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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Ahora que todo el mundo escribe y nadie lee


"Cualquiera diría que una sociedad inventa a sus escritores a su imagen y su semejanza, es decir, que todo escritor es producto de las sociedades que lo cobija; pero a poco que uno escarbe, va a descubrir que es más bien al revés, que es el escritor el que inventa su sociedad. [...] Busquen, busquen por las redes sociales y vean todas esas fotos de gentes que posan con aires decididamente interesantes y serios, en sus selfies: gestos pretendidamente intelectuales, para compartir cartelas con frases de Paulo Coelho y fotos de atardeceres photoshopeadas, muchas flores photoshopeadas, señoras y señores estupendísimas y estupendísimos todo lo en porretas que permite el Gran Hermano Zuckerberg".



 En la sección Hoy Firma, de la web de la revista La Galla Ciencia, hoy firmo yo. "Ahora que todo el mundo escribe y nadie lee", unas cuantas reflexiones hilvanadas con esa idea común, y bajo ese título. Pinchad aquí.


domingo, 26 de enero de 2014

Después de leer `La trabajadora´ de Elvira Navarro



Después de leer `La trabajadora´de Elvira Navarro, y de acusar su impacto, pienso en lo poco que me ha interesado hasta ahora el realismo en la literatura contemporánea, salvo en casos como los de Don DeLillo, en los que el realismo penetra en la ficción novelística a través de la hibridación con el ensayo. 

Lo real aguardaba agazapado, mientras todo iba bien en la fiesta perpetua posmoderna, esperando a que todo dejase de ir bien para volver a mostrarnos su rostro siempre por decir, por novelar, irreductible y monstruoso.

sábado, 30 de noviembre de 2013

martes, 8 de octubre de 2013

`Los Supremos. Superhéroes y cómics en el relato hispánico contemporáneo´


Salvador Luis, en Facebook: 

"Hoy, después de vencer a una tropa de malvados y enemigos del planeta Tierra, podemos al fin celebrar la próxima llegada y la hipermusculosa tapa de LOS SUPREMOS (arte de Leandro Escobar), libro súper heroico que incluye cuentos de Jorge Enrique Lage (Cuba), Antonio Ramos Revillas (México), Maximiliano Barrientos (Bolivia), Ignacio Alcuri (Uruguay), Iván Humanes (España), Miguel Antonio Chávez (Ecuador), Guillermo Barquero (Costa Rica) y Pablo Natale (Argentina). Cierra el libro un epílogo en clave Marvel de José Óscar López (España). Una vez más Editorial El Cuervo y Fernando Barrientos se han lucido y no me queda más que sonreír. Presentamos el libro en pocos días. Tiemble, Lex Luthor!"

jueves, 2 de mayo de 2013

La Patrulla-X, quincuagésimo cumpleaños


Gracias, Patrulla-X, por todos estos años de entretenimiento y extraña, imposible fascinación. Con vosotros leí por vez primera sobre clonación y mutación genética, sobre telepatía y otros mil poderes fabulosos, inimaginables; sobre días de futuros pasados y viajes por los confines del tiempo y el espacio, desde las alcantarillas de Nueva York donde habitan los Morlocks a la lejanas galaxias del imperio Shi´ar o del Nido.

Y sobre héroes cuyas vidas nunca serán fáciles, sobre redenciones de supervillanos y de malignas entidades que cobran conciencia de sí mismas un instante antes de autodestruirse para no acabar con todo el universo; y que, como nos enseñara también David Bowie -en los mismos años 70 en los que vuestra trayectoria se consolidaba-, los trajes ridículos pueden resultar extrañamente fascinantes. No en vano una de las palabras preferidas de Freud, unheimlich -¿imposible, incómodo, siniestro, inhabitable?-, adjetiva en inglés la cabecera de vuestra serie: uncanny. 

