Mostrando entradas con la etiqueta artículos y reseñas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta artículos y reseñas. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de octubre de 2017

Uno de los libros recomendados del número de octubre de la revista Quimera


La alegría de que hayan seleccionado mis `Fragmentos de un mundo acelerado´ como una de las lecturas recomendadas del mes en el número de octubre de la revista Qjuimera. 

Y que me hayan dedicado esta pequeña reseña tan elogiosa. 

Y que mi libro esté en la misma página que -también seleccionados- Paul Auster, Donald Ray Pollock o José María Merino.

Recuerdo exactamente el momento en que leí una reseña de Paul Auster, en El País, y que me llevó a sacar una de sus novelas de la biblioteca pública, hará como veinte o veinticinco años. Me dicen que veinte o veinticinco años más tarde iba a salir en la misma página que él, en Quimera, y me caigo de culo del susto.



Jesús Castro escribe sobre `Fragmentos de un mundo acelerado´en Ética de Po


Jesús Castro escribe esta reseña de mi último libro en su blog "Ética de Po. Recomendaciones literarias en 200 palabras": "Un autor que toca todos los palos: la ciencia ficción filosófica [...]; la literatura, el lenguaje y la comunicación actual [...]; la vida sentimental [...]; el arte; los defectos y virtudes humanos; la fantasía; el absurdo, lo gore, … Pero no es un batiburrillo de relatos encuadernados, están organizados por temas y todos tienen un elemento común: la ironía. Una ironía que desacraliza (léase “cachondearse de”) los hitos universales (desde la torre de Babel a Superman), así que imaginad: Ironía & Filosofía, una unión perfecta".

¡Gracias! Tenéis la reseña completa aquí.

Solo una pequeña puntualización: habla Jesús Castro de la dificultad de encontrar el libro en cualquier librería, la más cercana a tu casa, por ejemplo, pero la editorial cuenta con una distribuidora bastante eficiente, Jot Down. Basta con que la pidas en cualquier librería y te llegará sin problemas.


jueves, 11 de mayo de 2017

`La mala hierba´ de Agustín Martínez y `Las célebres órdenes de la noche´ de Diego Sánchez Aguilar


Mis dos mejores amigos publican de manera simultánea sus dos últimos libros, ambos de géneros distintos: uno una novela negra trepidante, un thriller de engranajes endemoniados y precisos que busca y encuentra en el lector un cómplice a todos los niveles para ofrecerle mucho más que un entretenimiento perfecto; otro una poesía existencial, a ratos visionaria, a ratos épica y siempre exigente consigo misma para dejar en el lector mucha materia para el estremecimiento y para mirar el mundo y la vida, tras leerlo, de una manera muy distinta.

Desde sus dos polos, ambos coinciden en la excelencia. Decir de ambos que estoy orgulloso es poco.



jueves, 16 de febrero de 2017

Dos mil noventa y seis, de Ginés Sánchez


Mientras leía esta novela, me acordaba de aquella frase atribuida a Albert Einstein: "No sé cómo será la tercera guerra mundial, sólo sé que la cuarta será con palos y piedras". Me encanta la manera en que el narrador de esta historia se va a este mundo devastado y cruel, a esta nueva era de las cavernas -una vuelta muy a la vuelta de la esquina, como todos sabemos-, para narrarla de una manera absolutamente poética y cercana al delirio; con el ritmo sincopado y roto al que nos tiene acostumbrado el autor -al modo de un cómitre, palabra que he aprendido en esta novela: el tipo que azotaba con su látigo a los esclavos que remaban en las galeras- y ahora también, en esta último libro suyo, una poesía iluminada e iluminadora, en su crueldad, en su búsqueda de la esencia de unos personajes tan rotos y abandonados como el mundo que fue alguna vez.

Claro que esa crueldad, esa búsqueda de la esencia y los personajes rotos están presentes en las otras novelas de Ginés Sánchez. Pero aquí todo ello se magnifica por el planteamiento: no sabemos cómo ha ocurrido, pero sí vemos las condiciones muy, muy jodidas en que vive la gente en este dos mil noventa y seis. No digo nada más de la historia, para que no se me escape algún spoiler, pero me resulta fácil destacar el resto, porque precisamente una de las cosas que más me ha hipnotizado de la novela es la forma en que está narrada, entre el turn-page y el poema en prosa visionario, con muchos de los recursos de este último pero sin romper nunca la pura narración: la enumeración caótica, los adjetivos insólitos, los detalles inesperados en las descripciones y, ante todo, la extraña adaptación que el narrador nos impone a la psicología de estos personajes devueltos a su animalidad, aunque lo que les queda aún de humanos es lo que nos resulta, precisamente, aún más inquietante.

