jueves, 1 de noviembre de 2007

Más insospechados vates

PALMIRO GARCÍA nace en el seno de una familia dividida: si su madre es forofa furibunda del Betis, su padre lo es, no menos furibundo, del Barça. Si asisten con el pequeño a algún partido en la ciudad condal, mientras el padre jalea y grita ella hace ganchillo impasible y responde a los goles azulgranas con gesto de desprecio mientras sigue su labor. En la capital hispalense, mientras ella se desgañita, el ganchillo, el desprecio, etcétera, se encarga de hacerlo el marido. Aunque la practiquen de espaldas el uno al otro, es su única labor común: se conocieron en un curso de la Universidad Popular de su pueblo. Un curso de ganchillo.


Una tarde, intentando alcanzar una caja de galletas y encaramándose con dificultad a un armario de la cocina, a Palmiro se le viene encima un enorme canastillo situado en precario equilibrio sobre la parte más alta; el chico es sepultado bajo toneladas de tapetes, cortinillas de encaje y una larguísima variedad de ropa interior, toda de ganchillo y toda similarmente incómoda por lo que pica en contacto con la delicada piel a la que está destinada cubrir: las prendas que de forma más frecuente se preparan y regalan los cónyuges el uno a el otro.

En estado de shock, nuestro poeta atraviesa un macabro sueño avanzando por un túnel constituido por un enorme tejido de hilos blancos, telaraña inmensa, siniestra por la densidad que alcanzan en ella los pespuntes del ganchillo, claustrofóbica por su escaso diámetro. Pronto ve una luz que le guía a un previsible final, y la luz consiste en un final y una visión que le perturba, pues es un principio: en un tranquilo huerto y bajo profusión de palmeras ve a sus padres muy jóvenes; se abrazan dejando olvidados a sus pies y cerca de sus cuerpos yacentes, en la hierba y a la sombra de las palmas, bolillos, largas agujas, carretes de hilo y otros enseres para hilar. Palmiro aparta los ojos ante el inédito espectáculo y la progresiva torridez de la escena: comprende que ha regresionado al pasado y presencia el momento previo a su concepción.



Los sopapos de la madre y el vinagre del padre lo traen de vuelta a la cocina. Pero él ha traído a la luz de lo normal y el día una visión trascendente: ha viajado al más allá y trae de vuelta consigo, así lo considera, la clave para salvar el amor entre sus procreadores. Esa noche confirma la teoría de su misión al levantarse de la cama para ir al baño: desde el pasillo ve que pasan por televisor una película de ciencia-ficción con fama de abstracta e incomprensible. Sus padres se hallan uno a cada lado de la sala, como acostumbran: lo más lejos posible el uno del otro. Ella en su mecedora pegada al hueco de la escalera descendente, al fondo oeste del salón: un meneo con algo más de arco en el trasto móvil heredado de alguna abuela la precipitaría escalones abajo hasta el sótano. El padre, encaramado a la ventana que da al oriente y con medio cuerpo fuera, exhala hacia la calle el humo de uno de esos cigarrillos que ella detesta.

Entonces ve Palmiro la escena cumbre de la película futurista 2001: un niño fetal orbitando en torno a la nada, el mismo vacío, piensa por ejemplo, que separa a sus progenitores. Identificado con ese muñeco cabezón fruto de los efectos especiales, entiende que la clave de salvación del vacío es él mismo.
Como fuera de esa escena tan reveladora para él el resto del film le resulta incomprensible, decide practicar un género igualmente incomprensible, pero que el confía terapéutico para sus progenitores: la poesía. Escribe trescientos sonetos absurdos e imposibles. El estupor de sus padres, que por otra parte no habían pasado, en sus lecturas, del Pronto (y sólo cuando regalaban pegatinas de la teleserie V), los lleva con el crío y sus folios a la consulta del psiquiatra. El facultado, a la sazón admirador de la tradición lírica neoclásica, ante el despropósito lírico sugiere internamiento.



En su confinamiento, Palmiro contempla un día en el patio un partido de fútbol que acaba antes de la primera parte con el personal del centro y los enfermos envueltos en una descomunal trifulca. Entiende el suceso como segunda revelación: entretejiendo metáforas e hilando versos salvará aquello que su propia casa o la pista de deportes del psiquiátrico metaforizan a la perfección: el mundo.



Para aprender las artes poéticas cursa por correspondencia estudios de ingeniería, pues quiere para su proyecto mecanismos de ciencias experimentales y prácticas que actúen sobre el mundo. Los mecanismos en rigor líricos decide aprenderlos en tertulias, recitales y demás saraos de una vida literaria sobre la que he leído en gastados volúmenes decimonónicos conservados en la biblioteca del sanatorio.



Una vez es licenciado en su carrera universitaria y licenciado también, al poco tiempo, en cordura, se encamina al abordaje de cafeterías y todos aquellos lugares donde sospecha pudiera esconderse el numen creativo. Los testimonios en esta época de su vida son confusos, pero parece que una vez, emocionado al encontrar al fin un bar que parece de artistas tras deambular por innumerables garitos de macarreo y modernez o de ambas cosas, decide convertirlo en vivienda propia. Algunas personas que le han cogido cariño intentan que deponga su actitud mientras la policía viene en camino para desalojarlo de la habitación de las bombonas de gas para los grifos de cerveza.

Años más tarde lo encontraremos mal casado y con amigos dudosos, ha engordado veinte kilos y escrito miles de versos que nadie ha escuchado o leído. Convencido por su entorno de que no debe salvar al mundo sino más bien tomarse las cosas, en general, con más humor, parece que da un giro de timón a su producción: terco en sus propósitos redentores, cifra ahora en el choteo y el chascarrillo su piedra filosofal. Transmutación, sí, pero ¿salvación?



Las muestras de dicho cambio coinciden en mis investigaciones con las aportadas por alguno de mis compañeros como maldades; yo debo decir que no son, en mi opinión, más que torpes balbuceos de su recién estrenado sentido del humor, o lo que Palmiro entendía por éste. Mas dichas muestras decrecen con el tiempo, al igual que la salud de su mujer, que no estaba para chistes malos. En sus últimos días, viudo y ya de vuelta en su pueblo, logra dar su primer recital lírico en la mercería y todo a cien de su prima: lee tres sonetos que aún conserva de su infancia y una reciente súplica en tercetos encadenados al ayuntamiento, como respuesta a unas requisitoria de embargo de la casa que sus pobres y enfrentados padres, al morir, le habían dejado en herencia.

Y así nos encontramos ante un atribulado auditorio: tres señoras mayores con problemas de oído, un señor de edad también que las viene siguiendo desde que las vio y las piropeó sin éxito, y lo sigue haciendo terco desde que abandonara la terraza de un bar y dejara a medias su tercer chinchón, y la obesa tía de Palmiro, copropietaria con su hija del local, que tropieza con la columna de utillaje de plástico para cocina que se amontona hasta el techo al ver a su sobrino declamando versos subido a uno de los enganches para hules y manteles de plástico.

Una vez se calma el estropicio de cacharros Palmiro, desde la alturas, y dando por concluido el recital, proclama hierático: “Gracias a todos por venir, y si vengo gracias que a lo mejor no lo hago”.

“Ni falta que te hacía”, gritó la prima. Vivió con ellas el resto de sus días. Por las mañanas se apostaba con una mesa y una silla de playa en una esquina frente a la tienda, escribiendo pareados amorosos por encargo a diez céntimos.

3 comentarios:

raull dijo...

Pegatinas de v, jeje.

Q desvarío más sano no? jaja.

raull dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
laura dijo...

guaca!!