"Cualquiera diría que una sociedad inventa a sus escritores a su imagen y su semejanza, es decir, que todo escritor es producto de las sociedades que lo cobija; pero a poco que uno escarbe, va a descubrir que es más bien al revés, que es el escritor el que inventa su sociedad. [...] Busquen, busquen por las redes sociales y vean todas esas fotos de gentes que posan con aires decididamente interesantes y serios, en sus selfies: gestos pretendidamente intelectuales, para compartir cartelas con frases de Paulo Coelho y fotos de atardeceres photoshopeadas, muchas flores photoshopeadas, señoras y señores estupendísimas y estupendísimos todo lo en porretas que permite el Gran Hermano Zuckerberg".
miércoles, 18 de noviembre de 2015
Ahora que todo el mundo escribe y nadie lee
"Cualquiera diría que una sociedad inventa a sus escritores a su imagen y su semejanza, es decir, que todo escritor es producto de las sociedades que lo cobija; pero a poco que uno escarbe, va a descubrir que es más bien al revés, que es el escritor el que inventa su sociedad. [...] Busquen, busquen por las redes sociales y vean todas esas fotos de gentes que posan con aires decididamente interesantes y serios, en sus selfies: gestos pretendidamente intelectuales, para compartir cartelas con frases de Paulo Coelho y fotos de atardeceres photoshopeadas, muchas flores photoshopeadas, señoras y señores estupendísimas y estupendísimos todo lo en porretas que permite el Gran Hermano Zuckerberg".
domingo, 26 de enero de 2014
Después de leer `La trabajadora´ de Elvira Navarro
sábado, 30 de noviembre de 2013
martes, 8 de octubre de 2013
`Los Supremos. Superhéroes y cómics en el relato hispánico contemporáneo´
jueves, 2 de mayo de 2013
La Patrulla-X, quincuagésimo cumpleaños
lunes, 1 de abril de 2013
Una nota de lectura de `Los enamoramientos´ de Javier Marías
El personaje protagonista y narrador de la última novela de Javier Marías, `Los enamoramientos´, ve en una cafetería a alguien que le fascina, y detiene su atención en el hoyuelo que tiene en la barbilla; se acuerda, cómo no en Marías, de este u otro u otro más actor clásico, y se pregunta cómo meterá cada mañana la maquinilla de afeitar en ese hoyuelo; imagina que ella misma se levanta y se acerca y mete su dedo índice en el hoyuelo, para comprobar el afeitado. Y se me ocurre que Marías ha formulado aquí, en este detalle y punto de fuga, y sin pretenderlo -comprobar que el hoyuelo está afeitado, meter él mismo la maquinilla en el hoyuelo de la barbilla de su personaje-, toda su poética novelística.
miércoles, 31 de octubre de 2012
Miguel Espinosa y el día en que la `Escuela de Mandarines´ se convirtió en un ciclo novelístico
El comienzo de esta Historia del Eremita es similar a Escuela de Mandarines -no de forma literal sino argumental: es cierto que aquí, por ser la primera toma de contacto con la novela, sí se echan en falta las palabras precisas con que comienza, en formulación genial, la Escuela de mandarines-, y hay similitudes en otro par de momentos, que yo recuerde ahora -un par de canciones, como la canción con que Cara Pocha saluda a la Tierra, o el encuentro del Eremita con los tres demiurgos, aquí denominados "demonios"-. Pero el resto de las cuatrocientas cincuenta páginas suponen, prácticamente, un argumento distinto. Y lleno, además, de peripecias: la historia del Príncipe que deviene hereje tras estudiar filosofía -que es, prácticamente, el clímax de la novela: ¡una novela de Espinosa con una peripecia argumental como clímax!-, o la divertidísima historia del Lego de las Posibilidades, por ejemplo, no solo suponen momentos narrativos de absoluta genialidad, sino que además nos dan a conocer a otro Miguel Espinosa.
domingo, 14 de octubre de 2012
Traducción corregida
viernes, 12 de octubre de 2012
La verdad sobre los gafapastas
sábado, 26 de mayo de 2012
Apuntes para una genealogía de la literatura dibujada: Thomas Kyd y Samuel T. Coleridge presagian, sin saberlo, los tebeos
"Lo que buscamos entonces en la tragedia, que alguno
sabios de la Antigüedad tuvieron por el máximo esfuerzo del genio humano, el
mismo placer, lo recibimos de una novela recién publicada y otras bagatelas
de hoy en día (15)"
|
jueves, 3 de noviembre de 2011
martes, 23 de agosto de 2011
Muñecos
Con la muerte de los ángeles empieza
la mutilada arqueología de los museos clásicos
Rafael Pérez Estrada
Durante un tiempo, me hice con una pequeña colección de muñecos articulados, todos ellos reproducciones de superhéroes de cómic. Ya no los compro por economía pero me siguen fascinando, se reparten por los estantes de las librerías de mi casa, custodiando mi biblioteca: superhéroes de tebeos, esos descendientes de las estampitas religiosas de antaño. Una vez devienen en muñecos, son como estatuas de santos y vírgenes, que a su vez son herederos de la anciana costumbre humana de dar forma tridimensional a sus dioses o a sus héroes –es decir, semidioses-, a esos seres sobrenaturales que, en el peor de los casos, devenían en becerros de oro que el pueblo judío, en la Biblia, debía recordar periódicamente no adorar.
