domingo, 11 de marzo de 2012
Acompañado por la guitarra de Julio Ródenas, y recitando uno de mis "Extractos del Libro de las Diez Direcciones", dentro del ciclo Mursiya Poética, en La Azotea
viernes, 2 de marzo de 2012
La felicidad no da la felicidad

Donde los pájaros dan cuenta del festín mañanero
mientras simulan no prestarte su atención,
allí y entonces, sin fingir
la distracción que me asiste casi siempre,
yo te estuve esperando.
Confundido con todas esas chicas
que marchan con sus cirios de benzodiacepina
de procesión al monte. Distraído
y algo confuso, mas no ajeno
al canto que percute más allá
de los postes eléctricos
y de los abedules del paseo
del centro médico,
yo te estuve esperando.
No vuelvas a arrojarme, por favor,
escaleras abajo.
Una inmensa llanura, diminuta
como una nota a pie de página
de un texto que te explica, igual que explica
a todo lo demás, si estás conforme
con todo lo demás
–también si no lo estás-:
allí te espero.
Y dije: hágase notar la luz,
y vaya
si lo hizo, anoté
al margen
de mi pequeña creación.
Miro a esas chicas:
no saben del milagro que les golpea el pecho
y las mantiene despiertas: no saben que no fingen
si reconocen a sus cómplices
entre aquellos que ahora sacan
sus móviles y escuchan a Coldplay.
“En el jardín del tiempo
alguna flor soñaba
hacerse jardinero”,
cantaba el brezo antes de arder,
de charla con los pájaros.
Tú lógica aplastante es aplastante,
aplastante, repite el pájaro, y
por eso criminal.
Quiero decir, no queda tiempo
si cada cual construye sus propias escaleras:
ascender, descender, salir del laberinto
tan sólo cuando olvidas
que morirás en él,
de cualquier forma.
Mi gato es una rosa
y canta como un pájaro.
Gato, haz lo que quieras.
Ahora que aspiro al podio
tomo el sendero tortuoso
de las rampas.
Aspiro a las alturas como el gato
habita los tejados, e instala en la intemperie
su esperar para nada, somnoliento;
ese acechar la presa de las siestas
también en los armarios, radiadores:
porque esconderse en un rincón
también es elevarse.
Silencio, el dios egipcio duerme.
Recuerdo aquella vez que me contaste
que de niña jugabas a enseñar a leer
a tu gatito; es un milagro, sí, y
también irrepetible, así que, chica,
yo no te lo aconsejaría.
A ti también te gusta la ópera finesa,
la ópera del fin, y sin embargo
he renunciado a ti, debo decírtelo,
porque vives tan solo de tus fiestas
y a mí me dejas solo, siempre cumpliendo años,
con mi cara de tonto y un montón
de velas encendidas
de nembutal y de colirio.
Soplabas de las velas hacia el centro de ti
y, por decirlo de algún modo,
las noches que sudaste a semejanza
de quienes sedarías, y también
el horror de sentir que mi sentido del humor
ya no podría compartirlo contigo ni con nadie
al fin nos quedarían prescritos, porque ¿sabes?,
todas las tartas eran tuyas,
con toda tu energía;
con el limón hacías
confetti para pájaros
y otros animales.
Atención, pregunta:
Animal fabuloso de veintisiete letras.
Querida niña: en China
también hay unicornios.
Bandadas de estorninos encontraron la llave
y han venido a cenar. Se comportan a ratos
y su formalidad, cuando se manifiesta,
es un asunto digno de ser visto
por los que tienen tiempo para hacerlo.
Nosotros no. Segundas partes quedan anunciadas
en las enormes carteleras del cielo de septiembre,
y aún queda mañana por delante.
Porque eres tú quien proporciona el ozozuz
a los furiosos unicornios,
procura hacerte luego,
ya que estás por el campo y vas a volver tarde,
con algo amargo que ofrecerles.
De noche,
en rizomática aspersión, las princesitas
también pierden su tiempo, como tú,
bailando con sus giros en la hierba
de ese jardín que no nos pertenece
ni nos importa, vamos.
Pero procura comportarte, si volvemos.