Magneto y su Hermandad de Mutantes Diabólicos nunca tendrán razón, imposibles Hombres-X. ¡Feliz cincuenta cumpleaños!


lunes, 1 de abril de 2013

Una nota de lectura de `Los enamoramientos´ de Javier Marías

 
El personaje protagonista y narrador de la última novela de Javier Marías, `Los enamoramientos´, ve en una cafetería a alguien que le fascina, y detiene su atención en el hoyuelo que tiene en la barbilla; se acuerda, cómo no en Marías, de este u otro u otro más actor clásico, y se pregunta cómo meterá cada mañana la maquinilla de afeitar en ese hoyuelo; imagina que ella misma se levanta y se acerca y mete su dedo índice en el hoyuelo, para comprobar el afeitado. Y se me ocurre que Marías ha formulado aquí, en este detalle y punto de fuga, y sin pretenderlo -comprobar que el hoyuelo está afeitado, meter él mismo la maquinilla en el hoyuelo de la barbilla de su personaje-, toda su poética novelística.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Miguel Espinosa y el día en que la `Escuela de Mandarines´ se convirtió en un ciclo novelístico


Acaba de ser editado, por fin, el primer borrador que Miguel Espinosa escribió de Escuela de Mandarines. Al terminar de leerlo, confirmo la impresión que tuve al hojearlo en la librería: Historia del Eremita, más que una versión primera de Escuela de Mandarines, es una novela distinta enmarcada en lo que podríamos denominar el ciclo de la Escuela de Mandarines. Considerar que esta novela fue una primera versión de otra podría llevarnos a concluir que Espinosa la desechó por fallida, y no sería una conclusión disparatada si tenemos en cuenta el altísimo listón que Espinosa se marcó para su obra. Pero cuando se trata, precisamente, de un escritor tan comprometido con su propia obra -tardó dieciocho años en terminar de darle a Escuela de Mandarines la forma que él quería-, el lector no tiene por qué estar de acuerdo con el autor. Ni muchísimo menos.

Muchos lectores tienen a Miguel Espinosa por un escritor difícil, y no les falta razón. Una de las sorpresas que nos depara este libro es la de mostrarnos un Espinosa mucho más accesible. No hay aquí el grado de complejidad y sofisticación léxica o sintáctica, cifrada en la etimología y la metáfora, del resto de su obra -esa extraña cualidad de su prosa, que la hace seca y barroca a un tiempo-. Pero eso, en un escritor donde la forma y el protagonismo de su prosa son tan acusados, nos deja simplemente con el resultado de una novela más "convencional"; y valgan las comillas para poner en cuarentena cualquier connotación despectiva que el adjetivo convencional pueda tener. Porque incluso como admirador, por tantas razones, de las novelas de Miguel Espinosa, a veces puedo echar en falta en ellas esa deferencia hacia el lector de ofrecer un argumento entretenido, también, a través de la pura peripecia.

El comienzo de esta Historia del Eremita es similar a Escuela de Mandarines -no de forma literal sino argumental: es cierto que aquí, por ser la primera toma de contacto con la novela, sí se echan en falta las palabras precisas con que comienza, en formulación genial, la Escuela de mandarines-, y hay similitudes en otro par de momentos, que yo recuerde ahora -un par de canciones, como la canción con que Cara Pocha saluda a la Tierra, o el encuentro del Eremita con los tres demiurgos, aquí denominados "demonios"-. Pero el resto de las cuatrocientas cincuenta páginas suponen, prácticamente, un argumento distinto. Y lleno, además, de peripecias: la historia del Príncipe que deviene hereje tras estudiar filosofía -que es, prácticamente, el clímax de la novela: ¡una novela de Espinosa con una peripecia argumental como clímax!-, o la divertidísima historia del Lego de las Posibilidades, por ejemplo, no solo suponen momentos narrativos de absoluta genialidad, sino que además nos dan a conocer a otro Miguel Espinosa.

Un compañero de trabajo me comentaba esta semana que conoció a Miguel Espinosa en su época de estudiante, por las tascas murcianas. "¡Qué poca suerte tuvo!", me dijo, y es verdad. A mediados de los años cincuenta, ya había definido -que no solo abocetado- el fascinante mundo ficticio de los Mandarines, con todo su entramado de organización social, política, moral y filosófica. Como reverso irónico de la España de su tiempo, pero también como construcción imponente de un mundo de ficción donde las mismas palabras con que los personajes designan las castas de su mundo o se refieren entre sí tienen ya un papel primordial, a la hora de hechizar al lector. Tuvo mala suerte, Espinosa, porque este libro, más que un borrador, podría haber sido -no lo fue cuando él vivió, pero debiera serlo a partir de ahora- el primer jalón no ya de una novela, sino todo un ciclo novelísítico. 