Pero qué atrayentes me han resultado siempre los superhéroes, esos muñequitos multicolores. Está ligada a mi memoria lectora y visual su proliferación, en universos autónomos de ficción, en distintos supergrupos o, por ejemplo, en las dos primeras macrosagas respectivas de Marvel y DC Cómics, Secret Wars y Crisis en las Tierras infinitas, que salieron al mercado en los años 80, justo cuando más impresión podían hacerme -aún estaba en el colegio-: decenas y decenas de superhéroes y superheroínas viajando por los confines cósmicos o por cincuenta y dos diferentes Tierras paralelas. Leo ahora en Friedrich Schlegel sobre un "caos originario de la naturaleza humana, para el cual no conozco un símbolo mejor que el policromo hormigueo de los antiguos dioses".
Me gusta esa herencia, pienso ahora, y me gusta que esa cadena haya acabado en estos caballeros andantes urbanos, en estas Juanas de Arco nucleares, tipos con poderes ridículamente exagerados que se mecen, vuelan o corren a hipervelocidad entre los rascacielos con sus ajustados y ridículos trajes. Semidiós y/o dios multiplicado –vieja prerrogativa religiosa, esa multiplicación, que fue la primera que el monoteísmo, por razones evidentes, quiso erradicar- convertido en una figura ridícula, acrobática, salvífica pero absurda, un payaso con los calzoncillos por fuera, sobre los pantalones, y con capa y máscara, multicolor.
Lo he pensado muchas veces, y lo recuerdo ahora leyendo uno de los relatos del libro Criaturas abisales, de Marina Perezagua, el titulado “Caza de muñecas”: los muñecos manipulan a los niños que juegan con ellos, pervirtiendo sus conductas de tal forma que los adultos se ven obligados a destruirlos. Horcas, lapidaciones y guillotinas, piras de muñecos y muñecas arden día y noche, cuando su amenaza se torna insoportable. Solo que, una vez destruidos -atención, no siga leyendo este párrafo si no quiere conocer el final del relato, y si quiere otra conclusión para este otro pequeño texto salte a la cita que lo cierra en el párrafo siguiente, extraída de la mitad aproximada del relato de Perezagua- [SPOILER a continuación:], cuando todos los muñecos han sido erradicados de la ciudad, la perversión de los niños se consuma y estos terminan imitando, silenciosos y rígidos, aunque movibles por acción ajena –articulados-, a sus antiguos muñecos [FIN DE SPOILER].
“En las iglesias se sustituyeron los cirios por los cuerpos de las muñecas más blancas, que ardían día y noche, ante abuelas que arrodilladas rezaban sus plegarias con una única voluntad, que sus nietas recuperaran la inocencia” (Marina Perezagua, “Caza de muñecas”, en Criaturas abisales, Los libros del lince, Barcelona, 2011, pág. 106).
lunes, 11 de julio de 2011
Sunset Boulevard. Otro descenso al infierno
Así el personaje que interpreta Gloria Swanson en Sunset Boulevard de Billy Wilder -película titulada en español El crepúsculo de los dioses- enloquece de idealidad y de ficción, creyéndose ya no un personaje –aunque devenga finalmente la Salomé con la que, en efecto, quiere volver a las pantallas- sino ella misma como estrella, como actriz eterna. “La locura está, pues, más allá de la imagen, y sin embargo está profundamente hundida en ella; pues consiste solamente en hacerla valer espontáneamente como verdad total y absoluta” (Foucault, ibid., p. 362).
Después de volver a ver la película, me fascina sobre todo la última escena. Se nos narra, al fin, la muerte del narrador que desde el principio se nos anticipó; se nos muestra la misma imagen con la que se abría la película, el narrador -¡así que era el narrador!- flotando muerto en la piscina –y rodado desde abajo-; y Norma Desmond desciende las escaleras ante la luz de los focos, mientras los policías quedan congelados en su ascenso por esas mismas escaleras.
“La locura designa el equinoccio entre la vanidad de los fantasmas de la noche y el no ser de los juicios de la claridad” (Foucault, ibid, p. 384). Norma Desmond fabrica, una vez más, la imagen de sí misma ante los flashes y las intensas luces de los focos. “Es la noche vacía del error; pero ante el fondo de esta primera oscuridad, un relámpago, un falso relámpago, va a estallar: el de las imágenes. Se levanta la pesadilla, no en la clara luz de la mañana, sino en un cintilamiento sombrío: luz de la tormenta y el crimen. […] En esta noche, los fantasmas encuentran su libertad […]. Pero todas esas imágenes convergen hacia la noche, hacia una segunda noche que es la del castigo, de la venganza eterna” (Foucault, ibid, p. 386).
Norma Desmond desciende las escaleras, haciendo caso omiso de los periodistas y los policías reales que suben, o mejor que subían, porque quedan congelados en el acto de subir, fascinados por la actitud de la actriz, su elegancia de estrella pretérita, que no es de este mundo, atendiendo a las cámaras que la aguardan abajo, que ya la ruedan desde abajo, preparando para las pantallas no la idealidad demente de la actriz sino la pura materialidad de lo real, la terrible noticia acaecida esa noche: ella cree que ruedan para su próxima película, para su vuelta al estrellato, su regreso al firmamento, pero en realidad ruedan a la criminal y a la demente, tras su pecado y su culpa, su crimen, camino del infierno.