Señoritas que giran merced a su engranaje,
de fiesta muy mecánica y coral
al pie de las piscinas, también cuando atardece,
aunque se pararán muy pronto.
Aún el gato duerme, con la tarde
no decidida para uno u otro bando:
los enanitos de jardín se baten con las ninfas
por el agua, en su reino imaginario.
Pero yo tengo obligaciones y despierto:
pertenezco a otro mundo,
debo poner mi casa en orden para ti.
La casa del deseo, graznó el poeta pájaro,
el pájaro cantante, el pájaro más pájaro,
desde un balcón cerrado.
La bandeja se cae y con ella el desayuno.
Ven, porque sé ya cómo huir de tanto estrépito.
domingo, 26 de febrero de 2012
Cuando fui poeta

CUANDO FUI POETA
Así que diré que
sobreviví a aquel verano
viendo tan sólo a los amables
fantasmas de las hortalizas.
E imaginé, como solía,
el resto de mi vida ahí tumbado,
entre mis aficiones y un puro aburrimiento
puramente aficionado,
tratando de escarbar también en dirección
a lo que no me gusta,
aunque no me gustase,
y aunque tampoco me gustase
aquel calor tan pegajoso,
pero, chico, es lo que había
y siempre es bueno prevenir.
Los gatos a lo suyo y tú también,
mientras recoges.
¿Cuántas veces te demostré que mis capacidades
son superiores a la fe que en mí malgastas?
Chico, el señor te ama
y el demonio también.
Mientras tanto, el agnóstico
trata de imaginarlo.
Quiero decir que va a pensárselo despacio.
Días para leer
y días para caminar.
Siempre estamos a tiempo
para volver a ser los raros de la fiesta.
Te lo diré de otra forma:
¿Dónde están los amigos
de los que no tienen amigos?
Qué bonito es tener
bonitos sentimientos.
Pon tus moléculas al aire.
Sigue camino abajo, atravesando
aquello que se trenza.
A ti se te ha acabado la paciencia,
la mía no ha hecho más que comenzar.
En esos horizontes de campaña
hay un arcón donde ancianos chinos conversan
desde hace tres milenios.
Será la tumba, amor,
de mi locuacidad.
En una narración perfectamente china, que no basta
para hacerme dudar, signo insoluble,
gigantes de colores balancean
sus enormes zapatones
mientras todo decide
crecer, hostil a la renuncia.
Ven con nosotros, me decían
mientras un chorro de aire fresco delataba
una trampilla ahí debajo
de todo ese sopor.
Sí, ya lo supe.
Sobreviví a aquel jardín.
Sigo pensando así:
vendría un día como hoy y, aquí, lo contaría.
domingo, 12 de febrero de 2012
Una excursión al campo, igual / que una excursión al tiempo

Una excursión al campo, igual
que una excursión al tiempo.
Como si todos los lugares
que nos quedan por visitar
estuvieran en el recuerdo.
Mira, si te parece
dejemos que descansen las palabras.
Ha llegado la hora
de ir adonde sea.
Tu irresistible propensión
a saludar a todo el mundo
falla de vez en cuando,
tan solo quiero que te acuerdes
de esto alguna que otra vez.
Significantes insignificantes
para cualquier gramática,
salvo para gramáticas
del corazón.
El miedo y el amor, primero el miedo
y después el amor –cuando estemos seguros,
mejor ser precavidos,
vamos a hablarlo luego.
Suceda lo que vaya a suceder,
me pillará durmiendo.
Despertaré para su desenlace.
Nadar, nadar ahora.
Duermo y luego trato de despertar,
¿estoy seguro?
Voy a decirlo de otra forma:
Despierto, ¿estoy seguro?
Creo que descansar será una elipsis
allá donde la narración
coge fuerzas y aire, se sumerge
y nada más, mejor.
Despertar tarde
me deja algo confuso.
Placas tectónicas, móviles, pesadillas:
dejan de serlo cuando te mueves con ellas.
Tener aquí las cosas que, de pronto, ya no están.
Busca a tus interlocutores en las cosas.
Beethoven para las macetas.
Voy a viajar ahora
desde la cama a la terraza,
Extenderé los toldos.