Me encanta que todo fluya a un ritmo trepidante, como una locomotora tan desbocada como el mundo que terminó justo antes de esta historia. Me encanta la furiosa libertad con la que la ha escrito su autor, al margen de esa ultracorrección que periódicamente invade nuestras novelas y las hace parecer traducidas: encadena en alguna ocasión oraciones que empiezan en gerundio, abundan esos infinitivos sustantivados y en plural, como "rebotares", de cierto aire rústico y bruto -el último disco de Robe Iniesta tiene uno, se me ocurre ahora-, como abunda el léxico de un mundo rural -o esclavista, como el citado cómitre- que parecía extinguido y de pronto ha renacido terco, inevitable; y hay, en fin, un desparpajo y una libertad estilística que yo he asociado en mi lectura a ese estado de iluminación, de posesión poética y profética del narrador para contarnos todo lo que está viendo de ese mundo urgente y esencial, terrible, apocalíptico y que, en realidad, está instalado entre nosotros hace mucho.


martes, 25 de octubre de 2016

Cristina Morano


Cristina es uno de esos poetas que encarnan de manera genuina la voz de la tribu, pero sin caer en folclores ni narraciones melancólicas: lo lírico es el canto, la celebración del día a día, aunque para expresar esa celebración, hoy los poetas de la tribu recogen en su pequeña canción sin música también los ángulos oscuros del banquete. La larga vuelta a casa no termina, es un regreso a una casa que es de todos, con sus grietas y sus insuficiencias, pero también con la belleza de lo que no esperábamos: la vida está por todas partes, pero sobre todo está fuera de casa, en la expulsión constante de ella que habitamos a diario.

 Cristina aborda lo femenino igual que Homero y otros poetas épicos abordaban antaño la guerra y lo masculino. Y Cristina está con los vencidos y los perdedores. Cristina aborda la tristeza, no la melancolía. La melancolía es un asunto de los vencedores, una forma de narración y un capricho lujoso de aquellos que se saben triunfadores. La visión de Cristina, en su poesía, es social. Y uno ya no sabe si ver es fácil o difícil para todos nosotros, cuando uno mira a su alrededor y comprueba las fallas y las simas de nuestro “civilizado” mundo. Pero hay una palabra que existe para que nos recuerde a todos nosotros aquello que es imprescindible tener siempre presente, por eso todos necesitamos de poetas como Cristina. Cristina tiene una voz auténtica que construye poemas con una verdad que solo expresa un poema, un poema de verdad. Y lo hace con la fragilidad y la fortaleza de una poeta de la tribu.

Hay en sus poemas individuos desplazados de la manada, desplazados o aplazados en sí mismos un instante para recuperar la perspectiva de aquello que nos hiere, lo que nos hace frágiles y fuertes a la vez.  El individuo que habla o que protagoniza los poemas de Cristina lame sus heridas no con melancolía, ni siquiera solo para curarlas, sino para meditarlas y recordarlas, territorializarse en ellas y hacerse fuerte allí.
La tristeza como dialéctica, la herida como campo de batalla. Cuando llega el diluvio con que el padre nos condena, Cristina prefiere quedarse con las bestias y rechaza la oferta del padre de salvarse en el arca. Cristina siempre está de parte de la tribu, por eso nos ofrece sus palabras, para que podamos decir aquello que queremos decir pero aún no hemos aprendido a hacerlo. No otra cosa hacen los verdaderos poetas.
Poetas peligrosos, que cuestionan tu respetabilidad desde la misma página o barrera de seguridad donde los lees, para conducirte a donde viven quienes habitan más allá de las fronteras de sí mismos.


*


Obra: Las rutas del nómada (1999), La insolencia (Premio Nacional José Hierro, 2001), El arte de agarrarse, (con prólogos de Julia Otxoa y Pablo García Casado, 2010), El ritual de lo habitual (2010), Cambio climático (2014). También ha publicado el libro misceláneo de fragmentos de diario y prosas y poemas satíricos Hazañas de los malos tiempos (2015).



*


(Texto leído como presentación de Cristina Morano, en el recital colectivo que hemos realizado esta tarde en el Casino de Murcia.)


viernes, 1 de julio de 2016

Will Self



No entiendo por qué no anda todo el mundo loco celebrando los libros de este señor, no sé por qué la gente no se echa a las calles a arrancarse la ropa y los cabellos para festejar la escritura salvaje y loca, sarcástica, desatada y visionaria de Will Self.
(Eso sí, creo que la editorial no ha estado muy fina a la hora de confeccionar la sinopsis/contraportada de esta novela, anunciándola mucho más sórdida de lo que es: a mí casi me echa para atrás, y menos mal que no lo hizo).

