta ese momento había realizado todo mi viaje solo, un viaje de varias horas; así que acepté su invitación de acompañarlo a cenar: terminé mi café y fuimos hasta el vagón restaurante. Allí me comentó su descabellada idea.

No recordaba si la había leído en alguna novela o la había oído en una película. Se trataba de un plan para un crimen perfecto. Dos absolutos desconocidos, residentes en ciudades lejanas, pactan para asesinar a dos personas de su entorno. Cada uno de ellos se encarga de la persona que odia el otro: la distancia y la falta de móvil, me explicó, preservan del deber de pagar por el crimen. Llenó mi copa con más vino y alzó la suya para un brindis. Yo dudé.

"¿No tiene usted a nadie del que desee librarse?", me espetó. Yo pensé en algún compañero de trabajo, quizás en un viejo oponente amoroso, incluso en un familiar próximo y fastidioso. El viaje había sido muy aburrido, hasta ese momento, y el vino y su compañía me embriagaban. La idea terminó seduciéndome, y levanté mi copa. La luz del vagón desapareció. Sonaba el viento como si todas las ventanillas hubiesen sido abiertas. Con un escalofrío, dejé la copa sobre la mesa; noté que aquel vino tenía un regusto demasiado amargo.

"Quizás alguien ya lo ha elegido a usted, lo ha hecho por mí, y es usted la víctima", me dijo. Sus ojos brillaban. El resto de ocupantes del vagón se volvió hacia nosotros en un silencio sobrenatural. Todos aquellos ojos brillaban como ascuas del infierno.

"O acaso usted ha cometido ya su crimen, y se encamina hacia el infierno", afirmó. El ruido del viento se fundía con el de las risas de quienes nos rodeaban. Miré con pavor los rostros que nos miraban, desfigurándose como máscaras de cera sobre el fuego. La luz había vuelto, pero era la luz de unas llamas. Todo, a nuestro alrededor, ardía. La risas eran ya carcajadas, y el rictus de sus bocas grotescas se agigantaba hasta tornarlas monstruosas. "Cada noche", continuó, "usted debe recordar una y otra vez el crimen que su conciencia insiste en olvidar . Y lo recuerda aquí, en el tren donde todo comenzó. El tren que lo lleva de vuelta, a cada instante, al infierno".

martes, 4 de octubre de 2011

Dos poemas


Todo contiene cosas, algo,
ideas, por ejemplo.
Por eso cada vez me bastan menos cosas,
lo que cabe en un cuenco imaginario.

Un cuenco con ideas
muy poco apetecibles:
dejo que se derramen, las esquivo,
camino de puntillas por el cuarto
del que hace ya algún tiempo que no salgo
aunque lo hago a cada instante, con ideas,
las ideas correctas.

* * * * *


Nuevos amigos, al salón.
Crece la propension a las patadas,
epifanía del kung-fú.

¿Quién te invitó a este baile, que no supo
de tus ganas inéditas de figurar
antes de que la timidez
arruine, en su regreso, el nuevo giro
de lo que no acontece?
Te responden las piedras
mientras todos los peces
vuelven a su pequeña
pecera, su tatami.

Más que del kárate, de reflexión
te voy a hablar, pared de agua,
golpe de la respiración.

sábado, 1 de octubre de 2011

Maquinaria


Fue mi hijo quien me avisó entre lágrimas:

-La tostadora, papá -dijo-. La tostadora.

Subí las escaleras, con sueño todavía, en dirección a la cocina. Allí, sobre la mesa, dos trozos de pan yacían amarillentos y temblorosos. No era el amarillo de la mantequilla, mi hijo no había logrado embadurnarlas. ¿Quién iba a atreverse a hacer tal cosa sobre ellas, temblando como lo hacían? Era el amarillo de la enfermedad.

Miré el viejo aparato con desolación. Durante años, nos había acompañado y servido de manera diligente. Mi mujer lo había comprado en Melilla, cuando en Melilla confluía todo tipo de sorpresas tecnológicas, a precios bastante bajos y venidas de cualquier parte del mundo. Solo por los detalles y las formas, cambios insignificantes en los electrodomésticos y el menaje más ordinario que otorgaban a todos ellos un plus de extrañeza, leve pero definitivo, ya era una aventura acudir a sus bazares.

-Tendremos que llevarla al médico -dije sombrío y confundido como un currelo que no ha desayunado todavía.

Al salir de la fábrica, mi hijo me recogió en su coche y fuimos a la clínica. Mi mujer había pasado allí toda la mañana; se le notaban las ojeras y los surcos de las lágrimas cuando nos recibió. Las autorizaciones para la operación estaban todas firmadas, nos dijo.

-¿Tienes hambre, papá? -me preguntó mi hijo. No me atreví a responderle, a decirle que sí. Pero me acerqué hasta la máquina de café de la entrada a la planta, junto a los ascensores. La máquina llenó mi taza de café con fría diligencia.

Estúpida lobotomización de la maquinaria industrial, pensé con injusticia. La máquina, profesional, terminó de servirme el café sin inmutarse, no respodió a mi provocación; pero oí gemir, a mis espaldas, a otras máquinas expendedoras: máquinas de bebidas, de chucherías. Les rogué me disculpasen. El médico salía del quirófano en ese momento. Nos dijo que los cirujanos harían todo lo posible a lo largo de la tarde.

Disculpad, volví a decirles mentalmente. A todas ellas. Disculpad.

Ellas también saben qué es el amor. Puedo oír cómo lloran.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Ilusionista



Un mago y su prodigio: hacer que aparezcan o desaparezcan del escenario objetos, animales, algún que otro miembro de su público. Él tenía un talento diferente, pues solo podía hacer que fuese él mismo quien desapareciera; de una forma tan absoluta que sus espectadores jamás se hartaban de su número: también lograba desaparecer de la memoria de todos.

Por eso, solo cambiaba de ciudad si se aburría. Nadie lo conocía nunca. Noche tras noche, de teatro en teatro, su vida se repetía como una eterna novedad para los otros mientras él soñaba con su desaparición definitiva.

martes, 27 de septiembre de 2011

Negativo de una novela negra


["Novela blanca", un reverso de la novela negra que a nadie interesaría, apunta Javier Moreno en su blog, porque "el bien y la felicidad no requieren justificación [...] Es el mal el que pone en marcha el mecanismo de lo narrativo, con su cadena de preguntas a las que se busca dar respuesta. Al mal se le buscan las causas, nunca al bien". Lean entero el texto aquí. A mí se me ocurrió, como comentario, el siguiente argumento para una "novela blanca"; argumento que quiere ser también, en sí, un pequeño relato.]

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La historia arranca con un acto de bondad anónimo y desinteresado, sin móvil aparente.

Se busca al responsable, se barajan sospechosos que acaban revelando en su caracteres pequeñas manchas, maldades que los desacreditan como responsables. ¿Qué móviles ha podido tener alguien para actuar de esa forma?

Los investigadores se devanan los sesos, los investigadores se sienten impotentes y, finalmente, los investigadores lloran reconociendo que, al menos, toda esa bondad se esconde en alguna parte, también en un lugar profundo de ellos mismos, acaso inaccesible. Lloran de tristeza porque no pueden llegar hasta allí, lloran de felicidad porque esa bondad, al menos, existe, está ahí: lejos, muy lejos y a la vez desesperantemente cerca, a su alcance. Se emborrachan. Amanece. Despiertan en una cuneta. El sol les deslumbra pero ellos insisten en mirarlo. Mirar toda esa luz blanca.