jueves, 25 de agosto de 2011

Soldadito de plástico


Un muñequito soldado permanece en pie, prácticamente imperceptible por sus dimensiones, en medio de la calle. Solo, lejos del regimiento de plástico al que pertenece, se siente al fin salvado. No pueden acusarle de desertor, ha sido el enemigo quien lo ha arrojado aquí, en medio de la acera. La guerra que mantienen es inútil, hace tiempo que lo sospecha: acechar cada noche, siempre muy lentos, demasiado, al enemigo mientras duerme, ¿de qué les ha servido? Jamás lograron sorprenderlo, siempre se les adelantó el amanecer. Ha visto cómo han caído, uno a uno, tantos compañeros... Fundidos por el fuego de una estufa o de un mechero, deformados a mordiscos, decapitados por los dedos gordezuelos de ese niño cruel y sus amigos... ¿No debiera él, ahora, dar gracias por haber sido olvidado lejos del campo de batalla? Pero había oído hablar de otros muñecos y juguetes abandonados a su suerte, sujetos al desgaste y otras tragedias azarosas, más terribles, causadas por ese otro enemigo no menos fabuloso: la intemperie.

Asió su fusil como, de hecho, ya lo estaba haciendo, como siempre lo hizo. Permaneció en su formación, altivo, rígido, con el orgullo que nunca le abandonó. Dispuesto, sí, a librar aquella nueva guerra.

martes, 23 de agosto de 2011

Muñecos


Con la muerte de los ángeles empieza

la mutilada arqueología de los museos clásicos

Rafael Pérez Estrada


Durante un tiempo, me hice con una pequeña colección de muñecos articulados, todos ellos reproducciones de superhéroes de cómic. Ya no los compro por economía pero me siguen fascinando, se reparten por los estantes de las librerías de mi casa, custodiando mi biblioteca: superhéroes de tebeos, esos descendientes de las estampitas religiosas de antaño. Una vez devienen en muñecos, son como estatuas de santos y vírgenes, que a su vez son herederos de la anciana costumbre humana de dar forma tridimensional a sus dioses o a sus héroes –es decir, semidioses-, a esos seres sobrenaturales que, en el peor de los casos, devenían en becerros de oro que el pueblo judío, en la Biblia, debía recordar periódicamente no adorar.

Pero qué atrayentes me han resultado siempre los superhéroes, esos muñequitos multicolores. Está ligada a mi memoria lectora y visual su proliferación, en universos autónomos de ficción, en distintos supergrupos o, por ejemplo, en las dos primeras macrosagas respectivas de Marvel y DC Cómics, Secret Wars y Crisis en las Tierras infinitas, que salieron al mercado en los años 80, justo cuando más impresión podían hacerme -aún estaba en el colegio-: decenas y decenas de superhéroes y superheroínas viajando por los confines cósmicos o por cincuenta y dos diferentes Tierras paralelas. Leo ahora en Friedrich Schlegel sobre un "caos originario de la naturaleza humana, para el cual no conozco un símbolo mejor que el policromo hormigueo de los antiguos dioses".

Me gusta esa herencia, pienso ahora, y me gusta que esa cadena haya acabado en estos caballeros andantes urbanos, en estas Juanas de Arco nucleares, tipos con poderes ridículamente exagerados que se mecen, vuelan o corren a hipervelocidad entre los rascacielos con sus ajustados y ridículos trajes. Semidiós y/o dios multiplicado –vieja prerrogativa religiosa, esa multiplicación, que fue la primera que el monoteísmo, por razones evidentes, quiso erradicar- convertido en una figura ridícula, acrobática, salvífica pero absurda, un payaso con los calzoncillos por fuera, sobre los pantalones, y con capa y máscara, multicolor.