Queda un segundo borrador de la Escuela de Mandarines: si tuviera, al igual que esta Historia del Eremita, la misma entidad diferenciada de esa Escuela de Mandarines que hasta ahora creíamos -o yo, creía- única, estaríamos de triple enhorabuena.

domingo, 14 de octubre de 2012

Traducción corregida




“Traducción corregida”, “traducción revisada”, “la traducción definitiva”: son rótulos que uno encuentra en libros que se reeditan, libros que conviven con nosotros desde hace tiempo. Muchos de ellos ya merecieron su calificación de clásicos, y por eso resulta especialmente feliz que lleguen hasta nosotros mediante una versión fiel, finalmente fiel: un final feliz, por tanto. Tanto para esos libros como para nuestra relación con ellos. Pero, ¿qué impedirá que sigan apareciendo traducciones aún  más corregidas dentro de unos años, traducciones renovadamente definitivas? Es un proceso, imagino, sin fin, y está bien que así sea. Porque si esos libros merecen realmente la pena, ganarán nuevas lecturas prolongadas en el tiempo. El futuro franqueará sus puertas para ellos. El hecho de que devengan clásicos no significa más que su lectura se ha convertido en un proceso ininterrumpido.

Pienso en los libros de nuestros contemporáneos que se traducen por primera vez: todos nos abalanzamos sobre ellos en versiones que, tarde o temprano, deberán renovarse, revisarse, corregirse, hacerse definitivas. ¿Qué hay de revisable en ellas, cuánto de erróneo? ¿Hasta dónde abarca el malentendido, dentro de esas pequeñas cosmogonías subjetivas, sino hasta nuestra propia visión del mundo, con nosotros mismos incluidos dentro? Pues dicha visión de nosotros mismos y de los demás la construimos a través de una experiencia del mundo en la que se incluye nuestra experiencia lectora.

Son lecturas, por tanto, insuficientes, pienso y, acto seguido, siento durante un momento una infundada alarma. Comprendo que hay un espacio inevitable de malentendidos, de comprensión insuficiente abierto entre los libros y nosotros. Pero también es una alarma necesaria, uno de tantos índices con los que contamos para comprender que habitamos un presente siempre precario y erróneo, por corregir mientras seguimos construyéndolo.


(Ilustración de Shintaro Kago).
 

viernes, 12 de octubre de 2012

La verdad sobre los gafapastas




Ha llegado el momento de revelar uno de los secretos más celosamente guardados de nuestro tiempo: lo que hoy se denomina gafapastas o modernos fueron, otrora, importantes líderes de opinión y rebeldía que alimentaron todas las revoluciones en Occidente; depusieron grupos de poder, marcaron la evolución de las sociedades con su arbitrio y cambiaron, una y otra vez, la faz de la Tierra. ¿Cómo se vieron recluidos a esos márgenes por los que hoy se les conoce?

Periodistas culturales, es decir críticos de cine, de arte, de literatura, de tebeos (¡de tebeos!) son la punta del iceberg de una conspiración mundial, así como sus últimos ejecutores. Tras situar sus prédicas en el exclusivísimo punto de mira de la antigua clase revolucionaria, las fuerzas ocultas que rigen el universo humano imponen, para las reseñas que devoran aquellos que se sienten  la inteligencia del mundo, el encumbramiento de obras inanes y adormecedoras. Las verdaderas obras maestras, devoradas por la sensata espontaneidad del vulgo, quedan así vedadas a cualquier conato de injerencia por parte de los sedicentes. Es también una broma cósmica: los que alardean del buen gusto, del único buen gusto posible, no disfrutarán jamás de los mejores bocados, que desprecian amparados por aquellos que ellos creen los guardianes de su criterio, sus sacerdotes y aliados.

sábado, 26 de mayo de 2012

Apuntes para una genealogía de la literatura dibujada: Thomas Kyd y Samuel T. Coleridge presagian, sin saberlo, los tebeos

Un dibujo es igual que un poema, como un árbol es semejante a un pájaro
-Juan Carlos Mestre

