martes, 31 de mayo de 2011

viernes, 20 de mayo de 2011

Un supuesto proceso (fantasía crítica)



Hace unos días asistí a la presentación de una novela. Sus dos presentadores leyeron sus textos insertando la novela en múltiples referencias, abriéndola a otras muchas novelas y obras críticas, sociológicas y ensayísticas y haciendo ambos, por lo demás, dos textos perfectamente creativos. Pero su hiperreferencialidad levantó en armas a dos de los espectadores, durante el turno de preguntas. Se quejaban de la densidad de la presentación, y de los elevados presupuestos de conocimiento literario que los presentadores introducían para entenderla.

¿Esa novela está escrita para nosotros?, se quejaban, y acaso con razón.

Quede dicho, una vez más, que eran textos competentes, perfectos ejercicios de lectura de esa novela y a la vez textos en diálogo tanto con la novela que se presentaba como con lo que podríamos llamar temperatura actual de lo literario y lo exegético. Pero la paradoja del caso está en que la novela que se presentaba es, desde luego, una novela accesible para cualquier lector. Accesibilidad total y asegurada.

Y eso que no hay en ella conjuras pseudohistóricas ni una historia de amor con sexo en momentos claves de la trama. A pesar de todo ello, sí, una novela magnífica.

Definitivamente –pero no sé si ya es demasiado tarde para afirmarlo-, estaba escrita para ellos.

De la novela fragmentaria, o la literatura hiperliteraria, una suerte de hipernovela, sobre la que se ha estado elucubrando estos últimos años, se pasó esa noche a los textos que ensayan la hiperreferencia, una lectura comentada mediante el hipertexto –si no como presentaciones públicas de un proyecto que posee, en última instancia, un propósito comercial, dichos textos hubieran sido y seguramente serán, muy pronto, excelentes artículos publicados en revistas literarias o libros recopilatorios de crítica o teoría.

Hace poco he tenido acceso a un libro de ensayos sobre el que había leído mucho, mucho y bien. Pero la exégesis mayoritaria en torno a ese libro –ensayos, en definitiva, sobre un ensayo- me ofreció un dibujo mucho más caótico, sugiriéndome una posible experiencia lectora más caótica de lo que finalmente ha resultado. Aquí, de cualquier forma, quizás fui yo quien lo malentendió todo por su cuenta. Un libro espléndido, en cualquier caso. Podía haberme resultado igualmente espléndido si el libro hubiera sido tan inextricable como la crítica me lo pintaba, muchos de mis libros preferidos son difíciles y aun inextricables.

Se me ocurre, de repente, un nuevo desplazamiento, evolución o mutación: ya no el texto novelístico ni el texto que, de forma paralela, lo desentraña para presentarlo en sesgo crítico, sino que serán muy pronto los lectores de novela quienes operarán en sí el salto. Y cuando hablo de lectores lo hago de los virtuales lectores de novela, es decir toda la ciudad, cada uno de los habitantes de la polis: zizagueantes en sus desplazamientos por las calles; sumidos en mudos o tartamudeantes soliloquios, mientras centenares de bolsas de la compra quedan olvidadas por doquier; en conversaciones fragmentarias, sin principio ni final, con desconocidos que actúan como hipervínculos súbitos, tan intensos como brevísimos, y que ya se alejan…

Tanto los novelistas como los críticos y teóricos, ya evolucionados hacia una transparencia total, van cargados con sus libros tras sus lectores ahora babeantes y con los ojos en blanco, que parecen caminar sin rumbo. Cansados de zarandearlos y de que no respondan, o porque responden de forma incomprensible, empezarán a preguntarse si esos lectores no están ensayando alguna clase de ironía; algún tipo de estúpida venganza. Y acaso los autores, creadores, críticos, volverán a encerrarse en sí mismos, indagando en su perplejidad con sus viejos procedimientos retomados, antes de que la ciudad recupere su viejo continuuum de aburrida normalidad y el proceso hasta ahora descrito, en última ironía, se perpetúe.

Creo que he introducido en este texto demasiadas palabras raras. No sé si autoimponerme alguna penitencia.


viernes, 13 de mayo de 2011

Ficción y verdad: Alma de Javier Moreno


¿Cómo escribir ficción en un mundo que es, ya de por sí, pura ficción?, se nos pregunta en la contraportada de la novela Alma, de Javier Moreno. Sorprende coger una novela, para buscar en ella un poco de ficción, y que desde esa novela se nos recuerde que ya vivimos inmersos en dicha ficción, en una pura y constante ficción. De hecho, no solemos tolerarlo demasiado, que se nos recuerde: “no se hable más del peluquín”, dice una fantástica frase hecha de nuestra lengua: basta, niño, deja de decir que el rey pasea desnudo y deja estar con más razón lo de su peluquín.

La ficción lo ocupa todo, en nuestras vidas: la guerra, en televisión, parece fuegos artificiales o un videojuego, los telediarios parecen teleseries y las teleseries novelones decimonónicos. Basta de peluquines.

Lo diré con un endecasílabo: basta de peluquines dieciochescos.

Javier Moreno ha querido escribir una novela en que contar la verdad, la verdad sobre sí mismo y, ya de paso, sobre todo lo demás, a ritmo de frase corta, muy corta, tan corta como lo que se tarda en decir, sin tapujos ni rodeos, la verdad.

Bueno, la verdad en apariencia: al fin y al cabo es una novela. No confundamos a Javier Moreno con Javier Moreno, de la misma forma que el cartero confundía a Javier Moreno con su vecino Javier Marías.