Lo he pensado muchas veces, y lo recuerdo ahora leyendo uno de los relatos del libro Criaturas abisales, de Marina Perezagua, el titulado “Caza de muñecas”: los muñecos manipulan a los niños que juegan con ellos, pervirtiendo sus conductas de tal forma que los adultos se ven obligados a destruirlos. Horcas, lapidaciones y guillotinas, piras de muñecos y muñecas arden día y noche, cuando su amenaza se torna insoportable. Solo que, una vez destruidos -atención, no siga leyendo este párrafo si no quiere conocer el final del relato, y si quiere otra conclusión para este otro pequeño texto salte a la cita que lo cierra en el párrafo siguiente, extraída de la mitad aproximada del relato de Perezagua- [SPOILER a continuación:], cuando todos los muñecos han sido erradicados de la ciudad, la perversión de los niños se consuma y estos terminan imitando, silenciosos y rígidos, aunque movibles por acción ajena –articulados-, a sus antiguos muñecos [FIN DE SPOILER].

“En las iglesias se sustituyeron los cirios por los cuerpos de las muñecas más blancas, que ardían día y noche, ante abuelas que arrodilladas rezaban sus plegarias con una única voluntad, que sus nietas recuperaran la inocencia” (Marina Perezagua, “Caza de muñecas”, en Criaturas abisales, Los libros del lince, Barcelona, 2011, pág. 106).


sábado, 20 de agosto de 2011

El silencio de las bestias



Quizás alguna vez los animales tuvieron la facultad de hablar, pero al cabo de los milenios, aburridos, incluso decepcionados de lo poco para lo que aquello parecía servirles, sencillamente volvieron a olvidarse de cómo hacerlo.



jueves, 11 de agosto de 2011

Hola, hola, hola



Suena el teléfono, tres veces. No lo cojo. Pasan las horas y suena algunas veces más. Ya ha oscurecido. Mañana volveré a levantarme. ¿Cuántos días pasan desde que no he visto a nadie? ¿Es posible acabar con los otros ignorándolos? Y, dándoles la espalda, causar su desaparición. Porque esa, creo, es la única manera posible para, ahora, suicidarme.

Duermo como quien se prepara para su desaparición. Porque despierto sé que he vuelto a fracasar. Antes de que regresen las llamadas, soy yo quien descuelga el auricular. Y llamo a cualquier número, números aleatorios. Oigo pitidos que me indican que el aparato, como sabe, como lo han programado, ha establecido su comunicación. Lo hace diligente, para quien lo sostiene y marca en él: a su servicio. Que es decir el mío. Pitidos y señales, oigo el eco: podría propagarse por toda la creación. Un universo de teléfonos que suenan para nadie, y nadie los descuelga. Creo que, al fin, lo he conseguido: ya no estoy. He desaparecido. Pero uno siempre está en algún lugar, lo he comprendido tarde.

Y aquí estoy, en el infierno de quien muere por su propia mano, de quien marca. Señales en el limbo, las hice para nadie. Quizás las ejecutan gentes multiplicadas, decenas de miles de copias de mí mismo.

Y todas dicen: hola, hola, hola.

domingo, 7 de agosto de 2011

Pequeños reinos, grandes reinos



El rey está perdido en su palacio gigantesco. Las presencias se multiplican.

Su reino es tan enorme como el mundo, y su salón igual de grande que su reino. Y él, tan educado, saluda a todo el mundo como si se tratase de reyes misteriosos y lejanos. ¡Lo que son!

Lo que siempre quiso ser él.



jueves, 4 de agosto de 2011

La venganza de los poetas


Sabido es que Platón imaginó una república ideal y que expulsó de ella a los poetas, esos forjadores de mitos que, además, atribuían el mal de los hombres a la acción de los dioses.

También es sabido que a Platón se debe el mito de la Atlántida. Pero Platón no lo formuló como mito, sino como ejemplo de sociedad ideal que cae en desgracia a causa de la abyección moral en la que terminan viviendo sus habitantes.

Es la posteridad quien transforma ese ejemplo moral en un mito y en una historia, también en una realidad; en una raza pretérita y avanzada, casi de semidioses; en un continente que aún trata de ser imaginado, rastreado, encontrado.

Platón se sentiría contrariado. ¿Una venganza de los poetas?