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Ángel Gracia, `Campo rojo`


Muy a menudo, y al hilo de episodios concretos, puntuales, se comenta que vivimos tiempos especialmente violentos. Muchos enarbolan entonces el tópico de que todo tiempo pasado fue mejor, pero yo no lo creo así, no tengo esa percepción. Muchas de esas opiniones nos pueden servir para permanecer en guardia, pero ¿de verdad que el acoso escolar es peor ahora que hace algunos años? ¿Los chicos son peores ahora? Ni de lejos. “Antes se le tenía más respeto al profesor”, oímos muy a menudo, pero ¿no se comportaban muchos alumnos, en aquellos tiempos “dorados”, como verdaderos animales en cuanto el profesor se daba la vuelta, no era todo apariencia? ¿No estaba más latente la violencia en todas partes? En todo esto pensaba mientras leía, este verano, la novela `Campo rojo´ de Ángel Gracia (Candaya, 2015). Vale, yo no viví un centro tan chungo como el que pinta esta novela, pero sí he sentido próximas muchas de esas actitudes, y ese clima, esa violencia. Una historia para entender de dónde venimos y adónde no debemos regresar nunca –esta semana he visto, por primera vez, sí, ya me vale, `Calle Mayor´ de Bardem, y también `El mundo sigue´ de Fernán Gómez, y es la misma sensación, aunque en otros segmentos sociales y aún anteriores en el tiempo, porque la historia de Gracia se desarrolla a finales de los años 70: de ahí venimos, de esa sociedad, y muchas de esas lacras, aunque se hayan reducido, las tenemos aún ahí delante-. Una novela, en fin, llena de personajes memorables y con un desenlace desolador. Grande, `Campo rojo´ de Ángel Gracia.

lunes, 29 de junio de 2015

Mi reseña de `Monteperdido´, de Agustín Martínez



"Y es que en Monteperdido tenemos género negro no solo por la historia, sino también por la forma en que se nos cuenta, por la cualidad de una prosa que avanza muchas veces con una sucesión de puntos y aparte orquestada de manera tan resolutiva como vibrante, con la fuerza de un latigazo".


Agustín Martínez, guionista de televisión y radio, debuta como novelista con Monteperdido, y yo he escrito sobre esta novela una reseña para la revista El coloquio de los perros que podéis leer pinchando aquí.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Melville y compañía


Siento una mezcla de atracción irrresistible y de un no-te-metas-todavía ante el tochaco de Los reconocimientos de William Gaddis, maestro de los Pynchon y Foster Wallace cuyas lecturas ya me han fascinado. Me voy a casa y, por pura economía monetaria y mental, empiezo a releer el Moby Dick de Melville, novela definitiva a cuya reescritura no parecen poder sustraerse los mejores novelistas norteamericanos del último siglo. Extraña época esta, cuyos mayores empeños parecen titánicas reescrituras, que algunos califican de excesos y otros de petulancias.

Si Moby Dick ha sido descrita como la obsesión de un hombre por la caza de una ballena, entonces La Biblia podría describirse como la historia de un montón de gente dando vueltas por el desierto.

Releo en las primeras páginas de Moby Dick que "El universo está terminado, la cúpula está en su lugar y los restos ya han sido barridos hace un millón de años".

Mañana iré a la librería, a llevarme Los reconocimientos.



sábado, 12 de julio de 2014

Después de leer `Martillo´ de Alejandro Hermosilla


Una vieja tradición rabínica proscribe el ejercicio de la profecía para los menores de cuarenta años -es la edad, por ejemplo, con que Moisés o Mahoma se convirtieron en profetas-, y no puede ser casual que sea exactamente la edad con que Alejandro Hermosilla publica su primera novela, Martillo. Quizás parezca exagerado, pero Juan Francisco Ferré califica este libro en su prólogo de peligroso y yo ahora sé que no bromea. 

Conocí a Alejandro Hermosilla hace unos veinte años y ya me causó gran impresión. No conozco a nadie a quien no haya causado impresión conocer a Alejandro. Recuerdo una de nuestras primeras conversaciones, si no la primera, en las que Alejandro me dijo que tenía la necesidad urgente de ir al desierto, de perderse en él, de conducir su moto a través de la arena hasta encontrarse con alguien para detenerse, quitarse el casco y espetarle: 

-Je suis un écrivain.