El gato insiste con su sinfonía
de una mañana de verano.
Yo no me quejaré
de su monotonía. Ruega tú
por esas variaciones que persigues,
ahora regreso de la variedad
y he afilado mi lápiz:
Temo que hoy no tenga mucho más,
quiero decir que lo celebro,
e igual que los recuerdos vienen de uno en uno
me apaño con la sensación
quebrada, insuficiente:
me da trabajo todo el día
y me invita a salir
en un viaje que, de momento, me
resulta suficiente.
Improvisa, me ruega
la voz que me acompaña todo el tiempo.
Bueno, improviso café.
El gato me persigue
allá hacia donde voy
con su monodia.
Esta tarde hablaremos.
Luego te llamaré.
martes, 7 de febrero de 2012
Animales sensatos

Los más sensatos animales,
vaya noche.
Decisiones y veredictos.
Un discurrir que agota al más pintado,
un escurrir
de la pintura mientras tanto:
luego vuelvo.
Volveré chorreando.
Seres humanos, al jardín.
Primero ella y luego yo,
y luego yo, con ella, en todas partes.
Contigo, y a diario.
Te pintas, otra vez, cerca del cielo.
No era saliva, eran más bien nuestras pinturas.
Un baño de saliva, una constelación
pintada en frescos y murales:
la bóveda celeste.
El cielo es un lugar del que se vuelve.
Miras el cielo, es un océano
que se derrama en ti.
Te pones de puntillas, chapoteas.
Las cicatrices no son cremalleras.
El auditorio del jardín abre sus puertas
y la asamblea de los pájaros
emite su juicio ininterrumpido.
Y las flores, allí,
construyen catedrales.
Si el mar es de color azul,
¿de qué color es la saliva?
Y ¿cómo regresar del babear?,
preguntas, ladras.
Tiras el hueso dentro
de ti, porque esperas seguirlo.
Piensas, formulas, dices,
pero no.
Es tranquilizador.
Es un regreso
algo más lejos, siempre,
de allí donde estuvimos una vez,
este lugar no sospechado.
Abro la casa donde está lloviendo siempre.
La lluvia fija todo lo que importa
aquí, en el interior
de mi casa mental.
Escucho cómo caen las lecciones, una a una.
La tristeza, aparente,
es solo la fachada
de mi colegio psíquico:
persiste seria y triste
pero solo porque toda alegría
acaba disipando
lo que permite la alegría.
Paso allí muchos años.
Ahora estás vestida.
No, espera.
Faltan aún algunos años.
Ahora te veo de espaldas
y no puedes oírme.
Tu tiza dibujando
vías en la pizarra.
Todo lo que me enseñas permanece.
Tú, tus maneras,
en todo lo que veo,
y que se mueve
igual a ti.
Tu deslizarse, profesora.
La lluvia, el ruido que haces,
el ruido de tu mente.
Incluso tú, lejana:
todo, dentro de mí,
persiste todavía.
Fuerzas oscuras: no
tienen que ver conmigo.
Y las sombras se explican, elocuentes,
a espaldas de la luz.
Es lo que piensan de la luz,
pero la luz se va
y todo se hace sombra, que es lo mismo
que decir: ya no hay sombras.
Y la elocuencia de todas las cosas
se hace interminable,
quiero decir: no se detiene.
Y podemos hablar, ahora, tú y yo,
allí, en medio,
de todo lo que insiste en explicarse
y sin miedo a que nadie nos escuche.
Puedes imaginar que el gato
idea sonetos en su siesta.
¿Qué hacer?
Chica, yo lo que diga el gato.
¿A dónde vas de viaje este verano?
Yo no viajo.
Ni en verano ni nunca
porque viajar es vulgar.
No estoy siendo sincero con mi ojo interior.
Despierto sin saber dónde lo hago.
Qué mañana más agradable,
voy a tratar de disfrutarla.
Debo decirte, es importante, que en el patio
no estoy jugando solo.
sábado, 4 de febrero de 2012
Hoy cuesta despertarse, ¿eh, amigo?

Aprovecho para anunciar que he abierto otro chiringo, en las playas de nuestra procelosa y amiga World Wide Web.
