jueves, 19 de abril de 2012

Mi vida sin los errores que cometí





En la circunferencia
de lo que te atormenta hay una brújula.

Viaje perfecto, círculo perfecto.

En lo que te atormenta
no hay ninguna brújula.

jueves, 12 de abril de 2012

Invisible


Sus experimentos con la invisibilidad no parecían haber tenido éxito, después de todos esos años recluido y trabajando. Ni bebedizos extraños ni electrodos, ni tampoco la exposición a salones de espejos cuánticos: años perdidos, sí, pensó, en todas estas estrategias para burlar la luz. Su entusiasmo lo abandonó y, por primera vez, se sintió muy abatido: tan solo entonces, comprobó, su materia comenzaba a tornarse invisible.
Corrió hacia la calle para cerciorarse de que, efectivamente, nadie podía verlo. Paseó inadvertido un buen rato y comprendió que, por fin, lo había conseguido. Tan solo la tristeza había obrado el milagro. Pero ahora, ¿debía alegrarse de su éxito? Hacerlo lo condenaría al regreso a la luz y a la opacidad, a que todos pudieran verlo exultante por un logro que, justo al alegrarse, se disiparía pírrico.
La paradoja lo sumió en una larga meditación triste, muy triste, mientras seguía alejándose de su laboratorio y de su hogar, perdiéndose en su noche a plena luz del día. Invisible por fin, en esa forma de triunfo y alegría que iba a ser su tristeza perpetua, de ahora en adelante.

Reencarnación


Quizás el rigor en mis ideas y en mis métodos es algo exagerado. Hace un tiempo, tuve la mala fortuna de dar con mis huesos en una pequeña ciudad donde todo el mundo creía que la muerte no era el fin: paraísos etéreos como estaciones de paso a reencarnaciones sin fin animaban sus fantasías y sus conversaciones. Mi rigor argumentativo me llevó a tratar de hacerles entrar en razón, pero el encono de estas gentes en su error no conocía límites. Pues bien, iban a disipar por sí mismos las neblinas de sus absurdas fantasías: decidí asesinar de una manera ejemplar a los oradores más exaltados.

Supe entonces que aquí todos eran, además, fervientes defensores de la idea de que no existía el crimen perfecto: aguardaban que el asesino fuera pronto descubierto. Un nuevo error de todos ellos, pensé: en una suerte de reencarnación negativa, seguí asesinando impunemente, con mi rigor acostumbrado. Nunca fui descubierto.

El problema es que ahora estoy solo, he acabado con todos los habitantes de la ciudad que me acoge. Ya no me queda nadie con quien discutir. Me planteo si mudarme de ciudad, para seguir tratando de hacer entrar en razón a nuevas almas descarriadas. Pero ya soy viejo y apenas tengo fuerzas; me sobrecoge, entonces, el anhelo que halla asiento en mí: necesitaría, para ello, de una segunda vida.