Lo que en otros puede parecer impostura, en Alejandro nunca lo es. Es fieramente verdadero. Verdadero y fiero, temible, peligroso. Igual que el desierto. Quizás todo escritor de verdad es, en realidad, un profeta. Todo profeta nace en un desierto, y veinte años después Alejandro ha regresado de ese desierto -el desierto del Sáhara, el desierto de Yemen, el desierto de Omán, el desierto de México- convertido en escritor con esta novela alucinada, perturbadora, peligrosa.

Su principio da cuenta de las andanzas de un viajero -que no de un turista- por Marruecos, narradas de esa forma con que solo puede narrar unas experiencias quien las ha vivido, y que lo ha hecho para ser transformado por tales experiencias. Pronto van saltando todos los diques y el lector asiste a un torrente avasallador, hipnótico, terrorífico muchas veces, que esconde entre los meandros incansables de sus visiones la narración, el ensayo, la poesía y el delirio, la admonición apocalíptica -esto es, reveladora- desde un credo contradictorio y multiforme como los restos de un espejo destrozado a martillazos.

Son reconocibles, por momentos, las influencias de autores tan dispares como Mario Bellatin o William Burroughs. La brillante apropiación que hace de los personajes de H. P. Lovecraft -en la que se enlaza la historia de Abdul Alhazred, también conocido como el Árabe Loco y autor del terrible Necronomicón, con la de un español preso en Argel llamado Miguel de Cervantes- convierte además esta novela en una fastuosa, deslumbrante aportación al ciclo de los Mitos de Cthulhu.  Y serían solo algunas de las muchísimas facetas con que brilla Martillo: el autor no se ha detenido ahí, ni en sus influencias ni en las numerosas referencias culturales que cita, siempre desde su inteligente y razonada, pero sobre todo vivida, asimilación, para desarrollarlas, imbricarlas en su narración y hacer más poderosas y devastadoras las conclusiones de su visión del mundo, de la decadencia de nuestra vieja Europa, de la triste y secular incomprensión entre Oriente y Occidente.

Una voz poderosa y personal nos lleva finalmente, a ritmo de versículo y de revelación, de locura y de verdad, a esa rara experiencia que el texto literario produce como en la antigüedad debían de producirla los textos proféticos: el temblor y la transformación de quien está al otro lado de la palabra del profeta, justo antes de ocupar el centro mismo de esa palabra; aquel que escucha al loco sagrado y sospecha que, tras hacerlo, no volverá a mirar el mundo de la misma forma.

sábado, 14 de junio de 2014

`Cambio climático´ de Cristina Morano





La belleza terrible, la lucidez desoladora de la poesía de Cristina Morano. Vendrán más lecturas de su nuevo libro, de la primera me ha impresionado, entre otras cosas, la perfecta descripción de ese secarral que en Murcia llamamos hogar, y que conforma nuestro carácter tal y como, según el 98, el paisaje castellano conformaba la esencia del español. Un siglo después, estamos más cerca de Ballard, de la destrucción final, del desierto definitivo y posnuclear. Como escribe Cristina ante la futura colonización de otros planetas, en el epílogo: "Id vosotros y destrozadlos también, yo me quedo aquí, desenchufada, con los animales y las tormentas". Y al final de uno de los poemas: 



No. No me incluyáis entre los que siguieron 
su Palabra. No repetiré el gesto de los ganadores. 
Rebajas de verano. Versos blancos. Espigas. 
-Lloverá durante cuarenta días y cuarenta noches, 
construirás un arca. 
-No.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Miguel Serrano Larraz escribe sobre `Los monos insomnes´



"Mi gran descubrimiento de los últimos meses es Los monos insomnes, de José Óscar López. Los relatos son extraordinarios, pero la prosa es una de las mejores que he leído en mucho tiempo. Tiene algo, una mirada lateral, un ritmo, unos recovecos enigmáticos, una forma de evitar las tentaciones, que me recuerda a Felisberto Hernández, a César Aira o incluso a Clarice Lispector. Debería estar en todas las antologías que se hagan a partir de ahora".

Miguel Serrano Larraz
(en Facebook)



(Que un autor a quien lees y admiras opine esto de tu libro. ¡Qué felicidad!)

sábado, 1 de febrero de 2014

Antonio Parra Sanz escribe sobre `Los monos insomnes´



En el suplemento cultural Ababol, de La Verdad de Murcia de hoy.

Después de leer `En el bosque, bajo los cerezos en flor´ de Ango Sakaguchi



He flipado con este libro y ahora voy a por más, a por sus compañeros de generación, Osamu Dazai, quiero más, más. Los japoneses y el sadismo, los japoneses y lo grotesco. Donde Jean Lorrain se extiende demasiado y aburre, los japoneses condensan y hacen miniaturas perversas, bellísimas y terribles, hipnóticas.