Un chiringo tipo tumblr, y tal: Cuaderno abierto.
jueves, 2 de febrero de 2012
"Turbación", ilustrado por Mannfred Salmon

Bueno, Mannfred ya está trabajando en más adaptaciones a historieta de relatos hiperbreves míos. Ayer me mandó el primero resultado: "Turbación". Pinchad sobre la imagen para ampliar, espero que os guste, ¡yo estoy feliz como un niño con zapaticos nuevos! ¡Zapaticos nuevos para mis relatos!
[Aquí lo vais a ver/leer mejor]
martes, 17 de enero de 2012
martes, 13 de diciembre de 2011
Big bang
viernes, 2 de diciembre de 2011
Un poema
OMAR KHAYYAM IRRUMPE EN LA CERVECERÍA DE UNA GRAN SUPERFICIE COMERCIAL
Despejadme el camino hasta la barra
porque he agotado todos mis senderos
y este es el único que quiero repetir.
Alcemos nuestra copa, amigos míos.
Porque he venido a emborracharme.
Dadme amigos, mujeres y rostros para amar,
corifeos que rían mis historias
hasta el amanecer
-y haré el amor entonces tan sólo con el sueño.
Porque hoy tan solo quiero emborracharme,
he venido a beberme los depósitos
del mundo, todos los océanos
si es necesario.
Puedes tratar de entretenerme,
no prometo premiarte si lo logras.
Porque no puedo darte nada, más allá
de arrastrarte conmigo debajo de esta lluvia
que desde hace milenios da el olvido a los hombres.
Ahora voy a ungirte con mis besos,
mis besos de ginebra.
Oh, sí, confía en mí.
Alcemos nuestra copa.
Porque la realidad es árida
y no hay quien se la trague, ¿qué esperamos
para beber, amigos míos?
Se pudren los océanos como se pudren nuestros cuerpos.
El hielo de los polos se funde lentamente,
el agua anega la materia, nuestra amada materia.
Porque somos materia, materia susceptible
de quedar inundada para siempre.
Dadme alcohol y probad también vosotros,
acompañadme en la inmersión
del alcohol que yo soy
ardiendo en los depósitos del mundo,
en las heridas y en los muertos
en los cadáveres del pleistoceno,
borrachos todavía,
borrachos de putrefacción.
Acompáñame, amigo, ven aquí
y ponme ya otra copa.
La vida no es cosa de risa y yo me río,
me río y no me río.
Me río de mis ganas de reír,
me río de lo poco que me invita a reír,
me río porque todo, en realidad,
aquí, en la realidad, me invita a hacerlo.
He venido a beber la copa de la Tierra,
a emborracharme con desiertos
de los que nadie sabe el nombre todavía,
desiertos de extensiones concebibles
tan sólo en los reinos del sueño
y de la borrachera.
Nosotros somos el desierto,
nos morimos de sed.
La copa de la Tierra
siempre se alzó para nosotros.
Mi sangre es ya extensión del sueño.
Vino, vino con él, vino que fluye en todas partes
cuando nuestros sentidos al fin están abiertos
a lo abierto,
donde el sueño llega fluyendo con su doble faz
de sueño y de olvido, de borrachera,
el sueño del que bebe de su propia borrachera.
No beberé los sueños,
lo hice en el pasado, en tal medida
que ya no me emborrachan.
No son extraordinarios para mí.
Vivo instalado en ellos
porque los sueños son mi casa,
y ahora busco algo diferente,
tan solo emborracharme
hasta perder esta conciencia con que sueño a diario,
de que todo lo que sucede en mí es ilusión.
Quiero perder este sentido que me asiste y que me da
toda medida y toda precaución, toda cordura.
Quiero beber, beber. Beber tan solo.
Quiero beber hasta caer al suelo.
Quiero caer redondo y descansar.
He venido a beberme la tierra y los océanos.
Quiero beberme todo el tiempo que me queda,
Todo lo que me quede por vivir
yo sólo pido que me quepa en una copa.
Ponme una copa ahora y luego otra.