El momento en el que cruje la bolsa de papel con libros de Javier Marías, cuando Javier Marías abraza su bolsa de papel de la FNAC cargada con libros y mientras los dos Javier M. suben en un silencio tenso, a bordo del ascensor, camino de sus casas contiguas; ese silencio, y el crujido de esa bolsa, creo que va a ser uno de los mejores momentos que nos va a deparar la novela española este año.

Bueno, en ese ascensor y entre ambos Javier M. sucede algo más que el crujido de esa bolsa. Al menos, en la imaginación de uno de ellos. Pero no puedo revelarlo, ¡no puedo revelarlo!

Alma es una novela, sí, pero uno no puede dejar de leer, aparte de por la brillantez de muchas de esas frases y muchas de esas verdades, válidas a un nivel, digamos, general, por el morbo de la verdad particular que suponen, que revelan o que generan: hasta dónde llegará todo esto.

A lo mejor este es el siguiente paso tras la autoficción: la altero-confesión, o la hetero-ficción. La verdad, al fin.

Es decir: otro repliegue. Y otro peluquín.

Me estoy acordando de un poema de Javier Moreno, de su libro Acabado en diamante:


La metáfora es movimiento

El movimiento es imagen

La imagen es metáfora

Se cierra el círculo


Otra imagen


domingo, 1 de mayo de 2011

¡Carlo Padial es Carlo Hart!



¡No me lo puedo creer! ¡Carlo Padial es Carlo Hart! ¡El jodido Carlo Hart! ¡Carlo Padial es Carlo Hart y Carlo Hart es Carlo Padial, el joven escritor que bebe Coca-Cola Zero cuando escribe, igual que Bret Easton Ellis!

De Carlo Padial sabía hasta ahora que era un menda que había publicado un libro de relatos, Dinero gratis, en la editorial Libros del Silencio. Sabía eso y poco más, que la portada del libro es bonita, qué bonitos son los libros de Libros del Silencio: voy a pelotearles un poco, por si algún día digo de mandarles una novela. Pero leo en internet que Padial es también dibujante de tebeos y busco más información de Padial, por ver si conozco alguno de sus tebeos. ¡Y vaya si los conozco! ¡Joder! ¡Leo que Carlo Padial es el jodido Carlo Hart!

¿Cómo conocí a Carlo Hart? ¡El verano pasado! Estaba aburrido, entonces, muy aburrido, ¡prueben a quedarse en verano en la ciudad! ¡En una ciudad sin playa como la mía! ¡Y olviden el aire acondicionado, no tengo aire acondicionado, no tengo por qué dar más explicaciones, no tengo aire acondicionado y basta!

Me fui a darme una vuelta a una tienda de tebeos, ¡los mismos tebeos de siempre! ¡Superhéroes, álbumes belgas, superlópez! ¡Ya me lo conocía todo! ¡Mangas, mangas por hombros, mangas verdes a mí: a buenas horas! Daba vueltas por las mesas de novedades bajo la atenta mirada del dueño de la tienda, su mirada atenta y suspicaz, ¡sabía por qué estaba allí, estaba allí por su jodido aire acondicionado y no por sus tebeos! ¿Acaso no iba a comprarle un maldito tebeo?

Me sudaban las manos y me ponía nervioso. Trataba de disimular, trataba de decidirme, ¡debía llevarme algo! Y miré en los estantes de las no-novedades, ¡allí debía de haber algo para mí! ¡Centenares de lomos me ofrecían sus títulos ya sabidos por mí de sobra! ¿No había algo que fuese una absoluta novedad, desde el pasado, y que me hubiese pasado de largo en su día?

Y entonces vi un tebeo de grapas, allí metido en medio de tanta soberbia de lomos y encuadernaciones guais. Lo saqué y joder, ¿qué era eso? Rayajos para un rostro calaveresco-villanesco, sobre un fondo amarillo chillón. "Los Blackmon, un TBO de Carlo": mí no conocer, contraportada, ¡contraportada! Y leo: "El mejor autor de comics en lengua española de la centuria pasada". ¿Qué jodida broma es esta? Y más adelante: "Carlo Hart (1977-2007), un autor cuya extrema sensibilidad lo condujo a padecer severas crisis nerviosas que se tradujeron en una obra marcada por un fuerte desarraigo existencial y un exaltado anhelo destructivo de signo fatalista".

Leí las primeras viñetas. ¡Joder! ¡Joder! ¿Qué demonios era aquello? ¿Queréis que os las reseñe? ¿Queréis una maldita reseña? ¡Toma reseña!:




¡Y ahora descubro que Carlo Padial es Carlo Hart! ¡Otra sorpresita a cuenta de este tío! ¡Pero es que otro día, no hace mucho, descubro que Carlo Hart es también Carlos de Diego, a quien leo en El Manglar desde hace tiempo, el tío que dibuja esos tebeos locos dibujados a base de cabezas recortadas, con la jodida cabeza de El Jefe de la Doom Patrol dando vueltas por ahí!

Y lo mejor, ¡es que sus jodidos relatos de Dinero gratis son una prolongación natural de sus jodidos tebeos! ¡Igual de demenciales! ¡Igual de espasmódicos y demenciales! ¡Lean, lean si no me creen! (Parte inferior de la página, donde pone "Descargar selección de cuentos"; ¡de nada!)

¡Joder, ahora voy a tener que comprar este libro!



PD: El autor de este blog declina cualquier responsabilidad relativa al tono imperativo-exclamativo de esta entrada, trasladando dicha responsabilidad a Padial y al efecto vírico de su escritura: lean por ejemplo "Diarios del Starbucks", en el PDF que acaban de descargarse en el último link.

PPD: Copyright (c) de la "reseña" de Los Blackmon: 2007 Carlo Hart y Non Stop! Comics, Barcelona. Los derechos son suyos, ¿está claro? ¡Pues eso espero! ¡Mejor así! ¡No quiero líos!