En el número 30 de El coloquio de los perros, recién editado, pueden encontrar mi artículo cuyo título he dejado también como título de esta entrada. Aquí les dejo algunos extractos:


"Si el dibujo queda situado en un estadio previo a la palabra, como cuerpo que imita al cuerpo antes de que aparezca el cuerpo de la palabra, garabato que el niño improvisa en el margen de sus libros de textos durante las aburridas clases, sería a su vez el primer balbuceo de la representación mental, un paso previo al símbolo: imitación primera —o segunda, si consideramos lo gestual y pre-teatral— de lo que puede verse, muesca en la pared de la cueva platónica y que representa muy bien, en un primer momento pero también quizás en un último momento —¿hay, por ejemplo, algún episodio bíblico más plástico que el Apocalipsis?—, al hombre como animal que representa. […] Como en Oriente, la palabra y la cosa vuelven a acercarse a partir de la representación pictográfica, en nuestros kioscos de hoy: los del siglo XIX, locus solus, y los del siglo XXI, locus conectado. Y, si incluimos como bagatelas a los tebeos, podremos afirmar junto a Coleridge que:

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"Lo que buscamos entonces en la tragedia, que alguno sabios de la Antigüedad tuvieron por el máximo esfuerzo del genio humano, el mismo placer, lo recibimos de una novela recién publicada y otras bagatelas de hoy en día (15)"


martes, 23 de agosto de 2011

Muñecos


Con la muerte de los ángeles empieza

la mutilada arqueología de los museos clásicos

Rafael Pérez Estrada


Durante un tiempo, me hice con una pequeña colección de muñecos articulados, todos ellos reproducciones de superhéroes de cómic. Ya no los compro por economía pero me siguen fascinando, se reparten por los estantes de las librerías de mi casa, custodiando mi biblioteca: superhéroes de tebeos, esos descendientes de las estampitas religiosas de antaño. Una vez devienen en muñecos, son como estatuas de santos y vírgenes, que a su vez son herederos de la anciana costumbre humana de dar forma tridimensional a sus dioses o a sus héroes –es decir, semidioses-, a esos seres sobrenaturales que, en el peor de los casos, devenían en becerros de oro que el pueblo judío, en la Biblia, debía recordar periódicamente no adorar.

Pero qué atrayentes me han resultado siempre los superhéroes, esos muñequitos multicolores. Está ligada a mi memoria lectora y visual su proliferación, en universos autónomos de ficción, en distintos supergrupos o, por ejemplo, en las dos primeras macrosagas respectivas de Marvel y DC Cómics, Secret Wars y Crisis en las Tierras infinitas, que salieron al mercado en los años 80, justo cuando más impresión podían hacerme -aún estaba en el colegio-: decenas y decenas de superhéroes y superheroínas viajando por los confines cósmicos o por cincuenta y dos diferentes Tierras paralelas. Leo ahora en Friedrich Schlegel sobre un "caos originario de la naturaleza humana, para el cual no conozco un símbolo mejor que el policromo hormigueo de los antiguos dioses".

Me gusta esa herencia, pienso ahora, y me gusta que esa cadena haya acabado en estos caballeros andantes urbanos, en estas Juanas de Arco nucleares, tipos con poderes ridículamente exagerados que se mecen, vuelan o corren a hipervelocidad entre los rascacielos con sus ajustados y ridículos trajes. Semidiós y/o dios multiplicado –vieja prerrogativa religiosa, esa multiplicación, que fue la primera que el monoteísmo, por razones evidentes, quiso erradicar- convertido en una figura ridícula, acrobática, salvífica pero absurda, un payaso con los calzoncillos por fuera, sobre los pantalones, y con capa y máscara, multicolor.

Lo he pensado muchas veces, y lo recuerdo ahora leyendo uno de los relatos del libro Criaturas abisales, de Marina Perezagua, el titulado “Caza de muñecas”: los muñecos manipulan a los niños que juegan con ellos, pervirtiendo sus conductas de tal forma que los adultos se ven obligados a destruirlos. Horcas, lapidaciones y guillotinas, piras de muñecos y muñecas arden día y noche, cuando su amenaza se torna insoportable. Solo que, una vez destruidos -atención, no siga leyendo este párrafo si no quiere conocer el final del relato, y si quiere otra conclusión para este otro pequeño texto salte a la cita que lo cierra en el párrafo siguiente, extraída de la mitad aproximada del relato de Perezagua- [SPOILER a continuación:], cuando todos los muñecos han sido erradicados de la ciudad, la perversión de los niños se consuma y estos terminan imitando, silenciosos y rígidos, aunque movibles por acción ajena –articulados-, a sus antiguos muñecos [FIN DE SPOILER].