Cualquier borracho sabe que la mejor copa del día
es la que espera tras la copa por venir,
que el tiempo es algo líquido
que adquiere forma justo cuando pasa por la boca,
en la garganta
justo cuando desaparece y deja hueco
a esta sagrada sucesión.
Pues venga siempre más, que no se pare,
que venga hasta nosotros.
el río que nos lleva, el río que ya somos.
Chico, ¿es que no me escuchas?
He venido a beberme
el mar y todos los océanos.
Ponme una copa.
Ahora.
[Poema leído anoche en Cartagena, en el recital colectivo
"Con-clave de rock". Como este otro poema, pertenece
a una ampliación en proceso de mi plaquette
Nuevos dioses, publicada en 2001].
jueves, 1 de diciembre de 2011
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Adiós, pequeña amiga. Isolda, 2006-2011
sábado, 26 de noviembre de 2011
Aventuras fantásticas en la platea de un teatro
Me arrastra la noche de la ficción. Son mis ritmos, unas costumbres férreas. Pasa un buen rato hasta que la acción va remansándose, los actores hablan más bajo, más despacio, y el público se calma con ellos. Vuelve la luz, está amaneciendo. Los focos se proyectan de forma progresiva sobre una escena que va vaciándose. Me avisan, simplemente, que es de día. Comienzo a despertar.
El telón cae, marcando el entreacto, y yo me quedo ahí, en un lugar que no es la realidad ni la ficción. Con mi despertar jubiloso y una atención para qué o para quién, para nadie, para nada.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Reparación (versión extendida)
Hace tiempo cometí un error, pero no puedo recordarlo. Solo sé que el mundo tal y como alguna vez lo conocí ha desaparecido: la civilización y los núcleos urbanos, el orden de los días y las noches en su estricta sucesión... También -lo más extraordinario- la compañía de los otros: hace tiempo que estoy solo. Solo yo he sobrevivido a una catástrofe de la que solo puedo ver sus resultados, el páramo que me rodea: no sé qué clase de hecatombe fue, pero sospecho que todo se desató por culpa de mi error.
Hay la luz persistente de un sol que no me deja ver. No puedo predecir su posición, cuándo viene o se oculta, ni hay materia fija que me sirva de parapeto. Donde todo queda a la vista, todo fluye: no hay aquí asideros ni descanso. Donde no hay sombra, hay una sombra que no cesa: no hay nada ya que distinguir.
Entre las formas que se mueven, uno sospecha un movimiento, una fluencia: impone una única forma que cambia sin cesar. Imagino a alguien muy grande, gigantesco y extraño que observa desde lejos: es cosa de mi soledad, supongo. Pero de esta fantasía me sorprende que esa entidad descomunal nos vea a mí y al mundo como algo que está quieto y en paz, tranquilo.
En realidad, yo soy el mundo y ese alguien que me observa, pienso. Pero temo perderme por esos caminos de la mente: no sé si todo allí va a acelerarse o si, por fin, regresaría a la quietud; una quietud real, si es que existe algo así. El mundo y yo, ambos supervivientes, aún nos aferramos a alguna clase de ensimismamiento que busque la reparación: igual que el mundo trata de restituir su equilibrio perdido -las rotaciones de los astros, las mareas de sus océanos-, yo intento recordar la forma en que no debo abandonarme para no cometer aquel error, fuera cual fuese.
martes, 15 de noviembre de 2011
Reparación
Hace tiempo cometí un error, pero no puedo recordarlo. Solo sé que el mundo tal y como alguna vez lo conocí ha desaparecido: la civilización y los núcleos urbanos, el orden de los días y las noches en su estricta sucesión... También -lo más extraordinario- la compañía de los otros: hace tiempo que estoy solo.
Solo yo he sobrevivido a una catástrofe de la que solo puedo ver sus resultados, el páramo que me rodea: no sé qué clase de hecatombe fue, pero sospecho que todo se desató por culpa de mi error.
El mundo y yo, ambos supervivientes, aún nos aferramos a alguna clase de ensimismamiento que busque la reparación: igual que el mundo trata de restituir su equilibrio perdido -las rotaciones de los astros, las mareas de sus océanos-, yo intento recordar la forma en que no debo abandonarme para no cometer aquel error, fuera cual fuese.