“En las iglesias se sustituyeron los cirios por los cuerpos de las muñecas más blancas, que ardían día y noche, ante abuelas que arrodilladas rezaban sus plegarias con una única voluntad, que sus nietas recuperaran la inocencia” (Marina Perezagua, “Caza de muñecas”, en Criaturas abisales, Los libros del lince, Barcelona, 2011, pág. 106).


lunes, 11 de julio de 2011

Sunset Boulevard. Otro descenso al infierno



“Los problemas de la locura rondan la materialidad del alma”, escribió Foucault en Historia de la locura en la época clásica (trad. de Juan José Utrilla, Fondo de Cultura Económica, México DF, 2010, tomo I, p. 35). Se dice que los salvajes creían que las cámaras fotográficas robaban el alma y al cine, poco después de ser inventado como espectáculo, se le llegó a denominar la pantalla del diablo. Pero la gran fábrica de imágenes del siglo XX, el motor del imaginario del siglo XX, también podía crear delirios que confundiesen a sus mismos soportes materiales, los actores que encarnaban a los protagonistas de ese imaginario: se dice que, en los últimos años de su vida, Bela Lugosi se creía Drácula. La ficción contamina la realidad, no solo la del espectador, paciente de la ficción, sino también la del actor o agente de esa ficción.

Así el personaje que interpreta Gloria Swanson en Sunset Boulevard de Billy Wilder -película titulada en español El crepúsculo de los dioses- enloquece de idealidad y de ficción, creyéndose ya no un personaje –aunque devenga finalmente la Salomé con la que, en efecto, quiere volver a las pantallas- sino ella misma como estrella, como actriz eterna. “La locura está, pues, más allá de la imagen, y sin embargo está profundamente hundida en ella; pues consiste solamente en hacerla valer espontáneamente como verdad total y absoluta” (Foucault, ibid., p. 362).

Después de volver a ver la película, me fascina sobre todo la última escena. Se nos narra, al fin, la muerte del narrador que desde el principio se nos anticipó; se nos muestra la misma imagen con la que se abría la película, el narrador -¡así que era el narrador!- flotando muerto en la piscina –y rodado desde abajo-; y Norma Desmond desciende las escaleras ante la luz de los focos, mientras los policías quedan congelados en su ascenso por esas mismas escaleras.


“La locura designa el equinoccio entre la vanidad de los fantasmas de la noche y el no ser de los juicios de la claridad” (Foucault, ibid, p. 384). Norma Desmond fabrica, una vez más, la imagen de sí misma ante los flashes y las intensas luces de los focos. “Es la noche vacía del error; pero ante el fondo de esta primera oscuridad, un relámpago, un falso relámpago, va a estallar: el de las imágenes. Se levanta la pesadilla, no en la clara luz de la mañana, sino en un cintilamiento sombrío: luz de la tormenta y el crimen. […] En esta noche, los fantasmas encuentran su libertad […]. Pero todas esas imágenes convergen hacia la noche, hacia una segunda noche que es la del castigo, de la venganza eterna” (Foucault, ibid, p. 386).

Norma Desmond desciende las escaleras, haciendo caso omiso de los periodistas y los policías reales que suben, o mejor que subían, porque quedan congelados en el acto de subir, fascinados por la actitud de la actriz, su elegancia de estrella pretérita, que no es de este mundo, atendiendo a las cámaras que la aguardan abajo, que ya la ruedan desde abajo, preparando para las pantallas no la idealidad demente de la actriz sino la pura materialidad de lo real, la terrible noticia acaecida esa noche: ella cree que ruedan para su próxima película, para su vuelta al estrellato, su regreso al firmamento, pero en realidad ruedan a la criminal y a la demente, tras su pecado y su culpa, su crimen, camino del infierno.